El calvario de un hombre que optó por la eutanasia

El calvario de un hombre que optó por la eutanasia

6 de Marzo del 2017

Entonces Juan Pérez** tenía 67 años. Como cualquier ser humano, él tuvo una vida de ires y venires: tristezas, viajes, experiencias, miedos, angustias, alegrías. Sin embargo, a esta edad, estaba frente a la prueba suprema que cualquiera podría tener: la muerte. Y no era que él no quisiera morir; al contrario: Juan Pérez no deseaba nada más que irse de este mundo. Pero no sería tan fácil.

Un terrible cáncer de próstata poco a poco lo fue postrado en una cama. Tal era su dolor, que a veces tenía que gritar, a ver si así ahogaba el sufrimiento. La enfermedad había hecho metástasis y ahora los huesos de su columna vertebral estaban casi que inutilizados. La única manera de no sentir que se desagarraba por dentro era acostado boca abajo, o estando inclinado casi que en un ángulo de 90 grados. O si no con altísimas dosis de morfina. Y era un infierno sin salida porque no tenía cura. Lo único que el señor Pérez y los suyos podían hacer era resignarse. Resignarse y esperar.

Por tener que enfrentarse a esa agonía, Juan Pérez decidió que no quería vivir más. ¿Por qué alargar la vida más allá? ¿Por qué soportar tanto sufrimiento? ¿Por qué, si ya no había salida, seguir esperando la muerte que tanto tardaba en llegar? Entonces su decisión fue rotunda: quería la eutanasia.

El término eutanasia deriva del griego “eu”, que es bien, y “thanatos” que es muerte. Así, la palabra significaría “buena muerte”. El diccionario de lengua española la define como la “acción de provocar la muerte a un enfermo incurable para evitarle mayores sufrimientos físicos y psíquicos”.

Carmenza Ochoa Uribe es la directora de la fundación Pro Derecho a Morir Dignamente. En su mente no sólo está el caso de Juan Pérez sino el de muchos pacientes más, de sus familias, de sus sufrimientos. Habla con la convicción que sólo dan años dedicados a una causa.

“Las personas que toman la decisión de morir por eutanasia son diferentes, especiales. En estos casos lo más difícil es concientizar a la familia; hacerlos ver que no hay que prolongar la vida a toda costa, menos cuando hay sufrimiento. La muerte no es mala: hasta las estrellas se mueren. Ese es el curso natural de la vida”dijo Carmenza Ochoa

Al principio la familia del señor Pérez se mostró en desacuerdo con su decisión. ¿Cómo se le podría ocurrir tal cosa si el único que puede quitarla es Dios? Pero él estaba decidido. Fue aquí donde entró la Fundación y la señora Carmenza: intentando convencer a los más cercanos al paciente —Juan Pérez en este caso—, de que la eutanasia era lo mejor. Un trabajo consciente y de paciencia lo fue logrando. El siguiente problema eran los médicos.

El papel de la medicina

De acuerdo con la declaración de la Asociación Médica Mundial, “la eutanasia, es decir, el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares, es contraria a la ética. Ello no impide al médico respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su enfermedad”.

En esa perspectiva, que un médico ayude a un paciente terminal a morir por vía de la eutanasia, atentaría contra los principios sobre los que se sostendría la ciencia médica. Dice el Juramento Hipocrático, que es el que hacen todos los médicos al graduarse “…No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante”.

“El término eutanasia deriva del griego “eu”, que es bien, y “thanatos” que es muerte. Así, la palabra significaría “buena muerte”.

La ciencia y la tecnología han avanzado tanto que ya es posible mantener vivo a un ser humano por meses; años incluso, conectado a algún aparato, o con potentes medicamentos. Pareciera que no importa el cómo: simplemente hay que mantener la vida a toda costa. Para eso están los médicos. Y todos tenemos derecho a la vida, pero ¿tendremos derecho a la muerte?

En el libro El derecho a morir: comprender la eutanasia Ann Wickett y Derek Humphry explicaron que “no existe ningún derecho más inviolable, ni más cuidadosamente salvaguardad por el derecho consuetudinario, que el derecho del individuo a controlar la propia persona, libre de todo impedimento o interferencia por parte de terceros, a menos que la ley disponga lo contrario de forma clara e incuestionable”.

