“Somos una sociedad que no reflexiona sino que reacciona”: Ricardo Silva

16 de septiembre del 2019

Entrevista con el autor de Historia de la locura en Colombia.

“Somos una sociedad que no reflexiona sino que reacciona”: Ricardo Silva

@RSilvaRomero

“No es sano estar bien adaptado a una sociedad enferma”.

Jidu Krihsnamurti

La locura inicialmente, es considerada una desviación de las normas sociales establecidas en un país. Una de sus primeras definiciones fue la del latín “delirare, de lira ire”, que significa “desviado del surco recto”, asociado a la agricultura, una práctica de saberes y técnicas para cultivar la tierra. En Colombia, a quienes trabajan en el campo, se les denomina agricultores o campesinos.

A finales del siglo XIX, los comportamientos que atentaban contra el sistema de valores y la moralidad de la época, fueron tildados como “locuras”. Cuando un hombre o una mujer, presentaban delirios, actitudes y pensamientos impropios y destructivos, también eran clasificados por los médicos, como enfermos mentales.

Algunas manifestaciones de la locura se evidenciaban en mostrar abiertamente los sentimientos y deseos, al igual que dejarse llevar por los impulsos y decir su “verdad” de forma directa. Por eso eran considerados un peligro para la comunidad, pues al no cumplir a cabalidad las reglas, se les intentaba controlar a través de la intervención de las instituciones religiosas y tratamientos médicos y psicológicos, con el fin de salvar su alma y lograr mejorar la mente.

Si este objetivo fracasaba, las personas eran desplazadas de su entorno social y declaradas interdictas por las autoridades del gobierno, pues la locura no es un dato objetivo sino social, basado en las ideas preponderantes de cada época.

Ahora bien, en el siglo XXI la nueva locura es carecer de identidad propia, en otras palabras, no saber quién soy. Esa certeza, no se puede obtener, sin antes conocer la historia que precede a la aparición del síntoma de esta enfermedad.

Cortesía Armando Martí

Actualmente vivimos en una especie de ceguera colectiva, en donde el estado de trance hipnótico es reforzado a través de las redes sociales, la tecnología, la publicidad y el consumo, haciéndonos creer que las extravagancia son bien aceptadas y que al parecer todo está en orden en nuestras vidas, en la medida que trabajemos de forma adictiva para lograr tener grandes cantidades de dinero, con el fin de adquirir “cosas” que llenen de sentido una vida interior de locura.

Adicciones, sexo virtual, personas egoístas que se casan consigo mismas, invadidas de ansiedad, estrés y depresión, manifestadas en obsesiones, enfermedades psicosomáticas, trastornos alimenticios, separaciones, desbordes emocionales y suicidios …

La ciudad se ha convertido en un spa/manicomio, en donde todo es permitido y justificado, y el pago a esta inconsciencia es el “olvido”, hoy también conocido como el síndrome de “Neblina Mental”, el cual hace que la persona no recuerde lo que va hacer o lo que hizo hace un instante, viviendo con micro sueños que lo sitúan entre la realidad y la fantasía. Sumado a los altos niveles de concentración puestos en los celulares, recibiendo hora tras hora imágenes y datos, que los mantienen constantemente en una borrachera emocional y desconectados de sí mismos, sin capacidad de análisis y reflexión.

Todo esto, nos obliga a preguntarnos: ¿qué le está pasando a las personas? ¿Se están volviendo locas o es este país tan violento y contradictorio, lo que las está volviendo locas?

“Historia de la locura en Colombia”

Estoy de acuerdo con el pensamiento tibetano, que afirma: “Nada en la vida es porque sí y todo pasa por algo”, incluso en forma de drutsas algunos adeptos se tatúan esta máxima en ciertas partes del cuerpo, con el fin de no olvidarla y aplicarla en sus vidas.

