De guerrillero a pitonisa: el hombre que se hizo mujer en la cárcel

De guerrillero a pitonisa: el hombre que se hizo mujer en la cárcel

16 de marzo del 2016

Por: @MauricioCP88

“Yo era un varón…un machito que tenía varias viejas, un revólver y daba mucho plomo. Los hombres me respetaban y a las mujeres les gustaba”.

Habla Hernando Muñoz, un excombatiente que entró a La Picota siendo un hombre y dentro de la cárcel se convirtió en Mariposa, una transexual que además es líder de la comunidad LGTBI en el tema de derechos humanos.

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Nació a finales del 78 entre las montañas del Caquetá cuando la guerra entre la Fuerza Pública, la guerrilla y los paramilitares arreciaba. Se crió entre historias de milicias y milicianos que de un lado o de otro se creían los héroes de la patria.

También se consideró un salvador nacional. Por eso, y otro par de razones, duró metido en las Farc 12 años, hoy paga una condena de casi nueve en Bogotá.

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Se transformó en Mariposa, dice ella, por culpa de las mujeres. Dos decepciones amorosas consecutivas y el recuerdo de amores pasados fueron el punto de quiebre.

“Yo tenía muchas chichas. Aquí en la cárcel me visitaban buenas hembras. La mamá de mis hijos también venía. Con ellas tenía buen sexo y la pasaba chévere”.

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Mariposa cuenta su historia desde uno de los solares de La Picota. Al lugar llega esposada, acompañada por dos guardianes del Inpec y un representante de la oficina de comunicaciones de la institución.

En sus pesadas y gruesas manos, limpias de joyas, lleva un mazo de naipe español bien envuelto en un una bolsa transparente que enrolla y desenrolla a medida que entre pregunta y respuesta sus palabras van adquiriendo fuerza, velocidad y fluidez.

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El primer golpe emocional lo recibió cuando Ana Liliana, la mamá de Ingrid, su primera hija, le dijo que lo abandonaba por miedo. Ella temía que el papá de su niña, hoy de 18 años, estuviese armado, peleando en el monte contra el ejército y los paramilitares. Ella no estaba de acuerdo que él fuese un guerrillero. Ana Liliana, la mujer que como hombre más amó, se fue con Ingrid, de dos años, mientras él estaba metido en la selva del Caquetá.

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Cuando Mariposa habla de Ana Liliana y de su hija su expresión cambia. En su rostro se dibuja una notoria tristeza y sus ojos adquieren ese brillo que precede al llanto. Respira hondo, desvía la mirada y continúa su relato. No llora.

– La conocí en una fiesta de cumpleaños, en la casa de una prima. Yo tenía 16. La hice mi novia, me la robé y me la llevé a vivir –. Meses después nació Ingrid. Hace casi 10 años que no tiene contacto con ninguna de las dos.

El dolor que le produjo perder a las dos personas más importantes de su vida lo sobrellevó enamorándose de María Erly, una adolescente de 14 años que conoció en El Caguán, en la zona de distención que se creó en el marco del fallido proceso de paz entre el Gobierno de Andrés Pastrana y las Farc.

Estando en La Picota, cuando María Erly, que le dio dos hijos, le dijo que lo abandonaba porque a su lado ya no había futuro ni para ella ni para los niños, él, aún siendo Hernando, pasó ese trago amargo en los brazos de Leidy Johanna, una mujer que lo visitaba en la cárcel con regularidad. Hernando pensó que Leidy Johanna sería la mujer con la que terminaría sus días; pero con ella, a quien quiso con pasión, duró 28 meses. Lo dejó el 28 de diciembre de 2012. – Ya se imaginará ese fin de año, dice.

Hernando se echó a la pena. Preso, solo y sin el amor de sus mujeres, fue, según lo cuenta, uno de los hombres más tristes de la cárcel. – Lloré, no se imagina cuánto lloré por esas hembras, realmente las amaba. Empecé a aburrirme de todo.

En medio de la melancolía, deprimido, intentó matarse con un par de cuchillas que le quitó a una máquina de afeitar. Se cortó las venas de las muñecas.

