El renacer de la mujer que fue abusada por su padre

Facebook/Romina Balaguer

El renacer de la mujer que fue abusada por su padre

13 de Marzo del 2017

El hombre estaba ahí, cenando en un restaurante como si nada ocurriera. Llevaba cuatro días escondiéndose, alerta, desde que supo que su hija había regresado a Argentina. Cuando Romina lo encontró, sabiendo dónde podía buscarlo, lo vio comer a través de la ventana, más viejo y decrepito, con un bigote oscuro, grandes gafas y ninguna señal de preocupación; ya había bajado la guardia. Lo primero que ella pensó fue “te encontré, aquí vamos a poder hablar cara a cara”.

No se dio tiempo para pensarlo; solo respiró profundo, respiró mucho para evitar perder el control “y romperle la cabeza”. Entró al restaurante de paredes rosadas y mesas de madera negra y caminó por el largo pasillo, entonces tomó una decisión impulsiva: sacó el celular de su bolso negro, lo puso a grabar y continuó caminando decididamente hacia él.

El video se hizo viral en poco tiempo. En él, Romina lo saluda con la voz llena de ira, acumulada durante toda su vida: “¿Qué tal pederasta?”. Durante nueve minutos ella, ocultando todos los nervios que se revuelven en su interior, no solo lo enfrenta y le espeta todo lo que había guardado por miedo y dolor, sino que también logra que él reconozca que abusó sexualmente de ella por 18 años, que amenazó con matar a su madre y su hermano y que es un pederasta. Sin embargo, Antonio Cisneros no parece preocuparle mucho esto, porque continúa comiendo como si estuviera manteniendo una conversación cualquiera y eso sólo hace que Romina se llene de impotencia y lo ataque aún más.

Ha pasado ya un mes desde que Romina volvió a su ciudad natal, aquella donde sufrió maltratos inimaginables, y que dio a conocer su historia al mundo. Gracias a esto, ella, acompañada de sus cinco perros blancos y su esposo en la bella y antigua ciudad de Barcelona, puede decir que es plenamente feliz. KienyKe.com habló con ella.

“Para mí esto significó cerrar un ciclo de mi vida y ganar paz. Lo que yo necesitaba era cerrar ese ciclo que me estaba matando, literalmente, que me estaba dañando tanto que ya me estaba acabando. Para mí era cerrar un ciclo para tener la paz que estoy teniendo ahora”.

Lleva cinco años casada con un hombre que ha estado a su lado sin importar qué tan grave es la situación, y que ha sido su apoyo para salir adelante, aun cuando ella no encontraba un motivo para continuar. Durante estos cinco años, esta pareja ha tenido que enfrentar dos realidades, una relación llena de amor y confianza y las enfermedades de Romina: “la verdad es que por un lado fueron preciosos, porque él nunca me ha abandonado, antes de un marido es un compañero, es un amigo, es todo en uno. Pero a su vez fueron años difíciles, porque antes de ser diagnosticada fue difícil; bueno, pobre… tiene paciencia”.

Romina se ríe con libertad y ternura. El amor que siente por su esposo se transmite en cada una de las palabras que dice. Sus perros ladran en el fondo y se puede escuchar la voz de su marido, quien está a su lado mientras ella da otra entrevista, como siempre ha hecho.

Siente que ha empezado una nueva vida para los dos, que están viviendo momentos de cambio y sabe que él está muy orgulloso de ella, de lo que fue capaz de hacer.

Él conoce su pasado. Ella se lo contó todo antes de casarse, quería dejarle muy claro quién era ella y él la acepto sin ninguna objeción. Pero él siempre fue así. Él vivía en España y ella en Buenos Aires. Para ella fue muy difícil volver a confiar, pero él supo ganarle al miedo. Romina relata con cierta gracia como solían hacer todo a través de la cámara: dormían cerca al computador, trasladaban la cámara a cada una de sus tareas diarias: cocinar, lavar, comer. Tenían citas a través del dispositivo e, incluso, conoció a la familia de él de esta manera. Todo esto durante un año.

“Yo digo que la vida me está recompensando en todas las maneras. Viaje a España y estuvimos tres meses, viajé y viajé hasta que dije basta. Nos prometimos en Paris, en la Torre Eiffel. Después me volví a Argentina, pasamos unos 5 meses separados. Un horror. Teníamos que arreglar papeles para hacerlo todo muy legal y bueno, luego arreglamos todo y nos casamos”.

