La fauna y la flora que el incendio en Chocó devoró

La fauna y la flora que el incendio en Chocó devoró

25 de marzo del 2014

Las primeras llamas surgieron el 9 de marzo. Ese día, la frondosa selva de la reserva Lago azul-los manatíes, en el Chocó, comenzó a arder. Lo que era un punto de fuego se convirtió en una estela rojiza que se abría camino y crecía sin detenerse. Las panganas, –palmas endémicas–, ayudaban a que el incendio se propagara, pues sus aceites y hojas secas, que nunca dejan de caer, las hacen muy inflamables. Sobre el cielo de la selva se formó una enorme fumarola que se confundía con las nubes. Sólo el jueves 20 en la tarde las autoridades empezaron a controlar el fuego. Dos días después, un aguacero ahogó las últimas llamas. En los once días que duró el incendió, osos perezosos, felinos, serpientes, caimanes, babillas, tortugas, monos y diversas especies de pájaros murieron calcinados. La selva, desnuda, se convirtió en un reguero de ceniza y árboles marchitos. Sólo las aguas ocres del río Atrato se salvaron de un incendió que devoró cerca de 4 mil hectáreas de las selvas del Chocó.

Las últimas versiones indican que cazadores de tortugas hicoteas, una especie en peligro de extinción, produjeron el incendio. Ellos suelen utilizar el método de asfixiar a las tortugas para que éstas salgan a la superficie y luego atraparlas. La acción de los cazadores produjo un daño que tardará en recuperarse al menos dos décadas.

Geovanny Ramírez, Coordinador de Ecosistemas del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico, explica que la zona afectada es rica en panganales, los cuales se componen en su mayoría de palmas propias de la región, que empiezan a dar frutos aproximadamente a los 50 años de edad.

De sus frutos se alimentan varios animales, entre ellos el mono aullador, que ha encontrado en este ecosistema húmedo e inundable un hábitat ideal, y en la palangana, su alimento y un resguardo para dar a luz a sus crías sin correr el riesgo de ser atacado por los depredadores.

Palma Raphia Taedigera, Kienyke
La región afectada es abudante en panganales.

Otros habitantes de las selvas de Unguía son los arracachales, que viven contiguos a los panganales. Están conformados por grupos de árboles llamados arracachos, que decoran el paisaje de las orillas del río y las zonas inundadas. Cientos de estos árboles, utilizados para generar etanol, fueron arrasados. En los arracachales desarrollan sus ciclos biológicos varias especies de peces, entre ellos los bocachicos. Por su parte, los manatíes se alimentan de sus tallos.

Los arracachos sólo asoman sus hojas y sus flores, el resto de su estructura se encuentra inmerso en el agua, y responde a los ritmos y las corrientes del Atrato. “Debido a esa condición es muy difícil recuperarlos”, asegura Giovanny Ramírez.

Los cativales, árboles de unos 40 metros de altura que han sido bautizados popularmente como’ trementinos’ o ‘amansa mujer’, son el otro gran grupo de flora afectada. Junto a los panganales y los arracachos, son el hábitat de la región de la baja Unguía, la misma que arrasó el incendio.

En un informe elaborado esta semana por el Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico, se describieron los daños que sufrió el ecosistema de Unguía luego del incendio. El mismo afirma que en área afectada conviven 207 especies de vertebrados: 104 aves, 41 mamíferos, 37 reptiles y 25 anfibios. Estos dos últimos grupos se hallan dentro de los más afectados, pues se caracterizan por moverse muy poco y no pueden huir con facilidad.

El 30 por ciento de las especies de vertebrados presentan características que los hacen más frágiles: son endémicas, presentan algún grado de amenaza, son traficadas, o migratorias.

Dentro de las especies endémicas afectadas se hallan la llamada mapaná de agua (Helicops Danieli), especie endémica de Colombia; el aBuco noanamae, ave endémica del Chocó; la Chauna chavaria, casi endémica del territorio nacional, y el mono tití de cabeza blanca (Sanguinus Oedipus), que sólo habita el noroeste del país.

A las especies endémicas se suman las amenazadas. En este grupo figuran diez especies de vertebrados dentro de las cuales cuatro están en peligro crítico: la tortuga hicotea, el mono araña, el ya mencionado tití de cabeza blanca y el mono aullador.

Las aves migratorias son otro grupo que luego de la tragedia quedó en una situación de máxima fragilidad. Las 11 especies que llegan a esta zona se reproducen en el trópico para luego migrar en un ciclo anual y nueve migraciones boreales.

La selva del Chocó es uno de los ecosistemas más frágiles de cuantos existen. El territorio que el fuego devoró funcionaba de manera equilibrada. Ahora la tarea de los investigadores es tratar de devolverle la armonía perdida. Aún no se tienen datos exactos de cuántos ejemplares de fauna y flora murieron, lo cierto es que varias especies de esta reserva, que hace exactamente un año se había convertido en una nueva área protegida, sufrieron un enorme daño. Estos son algunos de los animales que murieron o perdieron su hábitat luego del incendio:

Hicoteas

Hicoteas, Kienyke

Cuando llega el momento de aparearse, la tortuga hicotea lleva a cabo un ritual romántico donde el macho hace un gran esfuerzo por conquistar a la hembra. Él debe mostrar sus habilidades y nadar a su alrededor. Si la hembra lo decide, se detendrá frente a frente para darle unos pequeños golpes con la nariz, como una suerte de beso. Ahora el macho podrá montarla. La hembra fecundada hará un nido en un terreno arcilloso y trabajará entre tres y cinco horas antes de depositar allí sus huevos.

