Denunció un error militar y a los pocos meses fue asesinado

Denunció un error militar y a los pocos meses fue asesinado

8 de octubre del 2014

El último día en la vida del periodista Guzmán Quintero Torres fue un jueves lluvioso y húmedo de mucho trabajo. Desde temprano había estado en la redacción del periódico El Pilón de Valledupar, donde era el jefe de contenidos.

Siempre había amado su labor y quizá habría esperado que el mejor final sería aquel que llegara tras haber concluido la cotidiana tarea de preparar el diario con el que los vallenatos se informarían al día siguiente.

Cerró la edición del periódico y dio la orden para que se imprimiera. Aceptó acompañar a un par de colegas a tomarse una cerveza muy cerca de la oficina, justamente para celebrar la víspera del cumpleaños de uno de ellos.

A las 9:25 de la noche del 16 de septiembre de 1999 los tres periodistas llegaron a una taberna del Hotel Los Cardones. Se sentaron en una mesa rimax muy cerca de la puerta y pidieron tres cervezas. Brindaron por el día de trabajo y el nuevo año de vida que el homenajeado estaba por cumplir.

Quince minutos más tarde, a las 9:40, Guzmán Quintero tomaba un sorbo de cerveza mientras una motocicleta de mediano cilindraje se parqueaba frente al bar.

De la moto se bajó un hombre, no mayor de 30 años de edad, con una gorra y sin nada que le cubriera el rostro. Era blanco, de mediana estatura, delgado.

Caminó 42 pasos hacia la mesa donde estaban los tres periodistas. Empuñó una pistola 9 milímetros y se paró frente a ellos. Quintero, quien había seguido el recorrido del hombre como si presintiere el anuncio de un verdugo, lo miró a los ojos. Sabía que el hombre quería asesinarlo.

Se puso de pie con brusquedad. Estiró su brazo izquierdo como tratando de detener lo inevitable y un primer disparo le voló la mano.

El segundo disparo fue certero contra el pecho. El arma se le trabó al sicario, pero con sorprendente habilidad la volvió a activar en menos de cinco segundos. Dos balazos más dieron en la cabeza. El periodista murió enseguida.

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El periodista Guzmán Quintero (centro) fue asesinado a los 34 años de edad. 

En la taberna solo hubo gritos y clientes escondiéndose debajo de las mesas de plástico. Los otros dos periodistas quedaron impávidos ante la muerte de su compañero. El sicario los miró pero no los amenazó; dio media vuelta y anduvo con tranquilidad otros 42 pasos hacia la salida. Con total frialdad abandonó la taberna, subió como parrillero a la moto y desapareció.

Más tarde los rumores indicarían que los sujetos motorizados avanzaron por pleno centro de la ciudad camino al batallón de la Popa. Taxistas de Valledupar sospecharon de los sujetos que andaban con afán por las calles del centro, y más intriga les causó que -por lo resbaladizo de las calles- se cayeran y trataran de levantarse con agilidad, como si fueran perseguidos. En principio, los conductores pensaron que el par de tipos habían robado la moto, así que por radioteléfono les hicieron seguimiento. Las sospechas fueron desestimadas cuando los hombres se acercaron al complejo militar.

Los callos que pisó Guzmán Quintero

Tres meses antes, el 30 junio de 1999, Guzmán Quintero había publicado una historia en el periódico ‘El Pilón’ en la que denunciaba un error militar que afectó a una familia campesina.

Un ejercicio conjunto de la Fuerza Aérea con el Ejército y la Policía había provocado un efecto colateral en una propiedad vecina al polígono de entrenamiento, ubicado en Patillal. Durante las maniobras, la artillería disparada desde un avión A-33 se salió del rango de la zona proyectada y terminó impactando en una finca llamada ‘Qué Dirán’.

Los proyectiles, lanzados durante la noche, mataron gallinas, cerdos, chivos y dejaron herida una vaca. Algunas balas entraron a la casa de la familia Maestre y estuvieron a punto de afectar a sus residentes, quienes se escondieron bajo las camas ante el estruendoso y sorpresivo entrenamiento nocturno.

Cuando Guzmán llegó a la finca comprobó los daños causados por la equivocación militar en la casa, y pudo ver los animales muertos que todavía no habían sido recogidas. Hizo su respectivo reportaje y sugirió a los damnificados que denunciaran el hecho para pedir la reparación por sus pérdidas y garantías de que este tipo de incidentes no volverían a ocurrir.

