El hombre al que la música salvó del infierno

El hombre al que la música salvó del infierno

27 de septiembre del 2017

A James Rodhes lo violaron varias veces cuando tenía 5 años. Fue un profesor de boxeo que tenía en el colegio. Desde ese momento la vida se le convirtió en un infierno. Y no era para menos. Desarrolló serios problemas mentales: trastorno obsesivo-compulsivo, disociación, depresión, alucinaciones, hipervigilancia, síndrome de estrés postraumático.

La respuesta más obvia fue “la perdición”, y por mucho tiempo, James fue consumidor de drogas, y alcohol. Además, y sin cumplir los 14 años empezó a acostarse con otros tipos por dinero u “otros beneficios”. Intentó suicidarse. Estuvo interno varias veces en clínicas mentales.

Y en medio de ese horror, una sola cosa lo salvó, lo mantuvo firme, le evitó aún más dolor: la música. James Rhodes es uno de los concertistas de piano más reconocido de los últimos años. No da recitales como sus colegas, es decir de traje y corbata, en auditorios llenos de “gente bien” y sin decir una palabra. James es un músico diferente.

Se presenta en tenis y camiseta, despeinado, ante todo tipo de gente, sepan o no de música clásica, y antes de tocar una pieza, le habla al público de la historia de esa pieza, del compositor, casi siempre “un pobre genio atormentado”, y lo hace con naturalidad, soltando a quemarropa una magnífica y simpática seguidilla de palabrotas.

Dice que la música clásica se la pone dura. La Chacona de Bach, en la magnífica interpretación de Busoni puede ser la pieza que lo lleve a un orgasmo sin precedentes. Al buen entendedor pocas palabras.

“Ustedes y yo estamos conectados de forma inmediata a través de la música. Yo la escucho. Ustedes las escuchan. La música ha empapado nuestras vidas y ha influido en ellas tanto como la naturaleza, la literatura, el arte, el deporte, la religión, la filosofía y la televisión”, escribió en su libro Instrumental.

Los demonios de James Rhodes

Nadie sabe, de verdad qué clase de daño le hace una violación a un ser humano. El joven James creció dañado, confundido, y desde niño empezó a llevar aun vida de extremos. Se prostituía desde los diez años a cambio de dinero, alcohol, cigarrillos. Durante su adolescencia, entró –sin posibles salidas–, en el mundo de la droga.

“Pero es un hecho irrefutable que la música me ha salvado la vida de una forma muy literal, y creo que también la de un montón de personas más. Ofrece compañía cuando no la hay, comprensión cuando reina el desconcierto, consuelo cuando se siente angustia, y una energía pura y sin contaminar cuando lo que queda es una cáscara vacía de destrucción y agotamiento”, escribió Rhodes.

Foto: Facebook

Sus experiencias duras, traumáticas, lo llevaron por un camino que no cualquiera sería capaz de transitar. El responsable de la violación murió muchos años después, cuando se conoció la verdad, apenas unos días antes del juicio.

James tenía encima el peso de varias enfermedades mentales. La respuesta a esa oscuridad sin orillas fueron tres intentos de suicidio. En su periplo por la locura y la muerte sacaba tiempo, cuando se lo permitía la angustia, y de manera autodidacta aprendía a tocar el piano: la música se convertía en luz.

Al mismo tiempo que se sumergía de lleno en el magnífico mundo de la música, James daba una lucha sin cuartel contra sus demonios. La locura seguía coqueteando con él, al punto de llevarlo, en varias ocasiones, a internarse en clínicas psiquiátricas. Una larga estadía en una clínica de los Estados Unidos, patrocinada por un “conocido rico” le devolvió un poco las fuerzas. Fue como si volviera a nacer.

James Rhodes aprendió lo básico del piano en sus años escolares. Desde sus 18 a sus 28 no tocó mucho. Pasó esos diez años destruyéndose. Sin embargo, el llamado de la música se le hizo insoportable. Dejó de trabajar y se puso en búsqueda de un representante musical. Por supuesto que aumentó sus horas de ensayo.

