Con las botas pantaneras siempre puestas

Con las botas pantaneras siempre puestas

30 de abril del 2011

El 25 de enero de 1999, a la 1:19 p.m., un terremoto sacudió el departamento del Quindío. Al otro día, Everardo Murillo, entonces con 38 años, partió en un carro lleno de agua y comida hacia Armenia, donde nació. Al anochecer, lo recibió una ciudad iluminada por hogueras. Advirtió que las casas de sus amigos, las calles por donde solía pasear y los parques de su infancia eran montañas de escombros. Con el temblor, parte de su vida se vino abajo. Desde ese momento, se dedicó a la reconstrucción de su tierra como director del Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero (Forec). En estos doce años sólo ha tenido tres meses de vacaciones, de los que acaba de salir para enfrentar un reto de proporciones superiores: la reconstrucción de medio país por el invierno más agresivo de la historia de Colombia.

Fue el primero de los funcionarios del gobierno en ponerse las botas pantaneras para salir a hacerle frente a la tragedia invernal. Empezó a recorrer el país y a evaluar de primera mano la situación en cada rincón afectado por las inundaciones, los deslizamientos, la catástrofe humanitaria. Desde el primer día en el que el Presidente Santos lo nombró director ejecutivo del programa Colombia Humanitaria hace cuatro meses, Murillo se sumergió literalmente en el barro. Es el oído de la gente en las regiones, su paño de lágrimas, pero también la visagra entre alcaldes y gobernadores y el gobierno nacional. Les oye los lamentos, pero les exige ejecución de los recursos que les giran para las obras. Insiste en que para reconstruir las zonas destruidas por el agua se necesitan cinco mil millones de dólares, la mitad de lo que se requirió para reconstruir Haiti. La plata ha ido llegando pero la ejecución sigue lenta frente a las urgencias de la gente.


La destrucción del país rural es tal que serán muchos los años y los recursos que se necesitarán para encausarlo.

Y la lluvia no para. Y se conectaron dos inviernos y las pérdidas han afectado pobres y ricos, pueblos y fértiles regiones. Everardo trae la experiencia del .

Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero (Forec), donde manejó con maestría la mayor inversión de la historia del país: 700 millones de dólares. La diferencia es que sucedió el terremoto dejó su huella de destrucción  y pasó. Y comenzó la reconstrucción en un área específica. La situación es diametralmente distinta porque las aguas no se detienen, cada día hay un episodio más dramático que el anterior y la cobertura es de todo el territorio nacional.

Enfrentar la destrucción de bastas zonas de su querido Quindio le marcó su destino con las causas humanitarias y las grandes tragedias naturales. Se convirtió en el hombre de las emergencias. Estuvo para dar alivio en Bojayá después de la tragedia en la que alrededor de cien personas murieron incineradas en la iglesia por un cilindro bomba lanzado por  las Farc. Allí fue testigo de la unión de los indígenas por la montaña y de la raza negra por el río. Conoció a fondo la selva espesa del Chocó. Siguió luego, de pueblo en pueblo, por el Magdalena medio, en Los Montes de María, en el Urabá antioqueño, buscando, de la mano de los Laboratorios de paz, la forma para que las miles de víctimas de paramilitares y guerrilleros rehacieran sus vidas. Al final viajó a Haití como embajador en misión especial después del terremoto. Lo sorprendió que, sólo diez días después de la tragedia, las paredes que aún permanecían en pie estaban llenas de pinturas.


Everardo Murillo acompaña en el terreno a alcaldes y gobernadores a afrontar dificultades. Aquí con la alcaldesa de Cartagena

Desde que era un niño y estudiaba en el colegio San Francisco Solano, es un seguidor fiel de San Francisco de Asís. Recita cada tanto la oración por la paz: “Señor, haz de mí un instrumento de paz, que allí donde haya odio, ponga yo amor”. Cree que San Francisco es un santo moderno, que pregonaba el amor y el cuidado por la naturaleza, desde antes de que se hablara de ecología. Ha viajado a Asís en tres ocasiones y en su desgastado maletín de cuero café lleva una cruz Tau, rodeada de un anillo que simboliza el cordón que los franciscanos atan a su cintura. Su amor por las piedras, los árboles, los ríos, lo ha convertido en un fanático de la música y cultura celta. Ahora mismo lee la Historia de los druidas.

Cuando ocurre una catástrofe, lo primero que Everardo hace es rezar, “templar el alma”, y mover sus redes de amigos. Las tragedias naturales lo han convertido en un experto en atención de desastres. Con el Forec recibió el Premio Nacional de Alta Gerencia y el Premio Sasakawa, de la ONU, que estimula proyectos que benefician el bienestar económico y el crecimiento social y cultural de las comunidades desprotegidas.

Después de las tragedias, los pueblos vuelven a su esencia tribal, a trabajar en equipo por causas colectivas. Todo el mundo aprende. Es necesario conectarse con las personas en lo espiritual. A veces se necesita un abrazo más que una donación. Como a San Francisco de Asís, a Murillo le duele el dolor del otro.

A los doce años, Murillo sintió que la tierra de Armenia se movía bajo sus pies. Ese día huyó. Hoy, cuando ocurre alguna tragedia, hace lo contrario. Mientras todos huyen, él se alista para llegar.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO