La novela como salvavidas del narcisismo: Vásquez

3 de febrero del 2019

El autor es uno de los invitados del Hay Festival.

La novela como salvavidas del narcisismo: Vásquez

Juan Gabriel Vásquez es uno de los autores colombianos invitados al Hay Festival que se realiza en Cartagena hasta el próximo 3 de febrero.

De su obra literaria se desprenden títulos como ‘El ruido de las cosas al caer’, por el que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2011, ‘Los informantes’, ‘Historia secreta de Costaguana’, ‘Las reputaciones’ y ‘La forma de las ruinas’, entre otros. También escribió los ensayos ‘El arte de la distorsión’ y ‘Viajes con un mapa en blanco’. Fue redactor de columnas de opinión para diferentes medios de su país.

En el marco del Hay Festival, la Agencia Anadolu dialogó con él sobre lo que fue vivir en el campo belga por cerca de un año y la importancia de las rutinas pastoriles para definir su vocación como escritor.

Vásquez explicó en esta charla por qué sería un error cometer una suerte de parricidio contra sus padres literarios del ‘Boom latinoamericano’. Rechazó de tajo al mundo creado desde las redes sociales que, según él, son el caldo de cultivo para el auge de las políticas de resentimiento y odio que imperan en algunos países del continente.

Como muchos, viajó a París porque en ese entonces era lo que hacían los escritores latinoamericanos, pero en esos tiempos también hubo un tránsito por el campo belga. ¿Qué importancia tuvieron estos meses en su oficio como escritor?

Mirándolo con la distancia de los años, creo que fueron los nueve meses más importantes de lo que uno podría llamar: el comienzo de mi carrera literaria. Lo que me pasó en Bélgica es que yo había escrito una novela en Colombia que se publicó durante el primer año que viví en Francia y hubo una segunda que redacté en París.

Tan pronto como se publicó la segunda, entré en una especie de crisis con el oficio de ser escritor -de descontento con las dos novelas- y tuve una necesidad de volver a empezar.

Unos meses antes había conocido a una pareja de señores mayores. Ella había nacido en el año de Gabriel García Márquez (1927) y nos hicimos muy amigos. Fui a visitarlos un fin de semana y les dije que me quería ir de París, pero no para regresar a Colombia.

Ellos me invitaron a pasar una semana en su casa para que se me aclararan las ideas. Los siete días me los fueron reeditando todo el tiempo hasta que terminé pasando en esa casa grande, donde ya no vivían sus hijos, nueve meses muy significativos.

¿Por qué fueron importantes?

Porque tomé las decisiones cruciales de mi vida. Tomé la decisión de casarme con mi novia, tomé la decisión de escribir un libro de cuentos y tomé la decisión de saber qué tipo de escritor quería ser.

Descubrí la obra de Javier Marías, leí y estudié a Joseph Conrad, a V.S. Naipaul, conocí los cuentos de Alice Munro. Con todo eso tuve un perfil claro de a dónde quería aspirar y qué tipo de libros pretendía escribir.

Eran libros sobre Colombia, sobre su pasado y ciertos episodios concretos de su historia. Sobre las preguntas y demonios que me habían acompañado siempre desde que era niño. Con esas ideas claras empecé a escribir mis novelas.

En esos meses bucólicos, entre otras cosas, debía ayudar en la caza de jabalíes para alimentarse…

Eso lo tomé muy conscientemente como una escuela. Cuando me encontré metido en este mundo en el que efectivamente podía cazar en la mañana lo que la señora cocinaba por las tardes; o podía acompañar al señor a recoger el heno con un tridente o con un tractor; o cuando debía ayudar en el criadero de caballos lusitanos que ellos tenían; todo eso, tan exótico, lo abordé como una escuela para aprender a mirar.

Algo que me parece distingue a los escritores buenos de los que no lo son tanto. Esa capacidad de mirar y transformar lo que se ve en una página emocionante, vívida, que le transmite al lector la misma experiencia que uno observó en determinado instante, ahí está la diferencia.

