El escudo que demuestra la grandeza de Tenochtitlán

9 de marzo del 2019

También es conocido como Chimalli.

El escudo que demuestra la grandeza de Tenochtitlán

Apenas cuatro escudos prehispánicos provenientes de México sobreviven en el mundo: tres quedan en Europa y otro, en su tierra original.

La habilidad de los artesanos mexicas para construir un ‘chimalli’ (en lengua náhuatl, escudo) maravilló a los europeos. La capacidad de crear una pieza defensiva con colores vívidos y efectos visuales a partir de pieles, plumas y oro los volvieron un objeto preciado para los conquistadores, que las enviaron para engalanar las cortes en la metrópoli europea.

A casi 500 años de la conquista de México, el único que permanece en esas tierras se está mostrando en el Museo Nacional de Chapultepec. ‘Chimalli, el tesoro de Moctezuma’ es la estrella de la exhibición, compuesta por unos 300 objetos que acompañan al escudo.

Van desde fuentes históricas en donde se menciona el escudo hasta ejemplares disecados de los animales que se utilizaron para su confección en el México antiguo, además de completas infografías y siete videos que documentan el trabajo de investigación.

Laura Filloy, restauradora del Instituto Nacional de Antropología e Historia y curadora de la muestra junto a María Olvido Moreno, explicó a Sputnik que la intención de esta muestra es contar la historia de un “objeto excepcional que cruzó dos veces el Atlántico” ya que “pocas piezas han tenido esa oportunidad”.

Aunque no se conoce exactamente la fecha en que salió de la Gran Tenochtitlán, el Chimalli estuvo entre los objetos intercambiados tras los primeros contactos entre Moctezuma, el Tlatoani mexica que lideraba Tenochtitlán en 1519, y Hernán Cortés, el explorador/conquistador de la corona española.

“No sabemos nada de su entrega pero en uno de los documentos se menciona que va un escudo que tiene piel de un animal con machas y láminas de oro que podría ser éste, pero no estamos seguros”, agregó.

Las distintas fuentes bibliográficas indican que al menos 184 escudos con plumas fueron enviados a Europa desde el México antiguo, una práctica que se inició con Cristóbal Colón y que continuó con Hernán Cortés.

Eran elementos desconocidos para los europeos, “que llaman mucho la atención y por eso son considerados regalos dignos de las cortes y las cámaras de maravillas”, explicó Filloy. El encargado de repatriar el Chimalli a su lugar de origen fue Maximiliano I, el emperador europeo de México impuesto por una intervención europea en la segunda mitad del siglo XIX.

En 1865 escribió una carta a su hermano para que le enviara tres objetos que estaban en su colección familiar: el Códice Viena, un manuscrito mixteco; una de las cartas de relación que envió Cortés a Carlos V (en España conocido como Carlos I); y el Chimalli.

En la carta se encuentra la primera referencia bibliográfica clara sobre el objeto, en la que lo describe. Además Maximiliano, descendiente del monarca Habsburgo que regían en el inicio de la conquista, exhibe sus intenciones de beneficiarse con este acto de devolución. Según decía, en Viena no eran “más que curiosidades”.

Los plumajeros, los artesanos que dieron forma al escudo

La muestra reproduce juntos los cuatro escudos que sobreviven en el mundo, de los cuales dos más están en Stuttgart (evidencias bibliográficas indican que en 1599 ya estaba allí) y uno más que fue enviado por Cortés al Obispo de Palencia, en España, que representa un “campo encarnado con un monstruo dorado”, que es un cánido emplumado.

Los escudos tienen 70 centímetros de diámetro en promedio y son similares en su estructura: un campo frontal decorado en plumas y en dos de ellos, también oro; mientras en su parte posterior tienen una estera y elementos que le proporcionan resistencia, además de un agarre o empuñadura, que informan sobre su forma de uso.

“Tienen la misma tradición de manufactura que se continuó haciendo en la Nueva España hasta 1550”, explicó Filloy.

El Chimalli se distingue de los otros tres escudos porque tiene una decoración hecha en base a piel de ocelote, además de cuatro medialunas que originalmente estaban recubiertas con láminas de oro.

