El suicidio de Juan Harvey Caycedo

El suicidio de Juan Harvey Caycedo

12 de noviembre del 2011

Faltó Juan Harvey Caycedo en el justo homenaje que María Lucía Fernández y Manuel Teodoro le hicieron en el programa “Séptimo Día” al gran Hernán Peláez y “La Luciérnaga”. Juanito –como le decíamos todos- es la única “baja” definitiva, al irse de este mundo por voluntad propia. Se pegó un tiro, sin despedirse, el 21 de octubre de 2003.

Esa noche, al filo de las 7, en la sala de su casa en el norte de Bogotá -toda arte y buen gusto- había reunión familiar. Juan Harvey pasó rápido al segundo piso y como era su costumbre comenzó a escuchar música. Minutos después todo se estremeció con un ruido seco, un disparo que sonó como un campanazo ronco y definitivo.

En la mañana de ese mismo día, funcionarios de la Cadena Caracol, donde trabajó por más de 25 años, le habían notificado la decisión de la compañía de terminar su exquisito y nostálgico programa de boleros, que se trasmitía los domingos en la noche. Antes habían decidido excluirlo del programa Pase la tarde y La Luciérnaga.

Era “El Profesor Rico-Rico”, un anciano versado en temas del lenguaje. También personificaba a un gringo; al español “Pacorro”; al argentino; al opita; al chapetón “Juanetillo”, que lo dominaba todo sobre la fiesta brava; a un francés y hasta un japonés llamado “Mariko que es uno”. Como cubano amigo de Fidel, se enfrentaba a diario con un antricastrista que residía en Miami. Como Sergio el chileno, se conocía toda la actualidad de su país. Y a través del sargento Blanco, interpretaba el sentir militar. A la hora del resumen informativo, leía las noticias con la seriedad de siempre,  con una voz que el país admiraba y quería.

“No estaba preparado para bajar la escalera profesional”,  me insinuó uno se sus amigos más cercanos.

Mucho se especula que una supuesta crisis económica habría precipitado la tragedia, debido a la obsesión casi enfermiza de Juan Harvey de no deberle a nadie. Juanito magnificó sus problemas. El abrupto final de su programa de boleros de Caracol fue, para muchos, el detonante que lo llevó al despeñadero.

Con su muerte, a los 66 años (nació el 3 de julio de 1937), se fue uno de los locutores más cultos y polifacéticos de Colombia. Y un ser humano extraordinario, generoso y recto.

Sin terminar el bachillerato en el Santiago Pérez de La Candelaria, ya locutaba en la exigente HJCK, de Álvaro Castaño. Y a los 21 años fue nombrado director de la emisora Nueva Granada, la matriz de RCN, cuando la radio se hacía con libretos de la más fina factura. El muchacho que vino de Santander de Quilichao, Cauca, (le decían ‘El Negro’) se convirtió muy rápido en uno de los mejores locutores colombianos.

Juan Harvey mantuvo por casi cuarenta años un matrimonio estable y armonioso con Lucia Giglioli, una hermosa italiana de ojos claros y porte imponente, que vino a Bogotá en 1961, invitada por el Hotel Tequendama para su show central. ‘Lucia Cristal’ era su nombre artístico. Juanito, maestro de ceremonias, la presentó como argentina, lo que le mereció –sin vueltas ni diplomacias- el calificativo de “bruto” que le soltó en la cara la cantante. Por otras expresiones suyas, ella lo llamó “bocón”. De los insultos y los reclamos pasaron, con el tiempo, a la amistad y a los cariños. Después al matrimonio, en 1963, y luego a las dos hijas.

Juan se convirtió en el papá de las Caycedo: Carmen Lucía y Paola Rosana, tomando los nombres de madres, abuelas y tías. Y para seguir reinando como único varón, tuvieron decenas de animales, prefirieron las hembras a los machos. Montaron un zoológico en casa, con perros, gatos, faisanes, micos, peces, tortugas, azulejos, canarios. Y hasta un ciervo.

En la sede de la ACL –que Juan presidió por muchos años- se vivieron tertulias inolvidables, cargadas de buen humor. Juanito y Fernando González Pacheco fueron siempre protagonistas, con anécdotas, chistes y hasta chanzas pesadas. Juan Harvey contaba repetidamente (improvisando cada vez nuevos episodios) la muerte y el sepelio de Pacheco, con la anuencia y las risotadas del ‘difunto’.

El clímax de la emoción y la carcajada llegaba siempre cuando el féretro era transportado, desde el aeropuerto hasta una funeraria del norte. El paso por los moteles de la 26 era narrado por Juan Harvey con voz seria y apesadumbrada. “Cientos de empleados salen con sábanas blancas a darle el último adiós a uno de sus más fieles clientes. En los moteles no hay atención al público…dueños y empleados en general guardan luto por el amigo y el compañero muerto…”.

Por esas cosas del destino, Juanito murió primero.