El enterrador más antiguo de Bogotá

30 de octubre del 2014

Su oficio le permite contar la historia reciente de Colombia a través de sus muertos.

Cementerio Central

Al principio no estaba seguro de ser sepulturero. Su padre, cuando él apenas tenía 17 años, le propuso que escogiera ese oficio para seguir la tradición familiar. Ahora Reyes Galindo, de 54, cuenta que ahora no siente miedo y poco a poco se ha acostumbrado a los sueños con extraños o a las voces que le hablan mientras trata de conciliar el sueño.

Reyes cuenta que lleva 37 años como sepulturero. Los últimos 13 ha trabajado en el Cementerio Central de Bogotá.

Convivir con los muertos se ha vuelto algo tan común como saludar a su familia todas las noches. Sin embargo,  recuerda un par de experiencias que le han marcado su vida.

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“No se puede uno burlar del aspecto del fallecido. Si fue una persona gorda, fea o de cualquier forma, merece respeto”, dice Galindo, quien además cuenta que por  hacer comentarios, tal vez despectivos, sobre un difunto al inicio de su oficio pasó por el susto de su vida: escuchó al difunto que le hablaba mientras trataba de dormir. Además soñó con él durante varios días hasta que decidió disculparse por la ofensa en la tumba del muerto.

“Desde ese momento entendí que este es un trabajo de respeto. Muchas almas quedan en pena, sobre todo cuando tuvieron una muerte violenta”. A Galindo le tocó inhumar a muchos de los asesinados de la Unión Patriótica. En ese entonces los celadores del Cementerio Central, cuenta Galindo, escuchaban demasiados ruidos.

Cementerio Central Reyes Galindo

Reyes Galindo frente a la tumba de Luis Carlos Galán. 

El sepulturero de más experiencia cree en Dios y se considera un católico desjuiciado. Asiste de vez en cuando a una misa, sobre todo en épocas como Halloween cuando encuentra rastros de ritos satánicos. “Muñecos con agujas, amarrados y hasta sangre aparecen en algunas tumbas”, dice Galindo.

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“Creo en Dios, pero también existe el diablo. Mientras unos le rezan al señor otros le piden favores al otro”, asegura.

Lo que más le duele a Reyes es enterrar niños. Aunque reconoce que varias veces le ha tocado inhumar pequeños o gente joven. Trata de no involucrarse de forma sentimental con su trabajo, dice que le afecta enterrar a personas que se fueron de este mundo sin haber vivido lo suficiente. “Es feo ver muertos tan jóvenes”

“Son solo recuerdos de muchos años trabajando con los acostados”, dice Galindo, mientras saca de su bolsillo una bolsa y acomoda un jabón humedecido junto a una toalla con las que minutos después se lavó después de haber realizado siete exhumaciones en ese mañana.

Le sorprende que algunos cuerpos después de 20 o 30 años aún estén ligeramente conservados, mientras otros que apenas tienen cuatro años -en las bóvedas que son alquiladas- estén totalmente descompuestos.

El Cementerio Central es especial. Hasta 1994 los cuerpos no identificados y que llegaban allí eran depositados en bolsas de polietileno y se llevaban a un cuarto que la misma gente llamó ‘El cuarto de las almas benditas’, un lugar donde siguen llevando velas. Los deudos rompen el candado que protege este espacio y en las paredes las personas escriben peticiones: desde las más banales hasta las más espirituales.

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Cementerio Central

La tumba del fundador de Bavaria, Leo Kopp, es una de las más visitadas. Le piden deseos al oído de su escultura de bronce. 

Los ilustes

Galindo puede contar parte la historia de la violencia política de Colombia a través de sus muertos. Recuerda que los sepelios del  excombatiente del M-19 Carlos Pizarro y  el líder liberal Luis Carlos Galán Sarmiento le produjeron dolor. Asimismo recuerda que en medio de las personas que lo empujaban, pudo ser testigo del momento en que el hoy senador e hijo de Luis Carlos Galán Sarmiento, Juan Manuel, le pedía en su discurso al expresidente César Gaviria que tomara las banderas de su padre en la contienda electoral de 1990.

Son solo recuerdos, dice Galindo. Como los 15 cañonazos y tres salvas de fusilería que sonaron cuando el general Gabriel París fue sepultado en el 2008. Dice no haber visto jamás una ceremonia tan hermosa: calle de honor con alfombra, flores de muchos colores y tamaños y  la distinción de las personas que acompañaron en el último adiós al General París, quien fue parte de la Junta Militar que sucedió al General Gustavo Rojas Pinilla.

Galindo dice que las ideas políticas a veces van más allá de la muerte. Como cuando le anunciaron que había fallecido Héctor Valencia Henao, uno de los creadores del Moir y secretario general de dicho movimiento. Todo sucedió cuando desde el viernes 19 de septiembre de 2008 comenzaron a escavar siete metros para hacer la tumba. Pero al día siguiente les comunicaron que debían cavar una nueva tumba para Valencia Henao, quien debía estar al lado de Francisco Mosquera, fundador del Moir y líder de izquierda que había fallecido catorce años atrás.

Por equivocación, Valencia había sido enterrado junto a Gilberto Vieira White, uno de los fundadores del Partido Comunista de Colombia. Se habían equivocado en la ubicación de la tumba y el error obligó a la mitad del equipo de sepultureros de esa época, cinco funcionarios, a usar pico y pala bajo la lluvia hasta las cuatro de la mañana.

Reyes Galindo tiene dos hijas, una de 21  y 15 años. Heredó el oficio de su padre, quien trabajó por más de 25 años en el Cementerio del Sur de Bogotá.

Las yemas de sus dedos son grises, producto del contacto con la mezcla. La zona del bigote, que mantiene rasurada al igual que el resto de la cara, tiene un color verdoso-rojizo y él cree que es debido al constante tratamiento de personas exhumadas.

Para las exhumaciones usa guantes, un gorro clínico, un tapabocas y una máscara plástica. Además se vacuna para prevenir la hepatitis y la difteria. “Ahora nos protegen mucho, pero antes usábamos sólo un tapabocas y unos guantes”.

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