Habitación 414

Habitación 414

14 de enero del 2017

Por: Lorenzo Olivares

 

Nunca una cita en un café me produjo tanta ansiedad. Nunca en mi vida una cita me trajo tanta agitación. Pero eso nunca lo supiste, por lo menos de mi boca, quizás lo hayas imaginado; a lo mejor sí sacaste tus propias conclusiones, porque siempre fuiste una mujer inteligente y deductiva. Desde que te vi por primera vez supe que eras del tipo formal, de aquellas que se muestran inflexibles; una abogada cuyo flanco nunca sería vulnerado, o por lo menos eso era lo que decías tú, que a tus treinta y cinco años de vida y ocho de matrimonio nunca te habías dado el gusto de un porfuerazo, aquella sería tu primera vez en el mundo adúltero.

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Un café tras otro, esperándote, pero no aparecías porque quizá no podías decidirte entre sí caminar o tomar un taxi, en vista de que nuestra ciudad ensayaba algo llamado “Día sin carro” y que perdura hasta hoy, tantos años después. Era febrero, y jueves, tanto la gente como tú, no tenía idea si sacar su bicicleta, caminar o trotar. Pensé que quizá debía pedir una aromática para bajar mis nervios, mientras me daba valor a mí mismo, convenciéndome de que sí cumplirías la cita, no tenía por qué dudar puesto que ya te había cautivado por el lado del humor, de la sorpresa, aunque sabía que transitaba en un territorio altamente peligroso. ¿Cómo habrías podido escaparte si establecimos una comunicación casi sin palabras en reuniones, varias veces;  nos habíamos visto y yo sabía que pasaría, que nos citaríamos en un café un día entresemana y que muertos de miedo nos iríamos a hacer el amor.

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Te recuerdo muy bien, no se me borra del terreno de los buenos recuerdos tu cuerpo delgado, tan bien cuidado, tu pelo negro y largo, tu inteligencia a todos los niveles, desde la cultura general, conocimiento de tu profesión, hasta la delicadeza de descubrir con anticipación los pensamientos ajenos. No podrías negar que adorabas estar conmigo porque te aliviaba, te suavizaba, porque te olvidabas de tus códigos, de tus normas tan herméticas, de tu metodológica forma de vida que apenas sí daba rienda a un pensamiento erótico de cuando en vez. Pero no llegabas a la cita, y empecé a suponer que no acudirías, de modo que aproveché para recordarme a mí mismo lleno de ansias a los catorce años, en esos indomables catorce años magnetizados para los problemas que no se buscan. En mis manos una revista Playboy robada, con una pelirroja en la portada. Sueca, noruega, alemana. Europea, definitivamente. Era igual. Demasiado lejana, con seguridad, por lo menos para quien a esa edad, no había tenido en frente a sí mismo más desnudo que el que había en visto en la sala de espera del odontólogo, en un revista del fashion de la época que atrapaba los exagerados atributos de las mujeres de Leonisa. Había varios caminos: el encierro aeróbico natural de la estética y la naturaleza, el análisis, o el pecado. ¡Niño, el doctor lo está esperando!