Mariposa se sube las mangas de una vieja chaqueta negra de paño y enseña las cicatrices que le dejó su primer y único intento de suicidio. Las baja con disimulo cuando ve que Leonel Cordero, el fotógrafo de KienyKe.com, le apunta hacia las manos.

Además de la chaqueta de paño, Mariposa viste una blusa pegada al torso. Dice que al salir, cuando consiga dinero, se mandará a hacer senos y cola. También lleva un short de jean encima de unas medias de malla color negro y unas zapatillas femeninas. Está totalmente maquillada: labial, rubor, y bastante polvo facial. No tiene cejas, cada vez que estas crecen las depila y en su lugar traza una delicada línea con lápiz negro. Dos grandes candongas adornan su rostro.

Entre delaciones y tiros

Viviendo con Ana Liliana y con la niña ingresó a las milicias de las Farc. Lo hizo, cuenta, porque la situación era precaria y la plata que se ganaba como ayudante de panadería, el primer trabajo que consiguió a los 16, “no alcanzaba para nada”.

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Antes de ser guerrillero, a los 12 años, se salió del colegio, llegó hasta segundo de bachillerato, porque le picó el bichito de delinquir, así lo dice en medio de una sonora carcajada.

– Lo que yo quería era meterme a una banda criminal y como era apenas un niño, con los amigos del barrio, allá en Florencia (Caquetá), formamos un grupo de 35 unidades. Culicagados que armados con cuchillos y peinillas defendíamos nuestro barrio de ladrones y drogadictos. Peleábamos contra pelaos de otros sectores.

Hernando, que para la época apodaban ‘El flaco’, se hizo líder de la banda. Amigos y enemigos empezaron a respetarlo; pero cuando Ana Liliana quedó embarazada tuvo que abandonar su pandilla para conseguir un trabajo que les diera de comer.

Conoció a las Farc meses después. El haber visitado en la cárcel a un cuñado, que era guerrillero, lo acercó al grupo armado. Lo contactaron y le ofrecieron el caramelo que el niño estaba buscando: dinero.  Con más ansias que gusto aceptó ser miliciano. En una finca cerca a Florencia lo entrenaron en disparo de armas cortas y en manejo de explosivos. Le pagaron muy bien por algunos ‘trabajitos’ que realizó en nombre de las Farc-Ep, de los cuales ahora no quiere hablar.

– Obvio que no se los voy a contar. No soy pendeja ¿cierto?, sería la marica más bruta. Mariposa dice esto, mira de reojo a los guardias del Inpec, vuelve a soltar una de las pocas risas que acompañan esta conversación y remata diciendo – ¿Sabe por qué hemos caído aquí?, por darle confianza a personas que tal vez no conocemos. El mejor amigo de uno es el silencio. Lo que uno no habla es lo que no se sabe.

Para esa fecha la situación en Florencia y sus alrededores era muy pesada. Los ‘paracos’ estaban accionando fuertemente. Había bandas criminales que también hacían lo suyo. Y estaban las guerrillas. Fue una época de muchas muertes. Había que estar en algún bando.

Me calenté muy rápido. Los trabajos que le hice a las Farc me pusieron encima al Estado por un lado y a los ‘paras’ por otro. Pero me pagaban bien y la plata la necesitaba, ya me había acostumbrado a ella. Así que seguí haciendo vuelticas.

Hernando fue capturado varias veces como presunto miliciano de las Farc. Estuvo en la cárcel de Florencia, donde duró tres meses. No le comprobaron nada.

Cuando sus padres y sus ocho hermanos sospecharon que andaba en malos pasos le dieron la espalda y lo echaron de la casa. Se fue con su mujer para la casa de sus suegros mientras conseguía un apartamento pequeño para su esposa y la niña.

Pero a los pocos meses, en el año 2000, lo capturaron de nuevo. Uno de sus hermanos, a quien le había contado en secreto que era miliciano de la guerrilla, lo delató ante la Sijin. En el proceso que le siguieron confesó rebelión, aunque lo acusaron de sicariato, el caso no prosperó. Estuvo seis meses en cárcel de Rivera, en el Huila.

De prisión salió en 2001. Viajó al Caguán, a la zona de distención. Hizo parte de la compañía Teófilo Forero. Fue la primera vez que se uniformó como guerrillero.

