La ponzoñosa ley de víctimas

La ponzoñosa ley de víctimas

26 de mayo del 2011

Soy Godofredo Cínico Caspa, jurisprudentísimo, punta de lanza y dardo celestial contra los ateos, los marxistas, las feministas  y los maricas. No puedo dejar de mirar con estupor una nueva salida en falso y antipatriótica de la Fiscalía y de unos magistraditos venales: repudio total a la orden de captura contra la benemérita María del Pilar Hurtado.

No hay delito, vuelvo y reitero, cuando se trata de chuzar los teléfonos para saber en qué proclives conspiraciones andan enemigos de la democracia como el Daniel Coronell (descendiente de aquellos bárbaros que crucificaron a Dios).   ¡Y no me vengan a decir anti judío que yo lo que soy es antisemita, que es más amplio y más bonito! ¿Qué es una chuzadita frente a los grandes males que los opositores terroristas y los periodistas sediciosos le han hecho a la nación? ¡Una cosa totalmente nimia!

Como decía el doctor Hernando Santos, padre del decentísimo Pachito el Vice, refiriéndose a los interrogatorios digamos… varoniles de la inteligencia militar: “a veces unas pataditas son necesarias” .Qué buen tino el del finado director de El Tiempo en épocas del antológico gobierno de Julio César Turbay Ayala  (ese gran faro, que Alá  que es aliado de nosotros los del Opus, lo tenga en su seno).

A veces, carajo, unas chuzaditas son necesarias, por el bien de la única institución superior que es la gente de bien, el interés sagrado, histórico, diría yo que casi bíblico de la gente decente, interés que en modo alguno coincide con los deseos lúbricos y mezquinos de la chusma, del ñererío, de toda esa gran capa desechable de la población.

Hoy más que nunca las tesis de Malthus están vivas y coleando, así la bigornia se oponga: bienvenidos los eventos digamos… negativos como el hambre, la miseria, las guerras, las pestes, los falsos positivos; inclusive aunque se me acuse de aleve manera de fascista. Todos esos eventos que pueden reducir la cantidad de pobres, de menesterosos malolientes. Sí, la única manera de reducir la pobreza es acabar con buena parte de los pobres, antes de que sean tantos que nos traguen a la gente honrada, antes de que nos extingan y se produzca, (la virgen santísima no lo quiera) la no deseada catástrofe malthusiana.

No hay complicidades, no molesten más. María del Pilar, con su cerebro privilegiado y sus interpretaciones solitarias y autónomas de la defensa del poder, se lo inventó todo. No busquen la vaina aguas arriba. Nadie le dijo nada. Se los juro. Ella lo hizo todo en defensa de la patria.

Cómo se le puede pasar por la testuz a la Fiscal Morales ‒protestante y en consecuencia cismática y reformista‒ dictar medida de aseguramiento contra la verdadera nueva Juana de Arco exiliada en Panamá (y no la Ingrid esa, vieja promiscua descendiente de hugonotes). Siquiera no pudo la justicia tuerta tocar al hombre más impoluto y prístino, Bernardo Moreno. Si nuestro amo el Supremo Uribe tiene una inteligencia superior como bien lo acuñara en su prosa parnásica mi sobrino Obdulio, ¡Bernardo tiene una ética superior! que consiste en poner por encima de pendejadas y de normitas liberales y comunistas como la satánica Constitución del 91, el interés superior de la gente superior.

Siquiera mi amo Uribe habló con el presidente Martinelli, para que nos la tenga a esta santa María allá en un Spa cinco estrellas, como se lo merece esta defensora de la honra de los probos.

Igualmente debo señalar con el dedo en la llaga, la manguala, la componenda de cachiporros y de traidores a la sagrada causa de la Seguridad Democrática que en una jornada infernal, en la cual el salón del Senado de la República fue convertido en círculo del Averno, en paila de los territorios de Belial, para en ese escenario de pecado aprobar una “ley de víctimas”.

