Me enfarré con $ 5.000 en el Bronx

Me enfarré con $ 5.000 en el Bronx

11 de mayo del 2016

Esta mañana vi que todos los medios de comunicación hablaron de las fiestas que se realizan en la Calle del Bronx. Estuve en una de ellas.

Recuerdo que salí del colegio, iba ansioso y preocupado, siempre había querido ir a ese lugar. Mis amigas me hablaban de él, como si fuera el mejor sitio para farrear. Yo tan solo me lo imaginaba como los bares de mi barrio, un ambiente al que ya estoy acostumbrado, con luces, mesas, niñas y trago.

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En mi bolsillo llevaba $10.000. *Kata me había dicho que no me preocupara por la plata, que de “esas 10 lukas me iba a sobrar la mitad”.

Íbamos tres, Kata, Lore y yo. Ellas ya conocían  la ‘L’, pues allí fue donde empezaron a consumir marihuana y otras drogas. Llegamos y mi ánimo se transformó. Hubiera sido más fácil ir al basurero más cercano de Bosa, localidad en la que vivo. El ambiente hubiera sido igual. Los habitantes de la calle cubrían el lugar con sus bolsas llenas de desperdicios y basura. Aún no llegábamos a la ‘letra’ como le dicen a esa calle. Sentí un olor entre fetidez, orines y bazuco .

No estoy seguro pero vi como seis o siete casas al inicio de la cuadra, esa es la “zona rosa” del Bronx, el lugar donde no solo se consume, también se baila.

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Al entrar al lugar solo había hombres, a los que todos respetan. Se conocen como los ‘Sayas’ (grupo de personas que velan por la seguridad y el orden del lugar), se encargan de revisar que nadie entre marihuana, boxer, dick, perico u otra droga, tampoco que ingresen ningún arma u objeto que se pueda utilizar para lastimar a alguien. Son señores de edad con cara de “malotes”, un cuerpo lo suficientemente grande como para controlar a quien quiera armar ‘bonche’ , la verdad te asustan con solo una mirada.

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Son tres los encargados de requisar a los hombres, me revisaron los bolsillos, la boca y hasta la entrepierna. No puedes poner resistencia o te tratan mal y simplemente no te dejan entrar. No entiendo por qué a las mujeres nadie las toca, aunque *Kata me dice que es por respeto a ellas, o quizás una extraña regla callejera en la que los hombres son unos caballeros y a las damas no se les debe maltratar.

Mis amigas me preguntaron a cuál de los lugares quería entrar. Como nunca había ido me volví el consentido de la tarde, lo cual me otorgó el derecho de elegir.

Eran las 3:30 de la tarde, el sol alumbraba todo el camino y al fondo vi el lugar al que decidí entrar, ‘Millonarios’, el más seguro de los bares de la zona, según *Lore.

Las paredes eran blancas y había cinco mesas en todo el bar. La barra la atendía un señor de unos 50 años, lo supuse por sus facciones gastadas, aunque después escuché que también era por tanto vicio que consumía. Al sujeto se le notaba que llevaba mucho tiempo en el negocio de la droga, pues repartía con eficiencia las papeletas que le pedían.

Había otros bares que también tenían nombres de equipos como, Santa Fe y Nacional. Cerca había otro que  me llamaba la atención: Billares, se llama.  Allí las personas entraban sin tanta requisa. *Kata me contó que en este lugar sí dejan entrar el boxer que venden en la calle.  Aunque sale más barato comprarlo adentro porque vale $5.000, mientras que afuera cuesta $6.000.

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Al centro del bar salían a bailar las niñas que no superaban los 13 años de edad. Algo que llamó mi atención es que solo bailaban con hombres de 25 años en adelante. Yo no era capaz de bailar con ninguna, aunque lo pensé, pues de fondo sonaba ‘Piquete’, la canción de Wisin, mi reguetón favorito. El lugar estaba lleno, yo ya estaba acalorado, pero no me quitaba la chaqueta por miedo a que me robaran. Las niñas me miraban y al final accedí a bailar con una niña de once años que vivía en la localidad de Santa Fe, aunque su edad la conocí después de un tiempo, pues por tanto maquillaje que tenía aparentaba unos 15 años. Nunca quiso decirme su nombre o contar algo de su vida, pero por su hablado y facciones asumí que llevaba un buen tiempo en la calle consumiendo.

La esposas de los dueños de la discoteca cargaban a sus hijos en brazos, niños que no pasaban los dos año de edad, pero que aún así usaban para caminar por ahí y  vigilar el lugar. Estaban pendientes de que nadie se robara nada, ni que pelearan entre ellos, pues según me enteré después, el lugar es frecuentado por gente de plata  y un pleito podría afectar su seguridad.

Cada uno puso $2.000 para comprar vino. La caja valió $4000 y la “yerba” $3000. Las señoras ofrecían llenar la pipa de bazuco por $6000. En el lugar vendían tragos como:  Néctar, Old Jhon a $ 6.000, Chin Chin a $ 4.000 el litro, aunque no escuché bien el costo por el volumen de la música y porque me distraje destapando la caja de vino. También ofrecían drogas como: perico, pepas, boxer, entre otras.

Luego de acabar el vino compramos un litro de Chin Chin. Como nos habíamos puesto a bailar nos duró el resto de la tarde.

Aunque en el lugar había una rockola la música la ponía el señor de la barra. El aparato recibía monedas de $200.

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Las fiestas duran todo el día, tu llegas, eliges donde quieres entrar y ya, si te quieres quedar puedes pagar por la habitación. Mi amiga *Lore me dijo que miráramos, el olor a sudor era asqueroso, un colchón en el piso es utilizado todas las noches por personas diferentes y el precio es $2.000 por la amanecida.

El “cinco estrellas” como es conocida en la ‘L’, es una habitación un poco más aseada, de paredes blancas, con televisor, y tiene un costo de $7.000 la noche. O los que no tienen dinero para quedarse, pueden compartir con algún habitante de la calle, pues como dicen “los locales”, el lugar es muy seguro.

Yo me quería ir, pero mis amigas estaban bajo los efectos de la droga y era muy difícil sacarlas. Logré convencerlas y fuimos a un restaurante cerca al Bronx donde venden almuerzos a $500 . Yo puse $300 y compramos un almuerzo, necesitaba comer algo de sal que me calmara la borrachera.

Los habitantes de la calle nos miraban con ganas de robarnos pero no nos tocaban por miedo a los Sayas. La policía también nos observaba, pero ninguno se atrevió a parar a tres niños de 14 y 15 años que se encontraban en una de las calles más peligrosas de Bogotá.

Como a las 6:00 de la tarde noté en mi celular algunas llamadas perdidas de mi mamá, por eso me apresuré para volver al barrio. La comida ya había logrado su cometido y no tenia tufo, con lo poco que me quedaba ($5.000)  tal como aseguró *Kata, compré unos dulces, dejé a mis amigas en la casa, luego me fui a la mía y en ese momento sentí algo de resaca. Fingí un dolor de cabeza y entré a la casa luego de saludar a mi mamá. Medité lo que había pasado y juré jamás volver a ese lugar.