La compleja biología del amor

20 de agosto del 2017

Sufrir por amor ¿Qué dice la ciencia?

La compleja biología del amor

No hay nada más común que una pena de amor. Millones de personas en el mundo han pasado por eso. Otros tantos tendrán que hacerlo pronto. Es como si una de las situaciones más inevitables de la vida fuera una de esas espantosas ‘tusas’. ¿Quién no ha tenido una?

La angustia, la ansiedad, la presión en el pecho, la tristeza, el desgano, son sólo apenas algunos de los síntomas de una ‘pena de amor’. Se presentan otros. En algunos son muy graves: tan graves que duran años. Tan graves que pueden llevar a la muerte. No es casualidad que una de las principales causas de suicidio en muchos países, según la Organización mundial de la salud sean los problemas de pareja.

¿Si se supone que el amor es algo “tan bonito” porqué puede llegar a causar esos estragos?

El amor

Puede que no haya tarea más difícil que definir el amor. Los escritores y los músicos lo han intentado. Hay toda una industria que se encarga de él. El amor, dicen, es “la fuerza que mueve el mundo”. Pero más allá de esas definiciones idílicas, el amor, es, básicamente un sentimiento muy fuerte.

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La ciencia lo ha definido como un “vínculo emocional”; algo más relacionado al apego, y del que dependen varios tipos de respuestas. Si hablamos sólo del ‘amor romántico’, antes que nada lo que se produce es una reacción cerebral. Lo que desencadena esa reacción es, antes que todo, una primera impresión, que generalmente es física. O sea, atracción sexual. En ese sentido, lo que se genera ante una “persona atractiva” responde, en términos evolutivos, al instinto de mantener la especie.

¿Cómo así? La mayoría de mujeres, voluntaria o involuntariamente, van a fijar su atención en un hombre fuerte, seguro, atractivo, especialmente por la idea subconsciente de que con él estarían a salvo y los hijos que se engendren serán saludables. A los hombres les pasa lo mismo: hay atracción por mujeres, generalmente de formas grandes, por el instinto primitivo que dice que alguien así será más saludable para preservar y cuidar a los bebés. Partamos de que los seres humanos son animales que han evolucionado del mono. No es machismo. Si seguimos esa línea argumentativa, el amor es una forma de mantener la especie.

En esa misma tónica estuvo el filósofo Arthur Shopenhauer, para quien el amor es una expresión de la voluntad de la especie. Para él toda “inclinación tierna” deriva del “instinto natural de los sexos”. Para él, la vida es “el mal”, que no debería imponerse a nadie. El amor, materializado en la relación sexual es el engaño por el que ese “mal” se impone. En el hombre, el instinto es el de mantener la especie; en la mujer es el de cuidarla. A ese instinto básico, Shopenhauer reduce el amor.

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Así las cosas, la mayoría de personas define el amor desde la experiencia propia. A nadie, a estas alturas, se le ocurriría decir que es por “mantener la especie”. La neurología, sin embargo, podría ser la que más cerca esté de explicar, no el amor como tal, sino la serie de complicadas reacciones que produce en el cerebro.

La cuestión es de causa y efecto. “Cuando nos quedamos prendados de alguien, nuestro cerebro aprende a segregar por sí mismo una gran cantidad de sustancias que producen un estado de éxtasis agudo, que llega de repente”, explica un estudio publicado en Mentesana.com.

“Estas sustancias son la oxitocina, la serotonina y la dopamina, elementos que nuestro cerebro utiliza constantemente en mayor y menor medida para hacer que nuestras neuronas se comuniquen entre sí. Cuando notamos la presencia de la persona a la que queremos, estas partículas microscópicas inundan amplias zonas de nuestro cerebro, alterando por completo el equilibrio químico de nuestra mente”, explica la investigación.

Además, también funciona como recompensa. Pongamos el ejemplo de un ratón de laboratorio. Al animalito se le da una comida desagradable y una agradable. Luego de probar las dos, él se inclinará por la más rica. En su cerebro se ha activado algo que le dice cual es. El ratón, luego, querrá más de la comida rica porque su mente le ordena ir por ella. Ha tenido una recompensa, recompensa en el sentido de que ha recibido algo bueno, así que como cualquier criatura del planeta querrá más de eso.

La mente contra ‘la tusa’.

Si aceptamos, por lo menos en términos científicos, que el amor se comporta en el cerebro como una droga, lo que se produce en caso de ruptura o descontento es, en sus primeras etapas, un síndrome de abstinencia. Y no es una adicción cualquiera, sino la más potente de todas.

El cerebro termina por acostumbrarse al amor. Y querrá más. “Al igual que las drogas más adictivas pueden hacer que todas nuestras metas vitales se reduzcan al consumo de drogas para poder experimentar bienestar otra vez (aunque sea fugazmente), el enamoramiento también crea un tipo de dependencia parecido. En poco tiempo podemos ver cómo todo aquello a lo que le damos valor está relacionado con una vida en la que la persona amada está a nuestro lado”, dice el estudio.

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La conclusión no podría ser más obvia: “si después de habernos enamorado de alguien, esta persona desaparece o deja de estar tan disponible como habíamos anticipado, permanecemos un tiempo no solo tristes, sino incapaces de experimentar momentos de bienestar significativo. La brújula de nuestro sistema de recompensas sigue apuntando hacia esa persona, a pesar de que por circunstancias externas al funcionamiento de nuestras neuronas no podemos dar a nuestro cerebro lo que quiere”.

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