La última vez que lo capturaron, a finales de 2008, también fue entregado por uno de sus buenos amigos. Hernando iba de civil y desarmado en un bus para un municipio del Caquetá a recibir unas cartas de su esposa y otras más para unos camaradas.

A mitad de camino unos hombres de civil detuvieron el bus y al subir se identificaron como miembros del ejército. Lo buscaban a él y lo encontraron sentado en una de las últimas sillas.

– ¿Es usted Hernando Muñoz Ríos?

– Sí. Soy yo.

– ¿Es usted guerrillero del frente Tercero de las Farc?

– Sí. Soy el que buscan.

Hernando no se quiso acoger a los programas de desmovilizados del Gobierno. Nunca creyó y aún no cree en el Estado. Le informaron que había una sentencia en su contra. Fue condenado como reo ausente por los delitos de fuga de presos, rebelión, porte ilegal de armas y concierto para delinquir. Entró a La Picota en 2009.

 Delincuente en la crisálida

Después de rodar por varios sectores de la cárcel, en 2010 llegó al patio cuarto, liderado por las Farc. En poco tiempo se convirtió en pasillero, ficha de los ‘plumas’, los que mandan. Meses después, por su liderazgo, fue nombrado comandante de la guerrilla. Volvió a sentirse grande y respetado.

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Cuando Leidy Johanna lo abandonó se sintió la persona más sola del planeta. De su primera mujer y de su hija no sabe nada desde 2010. Para sus padres y sus hermanos es como si él se hubiera muerto. Nunca lo buscaron. Nunca lo han visitado en la cárcel. Nunca le han enviado una carta. Su segunda mujer y madre de sus otros dos hijos (12 y 7 años) también desapareció.

– Después de salir de la depresión que me produjo esa maldita soledad, me juré nunca más llorar por una mujer. Me juré nunca más enamorarme de una mujer –. Para cumplir esos juramentos sabía que tenía que hacer un cambio drástico en su vida y a los pocos meses encontró el camino.

Hernando entabló poco a poco y sin darse cuenta amistad con las transexuales del patio. Cuenta que antes le eran indiferentes y que empezó a verlas como verdaderas mujeres.

Tener la compañía de mujeres, aunque no lo fueran, empezó a devolverle a Hernando la seguridad que las decepciones amorosas le habían robado. Se sentía feliz acompañado de ellas. El qué dijeran los camaradas del patio cada vez le importaba menos. Se sentía más afín con ellas que con los demás.

A escondidas de los rangos superiores y de los demás hombres, pero aún siendo Hernando, empezó a tener contacto íntimo con algunas.

– Empecé a verlas bonitas. Así como estoy yo ahora, se visten de chicas, y para mí eran mujeres. Empecé a besarme y a tener sexo con ellas. Fue ahí cuando se me explotó la sensación de gay. Quería que los hombres me cogieran y me hicieran lo que les hacían a ellas, ¿sí me entiende?

En este momento del relato Mariposa dice que tal vez lo homosexual haya sido una condición escondida desde hace muchos años atrás. Confiesa, con un tinte de vergüenza, que cuando tenía 17 años, viviendo con Ana Liliana y su hija recién nacida, tuvo sexo con un joven, otro adolescente que hacía parte de su pandilla.

– No sé qué me pasó ese día. Nunca me sentí marica. Nunca me gustaron los hombres; por el contrario, me la pasaba de vieja en vieja. Fue algo que pasó espontáneamente. Jamás volvió a pasar. Jamás se me pasó por la mente estar con un mancito. Lo mío eran las chicas.

Hernando les confesó a sus amigas transexuales que quería ser como ellas, que quería convertirse en mujer. – Me apoyaron. Empezaron a darme consejos y fueron las que me dieron la valentía para ‘salir del closet’.

En un ambiente de machos, como lo es el carcelario, Hernando, ya sin querer ser Hernando, y después de sentirse apoyado por las ‘trans’ del patio, acudió a los camaradas superiores y muerto del miedo, pero con los pantalones bien amarrados, les confesó que se sentía gay, que quería cambiar de personalidad y que desde ese momento iba a empezar a convertirse en una mujer.

