El ruido de las cosas al caer

El ruido de las cosas al caer

7 de mayo del 2011

1. Una sola sombra larga

El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras
y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido
abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar los sementales de una hacienda ganadera. Los francotiradores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón (con balas de calibre .375, pues la piel de un
hipopótamo es gruesa); posaron con el cuerpo muerto, la gran mole oscura y
rugosa, un meteorito recién caído; y allí, frente a las primeras cámaras y los
curiosos, debajo de una ceiba que los protegía del sol violento, explicaron que
el peso del animal no iba a permitirles transportarlo entero, y de inmediato
comenzaron a descuartizarlo. Yo estaba en mi apartamento de Bogotá, unos
doscientos cincuenta kilómetros al sur, cuando vi la imagen por primera vez,
impresa a media página en una revista importante. Así supe que las vísceras
habían sido enterradas en el mismo lugar en que cayó la bestia, y que la cabeza
y las patas, en cambio, fueron a dar a un laboratorio de biología de mi ciudad.
Supe también que el hipopótamo no había escapado solo: en el momento de
la fuga lo acompañaban su pareja y su cría —o los que, en la versión
sentimental de los periódicos menos escrupulosos, eran su pareja y su cría—,
cuyo paradero se desconocía ahora y cuya búsqueda tomó de inmediato un
sabor de tragedia mediática, la persecución de unas criaturas inocentes por
parte de un sistema desalmado. Y uno de esos días, mientras seguía la cacería a
través de los periódicos, me descubrí recordando a un hombre que llevaba
mucho tiempo sin ser parte de mis pensamientos, a pesar de que en una época
nada me interesó tanto como el misterio de su vida.

Durante las semanas que siguieron, el recuerdo de Ricardo Laverde
pasó de ser un asunto casual, una de esas malas pasadas que nos juega la
memoria, a convertirse en un fantasma fiel y dedicado, presente siempre, su
figura de pie junto a mi cama en las horas de sueño, mirándome desde lejos en
las de la vigilia. Los programas de radio de la mañana y los noticieros de la
noche, las columnas de opinión que todo el mundo leía y los blogueros que no
leía nadie, todos se preguntaban si era necesario matar a los hipopótamos
extraviados, si no bastaba con acorralarlos, anestesiarlos, devolverlos al África;
en mi apartamento, lejos del debate pero siguiéndolo con una mezcla de
fascinación y repugnancia, yo pensaba cada vez con más concentración en
Ricardo Laverde, en los días en que nos conocimos, en la brevedad de nuestra
relación y la longevidad de sus consecuencias. En la prensa y en las pantallas
las autoridades hacían el inventario de las enfermedades que puede propagar
un artiodáctilo —y usaban esa palabra, artiodáctilo, nueva para mí—, y en los
barrios ricos de Bogotá aparecían camisetas con la leyenda Save the hippos; en
mi apartamento, en largas noches de llovizna, o caminando por la calle hacia
el centro, yo comenzaba a recordar el día en que murió Ricardo Laverde, e
incluso a empecinarme con la precisión de los detalles. Me sorprendió el poco
esfuerzo que me costaba evocar esas palabras dichas, esas cosas vistas o
escuchadas, esos dolores sufridos y ya superados; me sorprendió también con
qué presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria,
que a fin de cuentas nada trae de bueno y sólo sirve para entorpecer nuestro
normal funcionamiento, como esas bolsas de arena que los atletas se atan
alrededor de las pantorrillas para entrenar. Poco a poco me fui dando cuenta,
no sin algo de pasmo, de que la muerte de ese hipopótamo daba por
terminado un episodio que en mi vida había comenzado tiempo atrás, más o
menos como quien vuelve a su casa para cerrar una puerta que se ha quedado
abierta por descuido.

Y es así que se ha puesto en marcha este relato. Nadie sabe por qué es
necesario recordar nada, qué beneficios nos trae o qué posibles castigos, ni de
qué manera puede cambiar lo vivido cuando lo recordamos, pero recordar
bien a Ricardo Laverde se ha convertido para mí en un asunto de urgencia. He
leído en alguna parte que un hombre debe contar la historia de su vida a los
cuarenta años, y el plazo perentorio se me viene encima: en el momento en
que escribo estas líneas, apenas unas cuantas semanas me separan de ese
aniversario ominoso. La historia de su vida. No, yo no contaré mi vida, sino
apenas unos cuantos días que ocurrieron hace mucho, y lo haré además con
plena conciencia de que esta historia, como se advierte en los cuentos
infantiles, ya ha sucedido antes y volverá a suceder.

Que me haya tocado a mí contarla es lo de menos.
El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había
pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el
centro de Bogotá, entre casas viejas con tejas de barro cocido y placas de
mármol que reseñan para nadie momentos históricos, y a eso de la una llegó a
los billares de la calle catorce, dispuesto a jugar un par de chicos con los
clientes habituales. No parecía nervioso ni perturbado cuando empezó a jugar:
usó el mismo taco y la misma mesa de siempre, la que había más cerca de la
pared del fondo, debajo del televisor encendido pero mudo. Completó tres
chicos, aunque no recuerdo cuántos ganó y cuántos perdió, porque esa tarde
no jugué con él, sino en la mesa de al lado. Pero recuerdo bien, en cambio, el
momento en que Laverde pagó las apuestas, se despidió de los billaristas y se
dirigió a la puerta esquinera. Iba pasando entre las primeras mesas, que suelen
estar vacías porque el neón hace sombras raras sobre el marfil de las bolas en
ese punto del local, cuando trastabilló como si hubiera tropezado con algo. Se
dio la vuelta y volvió adonde estábamos nosotros; esperó con paciencia a que
yo terminara la serie de seis o siete carambolas que había comenzado, e
incluso aplaudió brevemente una a tres bandas; y después, mientras me veía
marcar en el tablero los tantos que había conseguido, se me acercó y me
preguntó si no sabía dónde le podían prestar un aparato de algún tipo para oír
una grabación que acababa de recibir. Muchas veces me he preguntado
después qué habría pasado si Ricardo Laverde no se hubiera dirigido a mí,
sino a otro de los billaristas. Pero es una pregunta sin sentido, como tantas
que nos hacemos sobre el pasado. Laverde tenía buenas razones para
preferirme a mí. Nada puede cambiar ese hecho, así como nada cambia lo que
sucedió después.