Ahora, España es su hogar, probablemente uno mucho mejor de lo que Argentina fue para ella.

Era una bebé cuando su padre comenzó a abusar sexualmente de ella. Con dos años, cuando todavía tenía pañales, el hombre aprovechaba que su esposa trabajaba de noche en un hospital para acercarse a su cuna, ponerla en su regazo y tocarla. A los siete, seguía aprovechando las ausencias de su esposa para sacarla de su cuarto y llevarla al suyo, donde sacaba revistas y películas pornográficas y se las mostraba. Le decía que era un juego, ella, todavía inocente en medio de toda su perversión, no entendía, pero le creía mientras seguía jugando con su oso de peluche. Luego, los tocamientos y sugestiones siguieron creciendo. Comenzaron las amenazas, si dices algo nadie te cuidará, te quedaras sola, mataré a tu madre y tu hermano.

Se hizo un poco mayor y su madre no trabajaba de noche. Él se escabullía cuando la casa parecía dormir para sacarla de su cuarto. La llevaba lejos, a un escampado y bajo el frío del invierno o la humedad del verano, con el cielo como testigo, la violaba.

Pero en su casa no sólo la violaba él, sino que también abusaba sexualmente su hermanastro de ella.

Romina vivía en un ciclo interminable de violencia.

“Yo siempre era “la maldita”, era a la que siempre echaban a la calle y vivía de casa de aquí para allá porque en mi casa no me entendían. Que si lloraba, que si me iba mal en el colegio, si me meaba en la cama, me metían la cabeza debajo del agua, eran torturas. Yo era una carga, una molestia y así fue toda mi vida y si estaba era malos tratos, físicos y psicológicos”.

Sin embargo, encontrar el valor de salir de todos esos abusos, trajo consigo el precio de haber soportado y resistido todo aquello durante 18 años.

Hoy Romina tiene 35 años y pesa 40 kilos. Es una mujer muy delgada con largo cabello negro, cejas delgadas y ojos claros, en un rostro agraciado que también muestra el sufrimiento que ha pasado durante toda su vida.

Después de irse de su casa, viajó a Buenos Aires e hizo una carrera como visitadora médica. Trató de rehacer su vida, pero algo se lo impedía. Empezó a enfermar psicológica y físicamente. Desde los 18 asistía a terapia, pero no era suficiente. Algo andaba mal.

“Lo más difícil fue el comienzo de todas las enfermedades. No entendía el porqué de mis reacciones, que había cambiado en mi manera de ser. Porque si uno no habla no sana, si no uno no saca todo lo que tiene adentro, el cuerpo habla. La hemos pasado muy mal, hasta que fui a diagnosticarme y ahí empecé poco a poco a animarme a darme cuenta de todos los porqués de cada cosa”.

Fue ahí que Romina se dio cuenta de que enfermaba por el silencio. Le diagnosticaron depresión grave, que es recurrente y será para toda su vida; Trastorno límite de personalidad (TLP); anorexia, fallas en todo su sistema endocrino; insuficiencia cardíaca y otras enfermedades.

Fueron momentos difíciles en su matrimonio, ella y su esposo la pasaron muy mal porque ella no había recibido el tratamiento adecuado, estaban viviendo un gran infierno. Por más que ella deseara que su esposo no tuviera que soportar todo eso, la situación la superaba. Incluso trató de suicidarse en siete oportunidades, pero, por algún motivo, en ninguna de esas ocasiones tuvo éxito.

“El amor de mi marido fue lo que me salvó”.

Ahora toma 12 pastillas diarias para poder sobrevivir. Sin ellas no podría continuar. Sin embargo, Romina está convencida que más allá de todas las terapias, que también la han ayudado, denunciar a su familia y sacarse todos los secretos de encima, es lo que más le ha servido.

Sí, tiene que continuar con la terapia para seguir trabajando la autoestima y otros problemas, pero siente que será posible, que lo logrará. Además, si todo sigue yendo bien, podrá volver a trabajar, algo que ella quiere hacer.

Se siente mucho más libre y con “mil kilos menos encima”. Sigue la medicación a rajatabla, pero espera que poco a poco los médicos le vayan quitando las pastillas para cumplir uno de sus sueños más grandes.

Una bebé.

La medicación se lo impide y le ha causado dos abortos ya, pero ella no se desanima y espera que pronto llegue el momento en que la medicación deje de ser un obstáculo entre ella y su sueño.

