La sanadora que ahora tiene 100 años

La sanadora que ahora tiene 100 años

12 de diciembre del 2015

Doña Ana Elvia Tuta, oriunda de Gambita, Santander, desde muy pequeña sintió que tenía un don para ayudar a las personas.

Tomaba la Biblia en sus manos, cerraba los ojos e iniciaba el ritual con una oración en la que le agradecía a Dios por el don y lo invocaba para que por medio de ella pudiera ayudar a otros.

Al finalizar, juntaba sus manos en posición de oración y se quedaba en total silencio, era el momento en el que según ella, recibía instrucciones de Dios. En ocasiones durante ese momento Doña Ana lloraba y hablaba en otras lenguas.

Al final de su trance aconsejaba a las personas que acudían a ella de acuerdo a la conversación que había tenido con Dios, así fue como lograba tocar el corazón de quienes la buscaban.

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“Yo hacía sanidades, traía a la gente que se iba para otras partes y también a los perdidos los hacía llegar a sus hogares”, comenta la centenaria.

Sus familiares aseguran que ella los aconsejaba a la hora de salir de la casa, siempre les decía que evitaran tomar ciertas decisiones porque podía pasar algo malo. Casualmente la realidad siempre le daba la razón.

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Aunque hace casi cinco años perdió definitivamente la vista y no ejerce la sanidad, Doña Ana asegura que se encuentra en permanente comunicación con Dios, y lo único que ahora le pide es que “me lleve pronto a mostrarme su presencia”.

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Cuando Ana Elvia tenía siete años, su madre murió, así que ella y su hermana estuvieron al cuidado de su padre hasta los 13 y 17 años, respectivamente.

Sin tener la mayoría de edad, las hermanas se fueron a Bogotá a buscar un mejor futuro. Rápidamente consiguieron trabajo y lograron estabilizarse en la ciudad.

Conoció a su esposo en Bogotá y con él recorrió Arauca, Meta, Guaviare y por supuesto Santander. Como Ana no sabía leer ni escribir, era él quien le leía la Biblia y la ayudaba a orientarse.

Como no tuvieron hijos ella y su esposo recorrieron muchas zonas del país. “En ocasiones nos íbamos caminando, y donde nos cogía la noche, allí nos quedábamos, así fuera sobre la carretera”, asegura Doña Ana.

De su familia solo quedan dos sobrinas de 50 y 65 años que intentan visitarla en el Centro de Bienestar del Anciano en Villeta, Cundinamarca, donde es cuidada desde hace cuatro años por las Hermanas Terceras Capuchinas.

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Durante su vida se desempeñó como sanadora, ama de casa, junto a su esposo cuidaron fincas y terrenos para sobrevivir.

Iniciando los 90 vivían en una finca de 26 hectáreas que les había sido donada cerca a Saravena, Santander. El terreno tenía cultivos de diferentes hortalizas, ganado y gallinas.

Una tarde fueron invadidos por un grupo paramilitar que les dejó muy claro que debían desocupar el terreno lo antes posible para evitarse problemas.

Doña Ana y su esposo vendieron algunos animales y terrenos, en total recibieron $300.000  y con ese dinero llegaron a Bogotá.

A la capital fueron a parar al barrio Santa Fe y posteriormente a un ancianato. Tres años después fueron trasladados a Facatativá, donde el esposo murió.

Doña Ana vivió en Arbeláez y finalmente su hermana hizo que la trasladaran al Centro de Bienestar del Anciano en Villeta, Cundinamarca.

El único contacto con aparatos tecnológicos que tiene es un pequeño celular que le fue regalado hace un par de años por sus sobrinas.

A sus 100 años, Doña Ana no sufre de ninguna enfermedad, de vez en cuando se queja de un dolor en las rodillas y la espalda y no tiene restricción alguna con la comida, pues el chicharrón sigue estando en la lista de sus alimentos favoritos.

En la actualidad vive en el ancianato que atiende a 93 personas y es la única en tener 100 años.