Mauricio Soler: el ciclista que aún reconstruye su leyenda

Foto : Andrés Lozano

Mauricio Soler: el ciclista que aún reconstruye su leyenda

16 de enero del 2019

Mauricio Soler tiene una cicatriz al lado derecho de su labio, es una ‘v’ al revés bastante notoria y aunque no es la única que marca su cuerpo, fue la primera que se hizo y no fue, como las demás, montando bicicleta. Aunque él no recuerda muy bien, la rama de un árbol le cayó encima y él no tuvo tiempo de reaccionar. El pedazo de madera le golpeó la cara causándole una herida grande. Tenía 12 años. Esta anécdota y toda su vida, así como su familia, sus triunfos y lo grande que fue montado en una bicicleta fue borrado de su memoria tras un grave accidente cuando era considerado como el mejor ciclista del país. Tenía 27 años.

Las otras cicatrices, y no solo las físicas, son producto de su actividad como ciclista. Se cayó decenas de veces, pero siempre, por duras que fueron las consecuencias, se volvió a levantar. Hoy, a sus 36 años, cumplidos el pasado 14 de enero, sigue luchando contra las secuelas que dejó la caída que lo sacó de las pistas y lo obligó a renunciar a una de sus más grandes pasiones: el ciclismo.

Ocho años después de ocurrido el accidente aún no se tiene certeza de qué fue lo que pasó. Algunas versiones dicen que un espectador se atravesó y Mauricio lo embistió y luego cayó; otras dicen que fue un bache en la vía que el ciclista cogió, rompió su bicicleta y cayó; y otras más apuntan a que él descendía muy rápido y simplemente perdió control.

Era 16 de junio de 2011. Mauricio Soler corría la Vuelta a Suiza para el equipo español Movistar, esta era una competición corta que se usaba como preparación para afrontar, 21 días después, el Tour de Francia. Soler estaba feliz porque estaría en la carrera más importante del planeta como líder de un equipo grande.

Descendía a unos 80 kilómetros por hora y esa etapa, la sexta, y la vuelta y también su carrera terminaron contra un tubo de acero que hacía parte de una malla metálica que rodea un parque. Mauricio recibió el golpe en el costado izquierdo de su cabeza, perdió el conocimiento. Un ancho hilo de sangre que salía de su cabeza indicaba que las cosas no estaban bien. Y así fue, no estuvieron bien.

Foto : Andrés Lozano

Soler tuvo fractura de cráneo, escápula, clavícula, tibia, peroné, tobillo, siete costillas. En total fueron 22 fracturas que encontraron los médicos. Tuvo varios traumas, pero los más complicados fueron el craneoencefálico severo y un edema craneal. Fue llevado de urgencias a un hospital de la zona pero al ver la gravedad de su estado lo trasladaron en helicóptero al hospital de Navarra, en España, donde lo indujeron en un coma que duró 22 días.

“Yo sabía que había pasado algo malo. Lo único que recordaba era que estaba compitiendo y que haber despertado ahí era porque seguramente algo había pasado”.

El sueño que no fue suyo

Juan Mauricio Soler Hernández, quien según expertos tenía las condiciones para ser el mejor pedalista colombiano de todos los tiempos, vive hoy en su natal Ramiriquí (Boyacá): una pequeña población al norte de Bogotá, a donde se llega después de recorrer casi tres horas en carro desde la capital y atravesar algunas vías aún sin pavimentar que comunican pueblos boyacenses como Pozo Hondo y Jenesano.

“Se tenían las condiciones para ganar un tour de Francia”, Mauricio Soler.

