La oficina de los gamers en Bogotá

14 de julio del 2018

Era el paraíso, o al menos lo más cerca que iba a estar de él. Gran cantidad de ángeles en forma de pantallas, consolas y computadores estaban en el lugar. El sueño de todo niño amante de los videojuegos era una realidad. Andrés es un hombre que toda su vida creció rodeado de consolas. Con […]

La oficina de los gamers en Bogotá

Era el paraíso, o al menos lo más cerca que iba a estar de él. Gran cantidad de ángeles en forma de pantallas, consolas y computadores estaban en el lugar. El sueño de todo niño amante de los videojuegos era una realidad.

Andrés es un hombre que toda su vida creció rodeado de consolas. Con gran emoción recuerda cómo su mamá le regaló un Polystation donde pasaba horas y horas jugando Mario Bros con una meta: mejorar sus habilidades.

En el mismo lugar pero unos metros más adelante se encontraba él. Un hombre mucho más joven que Andrés, pero con un amor indescriptible por los videojuegos. Absolutamente concentrado, con parpadeos que no se percibían, sus manos se movían con una velocidad. Parecía que se encontrara tocando el piano ante cientos de espectadores. Su rostro gesticulaba de acuerdo al momento del juego, un reto que para muchos podía ser insignificativo, pero para Luis Fernando, era todo un desafío debido a que en cada partida siente que se juega su reputación como gamer profesional.

Cuando Andrés pisó por primera vez el eSports Kamp Arena en Bogotá tuvo gran cantidad de sentimientos encontrados. Segundos antes de ingresar, sus nervios disminuyeron considerablemente, pues desde afuera sintió que el lugar no cumpliría sus expectativas porque según lo que pudo observar, pensó que se trataría de un centro de diversión de esos que abundan en la ciudad.

Cuando dio el primer paso, ingresó y observó la arena deportiva en forma de estadio de fútbol que se encontraba a su izquierda, sus esperanzas renacieron. Después de todo, las arenas deportivas en forma de estadios de fútbol representan modernidad y progreso en materia tecnológica. Encontró su lugar en el mundo.

“Está del putas”, fueron sus primeras palabras.

Mientras quienes lo acompañaban pensaban que su plan sería jugar como loco, lo único que hizo fue observar como un niño chiquito. Pasó horas caminando por el lugar analizando cada detalle, preguntando por las características de las consolas y los computadores, las luces en los teclados y la CPU lo atraían como imán.

Por otro lado, mientras Andrés recorría el lugar, Luis Fernando seguía jugando en la que para él es su oficina: el eSports Kamp Arena. A pesar de que tenía audífonos en su cabeza, se alcanzaban a escuchar algunas ráfagas de disparo provenientes del videojuego. Termina la partida, suspira y cuenta a KienyKe.com que a pesar de que parezca que juega tensionado, lo hace de forma relajada para que las cosas salgan bien, pensar mal o tener sentimientos negativos trae los mismos resultados.

“Ser gamer en Colombia no es fácil. Lastimosamente seguimos rezagados en materia tecnológica, internet, servidores y demás. Pero el amor y las ganas de superarse están por encima de cualquier cosa y por eso ahí vamos intentando seguir adelante”, afirmó Luis Fernando, conocido en el mundo de los videojuegos como un gran jugador de League of Legends (Lol) a nivel local.

A pesar de que Luis Fernando tiene apenas 19 años, cuenta con gran trayectoria a nivel competitivo. Al igual que Andrés creció pensando en los videojuegos. Siempre fue un alumno ejemplar, con las mejores calificaciones, pues sabía que si perdía una materia o disminuía su rendimiento, el apoyo de sus padres para estar horas enteras jugando se iría a la borda.

Actualmente se encuentra en quinto semestre de la universidad, donde espera poder graduarse con honores. Divide sus tiempos entre el estudio, los trabajos de la academia, su familia y entrenar deportes electrónicos, a los que aproximadamente dedica ocho horas diarias, ya sea en casa o en su oficina, donde lo atienden como un rey.

Dos historias, grandes similitudes

Si bien las diferencias entre un gamer profesional y uno aficionado, pueden llegar a ser considerables, en el caso de Andrés y Luis Fernando no las hay en tal magnitud. Ambos crecieron rodeados de consolas. Los dos son fanáticos de los videojuegos. Dedican largas horas del día a jugar sin descanso. Rinden adecuadamente en sus diferentes actividades, además coincidencialmente, ambos llegaron a esta arena electrónica en búsqueda de lo mismo:  un lugar para poder disfrutar de su gran pasión.

Llegó el momento esperado. Andrés se enfrentaría por primera vez al reto de jugar públicamente. Siempre lo hace en casa, en un recinto cerrado con las luces completamente apagadas. Ahora lo haría en un lugar medianamente oscuro (una de las características favoritas de los gamers) que tenía algunos destellos de luz de neón verde, azul y roja. Como si fuera poco, a pesar de tener a su alrededor a varias personas, seguramente ninguna de ellas estaba interesada en lo que iba a ocurrir en su partida.

Pidió la oportunidad de jugar uno de sus videojuegos favoritos del momento, Fortnite. Pero, cuando pensó que le habilitarían una consola su sorpresa fue mayor porque le dieron un PC, una plataforma completamente desconocida para él.

Como era de esperarse, los resultados no fueron los mejores. No dio pie con bola, mientras los demás construían, derribaban bases y apuntaban con tal facilidad, él solo intentaba familiarizarse con la plataforma. Rápidamente, lo mataron una y otra vez, a tal punto que se dejó embargar por la impotencia y se retiró. Fue quizás esta la diferencia fundamental entre el aficionado y el profesional: la mentalidad.

Al profesional su espíritu competitivo no lo deja pensar en la derrota. Intenta aprender de forma rápida. Sea cómo sea, pero lo importante es hacer un buen papel y por qué no, ganar.

Después de finalizar la partida, Andrés hace su último recorrido en el lugar. No sin antes prometerse que volverá para entrenar y dar su mejor rendimiento. Saluda a sus nuevos amigos y se despide del que para él, es su lugar en el mundo.

Ese gamer aficionado que vivió por primera vez esa esa experiencia, es este periodista.

Por: Andrés Romero Cuesta

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