La campeona ciega

La campeona ciega

19 de junio del 2011

Antes de cumplir los quince años, Michele Ávila intentó matarse varias veces. La primera fue a los once con un raticida, la segunda a los doce con un cuchillo y la última vez ahogándose en el mar, de donde fue rescatada por su madre, en Coveñas, cuando ya las olas la mecían difunta.

Lo último que vieron sus ojos marrones fue el azul y sereno mar de Coveñas, una niña paisa de cabellos negros que le sonreía desde una canoa y la  belleza de su madre triste, quizás porque ya había sido abandonada por su padre. Esas son las  tres escenas que quisiera volver a ver si algún día la ciencia le devuelve la vista. Por ahora, sabe que sólo es posible mirar con su instinto felino.

A los cinco años la atacó un sarampión que se le subió a los ojos y le destrozó los nervios ópticos. Vivía con sus padres en una pobre vereda de Montería, quienes no le prestaron la debida atención. Si se agachaba para defecar, el dolor de cabeza le nublaba la razón. Cuando le buscaron  remedio ya era tarde. Entre los diez y los once años quedó ciega. Fue allí donde comenzó su tragedia. La oscuridad de su vida. La llevaron a 40 especialistas. Brujos, pitonisas y yerbateros le pusieron emplastes.

En Bogotá fue sometida a varias cirugías que fueron un fiasco. Le robaron la plata. Quedó abandonada a la suerte de una mujer que la incomunicó de su familia y le interceptaba las comunicaciones y la plata que le enviaban. Fue llevada a Cali, Medellín y otras ciudades, hasta que el diagnóstico le dio un golpe seco: estaba condenada a vivir en las tinieblas.  Entonces fue a parar a Sincelejo.

Su padre, un aserrador, mujeriego empedernido, bebedor y gallero, abandonó a su madre con 8 hijos. Hoy, ciega y solitaria, le da lo mismo que esté vivo o muerto. Su madre, que era el sostén espiritual de sus luchas, murió a los 53 años el 12 de diciembre de  2002, y aunque no le cargó luto, aun siente el duelo en el alma.

Una vez dejó de comer y volvieron los deseos de suicidio. Durante cuatro meses, todo cuanto ingería lo vomitaba. Lo que hacía por el crecimiento personal iba encaminado en despertar el orgullo de madre. Pero ahora estaba allí, sin t fuerza para matarse. Y sin ella.

‒Si quiere verme personalmente tiene que ser mas tarde, estoy en bata y no me gusta que me vean así.

Al otro lado de la línea, la voz de Michel Maria Ávila Buelvas se escucha neutra, clara: le insisto en que más que hablarle quiero mirarla tal como es. Quiero verla levantarse, ordenar la casa,  tender su cama, barrer el patiecito. Y sobre todo, quería ver cómo prepara ese pollo exquisito que ya tiene fama.

‒Bueno, venga, pero dos cuadras antes me llama al teléfono, porque si no lo hace no le abro, advierte con un voz decidida.

Las direcciones en Sincelejo son por señales. Las nomenclaturas sólo existen por burocracia.

‒Llegue a La Escuela Normal, tome por Camilo, una cuadra después del palo de caucho doble a la derecha, baja la lomita, pasa un puentecito y a la derecha, dos casas después del puente, vivo yo. Es una casa verde con ventanas azules, marcada con el número 6-67. Toque en el apartamento de al lado que allí estaré.

Michel reitera, advierte (es mandona) que le llame antes de llegar, para estar preparada, de lo contrario no abrirá.

Viéndola de frente, no parece estar ciega.  Sólo al estirarle la mano para saludarla uno se percata de que es ciega de verdad. Hay que buscar su mano. Su mirada me busca. Su voz sigue siendo firme y erótica. Es más bella que en la recomendación. A veces da la sensación de que estuviera viendo y en realidad ve. Sabe cuándo se le mira con odio o  con pasión.  Su agudeza sensitiva percibe el rumor de la calle,  el agite del domingo, las miradas de las tres vecinas que parecen vigilarla desde los pretiles como si fueran cámaras de televisión. Le fastidia esa música a alto volumen que este domingo sopla desde los tres costados. Cuando llegó a este estrecho apartamento estaba de duelo por la muerte de su madre y la música no la dejaba dormir, de modo que llamó a la Policía y arreglaron el problema. Es disciplinada. No admite desvaríos.

