Hace 50 años, el primer ser humano salió de La Tierra

Hace 50 años, el primer ser humano salió de La Tierra

10 de abril del 2011

Por primera vez en su vida, Yuri Gagarin agachó la cabeza para ver las nubes, que ante sus ojos parecían mechones de algodón esparcidos por el globo terráqueo. Hasta entonces, ningún hombre había estado tan solo y tan lejos. Desde la oscuridad del espacio, el astronauta ruso dijo unas palabras que las ondas eléctricas transmitieron en medio de un ruido de ventisca: “La tierra es azul… Veo las nubes… Es hermoso”.

Aquel 12 abril de 1961 Gagarin voló durante 108 minutos alrededor de la tierra en la nave Vostok 1. A su regreso, dos campesinas rusas, madre e hija, fueron las primeras que lo vieron. Las mujeres buscaban una vaca perdida en un potrero a orillas del río Volga. De repente, la niña, llamada Rita, levantó la cabeza y gritó: “¡Mira, Mamá! ¡Alguien baja del cielo!”. Estupefactas, observaron cómo descendía de las nubes, en un paracaídas, un hombre vestido con un grueso enterizo color naranja. Pero cuando el astronauta tocó el suelo y caminó hacia ellas con su enorme casco blanco de letras rojas –CCCP–, ambas retrocedieron asustadas. Gagarin las calmó diciéndoles que era soviético, como ellas, que venía del espacio y que necesitaba con urgencia un teléfono para comunicarse con Moscú.

La famosa actriz italiana Gina Lollobrigida felicita a Gagarin.

Al rato, la Plaza Roja hervía de gente que celebraba la conquista del espacio de Gagarin. La Unión soviética le había dado una bofetada en la cara de los Estados Unidos. Superman, Flash Gordon y el Capitán América eran meras fantasías, literalmente héroes de papel. El verdadero súper héroe era un ruso de 31 años nacido en una pequeña aldea, el hijo de un carpintero y una criadora de animales, un hombre de pelo rubio, sin poderes sobrenaturales y con más extraño de los nombres: Yuri Alekseyevich Gagarin.

Gagarín se había convertido en piloto en 1955, luego de ser llamado para prestar el servicio militar. Desde que se puso el uniforme de piloto de caza, su vida estuvo ligada al cielo. Por entonces, al menos a ese cielo que sus ojos alcanzaban a ver. A fines de 1959 ingresó al cuerpo de cosmonautas. Aunque era uno de los más fuertes, la fortaleza física no fue un factor determinante para que fuera el elegido para la misión de ir al espacio. Sí lo fueron, en cambio, su sonrisa y su carisma.

Su hija Elena es hoy directora del Museo del Kremlin, en Moscú.

Se dice que fue el propio Nikita Jrushchov quien, luego de ver la foto de Gagarin, lo escogió entre veinte aspirantes. El rostro del joven astronauta reflejaba bondad y fortaleza al mismo tiempo. Jruschov sabía que si la misión era exitosa, la cara sonriente del astronauta se convertiría en la principal imagen de la Unión Soviética.

Gagarin cumplió su papel a la perfección. En los países comunistas era casi un dios, y en el resto del mundo un héroe reconocido. El astronauta tenía un carisma que trascendía las filiaciones políticas. De repente, después de la hazaña de Gagarin, todos los niños del mundo querían ser astronautas. El ruso se volvió una celebridad, y no podía salir a la calle sin ser asediado por miles de personas. Fidel Castro, Che Guevara, deportistas, actores y actrices europeas, políticos de todas las nacionalidades, emocionados, se tomaron fotos con Gagarin.

La nave Vostok 1 fue la primera en orbitar la tierra.

Pero a pesar de su agitada vida social, fue un hombre austero al que le gustaba nadar, jugar voleibol y practicar el esquí náutico. Gagarin era controlado por su recia esposa, Valentina Ivanovna, quien se convirtió en su sombra. Con ella tuvo dos hijas, una de las cuales dirige el museo del Kremlin de Moscú. Se cuenta que un día, borracho, Gagarin se encerró con una enfermera que le gustaba. Quizá sólo quería hablar, o quizá quería algo más. Lo cierto es que un instante después, cuando Valentina entró a la habitación, a Gagarin lo invadió un miedo incontrolable y resolvió lanzarse por la ventana del lugar, que quedaba en un segundo piso. El ruso, que había aterrizado sin una herida en su misión espacial, se abrió la frente en su caída desde la ventana.

Gagarin fue un amuleto de la Unión Soviética. Por su hazaña, ganó valiosos privilegios en medio de férreo estado comunista. Nunca dejó de ser un hombre amable y sonriente. En el espacio dijo una de las frases célebres que dejó. En medio de la oscuridad, anunció por el radio: “No veo a ningún Dios aquí arriba”. Incluso minutos antes de su viaje legendario, se reía y bromeaba, como si ya hubiera ido mil y un veces al espacio. Aquel día pidió que le pusieran algo de música y, al rato, luego de oír la voz del controlador que decía “ignición”, justo cuando el cohete iba a salir disparado, al sentir el fuerte temblor de la nave lista para salir disparada, dijo animado: “¡Allá vamos!”. Fue un grito que pasó a la historia.

En cuanto volvió de su viaje al espacio, la imagen de Gagarin se reprodujo en todas partes.

En 1963 Gagarin volvió a los entrenamientos. Esta vez se preparaba para un nuevo reto: llegar a la luna. Por entonces, estaba desarrollándose el Programa Lunar Soviético. Pero antes de encarar el reto de aterrizar en la Luna, era necesario perfeccionar las naves Soyuz. Al probar la eficacia de estas naves, en 1967 el piloto Vladimir Komarov falleció. En su funeral, Gagarin prometió que los cosmonautas rusos enseñarían a volar a las Soyuz. La promesa se cumplió, hasta hoy los cohetes Soyuz van al espacio. Pero Gagarin nunca volvió al espacio, nunca vio la llegada del hombre a la Luna, porque un año después murió.

El 27 de marzo de 1968, a los 34 años, Yuri Gagarin realizaba un vuelo de rutina en un avión MiG-15. A su lado, iba el instructor de vuelo Vladimir Serioguin. La nave se elevó sin problema, pero minutos después, la comunicación con ellos se perdió. El avión fue encontrado en un bosque. Ambos tripulantes habían muerto. Luego del suceso se tejieron toda clase de hipótesis sobre la muerte del primer cosmonauta. Incluso se habló de que se trataba de un complot para asesinarlo. En 2010, investigadores rusos revelaron las causas reales. Según dijeron, todo se debió a un ataque de pánico que asaltó a Gagarin luego de advertir que una de las salidas de aire de su avión estaba abierta. Gagarin se precipitó con rapidez hacia abajo y se desmayó. El avión plateado, sin control, se destrozó contra los árboles.

En parte, fue su sonrisa la que le dio el tiquete hacia el espacio.

En una calle de Moscú se levanta una enorme estatua de 40 metros de altura y recubierta de titanio. Su silueta se recorta contra el cielo al atardecer. Es un monumento en honor a Gagarin, el primer hombre que llegó al espacio y vio que las nubes flotaban bajo su cabeza.

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