Historias de taxi: el hombre que no temía a los muertos

Historias de taxi: el hombre que no temía a los muertos

3 de enero del 2018

La primera vez que vio un muerto vomitó hasta el alma. Pensó que se había metido en el peor trabajo del mundo y que iba a renunciar de inmediato. Pero ese era su sueño, por lo que había trabajado tanto ¿Por qué  dejarlo en la primera dificultad?

Era policía y esa clase de cosas, los muertos, los delincuentes, los crímenes: todo hacía parte de esa profesión que soñó ejercer desde que era niño. La idea de ser un héroe siempre le resultó atractiva. No sabía sin embargo, que para hacer algo así necesitaba tripas de acero. Y un buen corazón.

El día que llegó a casa, después de su primer levantamiento, todavía con el estómago revuelto, y aun pensando en dejarlo todo, se vio en el espejo y empezó a sentirse mejor. Le gustaba como le quedaba ese uniforme verde oliva con las insignias, la placa, y su apellido al lado derecho.  Para hacer eso había venido al este mundo.

De ese momento han pasado algo más de 30 años. Ahora, después de pensionarse compró un taxi. Mientras maneja por la 80, en Bogotá, en medio de un trancón interminable, relata lo que llama “sus aventuras” en la que cree, es la mejor institución de Colombia.

Prefiere que no sepan su nombre. Es un hombre de mirada penetrante, gestos duros, pelo ya con algunas canas, delgado, y que habla con calma, como si pensara cada palabra.

Perder el miedo a los muertos

Tiempo: esa es la clave. Y una especie de naturalización de la muerte, como si fuera pan de cada día. Algo que es en realidad sólo que para unos más que otros. La mayoría, por miedo o indiferencia, prefieren hacer de cuenta que no existe. Él, sin embargo, que la vio casi que cada día de su vida por 25 años, aprendió a que los muertos no eran sino muertos.

“Al principio fue difícil –dijo–. Yo sentía miedo y asco. Pero no lo podía demostrar porque me la montaban. Le pedía mucho a Dios que me diera fuerza”.

Lo habían asignado como efectivo de la Dijin, en plena época de la violencia desatada por los carteles de la droga. Tuvo que ver mucho. Y de tanto ver se acostumbró. Cuando acompañaba un levantamiento seguía con rigurosidad los protocolos, siempre con el respeto que se le debe tener a cualquier, incluso si ha dejado de existir o si fue un terrible criminal.

No le gustaban las muertes causadas por accidentes de tránsito, los quemados, o los desmembrados porque le impactaba mucho ver cuerpos en mal estado. Prefería recoger a los que “les habían dado un balazo”.

Entre tantos muertos, hay algunos que recuerda con más claridad. Uno por ejemplo, que recogió en un barrio del sur de la capital.                      

Tenía turno por la noche. Antes de las 1 de la mañana, en la estación recibieron una llamada que reportaba un tiroteo. No le extrañó porque por esos días, Ciudad Bolívar “era una zona muy caliente”. Él y sus compañeros llegaron tan pronto como les fue posible.

En un lugar que llaman “el tanque”, dos pandillas se habían enfrentado por el control de la zona y el tráfico de drogas. El resultado fueron dos muertos. Cuando la policía llegó a hacer las pesquisas, el protagonista de esta historia, que fue el primero en revisar uno de los cadáveres, quedó frío de impresión: el muerto tenía un parecido increíble con su hijo de 14 años.

Buscó de prisa entre los bolsillos del hombre a ver si encontraba los documentos que lo identificaban. Efectivamente era un menor de edad de 15 años, cuyo nombre real no recuerda. Si tiene presente, sin embargo, que le decían ‘el flaco’.

A pesar de que no era su hijo, no se pudo sacar la imagen del joven de la cabeza. Incluso, durante varias noches soñó con el muerto que se le aparecía y le hablaba, o lo perseguía, o le decía “papá porqué me dejaste morir”.  Y también tuvo que acostumbrarse a eso: soñar con los muertos.

Su día a día era la muerte y el peligro. Cuando llevaba 22 años en la policía hizo parte de un operativo para incautar drogas en el centro y “lo recibieron a bala”. Un proyectil impactó muy cerca de donde él estaba. Y se dijo entonces “ya no va más”. Cansado de muertos, atracos, tiros, riñas, turnos, pidió su baja al otro día. La policía era el amor de su vida pero ya había sido suficiente.

Cuando salió, para no aburrirse en la casa, porque se aburre y se ponía a pelear con todo mundo,  compró un taxi y ahora se dedica a eso.