ALT Eutanasia

La eutanasia en Colombia

La historia sobre la legislación de la eutanasia en Colombia es larga y compleja. Hasta 1997, la eutanasia estaba tipificada en el Código Penal como “homicidio por piedad”. “El que matare a otro por piedad, para poner fin a intensos sufrimientos provenientes de lesión corporal o enfermedad grave e incurable incurrirá en prisión de 1 a 3 años”, dice el artículo 106.

Sin embargo, había mucha ambigüedad en la norma, así que en 1997, por iniciativa del entonces Magistrado Carlos Gaviria, la Corte Constitucional presentó la sentencia C-239, según la cual “el deber del Estado de proteger la vida debe ser entonces compatible con el respeto a la dignidad humana y al libre desarrollo de la personalidad. Por ello la Corte considera que frente a los enfermos terminales que experimentan intensos sufrimientos, este deber estatal cede frente al consentimiento informado del paciente que desea morir en forma digna…  Por todo lo anterior, la Corte concluye que el Estado no puede oponerse a la decisión del individuo que no desea seguir viviendo y solicita que le ayuden a morir”.

No obstante, quizás por lo escabroso que podría ser el tema, lo congresistas evitaron el tema: un proyecto legislativo sólido, completo, sobre la eutanasia parecía no ser posible. Fue hasta 2014, con la sentencia T-970, que la Corte tomó cartas en el asunto y le ordenó al Ministerio de salud y protección social “establecer las directrices para la organización y funcionamiento de los Comités que hagan  efectivo el derecho a morir con dignidad en los términos de la sentencia T-970 de 2014 y de la sentencia C-239 de 1997”.

“No existe ningún derecho más inviolable, ni más cuidadosamente salvaguardado por el derecho consuetudinario, que el derecho del individuo a controlar la propia persona, libre de todo impedimento o interferencia por parte de terceros, a menos que la ley disponga lo contrario de forma clara e incuestionable”.

Finalmente, con la resolución 1216 de 2015, se dieron los lineamientos sugeridos para que la eutanasia en Colombia fuera posible. Básicamente se debe:

  1. Tener un concepto médico que certifique que la enfermedad es grave e incurable.
  2. Que el paciente, en pleno uso de sus facultades, sea consciente de la decisión que está tomando sin que haya presiones de terceros.
  3. Debe haber un comité científico por parte del hospital o la EPS que respalde la decisión del paciente, y además preste todo el apoyo necesario a su familia.
  4. Definir el protocolo médico, es decir la forma cómo se llevará a cabo el proceso.
  5. La institución, es decir el hospital o la EPS tendrán 15 días para realizar la eutanasia.
  6. Si hay negación por parte de los médicos, por motivos de objeción de consciencia, la institución deberá, sin que haya algún costo para el paciente, encontrar un médico que lo haga.

En la norma todo parece muy fácil.

“El principal problema para que sea un proceso eficiente son las EPS . Y algunos médicos que son muy impersonales. Tratan enfermedades y no personas. Son menos solidarios; no hay una relación humana. Pero no son todos. Todavía se obligan a mantener la vida no importa la calidad. Eso hace que aún sea un proceso muy lento. Explicó la señora Ochoa

Quizás por eso, por la lentitud, Juan Pérez acudió a la Fundación Pro Derecho a Morir dignamente. Desde que él tomó la decisión, empezó otro calvario. Por algo más de dos meses, la EPS lo tuvo de aquí para allá, que eso no era con nosotros, que no sabemos nada de eso, que aquí no se hace eso, que sí, que no, que aquí, que allá, que mañana, que el médico no está.

“La Corte concluye que el Estado no puede oponerse a la decisión del individuo que no desea seguir viviendo y solicita que le ayuden a morir”

Pero fue posible: Juan Pérez, ya consumido completamente por la enfermedad, logró obtener la eutanasia. Rodeado de sus seres queridos pasó su última tarde en esta tierra. Como muy pocos seres humanos, él anticipó su muerte y pudo, en el sentido amplio de la palabra, y hasta donde la enfermedad se lo permitió, disfrutar sus últimos momentos de vida.

Primero le inyectaron un sedante muy fuerte. Lentamente Juan Pérez se fue quedando dormido. Luego la inyección fue de un anestésico, también muy potente. Parecía que él ya no sentía nada; pero aún latía su corazón. Entonces vino la inyección definitiva: cloruro de potasio, un despolarizante cardiaco. En menos de un minuto, Juan Pérez ya se había ido. Se había ido sin dolor. Se había ido en paz.

**Nombre cambiado para preservar la intimidad de la familia.