La familia Maestre le comentó que eso mismo había pasado antes, pero que para entonces solo había dejado uno o dos de sus animales muertos.

El patriarca de la finca, Aquilio Maestre, le agradeció al periodista su consejo, pero dijo que debía consultar con la mayor de sus hijas, Saida Maestre. Al poco tiempo, la mujer accedió a denunciar ante la Defensoría la agresión involuntaria y pedir apoyo.

Consiguieron el reconocimiento del error militar, una indemnización inicial de 100 mil pesos y el arreglo de los daños de la vivienda. La tranquilidad duró muy poco.

El 6 de julio, apenas una semana después del incidente, algunas viviendas del corregimiento de Patillal fueron asaltadas por sorpresa por un comando de hombres armados que se identificaron como miembros de las autodefensas.

Entraron a las casas buscando supuestos colaboradores de la guerrilla, y de una de las viviendas, la finca ‘Qué Dirán’ de los Maestre, se llevaron a Saida.

Guzmán, quien conocía a la familia desde cuando había sido víctima del error militar, se apersonó de la investigación y buscó entender por qué los paramilitares se llevaban a una mujer que trabajaba como vendedora de comidas.

Seis días más tarde encontraron el cadáver de la muchacha. Había sido baleada varias veces y en su cuerpo se veían signos de tortura. Uno de sus senos fue cercenado y sus brazos mostraban que había sido amarrada.

La muerte de Saida cambió la vida de Guzmán. Familiares del periodista creen que él sentía cierto sentimiento de culpa o arrepentimiento por haber motivado a los Maestre a denunciar el atropello oficial del que habían sido víctimas.

Temía que esa denuncia hubiese golpeado fibras sensibles dentro de algunos militares, y ante rumores de alianzas oficiales con grupos paramilitares, no dudaba que el asesinato de Saida habría tenido la sombra de una orden castrense.

Recordó entonces que miembros de la cúpula militar de la región habían ido al periódico a reclamar y mostrar su molestia porque se divulgaba el error militar y se hacía el seguimiento a favor de la familia de víctimas.

Yury Quintero, su hermano, socio y amigo, habló con él cuatro días antes de su asesinato. “Le mostré de manera realista la situación en la que se encontraba. Había muchas masacres y persecuciones. Le dije que era mejor que saliera de Valledupar mientras se calmaban las cosas. Pero mi hermano no me escuchaba; estaba traumatizado por lo de Saida. Creo que también preparado, porque un mes antes de su asesinato compró un seguro de vida, y él no era ese tipo de personas”, recordó Yury a KienyKe.com.

Entre julio y septiembre, muchas de las publicaciones de Guzmán eran en seguimiento al secuestro y muerte de Saida. Se acercaba peligrosamente a una verdad que nunca pudo publicar. En su camino, pisó dolorosos callos.

“Guzmán llegó muy cerca  de descubrir algo que a algunos no les gustaba. Y se vieron amenazados porque él era incorruptible; iba siempre a buscar la verdad costara lo que costara”, añade Yury.

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Cuando Guzmán Quintero fue asesinado, tenía una familia con dos hijos. Uno de cuatro años y otro de tan solo uno.

El último texto que escribió Guzmán, y que salió en primera plana el 17 de septiembre de 1999, se titulaba “Quiero la Paz”. En la noticia describía una protesta cívica ciudadana donde, con banderas blancas y la frase “Quiero la paz”, los habitantes de Valledupar pedían que cesara la oleada de miedo y violencia en su ciudad.

El periodista que en el pasado también había sido amenazado

Yury Quintero Torres, hermano del inmolado periodista, recuerda que incluso desde la niñez fueron víctimas de la violencia. Aunque son nacidos en El Carmen, Norte de Santander, en 1969 salieron del pueblo como desplazados por la violencia armada guerrillera.

Tenían unos 6 y 7 años cuando debieron establecerse en Valledupar. “Nos consideramos vallenatos; toda la vida que recordamos la hemos vivido allí”.

Guzmán Quintero decidió estudiar periodismo inspirado por Lolita Acosta, fundadora de El Diario Vallenato y quien terminó siendo cuñada de la hermana mayor del joven.

Tenía 17 años cuando decidió ir a estudiar comunicaciones a la Universidad Autónoma del Caribe en Barranquilla. En sus tiempos libres escribía poesía y cuentos infantiles. Luego aprovechaba para hacer trabajos sociales en la capital del Atlántico, mientras obtenía su grado y retornaba al Cesar.

