El día que le dije a un gran amigo que él tenía VIH

30 de abril del 2019

Uno de mis grandes amigos adquirió el VIH, un virus con el que vivirá el resto de sus días. Así se lo conté.

El día que le dije a un gran amigo que él tenía VIH

Cuando el doctor nos llamó y empezó a hablar sobre la salud de Juan*, los pocos que estábamos allí, en una pequeña sala de espera del Hospital San José, en el centro de Bogotá, nos miramos sin decir una sola palabra. Después de una introducción médica sobre el tema, lanzó la noticia mala. Una noticia triste. Una noticia que ninguno se esperaba; porque nadie cree que las desgracias ocurren cerca, hasta que nos tocan.

A Juan lo encontramos 24 horas antes de llevarlo al San José. Estaba en casa de Rafael, otro de sus amigos del barrio, como yo. Llevábamos buscándolo un par de días. Su teléfono y el de Jenny, su novia, con quien convive hace más de cinco años, sonaban apagados y lo único que sabíamos era que estaba enfermo; porque así lo había hecho saber a algunos de sus familiares, pero nadie tenía conocimiento, ni siquiera él, de qué era lo que tenía; es más, siendo sinceros, nadie creyó que fuese algo grave. Aunque cada vez lo veíamos más delgado y sin colores en el rostro, siempre respondía lo mismo.

-¿Está enfermo?

-No. ¿Por qué?

-Marica, está muy flaco.

-Me siento bien.

-Pero está pálido.

-Estoy bien. Ya le dije que me siento bien.

Y para salir del momento incómodo que le generaban las preguntas sobre su apariencia física, siempre decía: “Es que estoy saliendo de una gripa que me tumbó como una semana”, me lo confesó el día que lo entrevisté para la construcción de este texto.

A Juan lo conozco hace más de 20 años. La primera vez que lo vi, recuerdo muy bien, yo tenía 15, y él, dos más. La amistad nació en medio de un partido de fútbol que se jugó en un tierrero que nosotros llamábamos la cancha, ubicada en el parque del barrio San José sur.

La vida de Juan no ha sido fácil ni lo ha sido desde el inicio de sus días, y eso lo supe muchísimos años después, en medio de una noche de rumba como muchas de las que vivimos. Juan y su hermana mayor, que le lleva un año, fueron producto de un par de relaciones sexuales carentes de amor, entre la empleada del servicio y el hijo de los dueños de la casa, los abuelos de Juan. Es más, él dice: “Somos productos de una violación”.

“¿Sabe? nunca tuve el amor de unos padres y básicamente porque entre ellos nunca hubo amor, ni tan siquiera un sentimiento parecido. Nosotros nacimos de una arrechera. Mi papá, quien nunca se ha portado como tal, tenía en mi mamá donde calmar sus ganas de hombre y ella guardaba silencio por no perder el trabajo en casa de mis abuelos”.

Los abuelos paternos permitieron que la madre de sus primeros nietos, así no fueran queridos por su padre, se quedara en casa, obviamente, llevando a cabo la misma labor de oficios domésticos. Pero al cabo de un corto tiempo, dice Juan, por la constante humillación que la mujer recibía, se marchó y los dos hermanitos, con menos de tres años de edad, quedaron al cuidado de los abuelos, a quienes desde siempre llamaron papá y mamá.

“Amigo, yo no me quiero morir”.

“Hoy ya no me importa. Pero cuando era un niño, tener padres, aunque tenía a mis abuelos, me hizo falta, muchísima. No es fácil crecer sin ese amor maternal. No es fácil crecer sin que lo consientan a uno, sin que le ayuden a hacer las tareas, sin que alguien lo regañe por estar todo el día en la calle. Crecimos con muchas libertades, que al paso de los años se convirtieron en libertinajes. Hacíamos lo que se nos daba la gana, mi abuela era muy alcahueta y eso tuvo sus repercusiones”.

Juan, al igual que su hermana, antes de graduarse pasó por varios colegios. Logró ser bachiller validando en un pequeño centro educativo. No estudió con juicio porque de joven, debido a las libertades que tenía, se dedicó a estar en la calle con sus amigos, más tiempo del que nosotros podíamos estar afuera. Él no iba a estudiar si no quería y en su casa nadie le decía algo. “Mi mamá (abuela) no decía nada, un simple regaño y ya, y nosotros nos divertíamos y nos aprovechamos de eso, claro está, para mal”.