No fue fácil llegar a ser el jefe de filas de uno de los equipos profesionales más importantes del mundo: el Movistar, puesto que hoy ocupa el también boyacense Nairo Quintana, a quien de una u otra forma Mauricio Soler le abrió las puertas en el equipo español. Tras la lamentable noticia de que Soler no podría volver a correr a nivel profesional, Eusebio Unzué, director del Team Movistar, tenía que buscar el reemplazo del colombiano; necesitaba un hombre tan bueno como Mauricio para subir la montaña y encontró en Nairo al hombre perfecto, una joven promesa que corría para el equipo ‘Colombia es pasión’ y que estaba demostrando para ese momento excelentes capacidades ciclísticas en carreteras europeas.

Ser ciclista para Mauricio Soler no fue un sueño cumplido de niño, se puede decir que su gran talento lo descubrió por una oportunidad que la vida le puso sin aviso. Quien tenía ese ideal era su hermano mayor, Ómar Soler; dueño de una bicicleta de carreras de acero con la que corría por los alrededores de la finca de sus padres, en Ramiriquí, creyéndose Lucho Herrera o Fabio Parra, mientras que Mauricio aprendía a montar, haciendo los mandados, en una vieja bicicleta BMX de cross.

En 1999, en el pueblo (Ramiriquí) se disputó una carrera para ciclistas aficionados y Ómar iba a competir pero por alguna razón tuvo que viajar a Fusagasugá y no alcanzó a llegar a la competencia, ese día Mauricio Soler, el penúltimo de los seis hijos de los Soler Hernández y el menor de los cinco hombres, con 16 años, cogió sin permiso la bicicleta de su hermano y se acomodó en la línea de partida. Mauricio Soler ganó la carrera con una ventaja de dos vueltas sobre su inmediato rival.

Esa victoria fue para Mauricio el inicio de todo. “Ahí pensé que tenía las condiciones para correr en bicicleta”, dice Soler, sentado en un café ubicado en una esquina de la plaza principal de Ramiriquí, desde donde se puede ver la iglesia y al otro costado la escultura que en su honor levantó la administración municipal, en 2012, un año después del trágico accidente.

Después de esa improvisada victoria Mauricio y Ómar, quien antes de ese día no prestaba la bicicleta, compartieron el caballito de acero para entrenar por los alrededores de la finca de sus padres. A los pocos meses Mauricio, pese a las críticas y negativas de su papá, don Manuel Antonio, se inscribió en la escuela de ciclismo Santiago de Tunja.

Todos los recuerdos de Mauricio se le borraron de la mente con el accidente. Tuvo que comenzar de cero con casi todo.
Siendo muy joven y sin mucha técnica, ese mismo año corrió algunas carreras locales en las que ganó con facilidad. Quedó segundo en la Vuelta Nacional del Futuro y su nombre comenzó a sonar en el círculo de ciclistas. Corrió para el equipo Cafe Salsumba. Corrió también para el equipo Chocolate Sol, con el que ganó en 2001 la Vuelta al Porvenir.

En 2002 quedó segundo en la Vuelta a la Juventud; un año más tarde quedó tercero y en 2004 se alzó con el título de esta competición. Soler fue contratado por el equipo colombiano Orbitel 05, con el que tuvo una notable carrera.

Para 2005 ya estaba corriendo en tierras europeas, con el equipo italiano Acqua & Sapone, donde también tuvo un actuación destacable: corrió el Circuit de Lorraine y ganó una etapa, la clasificación de la montaña, la clasificación de novatos y se coronó campeón. El año 2006 el equipo Barloworld lo contrata por dos temporadas y es con esta escuadra con la que llega su gloria, o al menos el día más feliz de su vida en el ciclismo.

Su paso por los diferentes equipos lo cuenta el mismo Mauricio Soler, al sorbo de una Ginger con hielo y una hojita de menta; ha hecho esfuerzos grandes para acordarse de muchas cosas, porque el golpe que recibió en la cabeza tras el accidente en 2011, en Suiza, le borró todos los recuerdos, los ha ido reconstruyendo a través de conversaciones familiares, videos, fotografías, recortes de periódicos y leer en Internet sobre él. Aún está rearmando su pasado como un rompecabezas.