En adición al verbo esperar, esa palabra llevaba más de cuarenta y cinco minutos en mi todo: cerebro, paciencia, alma, desespero. Pero sobretodo incertidumbre e imaginación. El recuerdo de ese llamado coincidió con tu llegada. “Siento llegar a esta hora, casi no encuentro cómo venir”, dijiste agitada mientras tomabas asiento frente a mí que te esperaba como ese gran regalo de la vida, el premio mayor tan esquivo, tan deseado y dilatado. Pediste un café que bebiste rápidamente, salimos del lugar y empezamos a caminar invadidos por el demonio travieso del afán. Sí, no sé si recuerdes, pero caminábamos con tanta prisa como si corriéramos a la reunión importante de nuestras carreras, pero ninguno de los dos había declarado para qué la prisa, no nos dijimos en que consistía el tema del afán, yo sabía, tú sabías, en nuestras cabezas rondaba lo mismo: Que todo aquello involucraba demasiadas ganas, porque desde que te conocí estuve ansioso por tocarte. ¡Cuánto tiempo tuve que esperar para caminar contigo rumbo a un reciento cerrado sin testigos! Mi teoría de la justicia me decía que por fin estaríamos juntos porque nos deseábamos con tanta potencia que era injusto no llevar a feliz término el objetivo de pasar un par de horas besándonos, tocándonos, en fin, entregándonos sin pensar en nada distinto a los placeres de la carne y el deseo. Nada más excitante que aquella fantasía. Cuando me atreví, por fin, a tomarte de la mano, sentí esa mano tuya llena de información y de temores, húmeda. Y seguíamos caminando, yo sabía, y tú también, para qué estábamos juntos esa tarde, sin haberlo declarado todavía. Anduvimos un rato más, echando un vistazo por los almacenes, dizque atentos a las novedades comerciales, veía lo que veía… pero no lo veía, quería que todo se diera para lo que siempre había idealizado y esperado. Por fin me atreví a decirte: “Sé dónde hay un hotel”, asentiste con la cabeza sin mirarme.

Continuamos nuestro recorrido, agilizando la marcha, con el pudor a flor de piel. Por fin llegamos al hotel unos minutos después, ya en la recepción pedí una habitación, la 414, llené el registro con nuestros nombres y cédulas, ¡con nuestros nombres y cédulas verdaderos!, ¡qué osado!, quería tomar el liderazgo para que no tú no tuvieras que hacer nada, pero hacerlo con sutileza, no quería hacer nada que pudiera herirte, molestarte, ofenderte, que no te sientas mal por nada.  Subimos a la habitación, y tu mano me parecía cada vez más trémula, como si acabaran de condenarte a muerte. Encendimos la luz y de inmediato reuní el valor necesario para besarte por fin, como llevaba delirando tantas noches, de tocarte las mejillas, de abrazarte y sentir tu olor ambarado que sin saberlo, se quedaría en mi recuerdo para siempre. Escuché tus palabras una a una, tan pocas que todavía puedo recordarlas, las pausas que hiciste para declarar por qué estabas allí esa tarde junto a mí. Te besé más, toqué tu cintura, nos desvestimos el uno al otro con tanto deseo que no podíamos siquiera emitir una palabra. Noté el verdadero placer en tu cara, algo que logró dejarme paralizado por dos segundos hasta que irrumpiste con la frase más afilada había escuchado: “¿Trajiste protección?”. Por un microsegundo mi mente se quedó en blanco. ¡Había olvidado por completo que los seres humanos con un ápice de racionalidad tienen algo que se denomina sexo seguro y que para ello se usa una funda fina y elástica que se usa como método anticonceptivo y además para evitar posibles contagios de enfermedades de transmisión sexual! Olvidé por completo que antes de acudir al café había que acudir a la droguería, era mi responsabilidad. “Y ahora qué hacemos”, dije en voz alta. “Llamemos a la recepción, seguro nos los traen a la habitación”, sugeriste. “Llama tú”, repliqué, “No, llama tú”, insististe. Luego de mi grosso error no iba a fastidiarte con una llamada, “Está bien, llamo yo” dije tan decidido que ya tenía el teléfono en la mano. ¿Recuerdas que lo intenté muchas veces? Más de lo mi dignidad personal me lo permitía. Por fin contestó una señorita, que ante mi petición manifestó: “Permítame averiguo si puedo hacer algo por usted”. Pasaron cinco minutos. “¿Será que vuelves a llamar ya?”, dijiste. Esperemos un minuto más. Esperamos cinco minutos, tomé el teléfono y una voz desconocida me habló del otro lado. “Mire, le hablo de la 414, quiero saber que pasó con lo que le solicité”. “No sé de qué me habla señor, el turno ha cambiado, yo acabo de llegar”, respondió una chica muy joven que parecía ocupada en otra cosa. “Voy a bajar, espérame aquí, por favor. Yo bajo, no te preocupes, no me tardo”, te dije y aproveché para besarte de nuevo. Me arreglé a toda velocidad y al llegar a la puerta le dije a uno de los botones: “Necesito algo con urgencia, un sobre de preservativos, ¿podría ayudarme, por favor?” el botones me hizo cara de pocos amigos. Pensé: ¿qué puedo hacer? Necesito un sobre de preservativos en este preciso momento. “Mire, gánese esta plata”, le dije colocando un billete en su mano. “Luego suba a la 414, por favor, alguien me está esperando”. El botones pasó rápidamente la calle, pude verlo mientras esperaba el ascensor e imaginaba cómo retomaría nuestra sesión amatoria con naturalidad. Acalorado, lleno de ansias todavía más fuertes, caminé por el pasillo, toqué a la puerta esperando encontrarte envuelta en una sábana blanca dispuesta al amor. Pero ya estabas arreglada, con el pelo tan bien organizado que parecía que hubieras tenido el tiempo suficiente de ir a la peluquería. “Será otro día”, dijiste. La sonrisa que llevaba se desdibujó y el calor que quemaba mi cuerpo desapareció de pronto para darle paso a un baldado de agua helada que me bajó desde la cabeza y que llegó en milésimas de segundo a mis pies que comenzaban a temblar, a no querer irse por donde habían llegado.

