La perseguidora de amantes

La perseguidora de amantes

7 de agosto del 2011

Hace siete años, un reconocido cantante vallenato recorría las calles bogotanas. Manejaba lento y contento. No se daba cuenta de que tras de él iba en otro carro la detective Mary González. Lo siguió durante dos horas, desde que salió de su apartamento ubicado en el norte de la ciudad. Mientras él surcaba las calles bogotanas, en Estados Unidos su esposa, con la que llevaba doce años, se movía de un lado a otro y se mordía las uñas en espera de una llamada de la detective con la prueba que necesitaba para confirmar sus sospechas sobre la infidelidad de su marido.

El cantante estacionó el carro, entró en un restaurante y se sentó en una mesa oculta y reservada. Miraba ansiosamente el reloj. A los cinco minutos llegó una ex reina.

A unas mesas de distancia estaba Mary con una cámara metida en la cartera del maquillaje y el lente en medio de la cremallera abierta. El hombre tomó las manos de la reina, hasta ese momento no había pruebas. Después juntaron sus labios. “Ya lo logré”, se dijo Mary, que grababa a la feliz pareja desde que llegó. Tomó el celular, se comunicó con la persona que había enviado la engañada esposa para contratarla, y le dijo que el marido había caído.

La mujer recibió las fotos y el video y, tras un tiempo de despecho, declaró que había contratado los servicios de un investigador privado. No dijo más. Nadie pronunció el nombre de Mary, aunque era la real protagonista de una bomba periodística que se extendió por toda América Latina.

–Ayyyy, mija, omita eso que se me pueden espantar los clientes, ¿no ve que los detectives somos como los curas que guardamos los secretos de la gente? –dice Mary después de contar la historia del cantante y la reina.

La detective privada tiene entre sus clientes actores, modelos, empresarios y políticos. Personajes de estratos altos. Llegan a su casa a pie, cubiertos con pañoletas, gafas y gabardinas para que nadie los reconozca. Dejan sus carros Mercedes, BMW y Audi con el conductor, a una cuadra de la oficina. En su mayoría son mujeres que quieren confrontar la fidelidad de sus maridos.

Mary González tiene 45 años, el cabello teñido de rubio, viste con una camisa blanca ceñida con un escote en el que se entrevén sus senos. Sabe que parte de la infidelidad comienza cuando las mujeres se desarreglan y por eso siempre trata de mantenerse bonita para su novio con el que lleva cinco años, aunque considera que a veces es inevitable que los hombres busquen otras mujeres.

–¿Has investigado a tu pareja?

Ella se ríe. “Él pensaba que nunca le iba hacer seguimiento, que en casa de herrero, azadón de palo, pero se equivocó. Hace tres años me dio la corazonada que me estaba traicionando. Un día, sin que se diera cuenta, le mandé a instalar un micrófono en el carro conectado con un celular que yo portaba. Desde el celular escuchaba todo. Mi novio recogió a una vieja y se dirigió a ella con frases cariñosas. Fue doloroso. Luego se besaron. Yo escuchaba el sonido de los besos, de las palabras tiernas. Lo peor es que él la llamó “mi cielo”, la expresión que usa conmigo. Lloré, pero me calmé para ponerle una segunda prueba. Lo llamé. El celular timbraba y timbraba. La vieja le pidió que contestara pero él le dijo que era de la oficina”.


Mary González ha hecho diversos cursos para perfeccionar sus métodos, hizo uno de dactiloscopia, el estudio de las huellas digitales, y también de criminalística y hasta uno de la relación de los insectos con escenas criminales.

“Lo cité y lo confronté –vos tenés a otra ¿cierto? él me lo confirmó, yo me bajé de la camioneta, crucé las calles hecha una magdalena. A las tres horas me llamó y dijo: “Cielo yo te dije que tenía otra mujer, pero esa mujer es mi mamá”. Eso me dio más piedra. Tuvo que rogarme y confesarme todo para que yo lo volviera a perdonar”.

También investigaba a las empleadas e incluso a los hijos cuando estaban en el colegio. Mary dice que no le da miedo cambiar pañales, hacer teteros ni trasnochar. A lo que sí le teme es a la adolescencia.  “Cuando mis hijos llegaron a esa época les ponía micrófonos en los celulares para saber qué y con quiénes hablaban. Fue mi manera de protegerlos porque la calle puede dañar la buena crianza”.

Mary siempre ha sido prevenida con los hombres. A los 11 años murió su padre y a los 14 su madre. Al quedar huérfana, sentía que todos querían aprovecharse de su abandono. A los quince años, una persona que le doblaba la edad quebrantó ese prejuicio. La niña se casó y pasados dos años tuvo a Jonatan, luego a Néstor Alexis y por último a Nicole. El marido trabajaba como detective del DAS pero fue despedido hace más de una década por recorte de personal. Aprovechando su profesión de investigador, creó una agencia en la que la esposa trabajaba recibiendo llamadas y atendiendo clientes. Después de un tiempo ella comenzó a resolver los casos con el consentimiento de su jefe del que se separó hace seis años.

“Aunque me dejaba hacer las investigaciones, siempre fue machista y llegó a verme como competencia. Un día me dijo: ‘usted sin mí no vale nada’. Eso fue como un cachetadón en mi vida para que despertara”.  Mary decidió montar su propia empresa, que se llamó Hawai 5-0, como la famosa serie de detective de la década de 1970. Con el tiempo le cambió la razón social por el de Agencia Colombiana de Mujeres Detectives MG, las iniciales de su nombre.