Precisamente, me encontré en la Librería Nacional con la obra más reciente del escritor colombiano Ricardo Silva Romero: “Historia de la locura en Colombia”, publicada por Intermedio Editores. Lo llamé, y le propuse un encuentro en el restaurante de comida italiana Azzurro, en donde profundizamos toda una tarde, sobre diferentes temas sociales y políticos del panorama colombiano, que han sido abordados por su aguda pluma durante los últimos 10 años en su columna “Marcha Fúnebre”, publicadas en el periódico El Tiempo.

El escritor colombiano Ricardo Silva Romero durante la entrevista con Armando Martí. Cortesía Armando Martí. 

Armando Martí: Ricardo, ¿cuál es el propósito y el sentido de su más reciente libro “Historia de la locura en Colombia”?

Ricardo Silva Romero: Es una muy buena pregunta. Debo ir poco a poco para contestarla. A mí sobre todo me interesan la ficción y el drama. Para mí escribir novelas es una verdadera terapia. Es allí donde encuentro mi vocación principal: estoy bien mientras me invento personajes, historias y mundos dentro del mundo por medio de un lenguaje propio –prácticamente propio– que busca articular y reinterpretar. Entonces, de alguna manera, “Historia de la locura en Colombia” no es lo usual para mí. Por un lado, es un libro conmemorativo: celebra los 10 años de la columna que he tenido en el periódico El Tiempo. Por otra parte, encuentra una historia en los textos que he escrito desde mayo del 2009.

A.M: Cuéntenos, después de revisar sus columnas, ¿hacia dónde enfocó esta historia?

R.S.R.: Creo yo que es la historia de una persona que arranca bordeando el activismo de la ola verde, y termina, diez años después, sin ningún interés en pertenecer a ninguna banda, es decir, sin ningún interés en ser juez de los demás y mucho menos en participar en el muy colombiano ejercicio de “aniquilar” al que no está de acuerdo con uno. Poco a poco, en esta década, me pareció que la gracia era no alienar a nadie con mi columna: decir claramente lo que pienso como lo pienso, sin condescendencias, ni superioridades morales, ni eufemismos, pero hacerlo de tal modo que la gente que no está de acuerdo conmigo lo disfrute.

“Historia de la locura en Colombia” no es, en un principio, mi tipo de libro, pero se vuelve mi tipo de libro porque termina respondiendo a la vocación de la que hablaba: a la pasión por encontrar las palabras precisas para transmitir exactamente lo que quiero decir. Es un libro que me gusta, porque me va reduciendo a un simple retratista de la realidad del país, y porque pone en contexto la cultura y la “salud mental” trastornada y traumatizada de Colombia.

A.M:  ¿Qué cambios notó en usted y en Colombia a lo largo de estos 10 años?

R.S.R.: Me hastié del típico gesto colombiano de responderle a la violencia con más violencia. No me gusta el tema de “la polarización”, porque les sirve a los líderes violentos, pero lo cierto es que los bandos que se enfrentan aquí jamás reconocen su parte en la configuración de esa violencia. Yo no pertenezco a ningún partido político, ni he tenido que ver con ningún Gobierno, pero sé que soy liberal: creo en la democracia, en la defensa de los Derechos Humanos, en la igualdad, en que la creación de oportunidades en el país debe ser el eje del Estado. Pero no me siento mejor que los conservadores.

A.M: ¿Cree usted que el plebiscito de la paz reveló el contraste existente entre los habitantes de la urbe y el campesinado colombiano?

R.S.R.: Quizás fue un fenómeno demasiado urbano. Quizás opinamos demasiado los que hemos estado lejos de la guerra, los que sólo la vivimos en los años ochenta por cuenta del narcoterrorismo. Tal vez por eso, porque no se respondió lo que se estaba preguntando, ¿quiere usted que el campo siga en guerra?, quedamos todos tan confundidos. En el fondo, más allá de la tal polarización política, la gente es capaz de convivir mucho más de lo que se cree, no obstante, con los obstáculos de la realidad social.