Karl Ove Knausgard nos presenta en sus novelas a una parte de la Noruega de los años setenta, Joseph Roth a la París del exilio de los treinta. Usted ha escrito acerca de la Bogotá del pasado. ¿Cómo será la Bogotá del futuro?

Pues no lo sé, eso me lo pregunto yo también. Bogotá se convirtió en el territorio de mis acciones, pero no toda. Solo la parte del centro y del barrio La Candelaria. Esa es la Bogotá de mis libros porque en algún momento, como estudiante de derecho, tenía una relación especial con esas calles que de alguna manera cifran toda la historia colombiana del siglo XX.

Uno a veces tiene la percepción engañosa de que hay un área del centro bogotano donde ha pasado todo lo que nos marcó como país. Algo que no es cierto evidentemente, pero se acerca mucho.

El hecho de que uno pueda caminar desde el lugar donde mataron a Rafael Uribe Uribe, hasta el punto donde asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán y luego pasar por donde casi matan a Simón Bolívar para después llegar a la casa en la que José Asunción Silva se pegó un tiro se me volvió un espacio de mitología propia que he tratado de explorar en mis libros.

Es efectivamente, como usted lo dice, una Bogotá del pasado. La del futuro no sé cómo será, pero espero que tenga metro.

Una de sus grandes obsesiones es la historia, la misma que es contada por el periodismo y la historiografía. ¿Qué aporte puede hacer la novela para relatar los lugares invisibles de la historia?

Para mí la justificación de escribir es que hay cosas que la novela solo puede decir. Eso lo decía Milan Kundera en un ensayo. Es decir, yo no escribo novelas sobre la historia para narrar lo que ya cuentan los historiadores o un periodista. Entre otras cosas, porque las cosas que hace el buen periodismo y la buena historia son mucho mejores que la novela.

Pero la novela logra algo que ninguno de esos dos oficios puede hacer. Es capaz de contar el lado invisible de los hechos visibles. Novalis, un poeta alemán, decía que la novela nace de la carencia de la historia.

Por eso la novela puede ir más allá, puede hablar de las consecuencias íntimas, emocionales y morales que contienen los hechos. Eso nos permite poseer un juicio del pasado más amplio. Por ejemplo, la comprensión que tenemos de Colombia tras leer ‘Cien años de soledad’ es algo que no nos enseña ningún libro de historia.

Hablando de ‘Cien años de soledad’, algunos escritores ven al ‘Boom’ como un fenómeno del que hay que desmarcarse. ¿Le pasa lo mismo?

No. Yo soy muy consciente de que sería una torpeza y un desperdicio artístico seguir en los mismos caminos abiertos del ‘Boom’, pero nunca se me ocurrió renegar de esa corriente, ni empezar a cometer parricidios de ningún tipo.

Para mí es una fortuna trabajar en una tradición por donde pasaron ellos. Que mi lengua literaria sea la misma que produjo ‘Conversación en la catedral’, ‘Cien años de soledad’ y los cuentos de Borges me parece un privilegio y no desconoceré ese legado.

Más bien me apoyo en ellos, trato de leerlos creativamente. Para mí la obra de Mario Vargas Llosa es de una utilidad y un provecho tremendo.

En un mundo donde la realidad está distorsionada por las redes sociales y las noticias falsas ayudan en la elección de presidentes, ¿qué papel juega la novela?

La novela representa una manera de estar en el mundo que es radicalmente opuesta a la de las redes sociales. Casi que están peleadas.

Las redes sociales son el reino del picoteo, de la dispersión. La novela exige lo opuesto. Obliga a pensar durante lo mismo en un tiempo sostenido, mientras que las redes sociales te matan si piensas en lo mismo más de treinta segundos.

La novela es un lugar de preocupación por el otro. Estás pendiente del destino de Raskólnikov o de Madame Bovary en 400 páginas.

