La apetecida lesbiana de El Buen Pastor

La apetecida lesbiana de El Buen Pastor

10 de Abril del 2012

Camina con la espalda encorvada, los brazos caídos y las piernas abiertas. Tiene el pelo corto, muy corto, el rostro surcado de cortadas y una camándula en el cuello.

–¡Mujer, siga a la entrevista! –ordena la guardiana de la prisión.

Daisy Johana Villamil mira a la uniformada con disgusto y luego baja la cabeza. No le gusta que le digan mujer. Es ‘Jeison’ desde los 12 años.

Cruza uno de los pasillos de la cárcel El Buen Pastor de Bogotá. Se lleva la mano a la bragueta como si se acomodara lo que la feminidad no le dio. Ese gesto es recurrente en ella, cree que la hace más varonil.

–Buenas tardes –Dice. La voz delata su naturaleza de mujer. No concuerda con el rostro, ni con las cicatrices, ni con su mirada de hombre.

–¿Por qué te encarcelaron?

–Por vender droga –responde. Mira los cigarrillos que reposan al lado de la grabadora.

–¿Quieres fumar?

–Sí, señora –contesta como una niña.

Por falta de hombres, en la cárcel del Buen Pastor hay todo tipo de tendencias sexuales.

Ella es uno de los ‘chachos’ recluidos en el centro penitenciario. Los ‘chachos’ son mujeres masculinas. Algunas se fajan los senos y se rellenan el pantalón para simular un miembro. Unas llegan siendo lesbianas, otras se convierten allá dentro, quizá, por el desespero de las hormonas. Ante la ausencia de varones ellas cumplen ese papel. Daisy Johana no se faja ni se coloca relleno, su rostro y el pelo corto son suficientes para parecer un hombre.

Lleva un año encerrada. Lo único que conserva de la vida fuera de la cárcel es una foto de su padrastro. La tiene guardada en su celda. El padrastro la odia y ella odia al padrastro desde que decidió ser ‘Jeison’. La foto se la regaló su madre para que se acostumbrara a verlo aunque lo odiara.

Daisy usó tantas faldas en la niñez que llegó a aborrecerlas en la adolescencia. La madre quería tenerla como una muñeca y compraba cuanto vestido veía para vestir a su niña. Daisy prefería patear balones aunque se le vieran los interiores, y jugar trompo con los niños del barrio La Perseverancia en el centro-oriente de Bogotá.

Estudió en colegio femenino. Ella recuerda que en los descansos jugaba con sus compañeras al papá y a la mamá. Su papel era el de papá, por eso la empezaron a llamar ‘marimacho’. A los 11 años, cuando sus senos empezaron a crecer, los niños la vieron como la mujer perfecta: Una niña que jugaba como niño. Daisy despreció todas las formas de caballerosidad para ser ella la caballerosa. De sus pretendientes aprendió a escribir cartas, mandar flores y portarse como un varón. A esa edad ensayó lo aprendido y consiguió los primeros besos de una compañera del colegio. Pasó la prueba.

 –¿A la niña le gustó?

–Me rogó y hasta lloró para que no la abandonara. Igual me fui.

Daisy desertó del colegio. Quería ser veterinaria pero el camino era largo y el dinero escaso. En el día trabajaba haciendo domicilios y en las noches organizaba fiestas en las que bailaba con las niñas. Desde esa época la empezaron a llamar ‘Jeison’.

 –¿Por qué Jeison?

–Un día lo escuché y me gustó porque sonaba como gringo.

En esa época dio un paso decisivo en su carrera de hombre; fue a una peluquería para que le despuntaran la melena y, después de verse al espejo, pidió que le raparan la cabeza, cuando se vio de nuevo pensó “esto es lo que quiero ser”.

Hoy día tiene 28 años, mide 1,50 m. y viste una chaqueta dos tallas más grande para ocultar los senos que se quiere mandar a quitar cuando salga de la cárcel. Usa pantalones de hombre y tenis café. En su brazo izquierdo tiene una manilla plástica de mujer.

–Me la regaló Lucía, la única novia que he tenido.

–¿Cuánto duraron?

–Siete años.

Aspira una bocanada de cigarrillo y, cuando su rostro absorbe el humo, las grietas de su rostro se hunden. Parecen cicatrices de alguna quemadura, pero son las marcas de un despecho por Lucía.

Empezó a herirse con cuchillas, vidrios y navajas a los 20 años. Lloraba mientras se cortaba. Duraba hasta cuatro días bebiendo, inhalando coca o fumando bazuco, siempre con algo filoso en la mano para hacerse una nueva fisura en la piel. Quería quitarse la vida de a poquitos, no era capaz de llegar a las venas y trozarlas de un corte. Pensaba que morir sería perder a Lucía para siempre.

Daisy conoció a Lucía en la calle, tenía 15 años y ya tenía la apariencia de un muchacho de pelo corto y ropa suelta como de cantante de hip-hop. Trabajaba repartiendo empanadas y pasteles en los locales de La Perseverancia. Cuando veía a Lucía le decía alguna frase halagadora y se marchaba. Un día ella le sonrió y Daisy aprovechó el gesto y se presentó como ‘Jeison’. Aunque los senos se notaban por debajo de la camiseta, Lucía accedió a salir sabiendo que no era él sino ella.

Daisy Johana es una de las mujeres que se comportan como hombres. En el Buen Pastor son conocidas como ‘chachos’.

Las cortadas empezaron cuando llevaban cinco años de noviazgo. Lucía encontró una amante. Daisy, ante la traición, se encerraba en bodegas de drogadictos para cortarse hasta sangrar. Después del despecho vino la venganza, y accedió a salir con un muchacho que la pretendía.

Nunca había salido con un hombre. Bebió docenas de copas de aguardiente sabiendo que sobria no podría llevar a cabo su venganza. Borracha y sin deseo se entregó. Una semana después, Daisy volvió a entregarse ante la incredulidad de su ex novia, y al mes y medio se dio cuenta que estaba embarazada.

Lucía lloró pero perdonó a Daisy. En la calle se veían como una extraña familia. La futura madre se comportaba como el padre, y Lucía parecía la madre sin barriga. Después de nueve meses nació Juan Pablo.

Su amada se volvió a marchar, y la nueva madre regresó a las bodegas de drogadictos. Juan Pablo, que tenía un año, se quedó solo hasta que la hermana de Daisy pidió la custodia del niño. Desde ese momento la progenitora se convirtió en el ‘tío Jeison’.

Después de abandonar a su hijo, empezó a vender droga en los bares de su barrio. Resultaba más rentable que repartir comida con un canastillo y podía conseguir gratis su dosis. En marzo de 2010, durante una redada efectuada por la Policía en un expendio, fue capturada con cincuenta cigarros de marihuana y papeletas de bazuco. Después de un juicio fue condenada a 32 meses de prisión.

Entró al patio 9 del Buen Pastor. Allí se sumo al grupo de ‘chachos’, codiciados por las internas. Una semana más tarde ya había recibido cartas de sus compañeras de reclusorio. Algunas de ellas eran tiernas, y en otras la invitaban para compartir el catre. Se sintió halagada pero no accedió a ninguna propuesta. Ella es la única de los ‘Chachos’ que no tiene novia ni amante, las demás aprovechan el harem femenino. Daisy sabe que su condena no es larga, puede esperar para regresar con Lucía, solo desea que ella también la espere.