El pecado de disfrazarse en Halloween

El pecado de disfrazarse en Halloween

31 de octubre del 2017

Por muchos años, en todo el mundo ha existido la tradición que los niños se disfracen el 31 de octubre y salgan a pedir dulces. Eso es Halloween. El origen de la celebración es una mezcla de tradiciones cristiana y Celta. Esta última cultura celebraba la fiesta del fin del verano, que llamaban Samaín. Los cristianos conmemoran el Día de todos los santos.

La palabra Halloween es la versión acortada del vocablo escoses All Hallows’ Even, que traduciría ‘noche de todos los santos’. La idea moderna, que todos conocemos, cuando la gente se disfraza y llena la calle, niños sobretodo, nació en los Estados Unidos. En 1921 se realizó el primer desfile de disfraces en 1921.  A partir de ese año, la idea de usar una noche para disfrazarse y pedir dulces se fue haciendo popular. Entonces, con la popularización del cine y la expansión de la cultura estadounidense, desde mediados de los años 70 del siglo XX, todo el mundo se ha apropiado de la práctica y el Halloween es una de las festividades más populares de la actualidad.

Así las cosas, que la noche del 31 se vean cientos de niños en la calle disfrazados parece algo normal y divertido. Sin embargo, para algunas personas, especialmente aquellas que pertenecen a ciertas corrientes del cristianismo, la noche del Halloween, por su origen pagano, es una fiesta terrible, que busca  celebrar los muertos, la brujería, la oscuridad, al demonio mismo incluso, por lo que pensar en participar es imposible. Para ellos, disfrazarse en Halloween es pecado.

¿Una noche para festejar al Diablo?

María pertenece a los Testigos de Jehová. Tiene dos hijos de 6 y 11 años. Muy directa, sin más explicaciones que las que le da su credo, les ha dicho que no se podrán disfrazar ni salir a la calle como sus demás compañeros. La Religión se lo prohíbe.

Con Biblia en mano, la voz firme y pausada, María lee: “No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti”. (Deuteronomio 18: 10-12)

Con el propio conocimiento que tiene de ese libro, que carga siempre como una extensión más de sí misma, busca un nuevo pasaje, este del libro de los Gálatas y lo lee, aunque pareciera que lo recita de memoria: “ Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, 20 idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, 21 envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.

Para María, el Halloween no es esa fiesta infantil y alegre, sino una especie de aquelarre en la que unas pobres almas, sin saberlo, o sin quererlo reconocer, acuden como borregos a cantar y celebrar el demonio mismo. Y a la hechicería, la brujería y los espíritus.

En términos prácticos, el argumento de la fiesta pagana y el posible culto a las brujas y al demonio es la razón por la que, no sólo María, sino muchos otros, especialmente cristianos.

Así, la mayoría de críticas al Halloween son de origen religioso. Sin embargo, hay otras personas, la mayoría en este caso, que no se detienen a cuestionarse sobre el origen de la festividad, que si es esto o aquello, que significa una cosa u otra, y como un acto de simple diversión salen a la calle con los niños nada más que a pasar el rato. La ‘noche de las brujas’ se ha incrustado tanto en la cultura popular, que poco a poco se ha ido cambiando su significado, y si bien, para unos sí tiene un concepto espiritual, místico y, ligado a la brujería y a los muertos, para otros, especialmente para los más pequeños, no es más que una noche más para disfrutar el magnífico placer de ser un niño. Dulces y disfraces: no más.