Soler bebe con el pitillo otro poco de gaseosa, una leve sonrisa se dibuja en su rostro y con emoción empieza a narrar ese 17 de julio de 2007, día en que cruzó de primero la meta de la novena etapa del Tour de Francia, la carrera ciclística más grande que se corre a nivel mundial. Ese momento de gloria lo recuerda muy bien y si no es así, de tanto verlo y leerlo, ya se lo sabe de memoria. Ese es un día que sí quiso volver a recordar y trabajó para lograrlo.

Con una gramática un poco españolizada, anteponiendo el verbo haber como auxiliar a casi todos verbos que utiliza, que se le quedó pegada tras su paso por España, empieza aclarando que esa etapa se dio en un momento en que el ciclismo era muy diferente al de hoy, “era más agresivo”, eso lo dice con tono de orgullo.

“Mi inmediato rival era Popovych (Yaroslav) porque él iba adelante en una fuga que se había armado antes del Télégraphe, se había armado la fuga de 4 o 5 corredores, donde iban varios corredores muy buenos. Yo ataqué pocos kilómetros o un kilómetro para coronar el Telégraphe, empecé a bajar por detrás del grupo de fuga; caí al pueblo donde iniciaba el Galibier, iban con un poco de ventaja. Un poco más adelante les he alcanzado, por lo que se ve en el video, y me parece sorprendente que iban 4 o 5, no recuerdo exactamente, les he llegado y yo no llegué a colocarme a rueda a esperar a que me llevaran, les llegué pero antes le bajé otro piñón y aumenté la velocidad, el único que intentó pegarse a rueda fue Popovych y ahí duró varios kilómetros pero a la final se ha quedado y después ya todo el descenso y la parte para llegar a Briançon lo han hecho casi que el equipo de Alberto (Contador), persiguiendo, y el equipo de Alejandro (Valverde), porque Alejandro creo que hizo segundo ese día. Entonces fue una etapa muy ‘guerriada’ y de las que ya no se miran en el ciclismo actual”.

Foto : Andrés Lozano

Al escuchar a Mauricio, quien habla con voz pausada, como tratando de acordarse de cada escena que quiere contar, se logra visualizarlo montado en su bicicleta, pasando rivales, descendiendo y levantando los brazos al cruzar la meta.

Una mente en blanco

Al despertar tuvo dificultad para decir su nombre, para contestar si era casado o no, por más que intentaba no recordaba nada, el pasado se le había borrado. Solo hubo dos cosas que nunca se le fueron de la memoria: su hijo Juan Mauricio, a quien llaman Junior; y que era un ciclista profesional. Tuvo que volver a aprender a hablar, caminar, comer y hasta para las cosas más esenciales requería de ayuda.

Ha trabajado para reacomodar los hechos del pasado en su cabeza para que pareciese que siempre han estado ahí. Lo único de lo que no quiere acordarse y le pide a Dios que no le llegue a la mente y hasta el momento no lo recuerda, es el momento exacto de la caída.

Él creía que en cuestión de días se recuperaría, saldría de la clínica y que en pocos meses estaría de nuevo en las pistas; tanto así que le dijo a Eusebio Unzué, su jefe en el Movistar, que le alistaran la cachona (bicicleta de contrareloj), para salir y ponerse a practicar, pero no entendía la magnitud de lo ocurrido.

“El momento más complicado de mi vida fue cuando descubrimos que no podía caminar. Tener que desplazarme en silla de ruedas fue un momento muy complicado. Afortunadamente se logró salir de eso, se pudo dejar la silla de ruedas más rápido de lo que decían los médicos, al quinto mes del accidente la dejé”, recuerda.

