Lokillo: el humorista que desplazó el hambre con la trova

Foto: Andrés Lozano

Lokillo: el humorista que desplazó el hambre con la trova

29 de mayo del 2019

Fue desplazado por la violencia dos veces. Trabajó en la calle siendo un niño. Buscó empleo en todas las esquinas de Antioquia para lograr dinero con el cual ayudar a su familia, hasta que su talento, sumado a otras circunstancias, lo encasillaron en un camino de éxito. El camino que Lokillo ha recorrido para llegar a ser quién es hoy día no ha sido fácil. Esta es su historia.

Cuando Yédinson Ned Flórez Duarte conoció la trova aún no se llamaba Lokillo. Así lo empezaron a llamar desde la adolescencia, luego de subirse a un escenario y no tener apodo. “Además el nombre de Yédinson -dice y es verdad- no es que sea muy bonito”.

El apodo de Lokillo se lo puso ‘Cacao’, otro trovador, y se debe al dibujo animado de los años 80 ‘El Pájaro Loco’, a quien su creador, Walter Lantz, decía en televisión cuando presentaba el programa: “vamos a ver otro capítulo de este loquillo”. Y la vida de Lokillo, el humorista, al igual que la de aquel divertido pájaro carpintero, está llena de capítulos: unos malos, otros más malos, unos buenos y los recientes que son los mejores.

Lokillo es reconocido como uno de los más grandes humoristas del país. Aun cuando lleva trabajando en el humor 15 años, fue hace unos cuatro que su apodo (que ya parece su nombre de pila) se  conoce en cada rincón de Colombia.

Su personaje Rastacuando, un cantante de reggae que parece un poco ‘enmarihuanado’, ha sido todo un éxito. Este hombre de rastas color café y barba gris está siendo entrevistado como un artista independiente y no solo como un personaje de ficción. El rasta ha tomado vida propia.

Lokillo cuenta, con emoción, que próximamente se estrenará el primer video oficial de Rastacuando, un producción con calidad profesional que estará disponible en todas las plataformas musicales. La canción se llama ‘El Seis’, un tema que habla de la búsqueda del amor perfecto.

Tal es el reconocimiento de este personaje, que Gibson, la marca de guitarras con la que tocan reconocidos artistas en el mundo, le acaba de regalar una eléctrica y le ofreció su apoyo incondicional.

“Es la primera vez que Gibson apoya a un humorista de Latinoamérica. Me llamaron desde Miami y me pusieron los estudios a disposición. Me dijeron ‘usted es humorista, sí, pero también es cantante y eso es genial’ “. Lokillo habla de este logro con orgullo, pero también en su voz y mirada se reconocen la humildad y sencillez de un hombre que se lo ganado todo con trabajo.

“Rastacuando ha llegado a lugares donde otros músicos han querido llegar”, dice y sonríe.

Guerra y desplazamiento

Desde la sala de su casa, ubicada muy cerca de Caracol TV, Lokillo cuenta que el trabajo ha sido una constante en su vida desde que era niño.

Realizó oficios pesados, penosos, agotadores, divertidos, extenuantes. Ha trabajado desde los 10 años y empezó a hacerlo con una sola y única motivación: hacerle mercado a su mamá. Él no tenía en su mente ser el mejor trovador de Colombia… y lo fue. Él no buscaba ser uno de los humoristas más famosos del país… y lo es. Él no pretendía el dinero y la fama que hoy está logrando… y lo está haciendo.

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Cuando Yédinson Ned Flórez Duarte era solo Yédinson Ned Flórez Duarte salió a la calle a buscar dinero para poner algo en la mesa de su casa. Era el momento de las ‘vacas flacas’, como se le dice popularmente a los tiempos difíciles.

Todo empezó a ponerse gris cuando la familia Flórez Duarte tuvo que salir desplazada de Dabeiba (Antioquia), su pueblo natal, alrededor de 1995, a consecuencia de la sangrienta guerra entre paramilitares, guerrilla y Ejército.

Lokillo recuerda que los paramilitares estaban matando a diestra y siniestra y que por otro lado las Farc se tomaban el pueblo con cilindros bomba que mandaban contra la Caja Agraria, para robarla, y contra la pequeña estación de policía, para controlar la reacción de los uniformados.

