Gabo periodista visto por Constaín

Gabo periodista visto por Constaín

7 de septiembre del 2014

En el libro “La nostalgia de las almendras Amargas” el escritor Juan Esteban Constaín recopila los textos que el Nóbel publicó en la revista Cambio entre 1998 y 2006. KienyKe.com reproduce la introducción que Constaín elaboró para este volumen.

La nostalgia del cercado ajeno

“¡Bandido!”, cuenta en sus memorias Gabriel García Márquez que le gritó una noche cartagenera, quizás la del 18 de mayo de 1948, Manuel Zapata Olivella. Ambos se abrazaron felices no solo de encontrarse allí en el barrio Getsemaní donde solían alborear al acecho de algún ron y alguna caricia, sino porque la última vez que se habían visto había sido en Bogotá, el 9 de abril de ese mismo año terrible cuando la ciudad ardió por todas sus costuras. Así que ese abrazo era el de dos sobrevivientes que no podían creer que lo fueran de verdad; dos náufragos en tierra firme, dos fugitivos de la muerte. “Manuel, además de médico de caridad era novelista, activista político y promotor de la música caribe, pero su vocación más dominante era tratar de resolverle los problemas a todo el mundo…”, escribió García Márquez en Vivir para contarla, y a renglón seguido: “No bien habíamos intercambiado nuestras experiencias del viernes aciago y nuestros planes para el porvenir, cuando me propuso que probara suerte en el periodismo…”.

Al otro día los dos trasnochados compinches estaban en la oficina de Clemente Manuel Zabala, quien era el jefe de redacción de El Universal, el periódico liberal recién fundado por Domingo López Escauriaza. Zapata no tuvo que excederse en el encomio de su amigo, pues Zabala ya sabía de él por los cuentos que en Bogotá le había publicado, con un generoso espaldarazo de Eduardo Zalamea Borda, El Espectador. Así que hablaron más de literatura que de otra cosa, y casi sin darse cuenta, con gran escepticismo de su parte, Gabriel García Márquez entró a la primera sala de redacción de su vida. Fue el 20 de mayo del 48 y el periódico lo celebró con una nota en la que daba cuenta del fichaje:

Un día Gabriel García Márquez salió a la orilla del Mojana y se dirigió a Bogotá llevado por su ambición de aprender y de abrir a su inteligencia más amplios y nuevos caminos a su inquietud (sic). Allá ingresó a la Universidad a familiarizarse con las disciplinas de la jurisprudencia y, quedando en su curiosidad intelectual una zona libre, le dio ocupación en el noble ejercicio de las letras. Fue así como, al lado del código, hizo sus incursiones en el mundo de los libros y atenaceado por las urgencias de la creación, publicó sus primeros cuentos en El Espectador. Fueron aquellas primicias de su ingenio una revelación y Eduardo Zalamea, gran catador y gran mecenas de las bellas letras, le hizo llegar su palabra de animación y le abrió irrestrictamente las páginas de su insuperable magazine.

Hoy, Gabriel García Márquez, por un imperativo sentimental, ha retornado a su tierra y se ha incorporado a nuestro ambiente universitario tomando una plaza en la Facultad de Derecho, donde continuará los estudios que comenzara con tan halagadores éxitos en la capital. El estudioso, el escritor, el intelectual, en esta nueva etapa de su carrera, no enmudecerá y expresará en estas columnas todo ese mundo de sugerencias con que cotidianamente impresionan su inquieta imaginación las personas, los hombres y las cosas*

Al otro día, el 21, se publicó su primera columna en El Universal: una nota sobre la derogación del toque de queda en Cartagena, con un comienzo que es también el presagio del estilo y la maestría que luego harían inmortal a su autor:

“Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda. El reloj de la Boca del Puente, empinado otra vez sobre la ciudad, con su limpia, con su blanqueada convalecencia, había perdido su categoría de cosa familiar, su irremplazable sitio de animal doméstico…”. Fue así como Gabriel García Márquez se inició en el periodismo, un mes después de ha­ber sobrevivido al Bogotazo y a sus cursos de derecho en la Universidad Nacional; fue así como empezó a ejercer ese oficio al que luego llamaría “el mejor oficio del mundo”, y del que no pudieron alejarlo nunca ni la fama ni la gloria ni la literatura. Porque estuviera donde estuviera, y con quien estuviera, y como estuviera, García Márquez era sobre todo un periodista: un cronista y un reportero del alma de los otros; de “las personas, los hombres y las cosas”. Desde el principio tenía clarísimo que su vocación y su destino estaban en la literatura, sí, pero gracias a esa intervención providencial de Zapata Olivella descubrió que quizás no había mejor lugar para cultivarlos y esperar sus frutos que la sala de redacción de un periódico.

El periodismo fue para García Márquez un laboratorio y un refugio: el cernidor en el que iba decantando muchos de sus temas, y la forja en que fue puliendo y castigando, con paciencia y disciplina, su estilo insuperable y sonoro, esa urdimbre de palabras que eran pescaditos de oro. Se lo dice el maestro a Roberto Pombo en una entrevista que está en este libro:

“Lo importante es que hace muchos años que yo vengo con la nostalgia del periodismo, que es un oficio que siempre considero que fue mi oficio original, en primer término; en segundo término, que ha sido muy útil para mí en la literatura porque gracias al periodismo yo puedo divagar, fantasear, hacer todo lo que quiero, pero gracias al periodismo mantengo los pies sobre la tierra, cosa que también corresponde el periodismo cuando hago periodismo, porque gracias a la literatura tengo una manera más fácil y, digamos, más atractiva de escribir. Es decir: yo no separo los dos géneros. Yo creo que el reportaje es un género literario como la novela, como el cuento, como el teatro, como la poesía… Y tenía muchos deseos de hacer, hace mucho, un reportaje. Primero, porque tenía miedo de que ya no lo supiera hacer. Que me fuera a dejar arrastrar hacia la novela, que fuera a confundir los dos géneros…”

Juan Esteban Constain

Juan Esteban Constaín.

De El Universal pasó García Márquez a El Heraldo de Barranquilla, y de allí, gracias a la orden perentoria de Álvaro Mutis que le dijo que si se quedaba con esos borrachos de La Cueva nunca escribiría ninguna de las novelas magistrales que tenía que escribir, pasó a El Espectador de Bogotá, donde muy pronto fue el cronista estrella. Y aun cuando las novelas magistrales empezaron a salir por fin de su sombrero de mago —con palabras de oro, pescados que atraviesan la urdimbre—, Gabriel siguió siendo eso, un periodista, aunque cada vez tuviera menos tiempo y cada vez la gloria fuera más posesiva con él y con sus libros. Pero siempre dejaba un pie al otro lado, en el cercado de al lado, para no perder el contacto con la realidad. En Prensa Latina, en Alternativa, en ese sueño fallido después del Nobel que fue el periódico El Otro, o en la Fundación Iberoamericana de Nuevo Periodismo que recoge muchas de sus preocupaciones éticas y filosóficas y narrativas, y prácticas, de cómo formar bien a quienes hoy se dedican al mejor y más difícil y complejo oficio del mundo. “Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”, dijo en un discurso de 1996.

Dos años después, en 1998, García Márquez se dejó tentar por su amigo y casi sobrino Mauricio Vargas, quien había logrado convencer en Bogotá a algunos de los mejores periodistas de Colombia para hacer una revista, un semanario de opinión y de actualidad, de investigación. Allí, en ese proyecto, estaban María Elvira Samper, Pilar Calderón, Roberto Pombo, Ricardo Ávila, Edgar Téllez y el propio Mauricio: una selección de lujo de la historia reciente del periodismo colombiano. Pero el sueño de todos era que Gabo, como le decían sus amigos, estuviera también. Y ante el asombro de todos, Gabo aceptó. Vino entonces una febril y festiva andanada de reuniones, cabildeos, especulaciones, vueltas de tuerca, trámites, debates, discusiones, arreglos, desarreglos, hasta que la nueva sociedad se lanzó al ambicioso proyecto de comprar la revista Cambio, antes Cambio 16, que ya existía con un importante capital histórico y periodístico tanto en España como en América. A finales del año se concretó el negocio, y a principios de 1999 los nuevos dueños se hicieron cargo de la nave, dándole desde el primer número su sello y su puntal. Fue así como nació Cambio: la Cambio de Gabo y sus amigos; la última de sus grandes aventuras en el periodismo.