Cortesía Armando Martí

A.M: Es claro que en la urbe hay una mayor influencia y difusión de los medios de comunicación. Al parecer, en el fondo, las víctimas más afectadas por este conflicto no están en la ciudad sino en el campesinado, forzado al desplazamiento, sometido y expuesto a las amenazas y crímenes de la guerra en el país. Ricardo: ¿alguna vez Colombia ha dejado de ser un país violento?

R.S.R.: Hemos sido una sociedad que no reflexiona sino que reacciona. Usted tiene toda la razón: en el país ha habido una guerra sostenida, y una de las razones por las que continua es precisamente que no suele suceder en las ciudades, es decir, han sido muy pocas las veces que las principales ciudades han sufrido las consecuencias de la violencia. Repito: la guerra se vio claramente en los años ochenta, cuando el narcoterrorismo declaró la guerra abierta al Estado colombiano.

Hoy la guerra continua en el mundo rural. No es fácil notar desde la ciudad el asesinato de los 800 líderes sociales, de los 150 ex guerrilleros desmovilizados de las FARC, de los 6 candidatos en plena campaña política. Otro país estaría desecho y pararía hasta resolver estas sucesos. Desafortunadamente, en Colombia estamos habituados a seguir como si nada estuviera pasando. Es una locura.

A.M: Es verdad. Preferimos huir del dolor y perder la cordura, pero no confrontar la realidad. Tenemos un trauma de infancia en nuestro inconsciente colectivo, marcado por la violencia desde la conquista, la independencia, el conflicto entre liberales y conservadores, hasta la configuración de las guerrillas, el paramilitarismo y el narcotráfico. ¿Qué hacemos entonces ante estos escenarios?

R.S.R.:  Dado que el país tiene serios problemas de salud mental es en la terapia en donde se encuentran las soluciones. Creo, en otras palabras, que tanto a la sociedad como a la cultura hay que exorcizarle tantos traumas y trastornos traídos de la violencia. Es fundamental dejar claro que se montó en Colombia un mundo católico de lengua española, pero que al tiempo se instauró la idea de que para vivir es necesario “aniquilar”, es decir, imponer sobre el otro, en “nombre de Dios”, una verdad absoluta.

Quien tuviera un pensamiento diferente se consideraba un enemigo, un bárbaro, e incluso había cierto permiso para acabar con ellos en honor a la “justicia”. Esas dinámicas hacen parte del entramado social del país y conducen a justificar las amenazas, palabras y acciones en contra del “otro”.

Es dentro de esta herencia que cobran tanta importancia los acuerdos de paz: son como un paréntesis en la cultura de trastorno nacional y nos guían hacia una convivencia con los demás. Sé que el tema está ideologizado. Pero hay que devolverlo a términos humanos: a lo que significa paz en el diccionario y ya.

A.M: Colombia es un país con tres cordilleras, está fragmentado en su geografía y por eso existe tanto regionalismo. Su conflicto ha estado basado en los intereses por la tenencia de la tierra entre la gente de poder, los industriales, la iglesia, el campesinado, los grupos alzados en armas y el narcotráfico. Entonces hay una ecuación que faltaría resolver, ¿cuál es el fondo de la violencia y la locura en Colombia?

Cortesía Armando Martí

R.S.R.: Casi la mitad del territorio colombiano es selva, es decir, ya de por sí la mitad del mapa es un misterio. A mí me gusta la forma en que mi abuelo describía la situación en uno de sus libros. Él hablaba del país como un archipiélago, como un pulso entre culturas, que no se define del todo entre el centralismo y el federalismo.

Sin duda, esto también forma parte de la base del asunto de la violencia. Al Estado le ha costado sangre integrar a toda la población, y ganarse su autoridad en semejante territorio, y para ser una nación, hemos tendido a refugiarnos en voces sueltas que nos reivindican –como los deportistas y los artistas – y en la validación del mundo: no hemos sido capaces de reconocernos los unos a los otros.

