Las dos guerras de Carlos Antonio Lozada

Las dos guerras de Carlos Antonio Lozada

21 de Marzo del 2017

Después de la paliza que le dio la policía hace 38 años por haber participado en una marcha contra el incremento en en el transporte público, Julián Gallo tomó la decisión de ingresar en las Farc. Tenía 17 años.  Pensó que sus padres entenderían la decisión. No fue así.

Le contó a su mejor amigo, que sorprendido, y antes de intentar convencerlo de evitar que cometiera esa locura, le sugirió su nombre de guerra.

– “Guevón, llámese como yo. Quiero mi nombre en letras de monte”. Aceptó y desde ese día dejó de ser Julián para convertirse en Carlos Antonio Lozada.

“Solo fracasa el que se arriesga, es vencido el que lucha y naufraga el que cruza el mar. Sino te sientes capaz de enfrentar la derrota, aléjate del riesgo la lucha y el mar”, esta frase – recortada de una revista –  fue el último regalo que recibió Gallo antes de convertirse en un hombre clandestino.  La guardó en su billetera durante muchos años hasta que se dio cuenta que se le había perdido. Sin embargo, la frase quedó tatuada en su mente.

Tuvieron que pasar tres décadas para que Julian y el verdadero Carlos Antonio se reunieran de nuevo; almorzaron en un restaurante de Bogotá. Ninguno de los dos tenía mucho tiempo, pero fue suficiente para recordar la anécdota y reírse a carcajadas.

En un restaurante parecido al que se reencontró con su amigo de adolescencia, KienyKe.com se reunió con uno de los hombres que hoy representa a la guerrilla más antigua del continente.

Viste zapatos negros relucientes, pantalón y camisa del mismo color, una chaqueta de gamuza café. El reloj que luce en su muñeca izquierda le da un toque de elegancia, de sofisticación.

El hombre que está sentado en un café del parque de la 93, una de las zonas más exclusivas del norte de Bogotá, en nada se parece al que se veía por las calles de San Vicente del Cagúan, en los tiempos del proceso de paz del gobierno de Andrés Pastrana.

Aquel era un hombre de rostro duro, barba gruesa y mirada implacable que caminaba despacio con un fusil AK-47 colgado en su hombro derecho.

El Carlos Antonio Lozada, versión 2017, se asemeja más a lo que es hoy: Un excombatiente que está a punto de convertirse en papá por tercera vez.

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Saluda con calidez y fortaleza, sonríe y se toma el tiempo para explicar con detalle temas relacionados con el posconflicto. Toma café con paciencia. Lo disfruta. Es como si durante mucho tiempo no hubiese podido hacerlo con notoria tranquilidad.

Quizá desde que tuvo su primer combate, en el lejano 1979, en el Tambo (Cauca), no disfrutaba tanto un tinto como lo ha hecho en los últimos cuatro años. El riesgo a ser bombardeado ya no existe.

Acompaña los recuerdos con sorbos cortos: “Ese primer combate fue con la policía, fue al año siguiente de haber ingresado a las Farc. En ese tiempo se vivía de manera diferente la situación. Estábamos muy jóvenes y la sensación era de aventura, se vivió ese momento con adrenalina. Teníamos muy frescas las imágenes del Che, de Fidel, y la motivación era protagonizar un proceso de lucha y liberación”. Hoy cree que lo logró.

La guerra, según Carlos Antonio Lozada

Cuando Lozada estuvo a punto de salirse de las Farc

Durante más de 20 años Carlos Antonio Lozada fue un completo enigma para las autoridades colombianas. La inteligencia militar solo sabía que era el comandante del Frente Antonio Nariño, encargado de organizar las estructuras urbanas que operaban en Bogotá. En septiembre de 2010, tras la muerte del Mono Jojoy, se convirtió en integrante del secretariado de las Farc.

Hoy tiene 56 años. Situaciones de guerra lo hacen reflexionar, pero no arrepentirse. “Al Carlos Antonio Lozada que entró a las Farc le diría que tomó la decisión correcta. Tuve la fortuna de haber decidido muy temprano qué era lo que quería hacer de mi  vida”.

Después de otro sorbo corto de café, al que le echó poca azúcar, Lozada recuerda que faltó muy poco para que tomara la decisión de salirse de las Farc. Sucedió cuando llevaba tres meses en las filas. Luego de un ataque de paludismo.