Foto : Andrés Lozano

Otra escena muy dura para Soler llegó un par de meses después cuando su neurólogo le informa que tras una junta médica en la que analizaron su caso la recomendación, que fue más una orden, era no volver a correr profesionalmente, porque hacerlo sería un riesgo mortal: un esfuerzo de ese tipo haría que su presión intracraneal aumentara a un elevado nivel y esto podría matarlo. “Ese fue un día muy triste”, dice Soler con una mirada afligida que se le ve a través del cristal de sus gafas.

Durante bastante tiempo tuvo medio cuerpo paralizado. Su lado izquierdo no respondía. Esto le generó diferentes consecuencias que hoy sigue tratando de aliviar, como el caminar bien. La vista de su ojo izquierdo también disminuyó y por eso es que hoy en día utiliza gafas recetadas. “El ojo izquierdo había quedado abierto como el de una vaca”, dice y suelta una risa contagiosa, “…no lo podía cerrar por la parálisis y para poder cerrar el ojo hicieron dos cirugías en España, colocaron pesitas de oro en el párpado superior, que ya retiraron y en el parpado inferior me pusieron un tendón palmar (un pedacito de ligamento o nervio que le sacaron de la muñeca de la mano izquierda)”.

Volvió a Colombia seis meses después del accidente y siguió con su terapia en la Universidad de la Sabana. Ha vuelto varias veces a España para practicarse algunas cirugías allá. Hoy en día Mauricio sigue en recuperación, en tratamientos médicos y en terapias; toma medicamentos que, según Patricia, su esposa, lo hacen cambiar de estados anímicos. A veces tiene épocas de euforia y actividad y otras veces se le baja la energía y no quiere hacer nada, a veces se deprime y a veces está muy feliz.

Aunque antes del accidente su sueño era radicarse en Europa, exactamente en Suiza, con su esposa y su hijo, hoy vive en su natal Ramiriquí desde donde quiere vivir en paz: “Solo le pido a Dios salud y vida para ver crecer a Junior y verlo hacerse profesional. Me siento bien, pero he tenido momentos muy complicados, algunos, no todos, sobre todo en la rehabilitación”.

La vida cambia

Parado frente a la escultura de hierro que levantaron en su honor en la plaza principal del pueblo en 2012, y que está hecha con sus medidas exactas, (1.87 mt) y con la posición de estar escalando la cima de una montaña, Soler habla del ciclismo y dice que este deporte para él sigue siendo muy especial porque le ha dado todo lo que tiene. “Me dejó mi familia, a Junior, algunas pocas cosas materiales, alguna comodidad y sobre todo muchos amigos y el conocer ciertos lugares del mundo”.

Económicamente tiene lo necesario, dice él. Vive bien en Ramiriquí, sin muchos lujos, pero cómodamente. Tiene una pensión por incapacidad del sistema de seguridad de España, porque al sufrir el grave accidente él era empleado español y esa es una gran ayuda. “Quisiera estar mejor”, dice y suelta una de las pocas carcajadas que acompañaron esta entrevista.

“Tener que desplazarme en silla de ruedas fue un momento muy complicado”.

Monta bicicleta de vez en cuando, muy de vez en cuando, y solo lo hace como terapia, sin excederse. No monta la bici de ruta porque es inestable y aún tiene secuelas de la parálisis, por lo que sus reflejos han disminuido notoriamente; cuando sale a pedalear por los alrededores del pueblo lo hace en una todoterreno, que puede manejar mejor por el grueso de sus llantas.

Foto : Andrés Lozano

Mauricio Soler es consciente de que con su salud faltan cosas y seguirán faltando, así lo dice, pero tiene toda la fuerza para seguir trabajando en su recuperación. Es creyente y le agradece a Dios que por encima de los pronósticos, que no eran tan favorables, está como está.

“Tenía muchas ilusiones de hacer cosas grandes y desafortunadamente terminaron a muy corta edad. La vida cambia”, dice esto, agradece la entrevista y se despide porque es hora de almorzar; Patricia y Junior lo esperan y su última frase queda en el ambiente, “La vida cambia”.

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