Sexo, drogas y Rock and roll

Por esa época Juan empezó a consumir licor y drogas en exceso. Su rumba era pesada, no por lo que se metía en el cuerpo y la cabeza, sino por el tiempo que las fiestas duraban. Con unos 20 años encima, nos distanciamos, porque yo, que no tenía sus comodidades y libertades, tuve que empezar a trabajar mientras él se la pasaba de esquina a esquina, como decía mi madre, divirtiéndose con novias y amigos vagos.

Cuando de vez en cuando nos encontrábamos, bebíamos, fumábamos hierba, escuchábamos rock y nos reíamos de todo mientras se pasaban los efectos de la marihuana: el color rojo de mis ojos y el tamaño diminuto de los mismos, para volver a mi casa sin que mi madre notara algo extraño en mí.

Juan sabía que su vida, de una u otra manera, estaba siendo tirada a la basura por el consumo desenfrenado de sustancias y de alcohol. Tuvo novias y amigos más drogadictos y alcohólicos que él y uno de ellos, un poco consciente de la vida desordenada, lo convenció de buscar escapatoria en las filas de las Fuerzas Militares. Se presentaron como soldados al Ejército Nacional. Juan, que no estaba de acuerdo con esa salida militar, fue admitido y su amigo, quien sí quería irse, fue rechazado. “Es que siempre he sido de malas”, dice y suelta una sonrisa, mientras me quita el encendedor, prende mi cigarrillo y me dice “tiene que dejar esa mierda, porque eso lo va a matar”.

Y sí, es verdad, la suerte, y más la suerte de su salud, no lo ha acompañado. Tal vez el consumo de sustancias y una mala alimentación debilitaron sus defensas y las enfermedades lo atacaron. Al salir del Ejército, en el que también consumió perico y marihuana, empezó a trabajar en un call center. Al cabo de los años sintió malestar en los oídos. Terminó perdiendo la escucha por el oído derecho en un 60% y en el izquierdo en un 40%.

Aunque éramos muy buenos amigos y compartimos sueños, objetivos, paseos y rumbas, dejé de verlo durante varios años. Me fui del barrio porque en un pleito de herencias mi familia perdió la casa en la que crecí y perdí comunicación con Juan y con otros amigos más. En aquella época no había celular que nos mantuviera en contacto. Juan se ennovió con Carolina, de quien decían que muy pocas horas del día estaba con sus ‘cinco sentidos bien puestos’. “La novia perfecta,  creí en su momento”, dice Juan, quien obviamente secundaba sus locuras. Pero nada de lo vivido hasta este punto fue tan duro como lo que estaba por llegar años después, cuando las enfermedades con las que hoy convive casi lo lo matan.

La relación con Carolina, quien fue la madre de su primer y único hijo, duró poco. Ni a ella ni al niño, que hoy tendrá 18 años, los volvió a ver. Dice que después de terminar esa relación le bajó un poco a la fiesta, al consumo y al trago; pero otros amigos en común lo desmienten y dicen que nunca fue así.

Cuando en 2017 me contaron que al parecer a Juan le pasaba algo, y que su salud parecía estar mal, empecé a preocuparme por él. Algunos miembros de su familia, realmente muy pocos, estaban por la misma vía: preocupados. Lo busqué en su celular y nos poníamos citas que por algo, él o yo, terminábamos aplazando. En las conversaciones le preguntaba por su salud y estabilidades laboral y sentimental; respondía con un “bien; sin trabajo; buscando trabajo” y la conversación terminaba luego de un par de minutos.

Cuando el doctor, del que aún no recuerdo su nombre, nos dijo en esa pequeña sala de espera que Juan tenía dos enfermedades graves: VIH y toxoplasmosis, y que la unión de estas lo estaba matando, me sentí, y no solo yo, como el peor de los amigos, el peor de los hermanos (porque así, de pequeños, lo habíamos jurado ser el uno para el otro y más en momentos de necesidad). Por algún tiempo nada me hizo sentir diferente. Me sentí culpable de sus males.

Sin protección ni pío…

Juan se infectó, según él, como la mayoría de personas en el mundo, a través de relaciones sexuales sin protección. No sabe cuál de las mujeres con las que tuvo sexo fue la que lo contagió, así como tampoco sabe a cuántas mujeres pudo haber contagiado. Tampoco sabe desde hace cuánto tiempo es portador de esta enfermedad que hoy la ciencia cataloga como una patología crónica que puede ser controlada pero no curada.

Según el Fondo Colombiano de Enfermedades de Alto Costo, en Colombia, al 1 de diciembre de 2018, el más reciente Día Mundial de la Lucha contra el VIH, había un número aproximados de 85 mil contagiados con este virus. Pero la cifra real de infectados puede ser un 60% superior, o sea unos 150 mil, debido a que gran parte de los infectados, como Juan, no saben que su cuerpo está enfermo y como Juan, pueden seguir propagando el virus.