Las redes sociales son para mí todo lo contrario, son un espacio de narcisismo donde estamos mirándonos el ombligo constantemente, creyéndonos el centro del universo, creyendo que cualquier nimiedad que nos pasó en la calle es lo más importante de Latinoamérica en la última hora.

Las novelas manejan un tipo de lenguaje que intenta devolverle a las palabras su capacidad para explicarnos como ser humano. Algo que se opone a la ética de las redes de la simplificación, la del mundo maniqueo vivido entre buenos y malos.

En Brasil está Bolsonaro; en EEUU, Trump; en Colombia, Uribe y Duque. ¿Por qué en estos tiempos están triunfando los políticos que se apropiaron de un discurso de miedo?

El discurso del miedo siempre ha triunfado, es muy eficaz. Lo que pasa es que la impresión que tenemos ahora de esa presencia se debe predominantemente a las redes sociales, con esa capacidad de crear una realidad alterna y falsificada que se impone a los hechos.

Yo leía esta semana a un escritor francés que decía que las nuevas tecnologías han distorsionado nuestra manera de ser ciudadanos y permitieron el auge de los discursos antidemocráticos y extremistas.

Todo esto que le digo era fantástico porque fue explicado por Paul Valéry en el año 35. Él había visto que la radio le sirvió a Hitler y Mussolini para llevar su mensaje de una manera mucho más eficaz que les permitía desfigurar la visión que la gente tenía del mundo. Esto con el fin de lograr un éxito electoral que no hubiera sido posible sin los adelantos tecnológicos. Lo que era la radio en los años treinta, es lo que son las redes sociales hoy en día.

Comparando ambos fenómenos, vemos que es lo mismo. Es el apogeo de unas políticas de resentimiento muy efectivas para unir a los ciudadanos en contra de un enemigo más o menos manufacturado.

¿Cree que el poder de la palabra puede crispar los ánimos hasta generar un conflicto internacional bélico con Venezuela? Lo digo por el mensaje que tenía escrito en una hoja el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, John Bolton, en el que sugería el envío de 5.000 tropas gringas a Colombia.

Puede generar suficiente desorientación y puede alimentar el discurso de alguna gente. Eso desde luego no fue una nota fortuita. Bolton no es una persona inteligente, es muy tontito y le falta un hervor en la cabeza. Pero el gobierno Trump se alimenta de caos, de desorden. Esas anotaciones en letra infantil del tonto este desataron un debate nacional en los medios durante tres días. Misión cumplida para ellos, en esa anarquía pescan cosas buenas.

Para terminar, en el último trabajo audiovisual de Kate Horne -guionista del documental sobre ‘Gabo’ en el que usted participó- el fotorreportero Jesús Abad Colorado se pregunta quién es Caín y quién es Abel en este conflicto de 60 años. ¿Se atrevería a darle una respuesta?

No me atrevería porque el conflicto colombiano es un árbol de violencias. Le hemos puesto la fecha de nacimiento que coincide con la creación de la Farc, pero en realidad esta guerrilla fue la consecuencia de la época de ‘La Violencia’, la cual surgió por el estallido del 9 de abril de 1948, el mismo que se estuvo fraguando muchos años antes.

Así que las raíces de este conflicto son muy complejas. Por eso es tan importante lo que estamos tratando de hacer con la Comisión de la Verdad, con el Centro de Memoria Histórica, con la Justicia Especial para la Paz (JEP). Son lugares donde vamos a contar relatos para saber qué ha pasado en estos casi 60 años y para comprender que la violencia colombiana no nace de un solo actor. No es posible señalar con precisión científica el origen de esta guerra y cuáles son los responsables únicos de su nacimiento.

De manera que yo tiendo a estar de acuerdo con Jesús en el hecho de que no podemos definir a Caín y a Abel. Lo único que nos puede acercar a una especie de verdad es saber que nuestra guerra está compuesta por muchas historias y caras.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO