Enterrar a un hijo

Enterrar a un hijo

6 de mayo del 2011

La noche del accidente fue devastadora. Después de una espera angustiosa y de las noticias confusas por parte del personal de la aerolínea confirmado el accidente, decidimos irnos con Esteban para Buga. Quisimos subir al cerro pero nos impidieron pasar, dizque por temor a la guerrilla. Ese fue solo el comienzo. A la mañana siguiente logramos llegar solos, sin ninguna organización de rescate; el caos era total, no había gasolina para los helicópteros que debían realizar la localización. El horror. Hubo sobrevivientes, pero Gabriel no fue uno de ellos. Tuvimos que convencernos, no puedo decir aceptar, de que Gaby había muerto. No sabría decir exactamente como se enfrentaban esos momentos iniciales de una pérdida tan súbita e infinita. Los recuerdos se pierden entre mi dolor y el helaje de mi cuerpo, de mi alma. La solidaridad fue igualmente inmensa. Los primeros en llegar fueron mis cuñados Rodrigo LLoreda y Mariu, quienes  nos trajeron a Vicente y aguantaron con nosotros en el monte esa catástrofe.

Nunca podré agradecerles suficientemente su incondicional y prolongado apoyo. Enseguida vinieron mis amigas, Gloria E. Ramírez y Dolly Musulini, seguidas por algunos sobrinos que, con Esteban, tuvieron el coraje de organizarse en unidades de rescate, sin tener algún entrenamiento previo. Y mi familia, los unos provenientes de Bogotá y mi hermana Marisa, de Alemania (finalmente había logrado ir a Europa y el viaje le duro tres días).También arribaron los demás hermanos de Francisco y otras personas, que llegaban y llegaban a acompañarnos. Tengo muchos borrones, pero en esas horas lentas, llenas de aridez y dolor, el único consuelo fue esa solidaridad.

En el accidente en que murió Gabriel junto a 150 pasajeros, sobrevivieron milagrosamente cuatro personas.

El tiempo pasaba muy despacio. Con ayuda de mi jefe y de su hija volví al trabajo. Hacía poco había aceptado dirigir la naciente Fundación Ayudemos, de la Clínica Valle de Lili de Cali. Mis colaboradores tuvieron mucha paciencia porque yo había quedado como un ente. Marisa, mi hermana, no me desamparó un minuto; literalmente se hecho mi casa a cuestas y me acompañó todos los días durante ese terrible primer año. Desde Bogotá, mi hermana Cristina, hizo lo que pudo para apoyarme.

Desde el día del accidente yo me había hecho el firme propósito de no convertirme en un frasco de gotas amargas y así se lo había comunicado a Francisco y a mis hijos. Quería entender todo lo que me ocurría, poder aceptar y vivir ese duelo devastador. Gabriel no hubiera deseado tanto sufrimiento. Buscando a tientas un asidero, asistí durante un tiempo a un grupo de apoyo. Me sirvió, porque en el pude ventilar con toda franqueza los sentimientos dolorosos una y otra vez, sin juicios ni impaciencia. Poco a poco logré hacer un inventario de lo que me quedaba, mi marido y mis otros dos hijos. La vida me había  devuelto a Esteban, mi muchacho de aguada inteligencia, enorme corazón, interesante y generoso, que había cambiado el vuelo (el mismo de Gabriel) y llegado unas horas antes. Pude además darme cuenta y dimensionar el coraje y valor de nuestro Vicente, que con solo trece años, hacia frente, con todos los recursos que encontraba a su alcance, a un hogar desbaratado: una Mamá inconsolable y a un Papá a quien, además de la muerte de su hijo, lo asolaba el cáncer terminal de su madre. Espero que Vicente tenga muy claro que, en esa etapa, él fue motivo poderoso para seguir viviendo, superar el marasmo emocional en el que me encontraba y procurar al menos dar algo de apoyo a quienes adoraba. ¡Qué difícil fue, qué coraje y qué valor me demandó¡ Al amanecer cada día siempre me sorprendía que el dolor no me hubiera matado. He vivido profundamente mi duelo (leí al menos doce libros sobre el tema) y he llorado mucho. Inexplicablemente, del fondo de estas lágrimas, han surgido el valor, la determinación y el consuelo.