Aunque según la ciencia hoy en día no es mortal tener VIH, no deja de ser preocupante que uno de los mejores amigos lo padezca y que la muerte haya tocado a su puerta y tal vez, si las circunstancias de tiempo modo y lugar hubiesen sido diferentes, la mía también; porque dentro de todo lo vivido al lado de Juan, no dejo de pensar que en un par de oportunidades, cuando éramos adolescentes, tuvimos sexo con la misma mujer, claro está, en momentos distintos y claro está, cuando aún él no estaba contagiado.

“Nunca creí que algo así me pudiera pasar”.

Las relaciones sexuales de Juan y las mías tuvieron un elemento diferenciador muy importante, del cual hoy en día me enorgullezco y lamento por él. Siempre, desde que tuve  conciencia del sexo casual, me he protegido con condones. Fue algo que mi primo mayor me inculcó desde muy joven y más lo hizo cuando fuimos dueños de un bar donde había la posibilidad de ‘tirar’ casi todos los fines de semana. Las palabras textuales de mi primo eran “ni por el putas, así la vieja esté muy buena, puede meterlo sin forrarse”. Así lo hice siempre y fue un hábito de vida. Infortunadamente Juan, por su lado, no hacía lo mismo.

-¿Usted se cuidó en alguna de las relaciones que tuvo?

-No. Bueno, sí, con algunas. La verdad muy poco.

-¿Por qué?

-Porque nunca creí que algo así me pudiera pasar. La verdad, por ‘marica’.

Juan no recuerda con cuántas mujeres se ha acostado a lo largo de su vida. Pero me dice, con un rostro de vergüenza, que ni siquiera con cinco de ellas se protegió. Los condones le parecía muy caros y no pensaba en ellos para entregarse a los placeres carnales.

“De lo que sí estoy seguro es que me contagió una de ellas. No sé quién fue. No sé cuándo. Pero fue una de las mujeres con las que estuve”.

-¿Hace cuánto cree que está contagiado?

-No sé. Me imagino que hace un par de años.

-¿Cree saber quién lo contagió?

-A ciencia cierta no sé; pero tengo mis sospechas.

Juan se incomoda con las preguntas que le hago en calidad no de amigo sino de reportero. Antes de responder varias inquietudes, primero me mira con ojos inquisidores, luego respira, después mira para otro lado y responde.

Recuerda que hace un par de años tuvo sexo, un par de veces, con una chica que era algo ‘alocada’ en su forma de actuar: consumía todo tipo de drogas, tenía sexo con cada hombre con el que se iba de rumba y que a veces, por su estado de alicoramiento, no era consciente si dormía en cama de un hombre o de una mujer, ya fueran conocidos o desconocidos.

“Desconfío de ella, pero ya qué. Ya no hay nada qué hacer. Haya sido quien haya sido ya tengo esta mierda metida en el cuerpo y la culpa es solo mía”.

-¿Sabe qué he hecho?- me pregunta y al mismo tiempo se responde -he buscado a las viejas con las que he tenido sexo desde hace unos cinco años para acá. Busco que se hagan el examen y descarten que están enfermas -No he encontrado a muchas, pero bueno, ahí voy-.

Estar bien, una decisión propia

Hoy en día Juan está bien. Se vé bien. Ya no está flaco. Tiene el virus encima, dentro de él. Aunque trata de aparentar tranquilidad y me dice que todo está bien, que con una pasta controla su bienestar, yo lo conozco y en los ojos se ve tristeza; rabia con la vida, con la sociedad, con él mismo y hasta conmigo y más con las preguntas que le hago, las cuales nunca alguien se había atrevido a hacerle.

Su recuperación ha tardado más de dos años. Desde el día en que lo encontramos en casa de Rafael, al día de hoy, se puede decir que físicamente está muy bien.

Hablar con Juan sobre el día en que lo encontramos su primo Óscar y yo, y los posteriores en el hospital, no es hacer un recuento exacto de lo ocurrido. Su versión se aleja de la realidad, no porque quiera mentir u ocultar algo, sino porque sus recuerdos están fraccionados y no son correctos.

El VIH actúa en el cuerpo atacando y destruyendo las células CD4, que hacen parte del sistema inmunológico y protege de las infecciones. El virus deja sin defensas el organismo y queda expuesto a enfermedades que pueden ser de gravedad como la candidiasis, neumocistosis, tuberculosis y la toxoplasmosis, entre otras, y estos padecimientos, por no encontrar anticuerpos para que el organismo se defienda, son los que terminan matando al portador.