Tenías tanta prisa que apenas pude entrar dando brincos para tomar mi saco, acomodarme como pudiera y seguirte hasta al ascensor que llamabas con insistencia, oprimiste el botón una, dos, tres y cuatro veces. Querías escapar del templo del error que era para ti aquel hotel. Al llegar a la recepción me encontré de frente con el botones, pero esquivé el encuentro, giré la cara, no quería que él también me viera derrotado, con el deseo oculto en los bolsillos, con la frustración reflejada en todo el cuerpo. Antes de subirte a un taxi, pusiste un beso frío en mi mejilla, un beso que decía: nunca fue y ya nunca será. Mi cuerpo y mi mente no soportaban tanto deseo e impotencia. Sabía que perderme una de mis grandes noches de amor me generaría un gran vacío. Comprobé lo que había pensado desde que te vi por primera vez, que eras del tipo formal, que se muestra inflexible, una abogada cuyo flanco nunca sería vulnerado, así fue. Tocaste la puerta del mundo adúltero, alcanzaste a poner un pie en su territorio, pero enseguida saliste corriendo para que yo no pudiera alcanzarte, para que no me atreviera si quiera a llamarte a gritos para pedirte que regresaras, que el mundo adúltero no te enviaría al infierno ni te haría un monstruo, ni siquiera ante ti misma o ante el más inexorable de los seres humanos.

Hoy es jueves, ha pasado más de una década, no sé si sepas que un millón cuatrocientos treinta mil carros dejan de circular por la capital, que la medida no cobija el transporte de estudiantes, motos, carrozas fúnebres, ambulancias, vehículos acondicionados para discapacitados, los del cuerpo diplomático, fuerzas militares, en fin. Como hoy quiero sentirme tan vivo, tan vital como aquel día, tengo un plan solitario: al salir de la oficina, iré caminando hasta aquel local donde te esperé aquella tarde, y me sentaré a leer alguna revista con alguna pelinegra en la portada que me recordará a ti, demasiado lejana, con seguridad, porque supongo que debes vivir en Roma, Medellín o en Nueva York, que sé yo, muy lejos de aquí, lo sé. Para mí todavía quedan muchos caminos, eso sí, tendré que andarlos a pie: la nostalgia el encierro, el análisis, o el pecado. Está muy claro que voy sobre todo por el primero, pero será una nostalgia mezclada con agitación, no una nostalgia aburrida ni turbadora.

Mi teoría de la justicia me dice que algún día volveremos a encontrarnos, no en carro, ni en un avión: a pie, muertos de miedo… no podría tomar tu mano temblorosa, aunque sí sé que te invitaría otro café.

©2015- Lorenzo Olivares

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