“Solicité el retiro de las filas pero en esa época las comunicaciones se hacían por intermedio de correos humanos, y la respuesta demoró seis meses. Cuando me dieron la autorización ya no me quería ir”.

La de Lozada no la historia de un guerrillero que entró a las Farc porque en la zona en la que creció no había presencia del Estado y tocó. Julian Galló nació en Bogotá. Fue un adolescente estrato tres. Su padre perteneció al partido comunista y él, desde muy niño, hizo parte de las juventudes de ese movimiento.

Su familia no estuvo alejada de las garras de la violencia. Llegaron a la capital del país luego de ser desplazados de Gaitania, en el departamento del Tolima.

Vivir en la selva de cemento creó las condiciones para que el secretariado confiara en Lozada la misión de organizar comandos urbanos. En su momento su trabajo era clave para cumplir el ambicioso objetivo que se planteó Jojoy: Tomarse Bogotá con la ayuda de las armas.

Entre Bogotá y Cali, Carlos Antonio Lozada organizó las acciones de las Farc en la ciudades. Sin embargo, la misma dinámica de la guerra hizo que el guerrillero se viera obligado a internarse en la selva.

“El trabajo urbano es más complejo. La exigencia aquí no es física sino psicológica. Esa sensación de acostarse todas las noches pensando que ya van a llegar a tumbar la puerta del apartamento,  eso  es muy desgastante se requiere tener una seguridad y convencimiento de que ese está viviendo todo el tiempo al borde de la muerte o de la cárcel”.

Fue precisamente en Bogotá, que Lozada vivió uno de los más duros de la guerra: La masacre de Mondoñedo.

Ese 7 de septiembre de 1996 Vladimir Zambrano Pinzón, Jenner Alfonso Mora, Juan Carlos Palacios y Arquímedes Moreno, fueron encontrados muertos en la hacienda Fute, ubicada en el cruce de la vía que comunica al municipio de Mosquera con Soacha y La Mesa, lugar conocido como el alto de Mondoñedo.

En la guerra todo el tiempo se vive al borde de la muerte o de la cárcel.

“Los recuerdos me llegan en forma de nostalgia. Es una carga mora muy pesada y algún día habrá que contarle al país lo que realmente sucedió con esos jóvenes”.

Para contar esa verdad, Carlos Antonio Lozada tiene pensado escribir un libro.

“Tengo escritos un par de cuentos cortos en los que están diseñados los personajes que estarán esa novela. Una vez finalicen varios procesos que tienen que ver con la estructuración de la paz, que avanza a paso de tortuga, me voy a sentar a escribir ese libro. Eso es algo que tengo que hacer”, dice.

Mientras llega el momento de sentarse a escribir el libro, Lozada seguirá tomando café despacio y esperando el momento indicado para enseñar a sus hijos los uniformes que usaba en tiempos de guerra. Los tiene guardados en un armario. “Son cosas que uno quisiera conservar como recuerdo de lo que fue la vida. Hay que conservarlos por lo menos para que cuando uno les cuente a los nietos no digan que uno está diciendo mentiras”.

Serán pocos los que vean esos uniformes, serán menos los que entiendan las motivaciones. Una de las que seguro verá y vivirá esos recuerdos, será Dalila, la hija que espera junto a ‘Milena’, una joven guerrillera.

“Hay una mezcla de ansiedad de que nazca ya y de mucha esperanza. Que ella pueda vivir en un país distinto al que no tocó a nosotros, es una motivación muy grande”.

En el maletín de cuero en el que guarda celosamente los documentos, se ve un regalo para la niña que está por nacer.

Lozada se despide pero antes dice que hay otra cosa que quiere hacer “ojalá pronto”.

“Ir a El Campín a gritar los goles de Santa Fe. Por ahora, por temas de seguridad, no se puede ir, pero es una cosa que sueño hacer”.

A esta altura de la conversación el tinto ya se había acabado. Él sale rápido, lo acompaña la persona que le ayuda con la agenda de prensa. Se despide con una sonrisa y con un apretón fuerte de manos.

Se monta a una camioneta negra con vidrios polarizados que se pierde entre otros vehículos.