La feliz infancia de Lokillo y su hermanos, todos menores que él, se vio alterada por la violencia. La convivencia ya no era tranquila. Las tardes de jugar fútbol en la calle, canicas hasta la tarde-noche o de empujar una rueda de bicicleta con un palo por el pueblo, ya no eran lo mismo.

En las polvorientas calles de Dabeiba los niños dejaron de correr con libertad. Los gritos y las risas de los pequeños poco se escuchaban e iban siendo reemplazadas por el miedo y la zozobra.

“Esos tiempos fueron mortificantes. Recuerdo que una tarde vi rayitos de color rojo que bajaban desde la montaña, yo tendría unos siete añitos, y les dije a todos “¿vieron esas lucecitas?” Segundos después se escuchó el ‘ta ta ta ta ta ta’, eran las ráfagas de la balacera. Ahí comprendí que uno ve primero la bala y luego escucha el estruendo”.

“Mi único sueño era mercarle a mi mamá”

Ese día, como en los anteriores ataques, grandes y chicos se metían debajo de una cama, abrazados y rezando hasta que todo quedara en silencio. Ante esta situación la mamá de Lokillo, doña Flor Emilce Duarte, quien era muy temerosa, tomó la decisión de empacar maletas y dejar Dabeiba atrás. Allí vivían bien. Sin lujos, pero acomodados, -dice Lokillo-.

“Mi papá –Esaú Flórez– era médico naturista, homeópata. Quienes salían desahuciados del hospital, iban a que mi papá los curara. Y eran agradecidos. No solo le pagaban la consulta sino que le regalaban vacas, pollos y mercado. La comida nunca faltó”.

Las vacas flacas

Llegaron a Medellín con pocos ahorros. Un amigo de don Esaú les permitió acomodarse en el garaje de su casa, en el barrio Buenos Aires, un buen sector de la ciudad. Lokillo recuerda que sus padres y sus tres hermanos dormían en el suelo. Por las noches tiraban colchones al piso y los levantaban a la mañana siguiente, para guardarlos encima de un pequeño armario de madera y hacer de aquel espacio un hogar.

“La ciudad es mucho más costosa que el pueblo. Los ahorros de mi papá se acabaron y el hambre se hizo presente”, dice el humorista.

Ante la dificultad de adelantar su oficio de naturista en la gran ciudad -ya que allí no tenía clientes- don Esaú se puso a hacer lo que fuera para conseguir dinero. Hasta trabajó un tiempo en la construcción, pero la situación económica apretaba cada día más.

Yédinson, con 10 años de edad, el mayor de los hermanos, se sintió obligado a actuar y empezó a cargar mercados en las tiendas. Así conseguía un par de monedas que invertía en comida para la casa.

“Yo compraba en la carnicería 500 pesos de gorditos, que es lo que le quitan a la carne que venden. Cuando yo los compraba nos iba mal, porque a mí me daba pena y decía que era para el perro, así que me daban lo más cebudo, pura grasa. Pero cuando iba con mi hermano, a él no le daba pena y el sí decía que era “para comer nosotros” y el carnicero escogía los pedacitos que llevaran algo de carnita”, cuenta y luego suelta una carcajada contagiosa que retumba en la sala de su casa.

“Esa fue la carne de nosotros y la grasa que dejaba el frito de los gorditos era la mantequilla para las arepas. Eso era sabroso. Eh Ave María mi papá….”

Lokillo

Foto: Andrés Lozano

Por esos días Lokillo empezó a buscar más estrategias para ayudar en casa. Se iba para la Registraduría a las cinco de la mañana y se paraba frente a la puerta para ser el primero, o uno de los primeros de la fila y antes de que abrieran las puertas se iba para la parte de atrás y vendía su lugar en la fila.

En la calle vendió helados, arepas y pescado y también ganchitos nodrizas en los buses. Sobre este oficio cuenta que su táctica fue la mejor. Pensó, ‘si me voy mejor presentado, me compran más. Si echo una buena carretica me compran más’ decidió que la estrategia no sería venderlos sino regalarlos.

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“La docena me salía a 40 pesos. Si me daban una moneda de 50 ya iba ganando; pero si me daban 100 o 200 o 500 pues ganaba más. Así que empecé a echar la carreta y al final les decía “y adivinen qué?. Se los voy a regalar. Y como sé que ustedes son buenas personas, solo si quieren, me pueden también regalar una moneda, de cualquier valor, no importa”. Con ese cariño que yo lo hacía, hasta billetes me daban. Yo era al que mejor le iba”, cuenta.

