Historia de la Constitución de 1991 26 años después

Historia de la Constitución de 1991 26 años después

5 de Julio del 2017

El siglo XX se acabó, oficialmente, el 31 de diciembre de 1999 a las 11:59  de la noche. O puede que no. Si para el mundo esa época turbulenta terminó con la caída del Muro de Berlín, el 10 de noviembre de 1989, para Colombia, el siglo se cerró el 4 de julio de 1991, día que se promulgó la Nueva Constitución política. Dos finales diferentes: uno, el propio, el de la fecha; y otro, el histórico, cuando un hecho relevante cambió el panorama.

En la década de los 80 el país se había hundido en una violencia criminal, terrible, que parecía no tener salida. Miles de muertos, desplazados, atentados, corrupción por todas partes. El narcotráfico, en cabeza del temible Pablo Escobar, se había enfrascado en una batalla frontal y sin tregua contra el Estado. Los paramilitares, dirigidos por los hermanos Castaño, ganaban cada vez más terreno en el Magdalena medio y en la Costa. Las guerrillas hacían lo propio en las selvas del país. No había de dónde escoger: Colombia –se decía entonces–, era un estado fallido.

Un estado fallido es, de acuerdo al académico Patrick Stewart, un país que ha perdido el control físico del territorio y el monopolio del uso de la fuerza física; que no tiene capacidad de toma de decisiones importantes; que es incapaz de suministrar los servicios básicos; y que es poco efectivo en la interacción con otros países.

Si se aplicaran cada una de esas categorías para entender la realidad colombiana de finales del siglo pasado, serían contadas en las que el país obtendría buenos resultados. Contadas, si no es que ninguna. Y Ese era el cuadro. Hacía falta un nuevo pacto social, sólido, democrático, amplio, que eliminara –o lo intentara por lo menos–, las principales causas del conflicto que desangraba a Colombia. Había que hacer algo para evitar la debacle definitiva.

Ya desde 1988 la idea, propuesta por el presidente Virgilio Barco, estaba en el aire, pero no se tenían ni las garantías ni las condiciones para ponerle en marcha. Sin embargo, muchos sectores estuvieron de acuerdo en que la Constitución había que cambiarla. Sin embargo, no se le dio vía libre, asegurando que esa sería una oportunidad para que los ‘narcos’ tramitaran una prohibición constitucional de la extradición. Aún retumba una frase tristemente célebre que se le ha acreditado a Pablo Escobar y que resume muy bien su posición al respecto: “prefiero una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos”.

El primer paso fue intentar discutir con las guerrillas para que se desmovilizaran. Se logró un acuerdo con el M-19, el EPL y el Quintin Lame. Las Farc y el ELN no del todo satisfechas, seguirían en armas. Entre las exigencias de los desmovilizados estaba una Asamblea nacional constituyente que permitiera el nacimiento de nuevos partidos políticos, diferentes a los tradicionales: el Liberal y el Conservador.

Hacía falta un nuevo pacto social, sólido, democrático, amplio, que eliminara –o lo intentara por lo menos–, las principales causas del conflicto que desangraba a Colombia. Había que hacer algo para evitar la debacle definitiva.

Algunos guerrilleros formaron un partido político: la Unión Patriótica (UP). A los paramilitares, esa ideología de izquierda, que parecía tener bastante aceptación entre la gente, no les convenía mucho, no les gustaba, así que empezaron una cacería fanática que terminó casi que por completo con la UP. Fueron más de 8 mil muertos, entre ellos 2 candidatos presidenciales: Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez.

Carlos Pizarro y Bermardo Jaramillo

Al mismo tiempo, un grupo de estudiantes formaron, en 1989, un movimiento cuya idea era impulsar la constituyente. Se llamaba ‘Séptima papeleta’. Así, en las elecciones de marzo de 1990, además de los tarjetones para Senado, Cámara, Alcaldías y asambleas departamentales, se depositó en las urnas una papeleta en la que se pedía la constituyente.