Su hermano, Esteban Piedrahita, propuso crear la Fundación Gabriel Piedrahita Uribe, en memoria suya.

Y pasó más tiempo. Emprendimos como familia el proceso consciente de querernos más, expresarlo más y unirnos más profundamente, sin que se creara entre nosotros una  dependencia. Y lo más inteligente e interesante que hicimos fue comenzar a buscar juntos la manera de recordar, celebrar y honrar la memoria de Gabriel. El primer paso en este sentido fue que, en unión de otras familias de víctimas del accidente, “adoptamos” un parque, una zona verde en la que sembramos los innumerables árboles que en memoria de nuestros seres queridos habíamos recibido. Superando toda clase de dificultades, hoy esos árboles del Lago de las garzas muchos con frondas inmensas, acogen, resguardan y abrigan los niños que de muchos colegios, en especial populares, lo visitan, y a las aves que profusamente han regresado y pueblan ahora sus orillas.

Pero el principal proyecto familiar que emprendimos fue la Fundación Gabriel Piedrahita Uribe, dedicada a mejorar la educación básica y media en Colombia, con ayuda de las tecnologías de la información y de las comunicaciones. La idea fue de Esteban y todos la apoyamos. Razones para crearla fueron nuestros recuerdos de lo que habían impactado a Gabriel, su participación en el programa Verano de la Asociación Telluride (TASP, por su sigla en inglés). Cuando él estaba terminando su primer año en Ransom, tomó una prueba nacional estadounidense en la que sacó un puntaje inusitadamente alto, motivo por el que fue invitado a asistir becado a un seminario de seis semanas en el prestigioso Williams College.

Claudia Uribe de Piedrahita aceptó relatar su dolor para el libro Palabras Guardadas de Editorial Norma.

Este certamen, liderado por dos profesores universitarios, con lecturas y temas interesantes y complejos, estaba dedicado a economía, ética y educación o, más concretamente, al estudio de la educación como la mejor estrategia para asegurarle  a las personas igualdad de oportunidades. Él lo reconocía, así como en sus lecturas de John Rawls sobre ética y justicia. Fueron temas recurrentes en nuestras sobremesas familiares. Gabriel había sacado la conclusión de que a pesar de las diferencias con las que la genética nos marcaba al nacer, la educación era el camino hacia la igualdad de oportunidades. Se unía a lo anterior el hecho de que un mes antes de su muerte, Gabriel nos hubiese comunicado que, al graduarse, iba a dedicarse un año entero a enseñar, en un colegio de algún barrio necesitado, si acaso no ganaba la beca por la qué estaba concursando, para ir a la Argentina durante seis meses, a estudiar la cultura gaucha y a escribir historias cortas sobre sus héroes. Íbamos a discutir este asunto a su llegada.

Los recursos que nos entregaron las aseguradoras de la aerolínea nos permitieron construir un fideicomiso irrevocable a favor de la Fundación. Han pasado ya siete años.

El rumbo cada día es más claro. Además de publicar en internet su portal Eduteka y continuar un estrechísimo programa de formación y aprendizaje en el Instituto Nuestra Señora de la Asunción (INSA), la Fundación Gabriel Piedrahíta Uribe hace inversiones de dos colegios populares más. Yo soy la directora y empecé de cero: hace ocho años no sabía prender un computador.

La decisión de volcarnos hacia los más necesitados con todo compromiso y generosidad, nos ha permitido construir algo positivo sobre nuestro enorme dolor , encontrar motivos poderosos para seguir viviendo y hacer, en la medida de nuestras posibilidades , un aporte al país como, con seguridad, lo hubiera deseado Gabriel.

*Aparte del texto Gotas amargas, publicado en el libro Palabras Secretas, Editorial Norma 2007