15 años viviendo en las ruinas de un hospital olvidado por Dios

15 años viviendo en las ruinas de un hospital olvidado por Dios

28 de julio del 2016

Lúgubres, grises y fríos, así son el Hospital San Juan de Dios y el Instituto Materno Infantil. Los muros están agrietados y las ventanas se caen a pedazos. Al recorrerlos es inevitable preguntarse por qué fueron clausurados si en estas instalaciones púbicas se desarrollaron proyectos indispensables para la salud y el bienestar humano como la primera vacuna contra la malaria y el Método Madre Canguro.

Tras casi una década de lucha administrativa, la grave crisis de la salud que inició a comienzos de los años 90 se tragó a estos grandes hospitales que le pertenecían a la Gobernación de Cundinamarca. Miles de trabajadores de los dos complejos hospitalarios, que pertenecieron a la Fundación San Juan de Dios, hoy en liquidación, quedaron sin empleo.

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Algunos fueron reubicados pero otros no recibieron siquiera una carta de despido; tras el cierre muchos de estos últimos a manera de descontento y reclamación se tomaron las instalaciones del San Juan.

Inconformes con la falta de explicaciones y de atención, los empleados se rehusaron a salir del hospital. Unos decidieron, incluso, tomarlo como su casa e internarse allí con sus familias para llamar la atención y hoy, después de 15 años de ardua resistencia, siguen ahí a la espera de que les retribuyan, de alguna manera, sus años de trabajo y los siguientes.

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La inconformidad se convirtió en indignación. “Aquí nos quieren ver muertos a todos”, manifiesta Teresa Díaz, quien llegó en 1982 y se desempeñó como auxiliar de Nutrición y Esterilización.

Varios trabajadores que iniciaron con la resistencia murieron y con sus cuerpos quedaron enterradas sus esperanzas. Otros se cansaron y desistieron y un pequeño grupo, de no más de 20 personas, es el que hoy hace su vida en estos pabellones que conservan el olor particular a hospital.

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En la antigua sala de prótesis que convirtió en su hogar, Teresa vio crecer a su hijo menor y a sus nietos durante 14 años, hasta que el tiempo y el deterioro hicieron lo suyo.

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“Mi hijo menor, mis nietos y mi nuera vivíamos ahí y un día, en el que gracias a Dios no había nadie, se cayó la casa”, contó la mujer mostrando los escombros que quedaron de la improvisada vivienda.

Caminar por el San Juan de Dios es sentirse afuera de la ciudad, parece una enorme finca de la que la maleza se adueñó. Los que ahora son sus ocupantes conocen el terreno como a la palma de sus manos y pueden contar con lujo de detalles todo tipo de historias y anécdotas.

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Teresa llegó a tener hasta 16 gatos que llegaban de no se sabe dónde y mantenían su espacio libre de ratones. No les tuvo miedo ni a estos ni a las serpientes de más de un metro de largo que se instalaron en la huerta que antes era usada para asolear a los pacientes y se convirtió, sin pensarlo, en el jardín de los más pequeños de la familia.

“Daba miedo pero por mis nietos, que se la pasaban jugando”, dice al recordar cómo tuvo que matar a uno de estos reptiles para proteger a sus nietos.

Sus parientes, tal vez agotados, se marcharon pero ella continúa anhelando sus prestaciones sociales. Ahora la más cercana a ella es Edelmira Arias Carranza, quien estaba encargada del área de servicios generales y se convirtió en su compañera en la Unidad de Salud Mental.

Aunque en las puertas de sus dormitorios todavía están intactas las fichas con los nombres de los médicos y la agenda que seguían para atender a esquizofrénicos, bipolares o ansiosos, el sitio está adecuado para “sobrevivir”, así lo afirman ellas.

Tienen cama, la ropa bien ordenada en armarios que llevaron desde sus casas, una pequeña estufa que comparten, una hilera de sillas que alguna vez fueron la sala de espera de la unidad y un sinnúmero de cachivaches que adornan su refugio.

Edelmira y Teresa sienten al hospital como un hijo y hablan con firmeza del que creen es su problema vertebral.

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“El San Juan no está cerrado, está abandonado por los gobernantes de turno. Vivo en un paraíso, mi paraíso es mi San Juan”, expresa Edelmira, con la convicción de que por ahora la única posibilidad para suplir sus necesidades es el trabajo que tiene como aseadora en un almacén. Gana menos de un salario mínimo y debe atravesar Bogotá para cumplir con su labor.

“Aquí no podemos dormir”

Solo se necesita cruzar una calle para llegar al Materno Infantil, reconocido mundialmente por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Aunque en la actualidad una parte de esta institución está destinada al Hospital de la Victoria, doce personas sufren un drama similar al que se padecen Teresa y Edelmira tras las paredes de su imponente vecino.

Luego de que intervinieran el San Juan de Dios esta parte de la entonces fundación empezó a decaer. Gloria Sánchez, auxiliar de enfermería, recuerda que a través de un edicto los despidieron hace 10 años.

Al cuestionarle sobre el cómo se sostiene en estas condiciones complicadas, ella habla de la caridad de sus hijos y de otras personas. Gloria padece una enfermedad que le impide trabajar.

“Tengo un 40% de incapacidad laboral, pero lo intenté. Me presenté al Hospital Méderi, me preguntaron que por qué trabajaba, que si era que no estaba pensionada. Me recibieron, hice la inducción, me dieron el contrato y pude trabajar un solo día porque tengo trombosis venosa profunda. Estaba más enferma que un hospitalizado”, expresa pesarosa.