La mayoría de los casos se resuelven haciendo seguimiento. La investigadora pregunta a sus clientes todos los datos con respecto al sujeto, luego los corrobora siguiéndolo y analiza si hay detalles que se salen de lo habitual; si esto sucede surge la sospecha de algo indebido. Lo sigue en su carro, en moto, a pie. Como las pruebas deben ser evidentes para un caso de divorcio, la detective ha llegado a los moteles para tomar fotos o grabar videos de la pareja de amantes. Entra al parqueadero con alguna compañera para que los porteros crean que son un par de lesbianas buscando placer. Pregunta por las habitaciones, critica la pintura, la estrechez, el ruido, cualquier cosa para ganar tiempo y poder tomar las pruebas. Aunque hay clientas que le piden que entre a las habitaciones para sorprender al marido en pleno acto, Mary no lo hace: “eso sería violación a la intimidad”.

Cuando ya ha captado besos y caricias, llama a la engañada para entregarle las evidencias. Hay algunas que se niegan a creer y dicen: “Maricita, no puede ser, mi marido me llamó para decir que estaba en una reunión y hasta había silencio de fondo”, a lo que Mary responde, “Claro, mija, es verdad, está en una reunión privada en una residencia con una señorita”.

Cuando ha logrado salir victoriosa del motel, espera afuera a que la pareja termine de consumar el engaño. Comienza entonces con la segunda fase, ver quién es la señorita o el caballero que es capaz de meterse con una persona casada. En esta parte del proceso averigua dónde vive, dónde trabaja, si tiene hijos, si tiene novio o si se gana la vida como prostituta. “Todas las mujeres quieren saber cómo son las mozas. Son masoquistas”. El promedio de edad de las amantes oscila entre 25 y 35 años, pero hay casos excepcionales en los que tienen más de 60. En ocasiones se descubre que el perseguido es homosexual. La edad promedio de las esposas que recurren a Mary es de 38 a 50, y la edad de los traicioneros es de 47 a 55, y a veces hasta octogenarios.

Hay clientes que en el momento de firmar el contrato con la agencia solicitan que los lleven al lugar de la traición. Mary trata de calmarlas para que no afecten la segunda fase del proceso (el seguimiento de la amante). Cuando ve que la persona ya está tranquila le señala el sitio. En dos ocasiones tuvo que presenciar peleas en plena calle entre los afectados. En la primera, la esposa de un político entró a un bar del centro y cuando distinguió a la dama de compañía sacó un revólver y empezó a dispara tiros al suelo mientras gritaba: “¡zorra, perra, si no te mato es porque no vales un tiro” La moza horrorizada, zapateaba esquivando las balas y pedía ayuda a todo pulmón”. En otra oportunidad y con otros protagonistas, el altercado fue en plena calle. Al sentirse descubierto, un hombre cogió a golpes a su esposa. Cuando Mary trató de intervenir, éste le puso un revolver en la cabeza y le dijo: “sapa hp lárguese de aquí”. Al ver que estaba decidido a disparar, Mary se controlo y se hizo a un lado.


Para las investigaciones de infidelidad, la detective usa cámaras de video y de fotos, grabadoras digitales y micrófonos que incorpora en celulares y vehículos.

A su despacho también llegan asuntos de recuperación de bienes, investigación de secuestros o por desfalco de compañías. Para averiguar un caso de saqueo en una pastelería reconocida, entró a trabajar como asistente de panadería con el aval del gerente. Durante dos meses hizo lo que no había hecho en toda su vida: cumplió horario, se sometió a órdenes y, en contra de su vanidad, se dejó de maquillar. Portaba gorro y delantal blanco. Como era una empleada más, le tocó lavar platos, amasar pan y lavar los pisos.

Los precios varían dependiendo de los días de trabajo, la ciudad y el horario. Por día cobra 250.000 pesos y el turno de noche es de 350.000 pesos. Una semana cuesta 1.200.000 en Bogotá, y en otras ciudades hasta 4.000.000 de pesos. Aunque en promedio recibe media docena de casos, a veces pasan los días y nadie la contrata. Pero cuando le va bien tiene que recurrir a otras compañeras para que le ayuden en las pesquisas.

En los años que lleva ejerciendo la investigación privada, le han hecho propuestas que atentan contra su ética: “han venido viejas que me preguntan si yo puedo hacer la vuelta de desaparecer a una amante o darle una tunda hasta que quede bien fea. ¿Desaparecer? les pregunto, me dicen que yo entiendo, que no me haga la boba, les respondo que mi trabajo no es ser sicaria ni nada parecido. Creen que en esta labor uno pasa por encima de todos lo valores”.

Mary se fuma el tercer cigarrillo del día en la terraza de su casa. Las vecinas no la saludan, no la quieren y tampoco entienden por qué llega a su casa, de estrato 3, tanta gente bonita que ellas solo ven en la televisión. Si las vecinas se enteraran de que ella es investigadora y confidente de las estrellas y de las esposas de empresarios y políticos, desearían ser sus mejores amigas para sacarle chismes que no conoce ni ‘la Negra’ Candela.

Cuando el cigarro se acaba, lo arroja sobre el asfalto. La vecina de la esquina levanta el rostro y hace un gesto de enfado al ver la colilla en la calle. La detective se da cuenta pero no le importa, tiene la cabeza puesta en otro caso. En la noche saldrá en su moto a transitar las calles con cámara, grabadora y micrófono en la cartera. Sabe que su recorrido comienza cuando se despide de su hija de seis años y de su hijo de 27, pero no sabe si terminará en un centro comercial, en un bar, en un motel o en las noticias de farándula de los noticieros.