Dos horas después, Michel me había contado parte de su vida. A estas alturas del mediodía me brinda un jugo, le digo que no quiero.

‒¿Le da cosa que una ciega le prepare un jugo?

La pregunta me cuestionó, como si leyera mi pensamiento, entonces acepté sólo para complacerla y para mirarla. Tenía puesto un vestido sencillo ajustado a su cuerpo delgado de atleta. Se desenvuelve en la casa como si realmente viera. Atravesamos el cuarto en penumbra. Sobre la pared, hay 28 medallas ganadas en juegos nacionales, en cien metros planos, natación y lanzamiento de la jabalina. Al lado de su cama doble, sobre la pared, varios vestidos  colgados con rigor y  bolsos  de todos los colores bien dispuestos. Todo impecable.

En la cocina, tomó un vaso sin tantear, abrió el grifo y lo lavó con sutileza.

Mientras secaba el vaso se reía. La risa es lo mejor de su rostro. Tiene unos hermosos hoyuelos en las mejillas que son un defecto de cuna.

‒Aunque están limpios hay que relavarlos, uno no sabe qué animales rondan por aquí.

Una salamanqueja, aludida por su expresión, se desliza por la pared, como enamorándola con su quejido de fin de mundo.  Nadie sabe de dónde salieron esos animalejos que antes no cantaban.

‒Dicen que anuncian el final del mundo.

Michel desanda el pasillo con el mismo paso de gacela. En la sala abre la pequeña nevera, con garbo. Toma la jarra del jugo de mango y vierte en el  vaso hasta la mitad para bajarle el dulce. Después agarra una botella de agua destilada y mezcla, mientras  le sostengo el vaso.

El mundo actual está lleno de peligros. La calle es una suerte de senderos de prepagos, drogadictos, traqueteros, paracos, guerrilleros,  corruptos, de bullicio y el caos. Si la persona es ciega, la calle se la puede tragar. Y si esa ciega es bonita, el peligro es mayor. Michel está rodeada de peligros inminentes.

En Sincelejo existen hordas de mujeres que han creado carteles de chicas prepago, quienes actúan como grupos religiosos que reclutan incautas a sus mecanismos de prostitución. Michel al principio salía con amigas y  amigos normales, más amigos que amigas. Frecuentaba sitios de diversión nocturna, como el Palacio de la Cerveza y otras discotecas de la Zona Rosa. Allí desfogaba toda su gracia, especialmente bailando champeta, ritmo frenético  que se amolda a su espíritu alegre y fortaleza deportiva. Su cuerpo atlético se contorsionaba con voluptuosidad, incrementando el sentimiento erótico inocente. Allí estuvo la trampa. Empezaron a hacerle insinuaciones. Muchas personas se le acercaban con segundas intenciones. Se le regó la fama de chica divertida. Navegaba en medio de una sociedad incapaz de proteger los derechos de limitados físicos y visuales. Su familia la veía como un estorbo y ella quería libertad. Ser ella misma sin valerse de nadie. Su llegada a Sincelejo, después de ser desahuciada en muchas ciudades, buscaba eso, ser libre, ser ella, valerse por sí misma. Una tía, donde se había hospedado, empezó a cuestionarle sus ímpetus de libertad. Ella quería estudiar, pero en los colegios la trataban mal.  No estaban preparados para su caso ni para los casos de todos los discapacitados.

En un arranque de libertad se fugó de donde su tía y se fue a vivir con una amiga que pronto la abandonó. Desde entonces decidió vivir con su soledad, una de las formas más cercanas a la libertad.

