Exguerrillero de las Farc vende dulces para estudiar en Londres

Exguerrillero de las Farc vende dulces para estudiar en Londres

30 de Junio del 2016

La primera vez que John Albeiro consideró dejar las Farc fue cuando dos guerrilleros lo intentaron violar. Tenía 14 años y llevaba apenas dos meses en el grupo armado. Su sueño de tener poder e infundir respeto a quien lo viera por tener un fusil en la mano, se desvaneció de inmediato. Pero tuvieron que pasar seis largos años para poder reunir el valor necesario para escaparse y llegar a la ciudad. Hoy recorre los buses y las calles de Bogotá intentando recaudar lo suficiente para pagar los tiquetes que lo llevarán a Inglaterra a estudiar gracias a una beca de la que es beneficiario.

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Sus manos gruesas y callosas por tantos años empuñando una ametralladora, hoy cargan dulces, manillas y lápices. Con ojos endurecidos por las atrocidades de la guerra, mira a los transeúntes de la ciudad a quienes ofrece sus productos. Sus pies, que en otra época llevaron grandes botas y caminaron por trochas y selvas, deambulan por la ciudad cubiertos por unos tenis rotos y gastados de tanto caminar. Es la única manera que encuentra de ahorrar en un mes cerca de $4’500.000 que necesita para el pasaje a Londres, solo el de ida, porque no sabe cuándo volverá.

“Llegué a la guerrilla cuando vivía con mi familia en la vereda Siatame, Sogamoso (Boyacá). Los veía pasar con sus fusiles y nadie se metía con ellos. Me gustaban sus uniformes y sus armas. Por eso un día, luego de haberlos seguido de lejos y saber donde acampaban, decidí escaparme y unirme a ellos”, dice John mientras camina con calma. Su voz ronca y gruesa parece no encajar con su delgado y débil cuerpo.

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Pero su entusiasmo en el grupo duró poco. Tras excursiones a los llanos, dos guerrilleros, jóvenes ellos, de 22 o 25 años, quisieron aprovechar el momento en que ellos y John fueron enviados a una pequeña población a recoger víveres. “Venga, chino, espere un momento” dijo uno de sus acompañantes, mientras el otro se acercó para tirarlo al piso. Lo tomaron con fuerza y le bajaron el pantalón. “No vaya a gritar o le pegamos un tiro”. Rápidamente lo pusieron boca abajo y le acercaron sus miembros al rostro.

FARC

“Esos hijueputas me iban a violar y yo no me iba a dejar. Me los intenté quitar pero no pude, entonces empecé a gritar. Uno me acercó el fusil a la cara y me gritó que  era mejor callarme o me mataría. Seguí gritando y pateando hasta que alguien me escuchó . Afortunadamente era más gente del campamento. Llevaron a los tipos escoltados y no los volví a ver. En la guerrilla ese tipo de cosas lo hacen a escondidas con los pelados nuevos, los comandantes no lo deberían permitir, pero a veces comen callados. Uno entra creyéndose el putas pero resulta que hacen lo que quieran con uno”.

Ese fue el primero de un sin fin de encuentros cara a cara con el infierno. Varias veces tuvo que bajar del monte a las veredas y cobrar vacunas a los tenderos y campesinos. Presenció el fusilamiento de personas que se negaban a cooperar con la causa. En una ocasión participó activamente en la instalación de una bomba junto a una estación de policía. Pero la gota que rebosó la copa fue cuando un superior torturó a un uniformado secuestrado. Con un martillo machacó sus dedos mientras éste aullaba de dolor. Aún tiene viva la espantosa imagen de los gestos de pavor del policía al ver la sangre brotando a chorros.

De día y de noche pensaba la manera de salir, pero fueron necesarios seis largos años para que John decidiera dejar por fin la guerrilla. “Me estaba endureciendo, ya no sentía nada. Todo era insoportable. Lo único bueno era poder ver las estrellas. Acá en Bogotá uno es afortunado si ve una o dos, pero allá eran cientos de estrellas. Eso era lo único que me distraía en las noches”.

Luego de pensarlo durante semanas, decidió escapar. Era una noche oscura y nublada. En el campamento todos dormían luego de una larga jornada, a excepción de un combatiente que se encargaba de vigilar. Tomó la ropa de civil que usaba cuando tenía que bajar a un pueblo y aprovechó la situación para deslizarse entre la hierba. En medio de su afán, un mal paso lo delató. A la distancia John pudo ver cómo su mirada se cruzó con la del vigilante, quien en un acto de complicidad guardó silencio.

Farc -

Tras su escape estuvo escondido en la selva por dos días esperando no ser encontrado. Finalmente dio con un camión que se dirigía a Bogotá  y que transportaba alimentos a la ciudad. Subió luego de pedirle permiso al conductor. Recibió sus primeros pesos ayudando a descargar la comida en la que permaneció durante horas.

“Llegar a la ciudad fue difícil. Todos andan con celulares y audífonos, y yo nunca había tocado un computador. Se hablaba del proceso de paz. ¿Usted cree que allá en la selva alguien habla de eso? Yo no quería más guerra, quería estudiar. Ya no sueño con poder, sino con ser alguien en la vida. Me metí a validar el bachillerato con el Sena, donde aprendí a manejar Internet. Cuando no estudiaba, trabajaba en los buses, vendiendo dulces”.

Nunca se presentó como desmovilizado ni buscó ayudas del gobierno, no sabía que las podría tener. No sabe nada de la familia que dejó en Boyacá. A donde va no cuenta de su vida anterior, nadie sabe de su pasado, nadie tiene idea de que en otros tiempos su fusil era su única compañía en las frías noche a la intemperie.

Duerme en una pieza que le cuesta $10.000 la noche y solo tiene un gastado colchón. En dos años ha trabajado en los buses, cargando bultos y como albañil. Ahorró lo suficiente para hacerse de un pequeño computador portatil de segunda, su única posesión, con la que encontró la manera de cambiar su vida: Tras buscar los diferentes recovecos de Internet, en febrero se presentó y ganó una beca Chevening en Relaciones internacionales y Derechos Humanos, la cual es ofrecida por el gobierno del Reino Unido, y que le cubre el 100% de sus estudios, alimentación y estadía. Solo le faltan los pasajes.

“No tengo la plata. Son más de cuatro millones de pesos. Me quiero ir, quiero dejar atrás todo, no tener de nuevo miedo de que algún guerrillero me reconozca cuando estoy trabajando en Transmilenio”, cuenta con la parsimonia que lo caracteriza, “además no sé inglés, y me exigen saber el idioma. Estoy haciendo el curso por el Sena en internet, pero tengo hasta el 14 del otro mes para presentar el examen internacional y pasarlo, o pierdo la beca”.

John Albeiro deja de hablar de un momento a otro. Ya es tarde y apenas ha recaudado lo de la habitación. Necesita recoger más para completar 50.000 mínimos que tiene como meta del día. Se va con su paso lento, sus tenis rotos, su maleta llena de dulces y sus ilusiones de viajar a Londres para dejar de una vez por todas el fantasma de la guerra de la cual él fue un verdugo.