Una carta que le envió a Franco Panozzo, representante del genial Grigory Sokolov, le permitió contactarse con Edoardo Estrabbioli, que, luego de escucharlo se ofreció a ser su maestro.

Todo parecía volver a funcionar para James. Se había casado; estaba dedicado a la música; era padre; su locura parecía haberse disipado. Parecía. Sin embargo, las vicisitudes de la industria musical, los desencuentros con su pareja, los problemas, la imposibilidad de aceptarse, y la atronadora voz de su pasado que no se había podido callar, seguían presentes, y de nuevo, James estaba en el infierno. Pero la música también seguía presente, siempre dispuesta a salvarlo. Nada en el mundo debe tener un poder como ese, como el de la música, que es capaz de salvar incluso a las personas más irremediablemente perdidas.

Y entonces…

Adquirió el hábito de lesionarse a sí mismo con cuchillas. Se separó. Intentó suicidarse. Volvió a clínicas mentales. Perdió la custodia de su hijo. Salió un par de veces de la banca rota. Pero nada logró que desistiera en la tarea vital de hacerse concertista de piano. Y, con las muñecas destrozadas por el filo de las cuchillas, aún con heridas frescas, que quizás no iban a cicatrizar con facilidad, James publicó su primer disco: Razor Blades, Little Pills and Big Pianos (Cuchillas, píldoritas y grandes pianos, 2009)

Y no sólo uso la música para salvarse: la literatura fue después la tabla sobre la que flotó en medio de ese mar revuelto. Instrumental, memorias de música, medicina y locura, su autobiografía le sirvió como otra vía de curación. Reveló todas sus intimidades, y de una forma tan desgarradora, tan íntima, que su exesposa quiso impedir la salida del libro.

“Allí (en la corte, donde James atendió la demanda)se referían a este material como tóxico y yo me sentía culpable, como si hubiera hecho mal. No solo sufría la vergüenza por haber sido violado, sino también por ver cómo un grupo de jueces no te permitían explicarlo”, dijo.

“No me habrían permitido hablar del tema sexual ni de lo que acarreó: mis intentos de suicidio o las enfermedades mentales. Era más que prohibir un libro. Era prohibirle a un ser humano superar su pasado. Aterrador”.

“No tengo ni idea de qué voy a sobrevivir los próximos años. Ya he estado en situaciones en las que me sentía sólido, respònsable, bien, fuerte, y todo se ha ido a la mierda. Desgraciadamente, siempre estoy a dos malas semanas de distancia de un pabellón cerrado “…

“Pero tengo la potente impresión de que se está dando una especie de revolución en mí, tanto en lo personal como en lo profesional.”

“La revolución de mi interior me ha llevado a revaluar todo lo que creía conocer a abrirme a ideas que antes me parecían ajenas, falsas e imposibles. He tardado mucho en lograrlo y he pagado tremendo, casi inasumible”.

Foto: Facebook

Sin embargo venció, como lo ha hecho en otras tantas ocasiones, muchas de ellas más difíciles que el intento de censura de su libro. Puede que no se haya curado del todo: la evidencia –científica y literaria– apunta a que dejar atrás esa clase de cosas es muy difícil.

Sin embargo, James tiene la música que como una luz muy brillante ilumina la oscuridad propia y la de todos aquellos que, emocionados y dispuestos, no sentemos en un concierto o nos conectemos a unos audífonos para oír a Debussy

Haga la prueba: un día de trabajo duro, problemático o que simplemente se sienta triste, haga una pausa, tome unos minutos y ponga en el celular o el computador, por ejemplo, Clair de lune de Calude Debussy, la Chacona de Basch, interpretada por James Rhodes, o también la Sonata para piano Nº 14 de Beethoven. Cierre los ojos y déjese llevar. Sienta la música. No desaparecerán los problemas. No cambiaran las circunstancias. El mundo seguirá girando. Pero eso sí, algo se le va a revolver adentro. Eso hace la música: revolver el alma, estremecerla, alegrarla.

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