A.M: Sin embargo, existe otro agente que nace en medio de este contexto de violencia y es el narcotraficante, que ahora moldea a una sociedad desde la “vida fácil”, a partir de comportamientos excéntricos, acumulación de bienes, placeres sexuales y superficialidades materiales, como resultado de un cultivo masivo de cocaína que empieza exportar a través de diferentes rutas, las cuales son resguardadas tanto por guerrilleros como por paramilitares. ¿Cómo analizaría usted a este nuevo actor de la locura nacional?

R.S.R: Cuando el fenómeno de las guerrillas empieza a volverse un tema viejo en otros países de América Latina, en los ochenta, en Colombia surge el narcotráfico como una perversa reivindicación social y como una venganza del feudalismo de siempre. Permea paulatinamente diversas esferas de la sociedad desde la política hasta el fútbol y nos deja con un problema enorme que hasta hoy no hemos podido solucionar. El proceso de paz con las FARC era trascendental porque dejaba sin piso a la violencia política, es decir, lograba probar que ninguna violencia puede justificarse. Y que nuestra guerra de fondo es la guerra contra las drogas.

A.M:  ¿El proceso de paz alivió o empeoró el síntoma de la locura en Colombia?

R.S.R: El proceso de paz sigue siendo una oportunidad para la terapia de Colombia, pues es un espacio en donde se pueden liberar los odios, los resentimientos y las venganzas, y se pueden poner en contexto muchas vidas que usualmente estereotipamos y estigmatizamos.

Cortesía Armando Martí

A.M:  Quizás Colombia ha perdido el sentido: borró los límites entre la ilegalidad y el de la legalidad, y su gente se redujo a generar estrategias con el fin de obtener más dinero. ¿Cuál podría ser el sentido de la vida dentro de este complejo contexto histórico colombiano?

R.S.R:  Cada cual lo sabrá. Pero yo creo firmemente en lograr una vida simple. Vivo en medio de una rutina sencilla con mis hijos, con mi esposa, con mi mamá y con mis amigos. Quizás esto no le funcione a todo el mundo, pero es claro que entre menos cosas se tengan más espacio se tendrá para pensar en uno mismo, no como lo hace un narciso sino como lo hace una persona resignada a sí misma. En el arco de las 200 columnas reunidas en el libro se puede percibir la transformación de una persona que escribe, entre el 2009 y el 2019, con la ilusión de no servirle ni una sola palabra a la violencia.

A.M:  Finalmente, Ricardo, qué le parece si hacemos un diagnóstico diferencial, es decir, a través de un método cuantitativo y cualitativo. Yo le pido una calificación de 1 a 10, con el fin de entender la influencia de estos “virus”, que le voy a nombrar, como gestores de la “locura” en la actual situación del país. Empecemos: La hegemonía conservadora del país.

R.S.R: 8. Considero que la regeneración conservadora, católica, castellana, era bienintencionada, pero fundó una mentalidad violenta.

A.M: Los gobiernos de élite.

R.S.R: 7. Ha habido muchos gobiernos de élite, pero también muchos que no. Y ha habido algunos buenos, más serios que el promedio, con los que hemos sido muy duros. Pero sí hemos tenido una élite muy mezquina.

A.M:  El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

R.S.R: 8. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán no sólo reivindicó la paranoia y justificó el horror que vino, sino que también, alejó a las personas de los partidos políticos: el liberalismo quedó en manos de una élite cargada de intereses personales.

A.M:  La violencia entre liberales y conservadores.

R.S.R: 8. Sin duda es la síntesis de nuestra vocación a aniquilarnos y nuestra habilidad para encontrar un pretexto.

A.M: El general Gustavo Rojas Pinilla.

R.S.R: 6. El General Gustavo Rojas Pinilla fue nefasto como cualquier dictador, pero en este caso resultó ser “misericordiosamente breve”, como dicen por ahí, pues no duró los diez años o los cincuenta que han durado los tiranos de otros lugares.

A.M: La influencia y mediación de la Iglesia Católica en Colombia.

R.S.R: 8. Ha habido sacerdotes muy buenos en este país, que además han sido valientes a la hora de denunciar las trampas mentales del país, pero también ha sido –ojalá pueda uno decir “fue”–un agente central en la configuración de la violencia en el país.