La situación económica no mejoraba, pero la ayuda de Yédinson servía para que de vez en cuando hubiese en casa una cubeta de huevos o una presa de pollo.

Desplazamiento II y vacas flaquísimas

No pasaron dos años desde la llegada a Medellín y don Esaú estaba haciendo pacientes, no muchos pero tenía un par de clientes. El naturista le fio el tratamiento a un hombre y meses después, cuando fue a cobrarle, porque realmente necesitaba el dinero, el sujeto le dijo ‘que no le iba a pagar y que mejor se fuera o lo mataba’.

El miedo volvió a invadir a doña Flor y sus órdenes fueron “nos vamos de aquí”.

“Y esa amenaza de muerte nos desplazó por segunda vez. Llegamos a Cimitarra, en Santander, a una chocita muy humilde en el campo, que era de mi abuelo. Si en Medellín estábamos mal, ahí pasamos a estar peor. Éramos gente de pueblo no de campo”.

Detrás de la choza había un cultivo de yuca y durante un mes comieron yuca de todas las formas posibles: Sopa de yuca. Yuca frita. Yuca sudada. Arepas de yuca y más. Don Esau bajó al pueblo y encontró oficio y al cabo de tres meses bajó a su familia a pagar arriendo en el casco urbano mientras cuadraba su regreso a Antioquia.

Esau Flórez, Flor Duarte, Lokillo y sus tres hermanos. Foto Cortesía.

En Cimitarra el mayor de los hermanos buscó cómo ayudar. En aquel pueblo de Santander también vendió en las calles. En poco tiempo todos conocían al niño que vendía helados en el parque o arepas en una esquina.

Regreso a Medellín…

Don Esaú no soporta estar fuera de Antioquia. Actualmente vive solo en Dabeiba y por eso se separó de doña Flor, porque su tierra paisa lo hala y no se siente bien en otro lado. Estando en Cimitarra organizó el regreso a Medellín y volvió al barrio Buenos Aires, pero el costo de vida era muy alto para lo que podía brindarle a la familia. Le hablaron del barrio Popular 2, en la comuna 1 de la ciudad, un sector humilde que era más asequible y allá llegaron.

Cuando Lokillo estaba en Buenos Aires, estudiaba en colegio privado, porque la junta de padres, como obra social, pagaba las pensiones de algunos estudiantes humildes, y uno de los beneficiados era Yédinson.

El presidente de la junta le preguntó a don Esaú, ¿cómo más lo puedo ayudar? ¿en qué podemos meter al niño? El papá del hoy humorista dijo que su hijo trovaba y así entró a un semillero de trovadores, sin que realmente supiera hacerlo; o al menos no sabía que ese era su talento.

Al llegar al Popular 2, un sector donde había peligros, drogas y pandillas, el pequeño Yédinson cambió de colegio, pero siguió asistiendo al semillero de trovadores.

Su papá le daba 800 pesos para todo el día, pero cada trayecto en bus costaba 600 y tenía que coger cuatro transportes. Se iba por la puerta de atrás por 200 pesos y así le alcanzaba para todos los trayectos. Cuando no lo llevaban por los 200, tenía que caminar durante un par de horas.

“La trova me sacó de la calle”

Aunque en un comienzo Yédinson no sabía que era bueno para inventar rimas que terminaban siendo trovas, los incentivos que le llegaron por hacerlo sacaron a flote aquel talento. Lo primero fue comida que le dieron en las clases del semillero cuando se dedicaba solo a escuchar a los compañeros, porque su inseguridad y pena no lo dejaban participar, “hasta que por allá pelaron un bolis y unas empanadas….ayyyy mi papá, llegó la motivación”, dice y suelta otra sonora carcajada.

Haciendo rimas encima de un escenario consiguió juguetes, su primera bicicleta, mercado, platica y pudo ahorrar para comprarse sus primeros tenis de marca, unas Vans que estaban de moda.

La trova ha sido para Lokillo lo mejor que le ha pasado en la vida. Así como consiguió de fácil aquel refresco y aquella empanada solo por trovar cuando tenía 13 años, esta expresión cultural paisa le ha abierto puertas que nunca pensó golpear.

