Un soldado en el reencuentro de sus manos

Un soldado en el reencuentro de sus manos

8 de mayo del 2013

No todas las minas se construyen con metal. No todas explotan por halar o pisar un cable. No todas las minas son de presión. Hay minas de fotoceldas que explotan si se les tapa la entrada de luz. Otras son teledirigidas por radio o celular. Algunas minas son manuales. Otras funcionan como un rosario, en una serie de minas secuenciales: el que llega de primeras la activa pero se le explota a todos lo que vienen detrás. Hay casas, carros y motos bombas. Hay minas por alivio de tensión o de presión. Otras tienen una gota de mercurio que explotan si se mueve. No todas las minas se dejan descubrir con un perro entrenado o un detector de metales.

El capitán Juan David Arias Castro recibió el entrenamiento de las fuerzas militares para identificar minas antipersona, pero esa no era su especialidad. Hacia las 11 de la mañana de un día gris, lluvioso y muy frío el capitán usó su brazo derecho para mover unas ramas que le estorbaban la visibilidad y el paso cuando sintió como si le hubieran metido un puño en el pecho y lo hubieran dejado sin aire. Una explosión lo lanzó al aire y cayó al suelo. Veía borroso y sentía calor en la cara como si se estuviera quemando.

Se paró, dio tres pasos inexplicables y volvió a caer al suelo. Entonces vio que le habían volado la pierna izquierda de la rodilla hacia abajo. Trató de pararse otra vez y no pudo porque tenía dos pedazos de metralla en el abdomen. Sus hombres estaban a diez metros de él pero por lo espeso de la selva no podían verlo y asumieron que se trataba de un ataque de la guerrilla, pues se encontraban muy cerca de un campamento subversivo en Guayabal, Caquetá. El capitán Arias intentó levantarse nuevamente y como no pudo, movió el brazo derecho y vio que estaba amputado por debajo del codo. El hueso se abría como una flor. Entonces trató de apoyarse en su brazo izquierdo y se dio cuenta de que también estaba destrozado y le faltaban tres dedos. La sangre que estaba perdiendo era tanta que no podía ver, con exactitud, qué le había pasado. No sentía dolor, solo se quedó mirándose en shock. Tenía 23 años.

El capitán intentó voltearse para coger su arma y pegarse un tiro pero no pudo hacerlo. Entonces se le acercó un soldado y Arias le pidió que le disparara pero el hombre se negó: “Si no lo mataron en combate, menos se va a morir por una güevonada de estas…”, le dijo.

El Capitán debió volver a aprender a caminar y siete años más tarde, maneja, escala, hace rafting y buceo.

Cuando se encontraba en las puertas de la adolescencia Juan David quería ser sacerdote para ayudar a las personas, trasmitirles paz y apoyarlas. Su familia, del barrio el Pedregal en Medellín, lo apoyaba y así lo hicieron cuando ingresó al Seminario Menor de la Arquidiócesis de la capital antioqueña. El joven no tomaba alcohol, ni fumaba, ni rumbeaba. Terminó el bachillerato a los 15 años. Decidió que aún estaba muy joven para ingresar al Seminario Mayor y en su lugar decidió prestar el servicio militar.

En principio no pudo porque era menor de edad. Sus padres le compraron la tarjeta militar y el día en que fue a reclamarla vio un cartel que decía: “Hágase Oficial del Ejército”. En medio de una guerra Arias quiso aportarle a su país, en lugar de sentarse a criticar el gobierno. Entró a la escuela militar después de trabajar vendiendo periódicos, carne y arreglando electrodomésticos. Tenía 16 años. Los entrenamientos físicos fueron particularmente difíciles debido a su sobrepeso. Mientras sus compañeros salían los fines de semana, él se quedaba entrenando y en menos de un año adelgazó y pasó de ser el último a ser el primero. Cuando se graduó escogió como su unidad a San Vicente del Caguán. A sus casi 20 años fue uno de los oficiales más jóvenes en graduarse.

El día de su grado como oficial conoció a la hermana de un compañero y se ennoviaron. Por esa misma época un sargento amigo suyo cayó en una mina antipersona y perdió una pierna, un brazo y un ojo. El sargento se iba a casar, tenía todo listo, pero cuando volvió de su recuperación encontró su hogar vacío. Entonces Arias le preguntó a su novia que si ella seguiría con él en caso de que quedara en una situación de discapacidad y ella le respondió que sí.

Robocop Capitán Arias, Colombia, Kienyke

El Capitán Arias asegura haber superado los efectos emocionales de su accidente a punta de hablar del tema. 

Después de que a Arias le explotó la mina pidió morfina pero no había. Lo sacaron de la selva en una hamaca, cargada por dos de sus soldados. Arias solo se miraba el cuerpo y pensaba que estaba muerto, más muerto que vivo. Lo sacaron hasta la carretera, pararon un vehículo y comenzaron a cortarle la ropa para que lo atendieran los enfermeros. Arias les pidió que no le cortaran los calzoncillos, que lo dejaran morir con dignidad. No quería llegar desnudo a la morgue. Estaba completamente consciente y hasta se despidió de sus soldados.