Una noche, en un sitio nocturno, se le acercó un agente de policía, quien le prometió ayuda. Le dijo que fuera al Comando, donde había proyectos para la comunidad limitada visualmente. En esos tiempos se había ido del colegio por una deuda de 80 mil pesos. Vivía de rifas y la venta de perfumes. Resultaron

Apenas la vio, el mayor de la Policía que la atendió, le echó el ojo. Era un hombre de 43 años, casado y, como todo hombre casado, mujeriego, con problemas matrimoniales. Ella apenas tenía 20 años y era virgen. La primera estrategia de deslumbramiento del nuevo pretendiente fue hacer que sus alumnos de la escuela de carabineros le compraran las 200 boletas de la rifa. La venta le permitió pagar el colegio y continuar su bachillerato. El enamorado siguió implacable, llenándola de detalles. Le puso un investigador que la siguiera. La vigilaba en sus andanzas nocturnas y en el colegio. Descubrió que ella se mantenía en la jornada estudiantil con una caja de chicle y una botella de agua. A veces no llevaba ni para el pasaje de vuelta.  El enamorado le enviaba el almuerzo al colegio con un agente. Ella lo rechazaba, pues su malicia indígena le llevaba a pensar que el enamorado podía echarle algo en la comida. Nadie antes le había tratado con tanta dignidad. Fue cediendo. Empezaron a salir a bailar, a comer helados, a cenar. El día de la mujer allí estaba el ramo de flores. Los trámites de papeles y el ingreso a la universidad hicieron parte de la conquista. El oficial aparte de enseñarla a ser digna le vendió la idea de la superación y a no ser mediocre. La estrategia daría éxito y ella encontraría el amor por primera vez.

‒Lo engañé, porque le había hecho entender que era señora.

No obstante las acechanzas de la noche y los peligros que la amenazaban, Michel se le entregó virgen a los 23 años. Convivió enamorada con su protector durante siete años. Le ayudó a comprobar, con inteligencia, que  su esposa le era infiel.  Pero un día se acabó el amor y ella tuvo que seguir activando mecanismos de defensa en esa selva que trataba de tragársela.

En la sabana se dice que hombre no abandona mujer. Es ella la que decide seguir o terminar una relación. A ella le correspondió aplicar este adagio, lo abandonó porque descubrió que ya tenía otra moza. Ahora vive con su eterna soledad, donde resguarda su libertad. Mantienen buenas relaciones, mientras ella se dedica a sacar adelante su carrera de psicóloga. Se graduó meritoriamente.

Ahora atiende vía skype a una paciente bogotana de 33  años,  una invidente con quien  mantiene una fluida comunicación. La paciente es una poeta a punto de quitarse la vida. Su principal medio de expresión es la poesía. A través de esos versos, Michel aplicará la terapia. Son versos  en los que hay dejo de soledad y de abandono, también hay dolor.  Su paciente ciega sufrió un duro impacto al perder al amor de su vida.

Michel prepara con su computadora sus proyectos de terapia  y de cómo atender a personas con discapacidad visual y de otras índoles. Sus  proyectos viajan por gavetas de funcionarios paquidérmicos que piden liga para que avancen. Quienes se prestan para empujarlos la miran con ojos de sexo. Algunas amigas que se le acercan creen que pueden proponerla como prepago.

‒Jamás venderé mi cuerpo por un empleo.

Las presiones que recibe a diario Michel son variadas. Su familia lejana deja de enviarle para el pago de su apartamento para propiciar su regreso, un compañero con limitación visual le promete un empleo si se convierte en su novia, un  político le ofrece conseguirle un contrato quien sabe con qué intenciones. Y ella, como felina en guardia que conoce el golpe de la puerta cuando se cierra y cuando se abre, sabe si el vaso en el que se le da el agua está bien lavado o está sucio. Nadie la engaña.

Michel habla con cierta prepotencia. Su psicología la previene de gallinazos, de acechanzas y malandros. Su posición arrogante es propia de una mujer bonita que sabe lo que tiene, con absoluto dominio de su limitación y de su trascendencia.