Quiere ser madre, es lo que más desea, y está segura que cuidará a su hijo o hija (desea mucho más una pequeña) mucho mejor de lo que jamás su madre la cuidó a ella. Quiere ser una madre hecha y derecha e intentar cometer lo menos posible cometer errores, educarla con amor y, sobre todo, con respeto.

La madre de Romina lo sabía todo y no sólo lo permitía, sino que también ponía su parte en ese inhumano ciclo de violencia que vivió en su infancia. Ella también la golpeaba, con lo que sea que tuviera a su alcance, la sumergía en agua y la insultaba. Romina afirma que siempre se preocupó más por su hijo que por ella. Incluso una vez le dijo que la única razón por la que no la había abortado es porque no tenía el dinero.

Pero su ausencia fue peor, porque causó un daño más grande en la mente de Romina. Cuando ella tenía 18, Dora Iris Lahitte se separó de Antonio Cisneros y se fue con otro hombre. La dejó a ella y su hermanastro viviendo con su padre y él aprovechó la situación para obligarla a actuar como su mujer en todos los sentidos y ella comenzó a sufrir el síndrome de Estocolmo. Su madre sólo volvió  porque el hombre con el que se fue, la obligó a volver por sus hijos varios meses después.

Tiempo después, cuando Romina le contó todo lo que le había hecho su padre, ella se hizo la sorprendida y “derramó unas lágrimas de cocodrilo”. Ella dijo que no sabía nada. Sin embargo, después una amiga le contaría a Romina que Dora le había confesado todo.

Esa confesión le saldría cara a Dora Lahitte, ya que luego de que Romina pusiera la denuncia en Argentina, esta amiga testificaría a favor de Romina para imputarle cargos como cómplice.

Aunque ha pasado ya un mes desde se puso la denuncia en su contra, el proceso penal contra Antonio Cisneros, Dora Lahitte y Antonio Ramón Waiman tiene varias complicaciones, que podrían permitir que estas personas no reciban la condena justa. Por un lado, Antonio Ramón Waiman es inimputable, dado que los hechos ocurrieron cuando era menor de edad.

Por el otro, tanto en los casos de Antonio Cisneros y Dora Lahitte, el proceso se dificulta dado que los hechos ocurrieron hace más de 15 años, por lo que le han dicho que la causa está prescrita. Además, si llegara a continuar el caso, debido a la edad de Antonio Cisneros, 66 años, también es probable que le den casa por cárcel, en vez de una condena en prisión.

“El dolor no prescribe nunca”.

Aunque Romina sabe cómo funciona la justicia en Argentina y toda Latinoamerica, “es un chiste”, está realizando toda la fuerza y labores necesarias desde España para que los metan a la cárcel, para que paguen por lo que le hicieron.

Su recuperación, su familia y el proceso legal no son lo único importante en la vida de Romina. Esta mujer, que ha vivido en carne propia el abuso, ahora trabaja con la fundación argentina Anímate para acompañar a las víctimas de abuso sexual. Siguen luchando para conseguir justicia contra los abusadores y ayudar a las víctimas a hablar y denunciar en la Comisaria de la Mujer y la Fiscalía argentina. Estas mujeres realizan un acompañamiento desde el inicio hasta el final para que las víctimas puedan encontrar paz.

Por ahora, Romina es la única que trabaja en este ámbito en España, junto con su esposo, pero está a la espera de promover a Animate también en el país vasco. De hecho, una de sus metas es fundación para ayudar a otros niños y niñas, mujeres y hombres que hayan sufrido abuso.

Mientras tanto, a orillas del mar Mediterráneo, pasa sus días reconstruyéndose a sí misma, disfrutando de la libertad que otorga romper el silencio, compartiendo con sus cinco hijos, sus cinco perros, y su marido. Romina Balaguer renace con la luz del sol, la brisa del mar y el amor que le ha dado el valor de continua. No es un camino fácil, pero está dispuesta a recorrerlo.

Y si todo marcha bien, dentro de diez años, podrá dejar el pasado atrás y será una mujer rearmada, completa. Una mujer que se ame a sí misma como tanto desea. Una madre amorosa, una esposa feliz. Una persona capaz de ayudar a quienes han pasado por situaciones similares. En diez años, Romina será capaz de superar las marcas del pasado y dejar la suya en el mundo.