La hicotea, especie endémica de Colombia, tiene hábitos nocturnos. También prefiere las aguas tranquilas, donde abunda la vegetación. En época de sequía, suele enterrarse bajo la tierra para así conservar sus reservas hasta el inicio de las lluvias. Es un animal amenazado porque su carne hace parte un plato muy apetecido en ciertas regiones del país; además, es víctima del tráfico ilegal por sus vistosos colores. Extrañamente, esta tortuga se ve beneficiada por la deforestación resultado de la ganadería, porque encuentra nuevos terrenos pantanosos para vivir.

Chauna chavaria

Chauna chavaria, Kienyke

El canto de la chauna chavaria es similar al sonido de una trompeta. Es un ave esponjosa gracias a una especie de sacos de aire que tiene bajo la piel. Sus plumas son negras con blanco, sus patas de color rosado y luce un antifaz rojo. Vive solitaria, en pareja o grupos pequeños, en terrenos pantanosos o lagunas con mucha vegetación. La chauna chavaria tiene un carácter tranquilo aunque puede ser agresiva en época de celo. En Colombia, donde es una especie casi endémica, hay menos de 10 mil individuos. Una cifra que representa el 70 por ciento de población global.

Manatí

Manati, Kienyke

Los manatíes son como gigantes gentiles. Se comunican en el agua a través de chirridos y jamás tienen altercados por el territorio. La madre alimenta a su cría durante dos años, tiempo en el que crean un fuerte lazo afectivo. Aunque parecen moverse lentamente bajo el agua, recorren hasta 80 kilómetros a diario. En el mismo lapso, consumen el 10 por ciento de su peso en comida, que consiguen en la superficie de los fondos o de los tallos y hojas de árboles de las orillas de los ríos. El manatí es un animal muy frágil, ya que su periodo de gestación es de 13 meses y por lo general sólo dan una cría cada 3 a 5 años. Estos parientes acuáticos de los elefantes son capaces de usar el 98 por ciento de sus pulmones con una sola inhalación. Están en peligro de extinción.

Mono aullador

Mono aullador, Kienyke

El mono aullador elige su alimento según el nivel de proteína y fibra que contenga. Es especialista en balancear su comida y consumir las hojas de los árboles que más beneficios le traiga. Prefiere las hojas jóvenes, capullos, flores, semillas, tallos, vástagos y ramas. Sólo consume frutas en cierta época del año, exactamente cuando están maduras.

Se ha logrado establecer que los monos aulladores gastan 19.4 por ciento de su tiempo de alimentación consumiendo hojas maduras, 44.2 hojas nuevas, 12.5 frutas, 18.2 flores y 5.7 por ciento en semillas. Cuando terminan de comer, suelen descansar recostándose en las ramas de árboles. Esto les permite digerir lentamente y asimilar mejor los nutrientes.

Los sonidos que emite y alcanzan grandes distancias. Viven solos o en grupo de hasta 16 miembros, donde los machos tiene una fuerte jerarquía. El mono aullador puede vivir hasta 25 años.

Pava del Baudó

Pava del Baudo, Kienyke

La pava del Baudó se encuentra en peligro a causa de la cacería y pérdida de su hábitat. Esta especie, endémica del Chocó, tiene plumas cafés y patas de color rojo oscuro. Cuando se ve amenazada por los depredadores, muestra su gran habilidad para esconderse y huir de manera sigilosa. Su alimento preferido son las frutas. Autoridades ambientales han pedido que se hagan estudios sobre su ecología y densidad poblacional para implementar medidas que ayuden a su conservación.

Oso perezoso

Oso perezoso, Kienyke

Una vez por semana, el oso perezoso baja de las cumbres de los árboles para defecar y orinar junto a la base de su árbol. Luego cubre con hojas sus desechos. ¿Con qué fin desciende para exponerse a los depredadores? Los científicos descubrieron que al realizar ese extraño ritual le devuelve al árbol la mitad de los nutrientes que obtuvo al comer sus hojas.

El más lento de todos los vertebrados superiores se mueve a dos kilómetros por hora. Este mamífero de apariencia jovial pasa la mayor parte del tiempo en las copas de los árboles, donde se mantiene a salvo. Resiste mucho tiempo sin comer y a pesar de su lentitud es un gran nadador. Varias veces se ha visto a estos animales cruzar con destreza los ríos. Los individuos que pueblan las selvas de Unguía quedó muy afectada por el incendio, ya que por naturaleza estos osos se mueven muy pocos. Muchos murieron de inmediato y los que sobrevivan no tolerarán las nuevas condiciones microambientales. Es una de las especies víctimas del tráfico ilegal en Colombia.

Tití cabeza blanca

Titi, Kienyke

Este diminuto mono de vistoso mechón blanco es una de las especies más amenazadas de la zona. Vive en grupos de entre dos y 13 individuos. Son unos efectivos dispersores de semillas y cuidan su territorio en un área de hasta ocho hectáreas. Los machos llevan las crías en su espalda, que por lo general son mellizos. La tala de árboles y el tráfico para venderlo como mascota lo han puesto en grave peligro. Ya extinto en Panamá y Costa Rica, el tití de cabeza blanca sólo habita la cuenca baja de los ríos Atrato, Cauca y Magdalena.

Fuentes:
Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico
http://www.icesi.edu.co/
Reptilia
www.proaves.org
Escuela de Ingeniería de Antioquia