La historia de dos suicidas

La historia de dos suicidas

10 de marzo del 2017

Entre las cuatro paredes de una humilde casa prefabricada y en medio de una oscuridad solitaria, un ruido habitual, del que Gonzalo está aburrido, interrumpe su sueño. Con la mano derecha apaga el odiado despertador que está sobre la mesa de madera, junto a una biblia que lleva meses sin ser abierta. Son las 5:15 de la mañana. El hombre tiene que ir a trabajar.

Gonzalo no tiene familia en Bogotá. Tampoco una compañera sentimental y mucho menos hijos de quienes hacerse responsable. Lo único que lo acompaña en las frías mañanas capitalinas es el cantar de unos copetones que se paran sobre las tejas de su casa, en Soacha, buscando algo que picar.

Al otro extremo de la ciudad, en un apartamento costoso y amplio ubicado en la carrera 7 con calle 127, Silvia tiene una vista totalmente diferente a la de Gonzalo. Una jungla de concreto es lo primero que ve al correr las cortinas. Nada, ni siquiera el sol que se cuela a través de los ventanales la hace sentir con ganas de salir de su residencia.

El ruido de la calle y las bocinas de los autos parecen hacerle más daño a Silvia que la alarma del viejo reloj que día a día aterra a Gonzalo. La joven de 24 años, aburrida de la rutina y de su monótona vida, se arregla sin ganas y baja despacio los siete pisos que la separan de la calle. También va rumbo a su trabajo.

Silvia y Gonzalo, separados por estratos, distancias y oportunidades, nunca se conocieron, pero coincidieron en conductas: desde muy niños mostraron señales depresivas. Autolesiones tan leves como rascarse con fuerza hasta que su piel tomara un color rojizo, e incluso golpearse con los muebles de la casa, fueron indicios que en su momento sus padres dejaron pasar por alto.

Cifras de la Organización Mundial de la Salud indican que cada 40 segundos alguien en el mundo decide quitarse la vida. Eso es el equivalente a tres mil muertes diarias. Las causas son muchas: problemas sociales, económicos, laborales, desamor e incluso ese monstruo que tantos llaman depresión.

Gonzalo siempre tiene una sonrisa fingida en el rostro, que va acompañada de “buenos días”, “buenas tardes”, “sí señor” “sí señora”, las frases que más repite a lo largo de su jornada laboral. Es guarda de seguridad en un banco en el norte de Bogotá.

Alrededor del 80% de las personas que han tomado la decisión de quitarse la vida consultaron con anterioridad un servicio médico. Yahira Guzmán, Jefe de Salud de la Universidad de la Sabana.

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Silvia trabaja en un reconocido medio de comunicación. Horarios flexibles, buen salario y las personas famosas que la rodean, no parecen ser aspectos para que deje de sentirse cansada, aburrida y emocionalmente agotada.

Ella fue diagnosticada con un cuadro de depresión severa a los 18 años, desde entonces ha sido medicada con antidepresivos y ayuda psiquiátrica para dejar de cargar en los hombros ese monstruo que llaman depresión.

Tras la muerte de uno de sus hermanos, a causa de un cáncer pulmonar, cuatro años atrás, Gonzalo quedó atrapado en un estado depresivo que no le permitía que otros pensamientos atravesaran su cabeza. Nunca logró superar ese golpe.

El delineador de Silvia, que caracteriza sus bellos ojos, recorre por completo el párpado inferior y desciende por la mejilla derecha con desespero y rabia, pero aún con delicadeza, hasta llegar al mentón. Un par de lágrimas acompañan el trazo. En frente suyo hay una viga de madera. Silvia mira la estructura con un detenimiento casi analítico y en ese momento piensa en el acto más valiente de un cobarde: Suicidarse.

Mientras tanto, a pocos metros de su triste vivienda, Gonzalo se tambalea al momento que intenta dar pasos con la torpeza que le genera el excesivo consumo de aguardiente y cerveza. Busca las llaves en el bolsillo derecho del pantalón. Con dificultad abre la puerta y al entrar se tumba en el viejo sofá rojo, al que llega por inercia. El licor cumple con la misión de atacar el sistema nervioso del vigilante, poniéndolo en un estado de soledad, dolor y baja autoestima.

Al igual que Silvia, piensa en que la solución a muchas cosas y a todo está en quitarse la vida. Recuerda la torre de luz que se ubica a un par de cuadras. Respira con profundidad. Se levanta del mueble y vuelve a salir a la calle. El frío hela sus huesos mientras que a la vista de nadie trepa la torre de hierro.

“Del 10 al 30% de las personas depresivas optan por quitarse la vida, el resto logra encontrarle a sus problemas con una salida diferentes a la muerte. El suicidio es una conducta multifactorial y multidimensional, cambia de un momento a otro y de persona a persona”

El cuerpo de Silvia, aún con tibieza, pero inerte, se balancea de lado a lado, como un péndulo. Una soga de tres centímetros de grosor cortó el paso de aire que de su tráquea iba hacia a los pulmones.

¿Suicidio, acto de valentía o cobardía?

Silvia pasaba por momentos y situaciones que no pudo soportar. Los avatares de su vida no eran lo suficientemente trascendentales para hacerla sentir viva. Las drogas y el alcohol eran la única escapatorias que le desviaban la realidad del mundo por un tiempo limitado.

Suicidio

“No se puede juzgar o criticar al suicida, ni  a los familiares por la decisión tomada y sus consecuencias. Esto lo único que hace es empeorar la situación”, dice Yahira Guzmán.

Antes de lanzarse al vacío, Gonzalo visualizó a su hermano muerto, quien de niño y adolescente fue su único y verdadero amigo. Luego de caer de una altura de 20 metros el cuerpo del vigilante muestra señales de querer seguir en pie. Su corazón late aún con la fuerza suficiente para que lo atiendan de urgencias en el hospital más cercano. Este fue el segundo intento de suicidio de Gonzalo.

Silvia fue hallada muerta en el mes de febrero de este 2017. Gonzalo aún sigue trabajando como vigilante y todavía lo acompaña la sonrisa fingida cuando dice “buenos días” o “buenas tardes”, o cuando miente al decir “estoy muy bien”, pensando aún en no querer vivir un segundo más.