Era tal la cantidad de sangre que estaba perdiendo que el camuflado de su uniforme se volvió negro. La onda explosiva le hinchó mucho el cuerpo y la pérdida de sangre fue tanta que no le encontraron las venas para ponerle líquidos y sangre. El enfermero le dijo llorando: “No puedo hacer nada, no le encuentro las venas, no le encuentro nada. No lo puedo ayudar, no puedo hacer nada por usted”. Solo pudieron hacerle torniquetes para que no perdiera más sangre.

El piloto que lo recogió lo conocía solo por radio, y cuando lo reconoció le dijo, “yo, por su voz pensé que era un señor. ¡Pero usted es un culicagado!” El capitán Arias se rió y el piloto se puso a llorar mientras manejaba el helicóptero.

El capitán Arias cuenta que en el hospital de Neiva le metieron “una sonda en la vena aorta por el cuello” y finalmente le pusieron sangre casi a presión. Nunca había sentido tanto dolor en la vida. Los médicos no se explicaban cómo seguía consciente después de perder tanta sangre. Lo metieron a una sala de operaciones donde lo acostaron como un Cristo crucificado, con los brazos extendidos a ambos lados y cerca de dos baldes para recoger la sangre que perdía.

Ya le habían puesto anestesia y mientras iba quedando inconsciente oyó que le iban a amputar la pierna. Entonces el capitán se sentó, cogió al médico por el brazo y le dijo que si le amputaba la pierna él lo mataba. El médico accedió. Cuando se despertó no podía moverse y casi no podía hablar, pero logró llamar la atención de alguien que pasaba y le pidió que mirara debajo de las cobijas para cerciorarse de que tenía las dos piernas. Allí estaban. Le habían salvado la pierna que querían amputarle pero le advirtieron que no podría volver a caminar. Un mes y medio después del accidente, cuando terminó su recuperación en un hospital de Bogotá, su novia le terminó. El Capitán no la culpa, al contrario, entiende que era muy joven y que quizá él pasó de ser un novio a convertirse en una carga. La dejó ir sin tratar de arreglar la situación, al fin y al cabo tenía cosas mucho más importantes por las cuales preocuparse.

Algo tan sencillo como quemarse los guantes de piel, que le cubren ambas prótesis, con el cigarrillo le puede costar millones de pesos.

Hasta entonces no había llorado ni una sola vez. Temió convertirse en una carga para la sociedad y su mamá y cayó en cuenta de que lo mirarían distinto por sus discapacidades, y entonces sí lloró. Mientras se encontraba en el proceso de recuperación conoció a Lina Moreno, la esposa del expresidente Álvaro Uribe, quien lo puso en contacto con la Fundación United for Colombia. Así adquirió sus nuevas prótesis y encontró un donador, Alejandro Santo Domingo, quien se encargó de todos los gastos. Cada prótesis costó casi 90 millones de pesos y fueron fabricadas en Alemania. Su sostenimiento es extremadamente caro.

Entró a la Universidad Externado a estudiar derecho con una beca y allí conoció a la que se convertiría en su esposa y la mamá de su hija. No pudo terminar la carrera, pues no tenía la capacidad de tomar notas y resumir, pero se vinculó de nuevo a las fuerzas militares. Tuvo que aprender a hacerlo todo otra vez: desde bañarse y limpiarse hasta caminar. Se convirtió en docente de derechos humanos y en entrenador. Hoy cumple labores administrativas, quiere continuar con su carrera y se ha negado a retirarse. El capitán Arias quiere ser general u oficial superior. Aprendió a manejar, a montar bicicleta, a hacer rafting, a escalar, a bucear y a disparar.

–Las limitaciones están en la cabeza. El cuerpo llega hasta donde la cabeza lo permite.

Asegura que ya sanó: “La mejor terapia es hablar de eso. Uno se acostumbra, ya no es como al principio que te remuerde. Si uno quiere ser feliz en la vida, uno no se puede aferrar al pasado o llenar el corazón de odio. Uno debe tratar de olvidar, dejar las cosas atrás y comenzar de nuevo”.

María José, su hija de 4 años, lo ayuda a ponerse el desodorante, le saca la ropa para que se vista e intenta amarrarle los cordones: “Ven, yo te ayudo porque tú no tienes manos”, le responde cuando el capitán le asegura que él puede solo.

“Si uno quiere ser feliz en la vida, uno no se puede aferrar al pasado o llenar el corazón de odio”.

El capitán Arias está dedicado a dar a conocer el tema de la discapacidad a través de seminarios y actividades y apoya a la Liga de Discapacidad: “Así como me ayudaron a mí, yo quiero devolver el favor y ayudar a otros en mi situación. Llega el momento en que uno tiene que devolver lo que hicieron por uno”. Le interesa fiscalizar y conocer de primera mano qué es lo que están haciendo estas fundaciones con los recursos y asegura que los gastos de estas fundaciones se van en administración y no en las personas que lo necesitan: “¿Qué están haciendo todas estas fundaciones con los recursos? Las fundaciones se deberían reestructurar para tener un mejor control sobre ellas”.