La locura del soldado Benavides

La locura del soldado Benavides

13 de septiembre del 2011

A sus 31 años, el dragoneante Wilson Benavides ya tiene la voz áspera y desgastada como papel de lija. Quién sabe cómo fue antes. Quién sabe cómo era cuando lo mandaron a la guerra. Doce años atrás, el mayor de siete hermanos nacidos en una casa de campesinos del Peñón, Santander, se enfundaba el camuflado con la ilusión del chico que cumple el sueño. El día que estrenó las botas de dotación, recuerda, cantó un vallenato que hablaba de aguaceros conjurados en noches veraniegas. No había querido ser maestro, ni cura, ni futbolista, ni bombero. Sólo soldado. Y por eso no le importó que lo mandaran a prestar servicio militar al Guaviare, ni que la guerrilla, poco antes, hubiera dejado a cinco soldados mutilados por el estallido de una granada escondida en los genitales de un hombre que intentaban evacuar de la zona de combate. Él, pensó entonces, tenía los cojones suficientes para soportar todo eso.

Hasta que llegó la noche del 3 de agosto de 1998. Ese día, 800 guerrilleros de la columna móvil Teófilo Forero de las Farc atacaron la base antinarcóticos de Miraflores, defendida por apenas un puñado de soldados y policías que no llegaba a los 200 hombres. Durante dos días seguidos balas y bombas cayeron de todas partes, confundidas entre un cielo mojado y negro que también se les vino encima. No es poesía: el apoyo aéreo nunca pudo entrar por mal tiempo y los militares terminaron sometidos.  Al final del ataque, ebrios de sevicia y euforia, los guerrilleros exhibieron como botín de su triunfo, junto a una pila de fusiles oficiales, los cuerpos perforados e inertes de nueve uniformados, las heridas de otros diez y los rostros inciertos de 22 más que a partir de ese momento serían secuestrados y confinados al infierno de la selva. Benavides fue uno de ellos. Su voz, ahora, es el resultado de varias grajeas de Clozapina y Velanfaxina, fármacos a los que es adicto desde que salió del cautiverio, en marzo de 2001. Sin la dosis, producto de la sicosis y la esquizofrenia que padece, el teléfono por el que me concede la entrevista ya hubiera estallado en mil pedazos contra el suelo,  como su viejo sueño de ser soldado. “Ahora todo es una pesadilla”, dice después de saludar.

El trato cruel de las Farc les ha dejado a los uniformados secuelas mentales incurables.

“Me la he pasado encerrado, hermano. Primero hospitalizado en siquiatría y luego encerrado, encerrado todo el tiempo… Me ha costado resocializarme. Últimamente lo intento, pero es bravo. Trato de salir lo menos posible, menos mal que tengo la pensión del Ministerio de Defensa porque de eso vivo. Voy a terapia, a reclamar la droga y ya. Es que nadie sabe cómo es esto: llegar del monte da un miedo terrible, fueron tres años en que todo cambió. Yo llegué con una sicosis muy verraca, con delirio de persecución, con depresión, yo creía que cualquiera me podía matar, que me iban a volver a encadenar… Perdone, hermano, ¿usted cómo es que se llama? Ah, sí, sí,  vea, yo en todo caso estoy bien, me ayudaron a tiempo, ¿pero usted se ha preguntado cómo está el resto?”.

Aunque lo parezca, la pregunta no es casual: tras el interrogante hay una verdad insospechada. En este país azotado por la barbarie del conflicto pocos saben que varios de los soldados que recuperaron la libertad en los últimos nueve años han corrido una suerte aún peor que la sufrida por Benavides. Porque aunque resulte inconcebible, al igual que con los secuestrados, hay liberados de primer y segundo grado.  Y pocos, muy escasos, pudieron contar con los beneficios de quienes tuvieron la fortuna de una liberación tan publicitada como la que permitió la ‘Operación Jaque’. La guerra, ya se sabe, no es una cosa que se quede en el monte.

“Allá adentro lo que sobran son motivos, hermano. En cautiverio más de uno se intentó suicidar y nos tocaba montarle centinela a los que estaban muy estresados: se conseguían por ahí un chucito  y empezaban a pincharse las manos, las venas. Tocaba estar cuidándolos de noche y nos turnábamos porque si no amanecían ‘muñecos’ (muertos)… Es que esa zozobra  es muy complicada. A nosotros nos tenía el Frente Séptimo y el Cuarto, o sea el Bloque Oriental, y uno no piensa en que va a salir, uno sabe que está  condenado. Por eso es que uno piensa en matarse. Yo más de una vez pensé en colgarme del cordel que me ponían en el cuello para los desplazamientos…  Pero todo lo que uno diga, todo lo que le digo, no es nada en comparación a la realidad. Nos cagaron la vida, así de sencillo, uno no se recupera nunca. Por ejemplo, ya afuera, varios compañeros han estado bien y de pronto les entra la crisis, la mala; eran asintomáticos y no fueron atendidos a tiempo. Así le pasó a Fredy Andrés López, el viejo ‘Lopin’, un intendente de la Policía que había caído en la Toma de Patascoy: ese man salió conmigo, un man aplomado, que nos daba moral en el encierro; pero ya ve, de un momento  a otro, pum, se suicidó… Eso fue hace año y medio”.

Wilson Benavides vive en Patiobonito, al suroccidente de Bogotá. A veces, en medio de la ronquera, su voz va y viene como un radio estropeado que pierde la señal. Entre una y otra cosa, entre uno y otro silencio, entre una y otra herida abierta en medio de la conversación, cuenta que su casa es pequeña, casi estrecha, y que las ventanas siempre permanecen cerradas. Que ahora le gustan más los helados que las armas y que  tiene una moto, una Suzuki DR-350 en la que de vez en cuando sale por ahí, a comprar un cono de fresa o chocolate. “No, no tengo esposa ni novia, pero ya estoy pensando en conseguirme una, sí, alguien que me ayude a pilotear este viaje. Es que ya son 31 años, hermano, y pues, no se… Lo que pasa es que también es difícil por lo que yo le digo de la gente, porque yo siempre analizo y pienso dónde podrá salir el enemigo… Uno se vuelve desconfiado, harto, sí, por eso es que no le digo que venga, mejor por aquí por teléfono, ¿sí o no? Por eso es que vivo solo. Al principio vivía irritado, no podía dormir, por eso es que tengo que empeparme con lo que me da el Ejército, si no me tomo eso me descompenso, me da gastritis, me vuelvo otro, me pongo calavera.  Pero yo prefiero no hablar de eso, yo prefiero reservármelo, no hablar de eso. Perdone, hermano, ¿usted cómo es que se llama?”.