El fotógrafo al que mató la culpa

14 de diciembre del 2017

No pudo soportar el peso de los miles de muertos que había visto

El fotógrafo al que mató la culpa

Kevin Carter no aguantaba la tristeza un segundo más. La decisión de matarse estaba tomada y no había vuelta de hoja. Fue, se metió un rato a un río y luego conectó un tubo al escape del carro, lo prendió y cerró muy bien todas las ventanas. Murió por intoxicación de monóxido de carbono.

Triste final para el hombre que tomó la que podría ser una de las fotos más emblemáticas del siglo pasado. Un niño negro, sumamente delgado, está encorvado en el suelo, mientras un buitre lo observa fijamente. Pareciera como si el animal esperara que el niño se muera para devorarlo.

En la Importancia de morir a tiempo (2012) Mario Mendoza explicó el posible significado de la imagen. “Algunos dijeron que el niño representaba el problema y de la miseria extendida a lo largo y ancho del tercer mundo: el buitre era el capitalismo salvaje, que no tiene moral alguna y que sólo piensa en su propio beneficio, y Carter, el fotógrafo, era la sociedad indiferente, nosotros mismos que vemos la pobreza y la indigencia de millones de personas sin inmutarnos siquiera”.

¿Por qué el fotógrafo no ayudó al niño a escapar del buitre? La pregunta ha alcanzado la categoría de leyenda. Carter, según lo contó después vio que el niño se paró y se marchó. Sin embargo el mundo enteró lo dio por muerto y se le fue encima a Carter.

Años después se supo que Kong Nyong, como se llamaba aquel niño escuálido, había sobrevivido a la hambruna. Años después, contó el padre que había muerto de “fiebres”.

En 1993 Kevin Carter había viajado a Sudán para cubrir la guerra que sufría el país. En una oportunidad que acompañaba la repartición de alimentos de la ONU logró captar la imagen que le dio fama mundial, pero que también habría de convertirse en una carga demasiado pesado que lo llevaría a la muerte.

En marzo de 1993 el New York Times publicó la imagen, lo que le valió a Carter un Premio Pulitzer. Sin embargo, Carter nunca pudo quitarse de encima el peso de la culpa. Se suicidó el 18 de marzo de 1994.

Además de la imagen que lo perseguía todas partes, que no lo dejaba en paz, Carter tenía sobre sus hombros el peso de la depresión. Recientemente uno de sus mejores amigos había muerto en un tiroteo Johannesburgo. Tenía el hábito de fumar una poderosa mezcla de marihuana, crack y cocaína. Quienes lo conocieron decían que padecía constantes depresiones. Había visto y vivido mucho como para poder soportar el peso de la existencia.

“Estoy deprimido […] sin teléfono […] dinero para el alquiler […] dinero para la manutención de los hijos […] dinero para las deudas […] ¡¡¡dinero!!! […] Estoy atormentado por los recuerdos vividos de los asesinatos y los cadáveres y la ira y el dolor […] del morir del hambre o los niños heridos, de los locos del gatillo”fácil, a menudo de la policía, de los asesinos verdugos […] Me ido a unirme con Ken, si soy yo el afortunado”, escribió antes de morir.

Sobre la foto que tomó, que por lo que significó se ha vuelto leyenda, se ha dicho mucho. EL mundo había dado por muerto al niño, y atacó a Carter por no haberlo ayudado.

Unos periodistas españoles que por la misma época estaban en la zona contaron que el lugar era un centro de alimentación por lo que siempre había buitres cerca, esperando los desperdicios. “En un extremo de ese recinto, se encontraba un estercolero donde tiraban los desperdicios e iba la gente a defecar. Como estos niños están tan débiles y desnutridos se les va la cabeza dando la sensación de que están muertos. Como parte de la fauna hay buitres que van a por esos restos. Por eso, si tú coges un teleobjetivo, aplastas la perspectiva con el niño en primer plano y de fondo los buitres y parece que se lo van a comer, pero eso es una absoluta patraña, quizá el animal esté a 20 metros”, dijeron.

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