Al mes de haber ingresado al semillero y de haberse despertado su talento, ya era rey Infantil de la trova. Al año siguiente, campeón nacional infantil. Fue campeón juvenil. Fue campeón nacional varias veces. Ganó y repitió campeonato en todos los escenarios que pisó: Feria Flores, Orquídeas de oro.

“He sido más de siete veces campeón en categorías mayores, sin contar los trofeos en Cali, en Bogotá, y New York. Por eso para no hablar de todos los trofeos digo que soy pentacampeón de la trova y así le echo tierrita a todos”.

Lokillo y sus hijos. Foto: Andrés Lozano

Lokillo despierta como trovador y el dinero empieza a llegarle con facilidad. El primer pago que recibió por subirse a un escenario y cantar versos paisas, le cayó a sus 14 años, en una fiesta del agua en San Carlos (Antioquia). Recuerda con emoción que le dieron 100 mil pesos por trovar por casi media hora.

Al llegar a casa le entregó a su mamá 50 mil pesos. Doña Flor le preguntó que de dónde había sacado todo ese dinero y al escuchar la respuesta del niño, en medio del llanto, la mujer lo abrazó con fuerza. Más que un abrazo de agradecimiento, fue un abrazo de orgullo.

“Desde ahí empecé a darle a mi mamá la mitad de todo lo que me ganaba. El hecho de poder llegar a la casa y saber que esa cubeta de huevos estaba ahí porque yo la había aportado eso era un orgullo muy grande. Desde ese momento mi único sueño era poder darle bienestar a mi familia. Absolutamente nada más. Y la trova me ayudó a lograrlo”.

El primer regalo que Lokillo le hizo a su mamá, al ver que las manos le sangraban al lavar la ropa, fue una lavadora. Ahorró todo lo que se ganaba hasta que pudo darle aquel electrodoméstico a doña Flor. Ella hoy vive en Bogotá, cerca de su hijo, en un apartamento que también él le regaló y que ha sido parte de la promesa de tener bien a su mamá y a su familia.

Después de ver que los versos le entregaban dinero, le dijo a su mamá que se iba a retirar del colegio para empezar a buscar espacios en la trova, con los cuales ganar más y ayudar más. Pero en ese momento doña Flor se puso seria y le hizo prometer solo una cosa en la vida: que acabaría el bachillerato.

Si Lokillo no hubiese cumplido su promesa, muy seguramente no sería el Lokillo que es hoy día. Tal vez las puertas no se hubieran abierto de la misma manera o inclusive, ni siquiera hubiesen estado ahí para que él alcanzara a tocarlas.

Después de terminar el colegio, de la mano del entonces presidente de la Asociación de Trovadores Colombianos, Orlando Velásquez, Lokillo emprendió un viaje a ciegas para Bogotá. Velásquez era la persona que le había ayudado con sus primeros contratos en el mundo de la trova, quien lo había sentado frente a un computador para que aprendiera a escribir sus versos y sus primeros libretos. “Ese señor era la persona en quien más confiaba”.

Lokillo, sus padres y su hermana menor, con el diploma prometido a su mamá.

Don Orlando se iba para la capital a probar suerte e invitó a Lokillo a irse con él. El buen trovador de 18 años, sin pensarlo dos veces, cogió una caja de cartón y en ella empacó un par de mudas de ropa y más miedos que ilusiones.

Llegó a vivir a la casa de una media hermana por parte de papá, en Bosa, en el sur de la ciudad, a quien le pagaba arriendo por una habitación pequeña. Junto a Jeison, otro trovador paisa que ya conocía, empezó a cantar trova en fiestas, reuniones, tiendas, iban y cantaban donde los llamaran.

En el rebusque Lokillo se ganaba por ahí 500 mil pesos y siempre le enviaba a su mamá unos 250 mil para los gastos de la casa, en Medellín. El resto lo usaba para pagar arriendo y movilizarse en Bogotá.

La sonrisa de la suerte

“En esas estaba yo, cuando Guillermo Díaz Salamanca se fue de La Luciérnaga para RCN y con él se fue el grupo Salpicón. De Caracol Radio llamaron a Corozo, quien es uno de los trovadores más importantes del país, para conformar el grupo que reemplazaría a Salpicón. Corozo me conocía y junto a Chalo, un músico súper duro, me invitó a ser parte del grupo Revolcón”.