Juan adquirió toxoplasmosis. Una enfermedad que se transmite a través de las heces de los gatos. Sin saber que estaba desprotegido inmunológicamente, recogió una gata enferma de la calle, la cuidó y hasta dormía en su cama matrimonial. La toxoplasmosis fue la culpable de su delgadez, su palidez y de su debilidad. “Yo ni podía caminar y en mi mente creía estar bien, pero llegó el momento que ni me podía mover”.

Iba al médico pero como no estaba afiliado a un sistema de salud no lo atendían y lo mandaban a hospitales de atención para el Sisben, pero no iba. Me cuenta que en su momento decía que aunque lo veían con los signos descritos, él se sentía bien y que en ese momento no iba a perder tiempo yendo al médico. Tiempo después, Jenny, que de milagro no tiene el virus, a pesar de que con ella tenía relaciones sexuales sin protección, lo afilió a una eps, cuando entró a trabajar.

Ese sábado Rafael llamó a Óscar y le dijo que Juan estaba en su casa desde un día antes. También le dijo que estaba muy mal de salud: tenía fiebre, estaba temblando, no se podía mover, no hablaba, no comía y estaba orinado porque no controlaba esfínteres.

“Pensé que se iba a morir en mi casa. Yo le decía que fuéramos al médico y respondía era que no quería ir, que lo dejara quieto, que lo dejara dormir un rato y que luego se iría; pero con el paso de los minutos se ponía peor”, dijo Rafael, cuando le pregunté sobre Juan en ese momento.

Cuando lo vimos, Juan estaba muy mal. Lo tuvimos que alzar entre dos para sacarlo al carro. En un primer momento no nos reconoció, para hacerlo tuvo que hacer un gran esfuerzo y repetía constantemente, “déjenme quieto, déjenme dormir”.

En la Cruz Roja lo vieron grave. Sus signos vitales estaban muy débiles, así que lo remitieron de urgencia, en una ambulancia, para el Hospital San José. También pensé que Juan se iba a morir, y más cuando una enfermera en la Cruz Roja me dijo, “ese pelado va muy mal”.

Al llegar al San José, un hospital universitario, del que dicen que para los pobres es uno de los mejores, lo metieron a observación, donde empezaron a realizarle los exámenes pertinentes.

A decirle…

Al siguiente día el doctor de turno llamó a todos sus familiares y en un rincón de la sala de espera, donde solo estábamos Jenny, Ómar y yo. El médico fue concreto y lanzó la noticia sin anestesia. Empezó diciendo que Juan estaba muy mal, cosa que ya sabíamos. Luego dijo que le hicieron varios exámenes y después de reconfirmar los resultados, estos arrojaron que mi amigo tenía toxoplasmosis y VIH.

Cuando este hombre de bata blanca dijo la palabra VIH dejé de ponerle cuidado a sus palabras, luego me dijeron que habló de cómo cuidarlo, de cómo ayudarle a salir adelante, de que el VIH puede controlarse, pero para mí parecía que hablaba en silencio, mientras mi mente divagaba y solo repetía una y otra vez “Juan tiene sida, tiene sida, tiene sida”. Y los tres lloramos sin escándalo, fue una soltada de lágrimas de dolor. Y confieso, tuve miedo, mucho miedo.

Juan duró un mes en el hospital. Desde que le detectaron el virus y la enfermedad lo aislaron de los demás pacientes. Tenía una habitación para él solo y entrábamos allí a saludarlo con bata, botas, gorro y tapabocas quirúrgico. La toxoplasmosis le atacó el cerebro, donde se le formaron tres masas, que aún tiene, y que le afectaron la memoria y el raciocinio. Se tornó agresivo y lanzaba groserías y hasta golpes a quienes íbamos a visitarlo. Y por indicaciones médicas no le podíamos decir que tenía VIH.

Tres días antes de salir del hospital (septiembre de 2017), teníamos que decirle a Juan que tenía VIH. Él tenía que saberlo antes de salir para su casa y al unísono decidimos que nosotros como familia le diríamos. ¿Cómo? ¿quién? ¿cuando? Y yo levanté la mano, no sé por qué, pero levanté la mano y los demás aceptaron.

Al siguiente día, cuando entré a la habitación Juan me dijo.

-Pensé que no iba a venir hoy

-¿Por qué?

-Porque está tarde

– No tanto. Apenas son las 2. ¿Quién ha venido?

