Ella les devuelve la vida a los perros callejeros

Ella les devuelve la vida a los perros callejeros

29 de mayo del 2014

Petro –un french poodle mini– es el más escandaloso de la manada. Con la intensidad de sus  ladridos es capaz de irritar a perros hasta dos veces más grandes en tamaño y muchos lo han revolcado por bullicioso. Federico es el más viejo. Ladra poco, camina lento y toma medicamentos a diario. Nastya y Lázaro –de lengua larga y siempre descolgada– son los más intensos. Siempre quieren jugar y besar a los visitantes. Vicky –de pelo grueso amarillo, belfa y con cresta de la cabeza a la cola– es tímida y prefiere observar de lejos el juego de la pelota. A Lucas le gusta morder zapatos y acostarse boca arriba para que le rasquen la barriga. Aquí cada uno impone su personalidad.

En total 22 perros viven en el refugio Jardín Canino junto a Fabiola Blanco, animalista desde hace más de 30 años y directora de la Fundación Colombiana Pro Animales. Ella estuvo vinculada con la terminación de las zorras en Bogotá y la electrocución practicada en Zoonosis. También impulsó la esterilización gratuita de perros y gatos en la capital colombiana y pertenece a la veeduría Centro de Bienestar Animal del Distrito.

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Hace ocho años, Fabiola abrió un refugio para perros en el centro de Bogotá, pero hace uno dejó de recoger animales callejeros. “Tengo los perros que puedo tener bien”, dice. Sostener el lugar, ubicado en el centro, cuesta cerca de dos millones de pesos al mes. El dinero proviene de una renta que recibe Fabiola. No es partidaria de las donaciones para el Jardín Canino. Pero éste no es el primer albergue que tiene Fabiola porque durante meses estuvo en una finca en Granada (Cundinamarca) con cerca de cien animales.

La rutina en el refugio comienza a las seis de la mañana con el aseo general del lugar. Luego los perros son alimentados con una mezcla de concentrado y avena para que tengan buena digestión y su pelo brille. En cada esquina hay recipientes con agua limpia. Según Fabiola, este es el recibo más costoso que paga.

Fabiola Blanco

Fabiola perdió la cuenta de cuántos perros han pasado por su vida. Sin embargo, recuerda con cariño a Andrés Felipe, el gozque que tiene tatuado en su brazo derecho. Murió por un mal diagnóstico y tratamiento veterinario. Cada vez que uno de sus animales muere es enterrado en una zona cercana al Parque Nacional y se planta un árbol en su honor.

Cada domingo todos los perros, menos Rebeca a quien no le gusta salir de la casa, van a una caminata de dos horas. Cada uno sabe el puesto que debe ocupar en la camioneta de platón que conduce Fabiola. Afuera también aprovechan para jugar con una pelota de colores que alumbra y simula el sonido de una carcajada. Cada mes se compran 24 porque perros como Manchas prefieren destruirlas antes que perseguirlas. Cada una tiene un precio de $4.000.

Fabiola Blanco

Animalista

El interés de Fabiola por los perros se despertó cuando tenía 25 años. Su esposo la convenció de recibir en su casa a una perra de raza dóberman que un vecino iba a botar a la calle. Así conoció y entendió el sufrimiento de los perros y gatos callejeros. Pero desde niña fue amante de los animales por herencia de su papá, Jaime Blanco.

En los años ochenta rescató tigrillos, de moda por esa época gracias al auge del narcotráfico. Solía comprarlos con el dinero ahorrado de la mesada o a cambio de relojes. Alcanzó a tener una docena en un penthouse en el norte de Bogotá. La acompañaron durante quince años, unos fueron entregados a diferentes zoológicos y otros murieron de viejos a su lado.

Fabiola Blanco

La animalista también tuvo zorrillos y un gibón manos blancas, una especie de primate que perteneció a un diplomático estadounidense y tuvo durante 33 años. Pero cuidar este animal le trajo muchos problemas y la obligó a dejar la carrera de veterinaria en cuarto semestre. Fabiola fue perseguida por el liquidado Instituto Nacional de Recursos Naturales (INDERENA) que manejaba los recursos naturales y el medio ambiente a nivel nacional.

También escapó de algunos operativos de las autoridades judiciales. Tenía tres procesos en su contra. En medio de su huida, recibió ayuda del narcotraficante Pablo Escobar quien por unos días le dio posada junto al animal en la Hacienda Nápoles. No da muchos detalles de esta historia porque quiere escribir un libro.

Fabiola Blanco

Al final, Fabiola le ganó a la justicia colombiana y tuvo el permiso para tener el animal. Por esta época se graduó como animalista y empezó a trabajar en distintos proyectos de ley en el Congreso de la República. Su trabajo ahora está enfocado en la esterilización. En los próximos meses, gracias a una donación económica proveniente de los Estados Unidos, cerca de 150 animales de Bosa serán beneficiados. Con más de 50 años de edad, Fabiola piensa que va de salida en la labor. Es hora de descansar. Está satisfecha con su trabajo como animalista. Los 22 perros que viven con ella se han convertido en su familia. Hacen parte de su diario vivir.