Hoy, 18 años después de quedar ciega, cuando Michel Ávila vuela en la lanza de una jabalina, quisiera volver a ver a su madre en Leticia, el pueblo entrañable que no volverá a ver de igual manera, que ya no existe en sus recuerdos.

El primer obstáculo de Michel Ávila no fue su ceguera. El obstáculo inicial estaba en cómo la gente se reflejaba en ella, la  eterna negación del llevado. El machismo de las mujeres machistas. Fue vencer a un Estado y a una sociedad sin preparación para asumir la discapacidad de las otras personas. En Colombia el 15 por ciento de sus habitantes son discapacitados. Se estima que unas seis millones de personas viven como trastos abandonados a su suerte.

Después de superar varios intentos de suicidio y tras ser rehabilitada, Michel Ávila encontró en la educación una forma de superación a la obscuridad en que había caído. Inicialmente no le fue fácil. Ni siquiera en el Colegio Nuevo de Leticia, su tierra natal, la aceptaron  a  su regreso de Bogotá. En Coveñas solo fue admitida en un colegio de adultos por las noches. La directora del colegio le preguntó para qué pedía el certificado de quinto de primaria.

En el tránsito a la profesión de sicóloga, Michel Ávila se encontró con un gran aliado para su rehabilitación definitiva, el deporte. A través de éste ha logrado disciplinarse, mantener un régimen de entrenamiento diario y mejorar no solo su nivel físico sino de relacionarse con los demás. Su primera salida fue a Cúcuta. Inicialmente era la natación, pero este deporte la limitaba a una sola especialidad y ella quería triunfos más grandes y sonoros, a brazos llenos y a gajos. Probó en la jabalina y ganó. Michel es actualmente campeona nacional de lanzamiento de jabalina. Probó en los cien metros planos y ganó. Estuvo en Brasil, donde viajó sola, sin guía, debido a la pobreza de la liga de Sucre. Tuvo que hacer una recolecta con la periodista Lucia Reyes para viajar. En Brasil no le fue muy bien, porque no llevó guía, pero se ubicó entre las diez mejores del continente en tres modalidades. Fue la única costeña en una delegación de paisas, vallunos y  cachacos. Allí se constituyó en la más comunicativa, por su  erótico acento, por su forma pausada y por su empatía.

Ahora, después de vencer a Bolívar en cien metros planos y de batir la marca de lanzamiento de la jabalina (puso la marca en 19.5 metros), está clasificada para los juegos paralímpicos del Caribe 2011.

Lo único que no le gusta a Michel Ávila de su computadora amiga, a la que mima y cobija como a un bebé,  es el acento petulante del español que le sirve de traductor de textos. Lo demás es una esplendidez.  Ella entra al cuarto con innegable garbo, levanta los brazos y descubre, tras quitar con sutileza el paño que cubre el aparato, como a un niño chiquito protegido de sarampión. Lo destapa, se lo lleva al vientre entre sus piernas largas y  después lo pone sobre la cama tendida. Allí empieza a manipularlo, como si cambiara el paño a un bebe que le habla a su antojo. Revisa sus asuntos.  Una de sus pacientes le ha dejado un mensaje. Es la joven bogotana ciega, de 33 años, atormentada por la soledad, porque de nada le ha valido hacer tantos cursos. No le dan empleo. A esta paciente la está tratando psicológicamente a través de la poesía.  Son cerca de cien poemas que hablan del desamor y del dolor. Ha perdido a su novio mayor que ella. No quiere reponerse. Michel dice que se abra, que se salga de sí misma.  La próxima vez que dialogue  por el Skype le tendrá una receta de vida.

Mientras la lluvia cae y se maduran los mangos, llega la tarde. Me despido de Michel sabiendo que ella solo tiene el deseo de ayudar a esos seis millones de discapacitados de Colombia, pero más que a ellos, a quienes creyéndose sanos están más ciegos que ella, una mujer que, como Leandro Díaz, nos mira con los ojos del alma.

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