Gas sarín: el culpable del horror en Siria

Foto: Shutterstock

Gas sarín: el culpable del horror en Siria

5 de abril del 2017

Gas sarín: esa sería el arma química que se usó para atacar la localidad de Jan Sheijun, al norte de Siria. Hasta ahora la cifra de muertos es indeterminada; se dice que pueden ser más de 100. No hay responsables tampoco. La comunidad internacional culpa al régimen de al-Ásad. El gobierno sirio, por otro lado, dice que fueron los rebeldes. Rusia niega haber tenido algo que ver.

El Gas sarín es otro de los horrores que nos dejó la Segunda Guerra Mundial. Fue inventado por los científicos nazis Gerhard Schrader, Otto Ambros, Ernst Rüdiger von Brüning y Hermann Van der Linde, en 1938. Entonces se usó en los Campos de Concentración.

Después de la Guerra, se diversificó su fabricación y su utilización se hizo extensiva a otros conflictos. En 1976 Pinochet lo uso contra sus opositores. En 1980 Sadan Juséin lo uso contra Irán.  En 1994 y 1995 la secta religiosa Aum Shinrikyō lo uso en el Metro de Tokio. En 2013 el régimen sirio lo uso contra la población de Ghuta. Y se dice que ese mismo régimen lo volvió a usar, en 2017, contra Jan Sheijun. Dicho ataque puso en peligro las ya delicadas discusiones de paz entre los rebeldes y Alepo.

Su efecto podría asimilarse al de un insecticida. El Sarín ataca directamente el sistema nervioso; una vez dentro del cuerpo, inhibe la enzima colinesterasa, encargada de la regulación de las funciones neuronales.

De acuerdo al nivel de exposición, la persona puede experimentar simples mareos, hasta llegar a la muerte por paro cardiorrespiratorio.

Los primeros síntomas son irritación en los ojos y tos seca. Luego siguen dificultades para respirar, fuerte dolor en el pecho. Después hay endurecimiento de los músculos y convulsiones. Finalmente llega la muerte. Y esa imagen, la de la muerte es la que se ha viralizado. La muerte como espectáculo.

“Salí a ayudar a la gente y había un olor raro —dijo un sobreviviente—. Sabía que era un ataque porque no podía respirar y caí al suelo inmediatamente”.

“Primero hubo un cohete en el cielo —narró otra víctima—. Luego una explosión y mucho humo. Había un olor raro y era muy difícil respirar. No podíamos respirar más. No podíamos”.

“Lo que más me conmovió fue la visión de los heridos en las calles y de los asfixiados en sus casas. Luego del ataque nos dirigimos al lugar con mascarillas normales, nos acercamos poco a poco con el temor de resultar heridos y preparamos agua para esparcirla por el lugar y rociar a los heridos, hasta que pudimos atender a la mayoría. Por desgracia, no hubo tiempo suficiente para que los equipos de la Defensa Civil pudieran asistir a todos y esto llevó a la muerte de muchos. Mis fuerzas desaparecieron, sentía que seríamos incapaces de salvarles la vida. Jan Sheijún es a día de hoy una población sin ningún hospital, no hay medicinas, no se puede tratar a nadie”, dijo Osama al-Siada, testigo de los hechos, a la Agencia EFE.

Por la gravedad de los efectos del Sarín, desde 1993 su fabricación y utilización están prohibidas por la Convención sobre armas químicas, que fue firmada por todos los países del mundo. Dentro de la clasificación que salió de esa convención, el Sarín está en el nivel 1, es decir el máximo de riesgo y peligrosidad. Por eso quien lo use estará incurriendo en crímenes de lesa humanidad.

Si se llegara a comprobar que al-Ásad, o los rebeldes, o Rusia incluso, tuvieron algo que ver con el terrible ataque a Jan Sheijun, se enfrentarían a lo consagrado en el Protocolo de Ginebra, en el que dice que, “según el Estatuto de la Corte Penal Internacional, de 1988, ésta será competente para juzgar a los presuntos autores de crímenes de guerra, entre los cuales se cita el de emplear gases asfixiantes, tóxicos o similares o cualquier líquido, material o dispositivo análogo en los conflictos armados internacionales”.

Desde la Asamblea General de la ONU ya se han contemplado sanciones contra Siria por el uso de armas químicas en 2013. Rusia y China vetaron la resolución, en la medida que, argumentaron, “tenía vacíos jurídicos y no había pruebas suficientes”. Sin embargo, en la “lista negra” incluida en la resolución, hay por lo menos 11 miembros del gobierno sirio que sí tendrían, efectivamente, relación con la producción y uso de armas químicas.

Hasta ahora no se ha probado nada. La comunidad internacional está escandalizada, alarmada, pero pareciera haber cierto nivel de incapacidad para actuar contra los culpables. Es como si no conviniera. Aun así, el llamado para poner fin en la guerra en Siria, que ha dejado más de 300 mil muertos, se escucha por todas partes. Y debe atenderse pronto: una sociedad que se jacta de su modernidad y su respeto por la vida, no debería permitir que se repita un infierno como el de Jan Sheijun.