A.M:  Los símbolos de tradición, familia y propiedad.

R.S.R: 8. Son elementos del sistema jerárquico que produce tantos abusos de poder, tantos vicios y tanta violencia.

A.M: Las FARC-EP

R.S.R: 8. Las FARC fueron perdiendo legitimidad cada vez que perdieron otra oportunidad de paz. Me parece que fueron tan infames con la UP –exterminada por la derecha– como las disidencias lo están siendo con el partido nuevo. Entonces califico a las viejas FARC con un ocho también. Me parece que su violencia pudo conjurarse muchas veces, y que es algo nunca visto, un secuestro de dieciséis años, y que les faltan décadas para repararlo todo, y es una buena noticia que hayan comenzado. A nadie le pongo diez, aclaro, porque caería en otra trampa muy siniestra: echarles toda la culpa a los demás.

A.M: El ELN.

R.S.R: 8. Han sido un poco menos protagónicos, pero no sólo han sido violentos y obtusos, sino que su discurso jamás ha tenido sentido.

A.M: El M-19.

R.S.R: 6. Fue breve y violento como el período del General Rojas Pinilla (de hecho viene de allí), pero me parece que aprovecharon la oportunidad de negociar la paz cuando ya iba a ser sólo barbarie. Durante treinta años han pagado el karma por la violencia que efectuaron durante veinte. Creo que de verdad han compensado sus actos violentos con una vocación democrática y social.

A.M: Los paramilitares

R.S.R: 8. Por la crueldad inusitada de sus actos, por las masacres, por las quemas, por las salvajadas que han cometido con la población rural haciéndose la trampa mental de que están poniendo orden y defendiendo a su patria.

A.M: Los narcotraficantes.

R.S.R: 8. Son delincuentes. Todo lo que venga de allí es un virus. Pero son tan graves los narcos como los demás que se han beneficiado de esta guerra contra las drogas. Aquí ha habido narcoterroristas de 10: psicópatas. Pero los narcos hacen parte, con las agencias gringas, con los gobiernos colombianos, del infame negocio de la prohibición: esa red merece 10. Porque aprovecharse de un país traumatizado es una bajeza.

A.M: ¿Cómo calificaría la cooptación del Estado?

R.S.R: 9.  El fenómeno del narcotráfico lo enrareció todo. Hay una serie de personajes corruptos, narcos, señores feudales, políticos, que han reducido el Estado a botín y que negocian con las leyes. Es una especie de leviatán, de monstruo, que es muy difícil de desmontar, pero podría desmontarse: bastaría con no nombrar a los amigos de los unos y los otros en los puestos de importancia, en las fiscalías, las procuradurías, las contralorías… Bastaría con no nombrar jueces corruptos… Pero calificaría este virus con un 10: por supuesto, hay personas honestas por todo el Estado colombiano, pero es un Estado infiltrado.

A.M: La sutil convivencia entre la legalidad de algunos políticos y la ilegalidad de los grupos armados y el narcotráfico.

R.S.R: 8. Esta es una cultura que no se ha podido poner de acuerdo en cumplir las reglas. Demasiada gente siente aquí que es la excepción. En el empeño de alcanzar la unidad, que hemos asumido como “pensar de una sola manera”, se nos ha creado una pasión por los uniformes: los curas, los militares, los futbolistas, los policías, los magistrados.

Y todos ellos se sienten la excepción a la regla: los dirigentes de fútbol poco se dejan gobernar por el código laboral, los sacerdotes se juzgan a ellos mismos igual que los militares, como si pensáramos que la verdadera justicia sucediera en el cielo. Eso es: creemos que la justicia entre nosotros no vale y vamos por ahí pensando que “la justicia suya no es la mía”.