Si fueran solamente las víctimas de la guerrilla, de acuerdo. Pero la tal ley del torcido y traidor Juan Manuel Santos, incluye como víctimas a las bajas colaterales del accionar patriótico y altivo de las Autodefensas Unidas de Colombia y de sus coquetos retoños, las mal llamadas Bacrim. Que son en realidad bellas Águilas negras y demás épicas fuerzas que hoy se dedican a exterminar a la guerrilla y a sus colaboradores y a ampliar horizontes y fronteras agrícolas para el empresariado del campo. Las nuevas autodefensas, cruzadas templarias que han tenido inclusive la gran inteligencia táctica de quitarle el negocio de la coca a los indios.

¿Cuáles otras víctimas, carajo? ¿O es que nos van a decir que toda esa indiada  sediciosa que anda de minga en minga y que a veces toca atacar para dar de baja a sus líderes como el marido de la facinerosa Aida Quilcué, son víctimas? O todos esos sindicalistas que tocó…digamos… invisibilizar de la realidad nacional ¿eran víctimas? ¿O todos los miles de campesinos invasores que quisieron recuperar tierras que nosotros logramos dominar con toda la plata que nos costó hacer nuevos títulos de propiedad en nuestras notarías, que con tanta gracia nos donara el gobierno de nuestro amo?

¿O es que nos íbamos a quedar maniatados como doncellitas inermes, ante  el embate de unas masas de montañeros envalentonados por las teorías inmundas del leninismo? Tocaba adelantar una guerra, limpia digo yo, aunque los terroristas la llamen sucia; limpia porque ha ido purificando de sangre contaminada el gen nacional, que poco a poco conduce a la supremacía del concepto de raza y sangre que nos es tan caro.

¿Cómo se les ocurre carajo que íbamos a permitir una reforma agraria?  Había que devolverle  a sus dueños históricos las tierras que la indiada usurpó desde los tiempos de la conquista, cuando no entendieron que solo los católicos y blancos podían ser propietarios. Pues no: ¡bala señores! Y que los daños que muy pocas veces ocurren por los laditos, se metan debajo del tapete.

El medio centenar de terroristas que aprobaron ese adefesio en el Senado, encabezados por el peligroso masón Germán Vargas Lleras (cómo será de estúpida esa ley, que hasta los gamines senadores del Polo no la votaron) deberían ser investigados por un tribunal que tenga el Santo Oficio de juzgarlos por traición a la patria. Recuerden hermanos del Santo Grial, que Juan Manuel Santos es cachiporro y falso y traidor, e inclusive se atreve a tratar de loco al Supremo Uribe. ¡Bigornia! ¡Bigornia! ¡Bigornia! Y que Vargas es nieto de aquel Remache que quiso infiltrarnos en el 68 una reforma agraria contra el orden natural y divino del campo colombiano. Lleras Restrepo ¡precursor de la guerrilla!

Y dice el mechudo hippie ese del Antonio Morales Riveira: “¿Para quién legisla el Senado? ¡La mayoría de las víctimas en este país son víctimas de los paramilitares y del Estado!” ¡No señor! Aquí las víctimas somos nosotros la gente clasuda que nos toca leer los torturantes textos que escriben  hampones como ese o el tal León Valencia o el Antonio Caballero.

¿Cómo se les ocurre ni siquiera hablar de “víctimas del terrorismo de Estado”? Si los agentes de los diversos gobiernos y las fuerzas militares jamás, carajo jamás, han cometido una sola contravención violatoria del engendro ese de los Derechos Humanos. La fortaleza masculina de sus miembros se confunde con tortura;  su voluntad de combate con falsos positivos. Nunca ha habido en Colombia terrorismo de Estado, a no ser por el intento de social democracia estalinista que trató de meternos Ernesto Samper y que logramos contener gracias a las autodefensas de Cali.

Honor a quienes negaron la ponzoñosa ley de víctimas.  Los honorables senadores dueños de hatos y de lindas plantaciones de palma, mal podrían haber aprobado ese engendro. Pero pudo más la conspiración del taimado del Juan Manuel, que la honorabilidad de los castos.

En tiempos sagrados de Álvaro Uribe, logramos abortar (perdonen el término que me aterra) esa ley espuria. Si Uribe estuviera no habría ley de víctimas.  Solo víctimas a secas, sin subterfugios leguleyos. Pero por Dios bendito ¿qué es lo que quieren? ¿Meter a la plebe en el Jockey Club?

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