– Los que siempre vienen. Solo faltaba usted

Yo no sabía como empezar con esa difícil conversación. Lo miré a los ojos y le dije algo así: “parcero, usted debe agradecerle a Dios, o a quien quiera, que está vivo. Porque por muy poco se va para el otro lado. Y la culpa de eso fue, es y será toda suya. Usted está enfermo más por irresponsable y loco que por otra cosa. Hay que cambiar un poco. ¿o no?” Sentí que lo regañé, como muchas veces lo hice, cuando sabía que había pasado la raya de la rumba.

Juan solo me miraba y me dijo algo así: “Hace mucho que tenía que cambiar. Yo sé que estuve muy mal y que casi no cuento el cuento. Pero voy a ponerme juicioso y a ir con toda”.

-Juancho, esta es una segunda oportunidad. ¿Lo sabe?

-Sí. Estoy consciente de eso.

-Quiero que sepa que pase lo que pase, seremos amigos.

-¿Por qué lo dice?

-Porque de hoy en adelante tiene que cuidarse muy bien.

-Lo sé

-No socio. Usted no lo sabe.

-¿Qué no sé?

-Usted no solo tiene ‘toxo’

Juan no dijo nada. Yo tampoco. Me quitó la mirada y miró hacia la ventana. -En esta entrevista me dijo que en ese momento quería que yo me desapareciera y no saber de qué más estaba enfermo-. Así pasaron varios segundos, tal vez 10, tal vez 20, pero fueron eternos.

Sin quitar la mirada de la ventana, dijo -suéltela mijo. A eso vino, ¿verdad?- En ese momento me di cuenta de que había sido un error entrar ahí con ínfulas de valiente y de que yo no era capaz de decirle algo parecido a lo que había entrado. Ahí me miró, y se dio cuenta de mi incapacidad, soltó una de las pocas sonrisas que le vi en su convalecencia y me dijo: “Usted sigue siendo el mismo gallina de siempre. Ya entró acá. Ya abrió la boca. Ya dígalo, no sea tan marica”.

-Parce, usted como putas se dejó contagiar de VIH

El silencio volvió a imperar en el pequeño cuarto que estaba ardiendo de calor. Al cabo de unos segundos, dijo, con una tranquilidad infinita, como si le hubiera dicho que tenía gripa.

-¿Eso es lo que tengo?

-Sí

-¿Y me voy a morir?

-No. Los médicos dicen que si se cuida, usted puede durar tal como una persona que no está contagiada.

-¿Qué me va a pasar?

-No sé

¿Parce, me voy a morir?

-Que no.

-¿Eso es tener sida, es lo mismo verdad?

-Pues el VIH es la etapa inicial y el sida es la etapa final. Es lo que sé

-Amigo, yo no me quiero morir.

Lo abracé. Me abrazó. Mis lágrimas aparecieron y las de él no. Juan nunca lloró, al menos nunca lo hizo en presencia de alguien. Jenny, su esposa, así lo confirmó. Nunca ha maldecido en público por la enfermedad que tiene. Nunca hizo escándalo. En un principio se achantó y sintió mucha vergüenza. Pero su reacción frente a la enfermedad fue y ha sido desde siempre, ponerle el pecho al asunto. Una reacción que yo no me esperé nunca de él.

Dejó el cigarrillo por completo. De vez en cuando fuma marihuana. No ha podido dejarla y dice que tal vez no la dejará nunca. Tres meses después de salir del hospital hizo un curso de mecánica de motos en el Sena y con un amigo montó un pequeño taller.

-¿Es feliz?

-No sé qué es la felicidad. Pero estoy tranquilo. Vivo con esto y ya.

-¿Cómo le ha ido con el VIH?

Juan me mira. Le vuelve a molestar la pregunta. Respira. Toma otro sorbo de jugo, el segundo de la tarde. y responde: “Lo mantengo controlado con una pastilla diaria que me da la EPS. Las masas en el cerebro por la ‘toxo’ es lo que aún me tiene jodido. Pero ahí vamos. Tengo que cuidarme. No fue fácil adaptar la mente. Pero creo que ya no me importa. Vivo mi día a día. ¿Sabe? No fue fácil saber que tengo esto, pero le agradezco mucho que haya sido usted el que entró ese día a contarme que soy portador, porque así se dice, portador, ¿oyó?”

-¿Por qué?

-Porque usted es de las pocas personas que realmente me quiere en la vida. Se le nota en la mirada, en la forma en que me habla, en la forma en que me regaña. Yo sé que usted me quiere, así me haga esta ridícula entrevista -suelta la risa y antes de levantarse pregunta- ¿algo más señor periodista?

*Juan no es el nombre real de mi gran amigo a quien le auguro éxitos en su vida.

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