A.M:  Los latifundistas

R.S.R: Pienso no sólo en los dueños de las tierras, sino en los dueños de todas las cosas. Han sido muy capaces de la caridad, pero poco capaces de la solidaridad. Han dado empleo y esa ha sido una contribución real, pero también ha sido una trampa mental, porque ha hecho falta realmente el reconocimiento de los otros. A los dueños de las cosas, más que los latifundistas, les pondría un 8. Pero diría que también ha habido empresarios genuinamente solidarios. En medio de todo, este grupo ha sido menos homogéneo que otros.

A.M: Una de las primeras personas con criterio e inteligencia a quien tuve la oportunidad de mostrarle el manuscrito de mi más reciente obra, y que me apoyó en ese momento, fue usted hace tres o cuatro años. Ese manuscrito hoy es un libro que va por su tercera edición a Dios gracias, y se llama “Viajero Interior: un Camino Simple hacia la Serenidad Personal”. ¿Qué podría opinar sobre esta obra? ¿Existe un camino simple para recuperarse de la locura individual y colectiva?

Cortesía Armando Martí

R.S.R: Debo decir primero que yo realmente me siento más cómodo a bordo de una vida simple, pero noto que es mucho más difícil de lograr de lo que imaginamos. El viaje interior es la investigación que cada quien está siendo de su propio misterio. Y para mí la tranquilidad no tiene precio: para mí es el sentido de todo. Y no la cambiaría por nada porque mi mayor capital es el tiempo, y me cuesta mucho sacrificar los días con las personas que quiero y que me necesitan.

Tu libro me ayudó mucho, desde el momento en que me lo entregaste, porque es justamente un libro que está a la altura de su título. Me pareció que sin enrostrarlo, sin ponerse en la tarea de “darse su lugar”, era un libro con la autoridad para empujarnos suavemente a hacer ese viaje que pertenece a la tradición de “El libro tibetano de los muertos”, una tradición de manuales para el espíritu, manuales que creen que hay algo más en el cuerpo aparte de lo que estudia la biología. Tu libro es un buen manual para lo “invisible” que hay en cada quien: una bitácora clara que uno puede seguir si lo que quiere es simplemente vivir en paz dentro de sí mismo.

A.M: ¿Sirvió este libro para el viaje hacia su simplicidad?

R.S.R: Va muy en la línea de lo que yo he estado viviendo y lo que he estado pensando. Quiero decir que me llegó en un momento oportuno y me siento contento de tenerlo. Yo creo que no hay manera de que este país funcione si la gente no está atenta a su salud mental. Me parece que no se ha pensado lo suficiente ese tema. Y creo que todo lo que pueda hacerse para que cada quien se investigue a sí mismo, es toda una contribución.

Una cura para la locura: “Que empiece por mí”

Después de esta reveladora conversación con el escritor Ricardo Silva Romero, quedé muy cuestionado y reflexivo, pero también nutrido de realidades y despejado de incertidumbres. Creo que es mejor el dolor de ver la realidad, al sufrimiento de no querer hacerlo. Entendí que vivimos en un “mal programa”, el cual hace que reaccionemos de forma automática, sin analizar ni medir consecuencias y mucho menos, saber qué es lo que en realidad queremos y cómo vamos a lograrlo.

La paz es la tranquilidad dentro del orden, por eso el sosiego mental no se puede comprar. El primer paso hacia la paz debemos darlo en primera persona y entender que debe empezar por mí. Somos muy importantes para el equilibrio de nuestro país y debemos correr el riesgo de descubrirlo. Abrirse a la realidad de que todo lo bueno o malo es temporal, te ayuda a sanar el alma.

Sin embargo, se puede dejar de representar algunos de los personajes contenidos en la maldad de la historia de la humanidad como lo son Caín, Judas y el propio demonio, aprendiendo a no hacernos daño a nosotros mismos bajo ninguna circunstancia, y mucho menos a los demás, pues al final del camino, el ser esencial de cada uno es naturalmente bueno y se regocija haciendo el bien.

Vivir con la verdad y desde la orilla de un corazón compasivo, es una experiencia maravillosa, que cualquier colombiano que quiera renunciar a su “locura”, puede vivir.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO