La disciplina que formó a Santos

La disciplina que formó a Santos

11 de febrero del 2011

Es como en las películas. Los saludos, los castigos, los entrenamientos, el respeto a los superiores, el pelo a ras. A las nueve de la mañana de un viernes cualquiera, el capitán Olmedo Victoria pasa revista a los salones de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, en Cartagena. Todo está en regla, los aspirantes a oficial toman clases en las aulas, cada uno con su computador portátil, como exige la institución.

Al llegar al último salón del largo corredor blanco abre la puerta, alza la voz para anunciar su llegada y de inmediato los doce estudiantes se ponen de pie y devuelven el saludo. Despiertos desde las cinco de la mañana, duermen arrullados por el aire acondicionado aprovechando que el profesor no va a llegar. Ponerse firme, golpear el piso con las botas y saludar, todo en fracciones de segundo, los deja alertas. El capitán abandona el recinto y los cadetes no volverán a dormir por el resto de la clase.


Veinte minutos después, los estudiantes de cuarto año pasan por los corredores haciendo sonar sus pitos –los mismos que se usan en los buques‒, anunciando que son las 9:40, hora del refrigerio de una hora. Refrigerio y unos cuantos ejercicios. Después del alimento, los cadetes harán carreras bajo el sol de Cartagena vestidos con la misma ropa con la que tendrán que tomar el resto de clases. Luego, algunos barren la Plaza de Armas, un inmenso patio descubierto  donde se hacen formaciones, desfiles, ceremonias y castigos, coronado por la réplica del mástil principal del Buque Gloria y Espartana, un viejo buque patrullero que ayudó a ganar la guerra contra el Perú en 1932, y que pasa ahora sus días de retiro en tierra,  a pocos metros de la bahía de Cartagena.

En 1967, mucho antes que este viernes cualquiera, pero mucho después de la guerra contra el Perú, un joven de 16 años llegó a este lugar para hacer carrera. Juan Manuel era hijo de Enrique Santos, director de El Tiempo, y aún le faltaban 43 para ser presidente de Colombia. Hoy, como antes, la disciplina de la Escuela Naval Almirante Padilla se mantiene intacta.

Se trata de una escuela donde el objetivo es educar hombres en ciencias marítimas e ingeniería naval, o formarlos como oficiales mercantes o logísticos, y que en este enero recibió a 255 nuevos cadetes, unos cien más de los que suelen matricularse. Sin embargo, es también una escuela militar donde prima la resistencia física, se cumplen al pie de la letra las órdenes, se respeta la jerarquía y se cumplen castigos sin rechistar.

En la Almirante Padilla se estudia de siete a doce de la mañana y se entrena por la tarde. Entre una cosa y otra está el almuerzo. El comedor para setecientas personas ‒la escuela tiene hoy 670 cadetes‒ se empieza a llenar al medio día en estricto orden de  antigüedad. Los más nuevos, que no visten el uniforme azul de diario, sino una camiseta blanca, pantalones azul oscuro y tenis blancos, son los últimos en llegar y los primeros en irse. Eso los obliga a terminar su comida en diez minutos, cuando en teoría cuentan con media hora para hacerlo.

Parece fácil, pero no lo es. El almuerzo de este viernes cualquiera consiste en fríjoles, chorizo, arroz blanco y plátano maduro. Todo acompañado con jugo de guayaba y el postre, una torta negra que parece chocolate pero no lo es. Y aunque la combinación de alimentos suena pesada, lo más difícil no es sentarse a consumirla: es común imponer castigos si se hace ruido al momento de  sentarse. Cuando esto ocurre, los cadetes deben levantar las sillas por encima de sus hombros y hacer flexiones de piernas mientras se sostienen. Todo con la idea de que entiendan que una silla no se arrastra al momento de sentarse, sino que se levanta por completo para que sus patas no hagan ruido contra el suelo.

Los más antiguos, estudiantes de cuarto año que pueden tener el cargo de brigadier o de guardia de marina, rangos previos a convertirse en oficial, patrullan las mesas para comprobar que todo marcha con normalidad. Si alguien rompe una regla o está en el lugar equivocado, puede terminar haciendo flexiones antes de seguir con su almuerzo. La rutina se repite de manera sagrada toda la semana, también a las seis y media de la mañana y de la tarde, horas del desayuno y la cena.

Llama la atención entre los nuevos cadetes, que llevan poco más de un mes, la cantidad de mujeres. Muchas de ellas se retirarán antes de terminar el primer semestre, y pocas, muy pocas, terminarán los cuatro años de carrera. En la naval tienen todo muy bien calculado: no más de 10% de los cadetes provienen de la Costa Atlántica, por ejemplo. Del total de aspirantes a oficial, muchos saldrán por razones varias, desde poca tolerancia a la disciplina militar hasta falta de dinero y bajo rendimiento académico. Está también quien roba, algo intolerable y que da expulsión inmediata. En cambio, quien tenga buen rendimiento académico y deje todas sus materias por encima de nueve, será becado. Una beca es importante en la escuela naval, porque el año de un cadete nuevo cuesta doce millones de pesos: ochocientos mil para la matrícula académica y el resto para comida, uniformes y el resto de la dotación.

La tarde es de entrenamiento. Luego de un breve descanso después del almuerzo, a las dos de la tarde, y aún con el sol en pleno furor, los nuevos marchan y aprenden a guardar el orden en la fila, siempre con una cantimplora camelback con agua a la espalda para evitar la deshidratación. Los antiguos, en cambio, entrenan más tarde, cuatro de la tarde, cuando el sol es más benigno, con trote y nado.

Los dormitorios se encuentran vacíos mientras los cadetes entrenan, y han sido dejados en perfecto orden desde las siete de la mañana. En realidad no son dormitorios sino ranchos, porque por mucho que se esté en tierra todo en esta escuela tiene nombre de buque, para generar la acostumbre. Los pisos se llaman cubierta, los bancos que están a los pies de las literas se llaman pisos, y a su vez a las literas se les dice camarotes. Las paredes son mamparos y los baños no son baños sino jardines, y tienen 23 lavamanos, ocho duchas, cinco inodoros y tres orinales.

Todo esto es inspeccionado mientras los cadetes están en clase durante la mañana, y quienes se encargan de la revisión, siempre los más antiguos, le ponen especial cuidado a las lacas, que es como se llama a los armarios. Cada estudiante debe haber dejado en perfecto orden un pantalón colgado y las camisetas dobladas. Más abajo, separados y mirando hacia afuera, están los implementos de aseo: talco, cepillo de dientes y de pelo, crema dental, desodorante, bloqueador, jabonera, repelente para insectos, champú. Todos son de la misma marca, misma referencia. Todo es uniforme. En la parte inferior de las lacas hay un par de zapatos, unas sandalias y una plancha. Eso sí, no hay caballete de plancha, se plancha sobre la cama.

Quien sufra de asma o pie plano no tendrá el honor de convertirse en oficial de la Armada colombiana. No podrá recorrer los mares del mundo ni ser la cara de Colombia en el exterior. No integrará la tripulación del Gloria, el buque insignia del país, tripulado apenas por cuarenta hombres. Tampoco podrá vestir el uniforme de gala, de blanco impecable, que hace que los civiles, poco acostumbrados a él, volteen la cabeza cuando se cruzan con él.

Pero tal pulcritud no es gratis. Este viernes cualquiera no es un viernes cualquiera, es viernes de ascensos. Un puñado de cadetes que ostenten el grado de brigadieres pasarán a ser guardias de marina, que recibirán su grado como oficiales en menos de un año.

La ceremonia está programada para las cuatro de la tarde, pero todos están formados desde la una. Al sol no le importa que haya más de un centenar de hombres de pie, formados con su mejor ropa. Él siempre calienta igual. Están separados en cuatro grupos, el mismo número de divisiones en los que se divide la escuela. Cada división tiene su propio comandante y el capitán Olmedo Victoria, que al comienzo de esta historia pasaba revista por los salones de clase, es el comandante de una de ellas. Su obligación de esta tarde es la misma que la de los tres comandantes restantes: revisar uno a uno a sus subordinados para comprobar que el uniforme esté poco menos que perfecto.

La labor se podría hacer más rápido si se designara a varios para realizarla, pero no, el protocolo indica que sólo los comandantes de división pueden llevarla a cabo. Por eso hay que estar formado desde la una de la tarde. La inspección se hace uno a uno, en un ritual que incluye saludo militar y presentación del cadete con rango, apellido y nombre, en ese justo orden. El respectivo comandante comprueba que los zapatos negros de charol sean como espejos, que el pantalón tenga la raya en la mitad, que los botones y las condecoraciones de la chaqueta estén relucientes y que el kepis sea tan impecable como una corona. El escaneo dura un par de minutos y se repite más de cien veces por división.

El rito parecería exagerado e innecesario para cualquier civil, pero en la vida militar es lo mínimo que debe hacerse. Quien ha estado en la Armada no se arrepiente, y no falta el que dice que es ese tipo de disciplina la que se necesita para gobernar un país.