El requisito mínimo que pedían para entrar a trabajar en Caracol era el diploma de bachiller. Cuando a Lokillo le solicitaron los documentos solo pudo acordarse de aquella promesa que su mamá le pidió cumplir. “Si no hubiese terminado el colegio no hubiera entrado a La Luciérnaga”.

Lo primero que Lokillo hizo al conocer la propuesta de Corozo fue llamar a su mamá y decirle que si ese trabajo le salía, la vida se les arreglaría a todos. Y así fue. Lokillo pasó de ser un “trovadorcito de apartamentos”, a sentarse en uno de los programas radiales más escuchados en toda Colombia, junto al gran Hernán Peláez y su equipo de patrones del humor.

Foto: Andrés Lozano

“El primer día todos me miraron como un bicho raro, me miraron de arriba a abajo. Yo no tenía cara de nada. Tenía hasta el pelo largo. Era una liendra completa”, dice y otra carcajada retumba.

Ganarse un puesto en la mesa de trabajo no fue tan difícil para Lokillo. Comenzó haciendo parodias de los temas de coyuntura nacional y su talento lo llevó a destacarse con rapidez. Pudo proponer cosas nuevas que terminaron gustándole a Peláez, quien era la último filtro del programa.

Después de parodiar un tiempo, con éxito dentro y fuera de la cabina de radio, Lokillo quiso saber si él podría imitar personajes. De sus compañeros de mesa: Don Jediondo, Alexandra Montoya, Polilla, Risa Loca y los demás, aprendió técnica. Se lanzó al ruedo, pero comenzó con personajes que no habían sido imitados, porque los famosos eran propiedad de los demás humoristas.

“Lo que hago es disfrutarme el viaje, estoy disfrutando todo lo que me pasa”

Su primera imitación fue la del soldado Domínguez, quien fue liberado en la Operación Jaque: un militar con voz desafinada quien interpretó una canción en homenaje a su liberación. Luego se desmovilizó alias Karina y Lokillo también la imitó. Imitó a Popeye, el sicario de Pablo Escobar; a Maluma y a Nairo Quintana. entre otros.

Luego quiso crear un personaje propio y nació uno de los más famosos y queridos de la Luciérnaga: el popular TuiterPam. También fue el creador de ‘El Oyente’, ’El universitario Sebas’ y otros más.

En La Luciérnaga duró 12 años creando, imitando y parodiando hasta que César Castro, gerente de entretenimiento de RCN Televisión, preguntó quién hacía en La Luciérnaga este y este y este y este otro personaje. Dio la casualidad que la mayoría de los personajes que a César le habían interesado los hacía Lokillo. Le llegó una propuesta de la productora para hacer ‘Me caigo de la risa’ y así llegó el comenzó de su carrera en la pantalla chica.

Pasó a ‘Muy buenos días’ con Jota Mario Valencia y un año después nació Rastacuando, que se volvió un fenómeno y que la está ‘sacando del estadio’.  En ese momento, arranca la carrera de solista de Lokillo y se vuelve más famoso, mediático y viral.

Renuncia a Caracol Radio y se vincula del todo a Caracol Televisión, donde le ofrecen ser parte de la emisora La Kalle. Él, muy inteligentemente, pide como condición ser parte de Sábados Felices, porque es el programa que se ve en todos los rincones del país y sabe que es un escenario que catapulta a los humoristas.

Lokillo canta, imita, actúa, parodia, trova, crea personajes, cuenta chistes, hace stand up comedy, lo que lo convierte en uno de los humoristas más integrales del país y apenas tiene 32 años. El camino que queda por delante es largo.

Foto: Andrés Lozano

Cuando se le pregunta qué viene para él, se queda pensando y dice que de niño, cuando trabajaba en los buses, por difícil que fuera la situación, se disfrutaba el momento. Con una sonrisa -recuerda- lograba un par de monedas para ayudar en casa.

Y hoy, cuando lo impensable ha llegado, cuando el éxito que no buscaba está en sus manos, sigue con la misma premisa humilde de disfrutarse el momento, de gozarse con esa misma sonrisa lo que llegue, porque aún, después de tantos años, lo que más quiere es seguir ayudando a su mamá, a la familia y a quien pueda darle una mano.

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