La fiscal del holocausto

La fiscal del holocausto

5 de noviembre del 2010

La ex fiscal Ángela María Buitrago  no estaba en el Palacio de Justicia el día de la toma por parte del M-19, hace 25 años. Pero hoy, cuando se ubica al frente de la fachada, logra reconstruir al detalle buena parte de lo ocurrido aquellos fatídicos 6 y 7 de noviembre de 1985. Los reconstruyó con ojos y profesionalismo de juez, y los salvó del olvido y la desidia judicial.

Lo logró después de revisar más de 1.500 horas de imágenes y audios de noticieros de televisión y radio, así como decenas de archivos fotográficos de los periódicos, que formaban parte de la  hoja de ruta con la que descifró las claves que encerraban los misterios del Palacio. Revisó y revisó imágenes con lupa.

Estuvo alerta de los momentos en que las cámaras de televisión enfocaban el reloj de la Catedral Primada de Bogotá para anotar la hora exacta de los sucesos. Las repetía y volvía a ver,  incluso con ex trabajadores del Palacio, ex magistrados y con las señoras de los tintos de la época, en un esfuerzo por identificar a quienes entraban y salían de la edificación. Buitrago vio en los videos salir del Palacio a personas que, de manera extraña, aparecieron muertas adentro.

Lo que se sabe judicialmente de la toma del Palacio se le debe Ángela Buitrago. Descubrió la responsabilidad de la cúpula del Ejército de la época en la desaparición de 11 personas que salieron con vida. La “fiscal de hierro”, como pronto se le conoció, se metió en las guarniciones militares para investigar decenas de documentos que se hallaban casi tirados en el piso. En esa labor descubrió un informe, con fecha del 11 de noviembre de 1985, que indicaba que algunos rehenes salieron del Palacio a las 12:30 m del 7 de noviembre, en contravía con los informes oficiales.

Pero sin duda uno de los casos más emblemáticos fue el de Carlos Horacio Urán, magistrado auxiliar del Consejo de Estado, a quien  esposa Ana Maria Bidegain, reconoció cuando salía con vida del edificio, saltando en su pie derecho y bajo custodia militar. También le dio respuesta a la incógnita del incendio que se produjo en la noche del 6 de noviembre en la biblioteca de la Corte, ocasionado por un error del Ejército, que lanzó un proyectil explosivo en vez de uno perforador.

La fiscal escudriñó, incluso, en los archivos personales del coronel Alfonso Plazas Vega, responsable de la retoma al Palacio, donde encontró un informe de la sección de Caballería del Ejército que revela la entrada a Palacio de un grupo de contraguerrilla, cosa que siempre fue negada por los militares. El dato resultaba revelador porque ese grupo guardaba relación con el B 2, famoso grupo de inteligencia del Ejército, quienes fueron, en apariencia, los que llevaron a los desaparecidos a la Escuela de Caballería donde fueron torturados.

En julio de 2007, Buitrago acusó al coronel Plazas Vega por el crimen de los  desaparecidos. Y tiempo después llegó lo impensable: dictó medidas de aseguramiento a los generales Iván Ramírez y Jesús Armando Arias Cabrales, lo mismo que al mayor retirado Fernando Blanco, al capitán Óscar William Vásquez y a los sargentos Ferney Causallá y Antonio Jiménez Rubay.

Nadie sabe de dónde salió esta mujer que le quitó la venda a la historia de la toma del Palacio de justicia. Una mujer que antes de llegar a la Fiscalía en 2005 era litigante y profesora de Derecho penal y probatorio de la Universidad Externado, y que tenía como hobby cantar desde que era una niña en el colegio Calasanz Femenino, donde hizo el bachillerato. Àngela Buitrago, la nieta del ex senador y ex embajador en  Roma,  Mario Ruíz, logró develar otros casos que la llevaron a acusar al gobernador de Meta Edilberto Castro y al ex director de Fiscalía de Medellín, Guillermo León Valencia Cossio, así como a varios políticos comprometidos con paramilitares.

Pero con las buenas llegaron las malas. El pasado 2 de septiembre, a la fiscal la sacaron de la entidad con el argumento de que su despacho no producía lo suficiente ante el cúmulo de procesos que tenía a su cargo. El tema no la amilanó y Buitrago regresó a su oficina, en un vetusto edificio del centro de Bogotá donde había litigado durante 17 años.

No se muestra ni abatida ni derrotada. Dice que la única frustración fue que su equipo investigador nunca dio con los restos de los desaparecidos del Palacio de Justicia. Una frustración que se confunde con alegría, porque Ángela Buitrago fue la única que llegó lejos en una investigación que nadie se había atrevido a hacer.

Hoy pasa sus días al lado de su familia, de su hijo y de dos escoltas que no la desamparan y que miran con sospecha a cualquiera que se le acerca. Y así, entre libros, litigio, clases de universidad, espera a que la Corte Suprema defina si ella, entre quince postulados, puede ser la nueva magistrada de la sala penal. No tiene afán, porque como bien dice, “a estas alturas del partido ya nada la perturba”.

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