La prepago que inventa estudiar en Los Andes para ganar más plata

La prepago que inventa estudiar en Los Andes para ganar más plata

10 de mayo del 2016

Una camioneta negra y con vidrios polarizados espera en la entrada de la universidad mientras jóvenes sentados en un andén, con cerveza y cigarrillo en mano, hacen preparativos para una noche de viernes animada en algún bar cercano. Paola* quisiera hacer lo mismo, pero esta noche le toca trabajar.

Llega a la universidad un poco apurada, perfectamente maquillada y con un llamativo, pero elegante escote que levanta las miradas de todos los hombres. Sin esperar un solo instante, se para junto a la ventana de la camioneta, da dos golpecitos en ella, y entra frente a la mirada atónita de todos los presentes.

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Pese a ser constantemente observada, Paola no tiene nada que temer, pues no es conocida por ninguno de los jóvenes del andén. Es prepago y cobra una buena suma a cada cliente que la llama en busca de una joven universitaria.

“Siempre me presento como estudiante de otra universidad. Los clientes buscan estudiantes de la Javeriana, la Tadeo o los Andes. Decir que estudio allí me da más prestigio y puedo cobrar más (…) No lo haría en mi universidad, me reconocerían y sería la puta de la U. Acá soy una puta cualquiera y nadie sabe quién soy”.

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Con dos o tres noches a la semana es suficiente para que Paola haga entre un 1 y 1,5 millones de pesos, dependiendo la universidad en la que esté y los fetiches de sus fieles clientes. Sin embargo, no está dispuesta a todo, pues nunca acepta orgías, relaciones con animales o hacer videos eróticos.

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Lleva siempre una sonrisa que adorna su delicado rostro y contrasta con la dureza de su oficio. Es difícil pensar que esta joven encantadora ejerza una de las profesiones más desaprobadas por la sociedad. Lo más curioso es que, a pesar del odio que genera este oficio, Paola siempre dice “¡presente!” cuando es requerida por sus servicios. El sexo siempre tendrá un público fiel.

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Empezó cuando una discreta organización, que se muestra como agencia de modelaje, la contactó hace un año en la cafetería de su universidad. Sin ningún rodeo, fue notificada de la labor que debía hacer si aceptaba trabajar: Sería una  prepago élite, una dama de compañía para clientes VIP interesados en universitarias. Quien la contrata negocia con ella, pero le paga a la “agencia”, que, a su vez, la da un porcentaje a “la modelo”, que suele ser el 80 por ciento.

“Ser puta es visto como llevar una vida fácil. Lo das y te pagan, ¿sencillo, no? Pero la verdad es un trabajo muy solitario. En las reuniones no debes hablar demasiado, sólo sonreír y verte bonita. Luego ya en la cama haces el papel de tu vida fingiendo gusto y placer. Pero me pagan muy bien, así que solo queda disfrutar los pocos casos donde te encuentras con buenos polvos”.

Paola en clase trata de pasar desapercibida. Procura no vestirse de forma muy llamativa, ni maquillarse demasiado o ir perfumada. Busca ser una persona como cualquier otra cuando no está trabajando para no atraer miradas; eso lo deja para las noches.

Nadie está enterado de lo que hace en las noches los fines de semana (y uno que otro miércoles). Cuando la invitan a salir y no acepta, se ríe con la idea de ser considerada una santurrona que no rompe un plato.

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Paola tiene cita con un cliente y me deja acompañarla hasta que la recojan. Sale de clase con una bolsa en la mano donde lleva su atuendo para la noche y se despide rápidamente de sus compañeros, quienes la invitan a comer algo: “Mi mamá está enferma- dice sumamente acongojada-  y tengo que llegar a mi casa temprano a cuidarla”. Actuación: perfecta. Calificación: diez de diez. Objetivo cumplido: Nadie se dio cuenta de que les sacaba el cuerpo y que tenía “mejores” planes para la noche.

Mientras se dirige al lugar de la cita, no deja de hablar con fluidez. Su voz es rítmica y es inevitable dejarse hipnotizar en medio de su conversación, que parece más un monólogo. Le gusta sentarse en la palabra cuando puede, pues su trabajo es más dado al silencio o a monosílabos inentendibles.

Cuando le pregunto si ha buscado pareja, ella contesta sin rodeos: “¿Novio? ¡No! No hay tiempo. No es que no quiera. Tengo clases, clientes y familia. Al que quiera estar conmigo, le toca pagar bien. Aunque de vez en cuando –cambia su tono de voz a uno más nostálgico-  sería bueno que no fuera todo carnal. A veces hace falta al menos un ‘te quiero’, pero, por ahora, estoy bien así”.

Luego de hablar con ella, no resulta difícil entender  sus razones para trabajar de prepago. De no ser por su trabajo no tendría dinero suficiente para estudiar y no cuenta con el tiempo para un empleo entre semana. Laborar sábados y domingos no resulta tan lucrativo como ser dama de compañía.

Siempre se arregla una hora antes del encuentro: Entra al baño de la universidad donde será recogida (en este caso la Javeriana) saca su vestido, maquillaje y una plancha de cabello para, en pocos minutos, estar lista para su noche.

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“Hago lo mismo cuando no tengo clase. Si no lo hago, mi mamá se puede enterar. Siempre le hago creer que meto clases en la noche y que estoy estudiando. Cuando no llego a la casa es porque ‘me quedé en la casa de una compañera’”.

Su perfume es dulce pero suave, casi imperceptible. Se ve atractiva, pero no como una prostituta común. Paola cuida mucho su imagen pues sus clientes buscan mujeres estudiadas y elegantes, con las que puedan ir a lugares exclusivos sin ser delatados.

Se acerca la hora del encuentro y Paola está nerviosa. Se nota que no disfruta mucho de lo que hace, aunque dice lo contrario. Ya no habla igual que antes. Solamente espera y respira profundo para recobrar la confianza.

A lo lejos se ve una camioneta negra con vidrios polarizados. Toma una actitud de Femme Fatale, que recién tengo la oportunidad de presenciar, y se aleja con paso seguro hacia la camioneta. Golpea el vidrio, se sube y se aleja por la carrera séptima hacia un destino incierto para mí y, en realidad, incierto para ella también.