Aunque no se aceptó oficialmente, la Registraduría contó las papeletas. Hubo más de 2 millones a favor. Por la contundencia de los resultados, la Corte Suprema avaló el proceso, así que se llamaría a elecciones para preguntar, ahora sí formalmente, sobre la Asamblea Nacional Constituyente. Sería el mismo día que se votaría para elegir presidente: el 27 de mayo de 1990. Un 88% dijo que sí.

El recién posesionado presidente César Gaviria llamó a elecciones, el 9 de diciembre de 1990 para elegir los miembros de la Asamblea Nacional constituyente.

El 5 de febrero la Asamblea se instaló formalmente. La primera decisión que se tomó fue nombrar la mesa directiva. Como se buscaba inclusión, para evitar que las viejas prácticas de la política local afectara el proceso, se nombraron a Antonio Navarro, del M-19, a Álvaro Gómez Hurtado, del Partido Conservador, y a Horacio Serpa, del Partido Liberal.

“Para poder tratar todos los temas en un corto tiempo, la asamblea se organizó a través de 5 comisiones permanentes: Comisión Primera: principios, derechos y reforma constitucional; Comisión Segunda: autonomía regional; Comisión Tercera: reformas al Gobierno y al Congreso; Comisión Cuarta: administración de justicia y Ministerio Público; Comisión Quinta: temas económicos, sociales y ecológicos”, explica el portal Constitucióncolombia.com.

Foto: Youtube

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“El proceso de discusiones duró hasta el 4 de Julio de 1991, cuando todos los Delegatarios Constituyentes firmaron la redacción final de la constitución en una ceremonia llevada a cabo en el salón elíptico del Capitolio nacional”.

La Corte Suprema avaló el proceso, así que se llamaría a elecciones para preguntar, ahora sí formalmente, sobre la Asamblea Nacional Constituyente.

La Nueva Constitución introdujo principios importantes, innovadores para la época, empezando por el preámbulo, trascendental en la medida que encarna el espíritu garantista, laico, amplio, y sienta las bases del Estado de derecho que deberá ser Colombia. Dice:

“El pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano, representado por sus delegatarios a la Asamblea Nacional Constituyente, invocando la protección de Dios, y con el fin de fortalecer la unidad de la Nación y asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo, y comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana, decreta, sanciona y promulga la siguiente”…

La nueva Constitución cambio la idea de Democracia representativa por la de Democracia participativa. Esto significa que ahora los ciudadanos tendrán la posibilidad de participar más y de manera más directa en la toma de elecciones, contrario a la democracia representativa, en la que sólo se elegía a alguien para legislar, sin que el votante tuviera mayor participación en el poder político.

En la Constitución del 91 también se reconoció la diversidad étnica, cultural y religiosa de Colombia, lo que permitió que se aceptaran cosmovisiones y maneras de pensar diferentes.

Además eliminó el Estado de sitio, que cambió por Estado de emergencia, quitando poderes al Presidente de la república en casos especiales, ya que debe ser declarado con el apoyo de todo el gabinete ministerial. La Corte Constitucional es otro de los avances importantes que nacieron entonces. Su función es la de vigilar que la Constitución no se viole. También cambió el Tribunal disciplinario por el Tribunal superior de la Judicatura, cuya tarea es administrar la Rama Judicial.

Finalmente, basados en los derechos fundamentales y en la lógica del Estado Social de derecho, se creó la acción de Tutela y el derecho de petición para que los ciudadanos puedan defenderse de las arbitrariedades del Estado o de las empresas. La defensoría del pueblo es la encargada de garantizar que se cumpla.

La historia nos demostró que la Constitución no salvó a Colombia de la tragedia. Siguieron, luego de 1991, días tanto o más oscuros. Había que pasar mucho aún para que el país cambiara. Y el cambio no se da –ni se dará– pronto. Es cosa de tiempo. Sin embargo, 26 años después, con la memoria de los muertos a cuestas y con varias lecciones aprendidas, por fin Colombia se podría –o intentará ser– un país diferente. Un país en paz. Ojalá.