El Materno es mucho más pequeño que el San Juan pero también está lleno de consignas alusivas al trabajo decente, a la salud y contra el Gobierno. Conociendo a los dolientes de ambos lugares es posible concluir que todos tienen un mismo fin: regresar con sus familias para disfrutar de los recursos que denuncian les adeudan, antes de que sea demasiado tarde.

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Gloria tiene esposo e hijos, ellos la han apoyado, pero no niega que el estar separados ha afectado la relación familiar. “Amor de lejos felices los cuatro, eso ya se acabó”, dice al referirse a su compañero.

En eso coincide el auxiliar Manuel Pérez, que ingresó a trabajar en 1981 y ni cuenta se dio cuando lo dejaron sin empleo.

“Mi familia también está como en crisis, ellos también se ven afectados. Mi papá acabó de morir y se fue preocupado por esta situación. Mis hijos no han tenido la suficiente atención de mi parte y psicológicamente uno vive atropellado”.

Parece ficción, pero estas circunstancias han hecho que algunos de los trabajadores lleguen a la locura, según indican Gloria y Manuel, que por su parte, no logran descansar con tranquilidad pensando en qué hacer para ser escuchados por el Gobierno o alguien con poder, “que se ponga la camiseta” y acabe con esta pesadilla.

Una gran familia 

Después de tanto tiempo juntos, “luchando por una misma causa”, como dicen con firmeza, es inevitable que los habitantes del San Juan de Dios y del Instituto Materno Infantil no creen lazos de amistad. Y como dice la popular frase “los amigos son la familia que uno escoge”, para este caso aplica a la perfección.

Se visitan los unos a los otros, ven las telenovelas de la tarde, van a los plantones para hacer sentir sus exigencias, comparten comida e incluso algunos han llegado a entablar relaciones amorosas.  “El que tiene le da al que no, nos ayudamos entre todos”, afirma Gloria.

Todos conocen sus historias, saben por qué cada uno de sus compañeros resultó habitando estos hospitales, que a simple vista parecen la locación ideal para filmar una película de terror. Además de hablar de lo que les espera respecto a su situación laboral, también hay tiempo para el esparcimiento, un par de mujeres cosen, otros juegan fútbol y otros más toman tinto mientras ven caer la noche en el centro de Bogotá.

¿Futuro incierto? 

Estos trabajadores aseguran que no quieren “limosnas” ni llenarse de dinero los bolsillos. Según las cuentas de algunos, les deben hasta 300 millones de pesos. Pero eso tampoco es lo que solicitan. Sueñan con la liquidación que les corresponde o al menos con una pensión justa para pasar una vejez digna.

“No queremos que nos den lo que nos deben porque es bastante, sino que se acerquen y nos reconozcan aunque sea la pensión. Uno no está esperando a que le den billetes, no, estamos en la defensa de nuestros derechos para que no nos sometan a vivir en estas condiciones”, insiste Gloria.

Según recuerdan, durante la Alcaldía de Gustavo Petro varias familias fueron vinculadas a un programa de vivienda de interés prioritario, por lo que salieron de las instalaciones del complejo. No obstante, hacen énfasis en que una casa no se sostiene sola y que a su edad las posibilidades de emplearse nuevamente son mínimas.

La instancia a la que decidieron recurrir un grupo de al menos 100 trabajadores fue la Corte Constitucional. Para Manuel, esta ha “sido contraria a la justicia”, porque no han recibido su respaldo. De acuerdo con el último pronunciamiento del tribunal, el proceso de desalojo de los trabajadores seguirá. Lo que temen, dicen, es que en cualquier momento los saquen y su situación empeore.

Aunque la problemática legal con los exempleados del San Juan de Dios y del Materno no le pertenece a ni a Bogotá ni a sus mandatarios (es una deuda de Cundinamarca), las personas que allí habitan piden que no los ignoren.

El Distrito, en la administración de Petro, el último día de su mandato (30 de diciembre de 2015), compró los terrenos del San Juan de Dios por una suma de $153.300 millones. Según lo dijo el entonces gobernador encargado de Cundinamarca, Rodrigo Rivera, a El Tiempo, el 1° de diciembre de 2015 (29 días antes de la compra), con ese dinero se pagarían las “obligaciones prestacionales con los extrabajadores del San Juan de Dios”. Pero hoy, siete meses después de la multimillonaria negociación, algunos de los moradores de los hospitales no han recibido un solo peso.

A ellos realmente no les importa si las paredes que desde hace 15 años convirtieron en su improvisada vivienda son de la gobernación, de la alcaldía o del Presidente, solo dicen que continuarán buscando apoyo y que no abandonarán su actual hogar, que por el momento el alcalde Peñalosa no pretende recuperar.

KienyKe.com intentó comunicarse con la Gobernación de Cundinamarca para conocer su posición y hasta el momento en que se publicó este artículo no recibió respuesta.

Los habitantes actuales del San Juan de Dios y del Instituto Materno Infantil quieren acudir a instancias más destacadas, tal vez mundiales como la Comisión Internacional de Derechos Humanos (CIDH). Con nostalgia y desesperanza ahora se preguntan si tendrán que pasar otros 15 años alojados allí, o si quizás tendrán que morir para finalmente callar sus pretensiones.