– Hasta ahí fui Hernando. Ese día enterré a Hernando. Con aguja e hilo empecé a ajustar mi ropa. Empecé a utilizar el maquillaje de mis nuevas amigas. Me dejé crecer el pelo. Empezaron a gustarme más los hombres, a enamorarme de los hombres y a querer tener sexo con ellos, quienes en la soledad de una cárcel facilito lo agarran a uno como hembra. Le juro que no me di cuenta en qué momento ya estaba completamente transformada.

La bautizaron Mariposa porque unos de los primeros zapatos de mujer que consiguió tenían unas hebillas con un par de mariposas. Cuenta que hace dos años inició su transformación.

Como nadie la visita, tiene poca ropa, pocos implementos de aseo, poco dinero. Para conseguir lo que necesita o lo que quiere lee las cartas, las mismas que sostuvo durante toda la conversación. Cobra cinco mil pesos por adivinar el futuro, dice que es muy buena pitonisa.

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A veces se prostituye. Cobra entre 10 mil y 30 mil pesos por un rato de sexo.  Entre más macho se crea el que pide sus servicios mejor es la paga. – Es que los hombres me lo piden a escondidas porque no pueden dañar su reputación de machos – Se ríe a carcajadas y remata diciendo – Esos que se creen machotes y que en público la ignoran a una, son más cacorros que cualquiera.

– La vida para una transexual en la cárcel no es fácil. Los demás reclusos y la guardia la discriminan a una. Hubo momentos en que nos tiraban piedras, palos, comida. Nos humillaban mucho y aún pasa. El Inpec tiene la obligación, por ley, de protegernos y hacernos respetar como minoría que somos y no lo hace. Han mejorado las cosas pero siguen pasando.

Mariposa es líder de la comunidad de transexuales en la cárcel. Esa función le ha traído más problemas que reconocimientos. La guardia del Inpec no la quiere mucho por las reiteradas quejas que ella como líder plantea ante el director del penal y otras organizaciones.

– Y hablando de problemas – dice – también me han intentado violar, golpear. Cuando le toca hacerse respetar su pasado de miliciano la salva, su pasado y un cuchillo que siempre lleva encima. – Si no me tragó la selva, si no me mataron los ‘paras’, si no me mató el Estado, una cárcel no me va a comer.

Está convencida y no duda un solo segundo que cuando salga en libertad, fecha que al parecer ya está próxima – Si no me complican la vida con otro brinco – dice, va a salir convertida en Mariposa. – Yo nunca pensé terminar así, pero hoy en día soy feliz siendo lo que soy. Soy feliz siendo Mariposa.

Cumplió su promesa de no volverse a enamorar de una mujer, pero los hombres que han pasado por su vida en estos dos años han sido varios. Ya no los puede contar con los dedos.

– ¿Amantes?, he tenido muchos. No se imagina los hombres que la quieren partir a una.

Dice que solo se ha enamorado de dos hombres. Con el primero, pocos meses después de convertirse en Mariposa, tuvo una relación intensa. Aunque lo quiso no duró mucho, él salió en libertad y se olvidó de ella, así como ella de él.

Su otro novio, el hombre del que está “tragada hasta los huesos” se llama Jesús Emanuel. Es un ‘machito’ que también estaba preso en el patio cuarto. – Él es mi marido y yo soy su hembra – dice y acompaña la frase con un gesto de enamorada.

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Una vez más la soledad la está atacando. Ella y su marido, que llevan casi 10 meses de relación, no están juntos.

Hace cuatro meses, después de una revuelta, un descontrol que hubo en el patio, a los dos, y a otros más, los sacaron mientras que la guardia controlaba la situación. A ella la mandaron para el patio dos de la misma Picota y a él lo trasladaron a la cárcel de Acacías, en el Meta.

Hace 15 días ella pudo volver al patio cuarto. No tiene celda. Está durmiendo en carretera (en el pasillo), pero eso no le importa mucho, hoy lo que más quiere es que Jesús Emanuel vuelva a sus brazos. No quiere volver a sentirse sola.

– Lo adoro. Lo quiero. Me hace mucha falta. Quisiera hacerlo devolver para acá, dice con tristeza y mientras le están colocando las esposas, antes de que se la lleven al patio cuarto, me mira por segunda vez con los ojos aguados y me pregunta – ¿usted no puede ayudarme a que él vuelva?