“Pero a lo largo de la historia se le ha llamado Quetzalcuexyo Chimalli porque tiene plumas de quetzal o también Ocelotlcuexyo Chimalli, porque tiene piel de ocelote”, agregó la investigadora.

Las medialunas donde estuvieron las láminas de oro, que fueron robadas en un momento no determinado, están recubiertas por piel de conejo teñida de rojo con grana cochinilla, un insecto del nopal que puede procesarse para convertirse en pigmento y teñir.

Tiene un mosaico de plumas finas, “de aves que vienen de lejos” y que no eran comunes en el Altiplano central donde se asentó Tenochtitlán y es hoy la ciudad de México. Las plumas están aplicadas con una técnica de mosaico y otras están atadas como parte de la decoración del frente.

“Todos los materiales que decoran este escudo son ajenos a la fauna del Altiplano, todos son importados”, explicó a Sputnik la investigadora.

“Para hacer objetos de este tipo se necesita que existan talleres especializados con artesanos especializados para el trabajo de distintas materias primas. Por las fuentes sabemos que algunos de estos talleres se encontraban en el palacio de Moctezuma, dedicados a hacer un tipo de objetos de arte para el Emperador y su corte”, explicó.

Además de los talleres ubicados en el Palacio de Moctezuma, había otros especialistas en el México antiguo que también trabajaban la pluma que no estaban asociados al palacio y que vivían en un barrio llamado Amatlán, ubicado en la cuenca del valle de México.

El trabajo de plumaría continuó durante la colonia hasta el siglo XVIII, fundamentalmente en el ex convento de Tlatelolco y en el convento de San Francisco que estaba donde hoy se erige la Torre Latinoamericana.

La plumaría, fruto de un trabajo colaborativo

El frente del escudo es un trabajo único de plumaría, en la que puede verse la maestría de esta técnica que permite “pintar” con plumas y que genera efectos brillantes de color, según la incidencia de la luz.

Podían usarse plumas finas o baladís, es decir, de aves más comunes como patos. Las finas, llegaban sobre todo de la costa del Golfo y de la zona Maya en el sur de México y parte de lo que hoy es Guatemala.

El color amarillo del borde del Chimalli, por ejemplo, fue logrado utilizando las plumas del chipe cabeza gris, un ave migratoria que aporta en promedio unas 40 plumas por ejemplar, por lo que se necesitaron 330 chipes para hacer este escudo, según la investigación presentada en la muestra.

El reverso del escudo fue construido con dos capas de estera de Otatea, un tipo de bambú mexicano, que se cortaba en varillas finas de unos 3 mm cada uno. Para el Chimalli se usaron 350 varillas por capa, por lo que se ocuparon 700 en total.

Las varillas están cosidas por un cordel hecho de agave, perfectamente alineadas. Luego se colocaban otras cuatro que le dan estructura y en el borde, piel de venado, que armaba el conjunto. Al final, las enarmas y tensores para poder manipularlo. Así, los artesanos lograban que pesara menos de un kilo.

Este conocimiento de los elementos que componen el Chimalli se logró gracias al estudio desde diferentes perspectivas y con el uso de variadas técnicas científicas que permitieron identificarlos sin deteriorar el escudo.

Todo se hizo en colaboración con distintos laboratorios de las universidades públicas de México y en contacto con otras dos investigadoras europeas, dedicadas al estudio de los otros tres escudos: Renée Ridler trabajó el escudo del “cánido emplumado” que está en Viena y Melanie Korn, hizo lo propio con los dos de Stuttgart.

“Trabajamos con equipos de científicos de diferentes universidades desde hace mucho tiempo”, dijo la investigadora, quien relató que existe una red del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) para el estudio de objetos de arte y prehispánicos que ha permitido afinar la metodología y avanzar en análisis novedosos.

“Estaban fabricando objetos en diferentes regiones, quizá en diferentes talleres, pero todos comparten la tradición tecnológica”, agregó la experta.

“Se necesitaba el trabajo colaborativo de dos tipos de artesanos especializados que tenían que estar trabajando a la par, plumajeros y orfebres, para poder delinear el mosaico de plumas y las pequeñas laminitas de oro”, concluyó la curadora invitada para la muestra del Chimalli.

Por: Eliana Gilet.

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