El sabor de los recuerdos de Cecilia Abad

El sabor de los recuerdos de Cecilia Abad

8 de mayo del 2011

Cecilia Faciolince de Abad siempre tiene un carro de mercado en miniatura que arrastra por toda su casa y mete cosas como si estuviera en una tienda cualquiera. Libros, papeles, paquetes, cajas, cartas o carteras. Ahora está lleno cuadernos viejos. Le pedí que me mostrara de dónde había sacado toda la información que está en su nuevo y único libro, Las recetas de mis amigas, editado por Aguilar, y me trajo esas anotaciones que, en algunos casos, están escritas en taquigrafía y que la han acompañado en su vida de soltera, de casada y de viuda.

Espaguetis de Consuelo, sopa antioqueña de arracacha, pollo a la chilindrón de doña María, filetes de ternera de Nora Elena, carne al vino de Otica, arroz con leche de Martica. Son 675 recetas que me dejan claro no sólo que frente a mí tengo a una señora con gran talento culinario, sino a una gran amiga. Casi cada receta viene acompañada de una anécdota personal. Aunque ella me aclara que no son tantas amigas como parece, que las vivas son pocas y ella ha anotado cada receta que le han dado en restaurantes, amigas de sus hijas o personas que han aparecido por casualidad en viajes a otros países.

Cecilia es una mujer alegre, de 84 años, mamá de cinco hijas ‒una fallecida‒, un hijo –el escritor Héctor Abad Faciolince‒ y esposa del médico y defensor de los derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín en 1987. Esta mañana se ha cambiado tres veces de ropa para la entrevista y la sesión de fotos. Le interesa lucir vivaz y elegante pero, sobretodo, cómoda. Es sofisticada hasta para cocinar. En la cena de navidad de su empresa inmobiliaria desempolvó un aparato con forma de licuadora. Ella le dice “un procesador” y sirve para cortar todo tipo de verduras y legumbres en múltiples formas. No lo utilizaba desde hace tanto que ya había olvidado cómo se manejaba y tuvo que llamar al nieto bilingüe para que le leyera las instrucciones del aparato.

Nunca se había propuesto escribir un libro. Dice que eso se lo deja a Héctor Joaquín, y que lo de ella es la cocina. Pero hace dos años, en medio de un almuerzo con amigas, la editora colombiana Pilar Reyes le sugirió que hiciera uno con todas sus recetas. Por esos días, Cecilia pensaba retirarse de Abad Faciolince Inmobiliaria, una de las empresas más importantes del sector en el Valle de Aburrá y fundada por ella en 1964. Quería descansar y dedicarse a sus costureros, a su familia y amigas. Pero Pilar la convenció fácil, le dijo que el trabajo ya estaba casi listo. Cecilia había hecho hacía unos años un modesto recetario personal para regalarles a sus hijas. Sólo era completarlo y agregarle unas cuantas anécdotas. A los 82 años de edad la señora Faciolince dejaba la empresa familiar y se internó en su apartamento para escribir su primer libro.

Pero en el proceso de escritura casi tira la toalla, en febrero de este año. Cecilia nunca se ha acostumbrado a la Internet y como los editores están en Bogotá, todo tenía que enviarlo por correo electrónico. Le preguntó a su hijo escritor que leyera el contrato para ver si podía renunciar porque las correcciones las había hecho con lápiz rojo y no estaba dispuesta a pasar al computador su manuscrito, que ocupaba dos cajas medianas. Héctor Abad le dijo que ni riesgos. Que ya el trabajo duro estaba hecho y consiguió una editora en Medellín para que pasara el manuscrito con todas las anotaciones adicionales y lo enviara por la web. El libro se salvó.

Y Cecilia está satisfecha en esta nueva faceta de escritora. Ella dice que no merece ese apelativo, que lo único que hizo fue pasar las recetas de sus conocidos. Ahora los  amigos que leen su libro la llaman y la regañan porque le faltó tal o cual historia, tal o cual receta. Me cuenta esta historia en la sala de su apartamento. A su lado hay unas rosas amarillas que le hizo llegar un viejo amigo, el ex magistrado Carlos Gaviria, el día de la presentación del libro en el Museo de Arte Moderno de Medellín. Y con las rosas vino el reclamo: “te faltaron los chongos zamoranos, uno de tus platos más exquisitos”, le dijo.

Como si se trataran de hijos naturales, Cecilia no tiene preferencias con los platos que prepara. Cuando le pregunto por su receta predilecta o le pido que me escoja una del libro para el almuerzo de esta tarde, ella dice que cualquiera estaría bien. Le insisto en que me recomiende algo, un plato fácil para los que no saben cocinar y dice que la sopa de arracacha (Pág. 72) estaría bien. “Pero ojo que las tortillas se hacen pero en aceite muy caliente. Y si eso le da mucha lidia, entonces hágase un arroz con huevo que es mi mejor terapia contra el estrés”. En una entrevista concedida a la televisión local, Cecilia sí se atrevió a decir cuál era uno de sus platos favoritos: los langostinos al gruyère de Vicky. Es casi exclusivo para las celebraciones familiares. Según cuenta en el libro, la receta la consiguió Vicky Abad, “la más elegante de mis hijas”. Para que no queden como un caucho, me dice, los langostinos deben dejarse a fuego lento y por máximo cinco minutos. Entre menos se consuman mejor queda la consistencia.

Pero esa felicidad con la que cuenta las historias de su libro se desvanece cuando alguna trae a la memoria la imagen de su esposo. En la cocina de su apartamento, Cecilia me cuenta que a Héctor Abad Gómez era mejor tenerlo retirado de ese lugar: Era un desastre pero gozaba con todos sus platos, salvo la sopa de arroz, porque le parecía comida de cárcel. No dice el plato predilecto de su esposo, pero cuando ve el aguacate sobre el mesón de la cocina y que en pocos minutos acompañará su almuerzo, trae a la memoria una anécdota cuando vivían en Washington y Héctor llegó a la casa con plátanos maduros y pintones bajo el brazo para que le preparara un tazón de fríjoles como los hacía en Medellín. “No sé de dónde los sacó porque eso no se ve por allá y mucho menos en esa época [en los setenta], pero a partir de ese día, todos los viernes había fríjoles con tajadas y aguacates en la casa”.

La cocina de su apartamento no es grande ni está repleta de aparatos que muelen, cucharones, vasijas y cuchillos afilados. Pero las apariencias engañan. Su “laboratorio” predilecto está en la finca La Inés, en el suroeste antioqueño, la herencia que les dejó su suegro y que ha sido testigo de sus platos más famosos. Allá celebrará la navidad y su cumpleaños número 85, con unos langostinos al gruyère de Vicky. Parte del mercado ya está empacado. Le gusta comprar los ingredientes con tiempo en la Plaza Mayorista, en Itagüi. Será el gran acontecimiento familiar y la protagonista será la comida, o Cecilia, que es como hablar de lo mismo en la familia Abad Faciolince.