Lo había conocido a finales del año anterior, un par de semanas antes
de Navidad. Yo estaba a punto de cumplir veintiséis años, había recibido mi
diploma de abogado dos años atrás y, aunque sabía muy poco del mundo real,
el mundo teórico de los estudios jurídicos no guardaba ningún secreto para
mí. Después de graduarme con honores —una tesis sobre la locura como
eximente de responsabilidad penal en Hamlet: todavía hoy me pregunto cómo
logré que la aceptaran, ya no digamos que la distinguieran—, me había
convertido en el titular más joven de la historia de mi cátedra, o eso me habían
dicho mis mayores al momento de proponérmela, y estaba convencido de que
ser profesor de Introducción al Derecho, enseñar los fundamentos de la
carrera a generaciones de niños asustados que acaban de salir del colegio, era
el único horizonte posible de mi vida. Allí, de pie sobre una tarima de madera,
frente a filas y filas de muchachitos imberbes y desorientados y niñas
impresionables de ojos constantemente abiertos, recibí mis primeras lecciones
sobre la naturaleza del poder. De esos estudiantes primerizos me separaban
apenas unos ocho años, pero entre nosotros se abría el doble abismo de la
autoridad y del conocimiento, cosas que yo tenía y de las que ellos, recién
llegados a la vida, carecían por completo. Me admiraban, me temían un poco,
y me di cuenta de que uno podía acostumbrarse a ese temor y esa admiración,
de que eran como una droga. A mis alumnos les hablaba de los espeleólogos
que se quedan atrapados en una cueva, y al cabo de varios días comienzan a
comerse entre sí para sobrevivir: ¿les asiste o no el Derecho? Les hablaba del
viejo Shylock, de la libra de carne que le iban a quitar, de la astuta Portia que
se las arregló para impedirlo con un tecnicismo de leguleyo: me divertía
viéndolos manotear y vociferar y perderse en argumentos ridículos en su
intento por encontrar, en la maraña de la anécdota, las ideas de Ley y de
Justicia. Luego de esas discusiones académicas llegaba a los billares de la calle
catorce, lugares llenos de humo y de techos bajos donde ocurría la otra vida, la
vida sin doctrinas ni jurisprudencias. Allí, entre apuestas de poco dinero y
tragos de café con brandy, se terminaba mi día, a veces en compañía de uno o
dos colegas, a veces con alumnas que luego de unos cuantos tragos podían
acabar en mi cama. Yo vivía cerca, en un décimo piso de la carrera Tercera, un
apartamento frío pero con buena vista hacia la ciudad erizada de ladrillo y
cemento, y mi cama siempre estaba abierta para discutir en ella la concepción
que tenía Cesare Beccaria de las penas, o bien un capítulo difícil de
Bodenheimer, o incluso un simple cambio de nota por la vía más expedita. La
vida, en esas épocas que ahora me parecen pertenecer a otro, estaba llena de
posibilidades. También las posibilidades, constaté después, pertenecían a otro:
se fueron extinguiendo imperceptiblemente, como la marea que se retira, hasta
dejarme con lo que ahora soy.
Por esos días mi ciudad comenzaba a dejar atrás los años más violentos
de su historia reciente. No hablo de la violencia de cuchilladas baratas y tiros
perdidos, de cuentas que se saldan entre traficantes de poca monta, sino la que
trasciende los pequeños resentimientos y las pequeñas venganzas de la gente
pequeña, la violencia cuyos actores son colectivos y se escriben con
mayúscula: el Estado, el Cartel, el Ejército, el Frente. Los bogotanos nos
habíamos acostumbrado a ella, en parte porque sus imágenes nos llegaban con
pasmosa regularidad desde los noticieros y los periódicos; ese día, las imágenes
del más reciente atentado habían empezado a entrar, en forma de boletín de
última hora, por la pantalla del televisor. Primero vimos al periodista que
presentaba la noticia desde la puerta de la Clínica del Country, después vimos
una imagen del Mercedes acribillado —a través de la ventana destrozada se
veía el asiento trasero, los restos de cristales, los brochazos de sangre seca—, y
al final, cuando ya los movimientos habían cesado en todas las mesas y se
había hecho el silencio y alguien había pedido a gritos que le subieran el
volumen al aparato, vimos, encima de las fechas de su nacimiento y de su
muerte todavía fresca, la cara en blanco y negro de la víctima. Era el político
conservador Álvaro Gómez, hijo de uno de los presidentes más
controvertidos del siglo y él mismo candidato a la presidencia más de una vez.
Nadie preguntó por qué lo habrían matado, ni quién, porque esas preguntas
habían dejado de tener sentido en mi ciudad, o se hacían de manera retórica,
sin esperar respuesta, como única manera de reaccionar ante la nueva
cachetada.