Al regresar a Valledupar, Guzmán asumió la coordinación regional de El Heraldo y se convirtió en corresponsal de los servicios informativos de Telecaribe en la capital de acordeones.

“En noviembre de 1995, Guzmán publicó una investigación de la conformación de grupos paramilitares en la Serranía del Perijá. Encontró que se estaban armando esas autodefensas con apoyo del Ejército. El texto hablaba de los ‘Hijos de la Sierra’, y a los pocos días lo amenazaron a él y a un colega de El Tiempo. Los dos tuvieron que salir de Valledupar, con la diferencia de que al de El Tiempo el periódico lo respaldó y lo reubicó, mientras que a Guzmán El Heraldo no le brindó ese respaldo; le tocó salir solo, y quedó huérfano”, asegura Yury.

De acuerdo con su testimonio, las amenazas las hicieron miembros del ejército, quienes fueron personalmente -o a través de llamadas telefónicas- a intimidar al periodista. “Fue la primera y única amenaza que tuvo Guzmán. Como solo queríamos resguardarlo y evitar problemas, no tuvimos cuidado en guardar detalles de las amenazas para luego denunciar ante las autoridades, porque las denuncias públicas sí se hicieron”, añade.

Guzmán tuvo que vivir entre Barranquilla y Bucaramanga. Con el tiempo pudo volver a Valledupar y entró a trabajar como asesor de prensa del entonces gobernador Mauricio Pimiento. Se aburrió del trabajo organizacional e institucional y buscó regresar al periodismo del reportero guerrero que encuentra las historias en la calle.

En 1998 se convirtió en jefe de redacción del diario ‘El Pilón’, uno de los medios más influyentes del Cesar. Su carrera terminó un año más tarde, cuando en extrañas circunstancias resultó asesinado.

¿Quiénes y por qué asesinaron al periodista?

El hermano de Guzmán, Yury Quintero, acaba de publicar el libro ‘¿Quiénes y por qué asesinaron al periodista?’, una antología de hechos y denuncias de las circunstancias que enrarecieron el crimen del comunicador.

En el libro resalta la crisis de seguridad que Guzmán vivió en 1995 por su denuncia sobre la presunta complicidad paramilitar con la fuerza pública, y como cuatro años más tarde otra denuncia que involucraba a las autoridades desencadenó su muerte. En esa última oportunidad no había sido formalmente amenazado.

Yury Quintero emprendió una cruzada con su libro para pedir que el asesinato de su hermano sea calificado como crimen de lesa humanidad, para evitar que quede en la impunidad. El caso ha sido cerrado por la fiscalía con anterioridad. Fue desestimado en 2009 y hasta ahora vuelve a ser considerado por un testimonio que agregó nuevos detalles del crimen.

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Yury Quintero, hermano del asesinado Guzmán Quintero, publicó un libro en el que trata de demostrar que el crimen del periodista debe ser calificado de lesa humanidad. 

Por el asesinato de Guzmán fueron capturadas dos personas presuntamente responsables de ser autores materiales del crimen. Pero Yury no cree que ellos sean los culpables. “Ellos no tienen la preparación para hacerlo como se hizo. A él lo asesina un experto en manejo de armas, porque fue capaz de destrabarla en cinco segundos. Los dos capturados siempre se han declarado inocentes, pero han reconocido que sí trabajaban para la Sijín”, denunció.

Entonces, ¿quiénes mataron al periodista? Yury dice que al final de su libro presenta un epílogo llamado “El tiempo devela verdades”, en el que se nombra a los que serían,  en su opinión, los presuntos responsables de la muerte de Guzmán.

Uno de ellos es el general (r) Luis Pico, investigado por supuestos nexos con las Autodefensas Unidas de Colombia, y quien en 1999 era el Comandante del Comando Operativo número 7 de Valledupar.

Fue vinculado con la ilegalidad por testimonios del exjefe ‘para’ Juan Carlos Sierra, alias ‘El Tuso Sierra’, quien lo relacionaba con la comisión de falsos positivos en la región a fines de la década de los 90.

Uno de los testimonios considerados clave para conocer más sobre esta presunta relación es el de alias ‘Jorge 40’, a quien no se le ha permitido testificar. Hasta ahora, solo se ha realizado una investigación ante la Corte Suprema de Justicia.

“Esto va a incomodar a alguien, pero ¡qué pena! No puedo traicionarme a mí mismo por miedo. Dejar de hacer esto que tengo que hacer: justicia por mi hermano”, concluyó Yury Quintero.