Cambio era publicada ahora por una empresa que se llamaba como el médico en Del amor y otros demonios: Abrenuncio S.A., y en lo más alto de la bandera se leía: “Presidente del Consejo Editorial, Gabriel García Márquez”. Pero su presencia allí no iba a ser solo la de un oráculo o la de una sombra tutelar, o la de un abuelo benefactor, sino también, y sobre todo, la de un maestro del periodismo que estaba pendiente de cada detalle, y cuyo criterio implacable y siempre original, siempre, excedía los problemas del lenguaje y del estilo y lo cubría todo: el contenido, la diagramación, la titulación, los anuncios, todo. La idea era que García Márquez, como gran firma y gancho de la revista, escribiera cada tanto textos largos que harían —y hacían, hicieron— las delicias de los lectores: perfiles de grandes personajes, crónicas, entrevistas, reportajes. Inauguró además una sesión que era un puro divertimento, Gabo contesta, en la que sus lectores del mundo le mandaban cartas como si de un consultorio sentimental se tratara, y acaso sí, y él las respondía en un tono relajado y confidencial, lleno de guiños y picardía; sin embargo allí quedaron esparcidas, como verdaderas perlas, algunas de sus mejores revelaciones sobre el oficio de escribir y sobre su propia obra. Pero cada semana llegaban desde México, en carta o por fax, sus notas sobre cómo veía él la revista: cómo pensaba que podían mejorarse los textos y su presentación, los colores de la armada, el lead de las columnas. Y con sus propias cosas no tenía ningún tipo de piedad, diseccionándolas con un bisturí de tinta roja que no dejaba piedra sobre piedra. Sobre el número en que apareció su perfil de Hugo Chávez, “El enigma de los dos Chávez”, escribió una glosa feroz y brillante:

El texto del reportaje tiene toda clase de tropiezos: un adverbio de modo terminado en mente que cayó del cielo, una línea completa que desapareció, y otros varios accidentes tipográficos que se explican por la premura. Entre ellos, me falta un espacio respiratorio antes del último párrafo.

Por lo demás, el texto es “lo que pudo haber sido y no fue”. Le falta más tensión interna, limpieza de estilo, algunas ráfagas de la vida familiar de Chávez, y algo de Colombia en relación con su vida y su política. Indigno de un premio Rómulo Gallegos.

Libro Gabo

Este libro recoge los mejores textos de Gabriel García Márquez en Cambio: su última gran época como periodista y una de las más prolíficas que vivió, interrumpida luego por el cáncer y por la publicación de sus memorias. Aquí están sus perfiles, sus crónicas; y están también, completas, sus respuestas a los lectores. Hemos incluido además tres entrevistas al maestro publicadas en el periódico El Tiempo: una muy antigua, en Barcelona, en 1968, con Daniel Samper Pizano, y otra también de ellos dos en 1990, cuando parecía que GGM iba a ser candidato a la constituyente; la otra es una conversación con Roberto Pombo en 1996, cuando la publicación de Noticia de un secuestro. Este libro es un homenaje al talento del colombiano más grande de todos los tiempos: el que mejor supo desentrañar, con sus libros y sus palabras y sus intuiciones, el misterio de lo que somos. Pero es también un homenaje a sus lectores, para que renueven con él, aunque sea un poco, la nostalgia de las almendras amargas y el olor de la guayaba. El milagro de un estilo que morirá con el mundo, no antes ni después.

* Citada en: Gabriel García Márquez, Obra periodística Vol. I, Textos Costeños-1, Recopilación y prólogo de Jaques Gilard, Editorial La Oveja Negra, Mayo de 1983, Bogotá.

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