La prostituta intelectual

La prostituta intelectual

19 de abril del 2012

Cualquier mortal llega por primera vez a un puteadero con la cabeza llena de estereotipos que se remontan a la biblia. Así llegué con un amigo a La Piscina, en Bogotá, hace cuatro meses. Apenas mi amigo se puso en la tarea, me puse a conversar con una de estas mujeres que conocía muy bien a mi amigo y me preguntó si yo también traía hierba. Acto seguido debimos conseguir en qué fumar. La mujer dijo que buscáramos a Érika, pues ella siempre trae consigo una pipa.

Caminamos entre la gente, y al fondo, sentada sobre una mesa estaba Erika forrada en un vestido rojo de lycra. Un pedazo de vestido. Estaba tomando whiskey en un vaso de plástico, muy seria, impávida. Las piernas largas parecían salirle desde las orejas, senos chiquitos pero bien encaramados, pelo marrón, liso, largo hasta la cintura, ojos marrones bravos y nariz de Rosy de Palma. Parece una chica Almodóvar, o escapada de La jaula de las locas. No hizo contacto visual conmigo pero nos ordenó que la siguiéramos hasta el parqueadero. Una vez allí, sacó una pipa que llevaba escondida entre el brasier y entonces sí me miró. La amiga de mi amigo vio que yo llevaba un collar con la imagen de una mujer, y me preguntó si era mi mamá.

–Esa no es su mamá, esa es Frida Kahlo –dijo Erika.

–¿Quién? –preguntó la otra, y yo me quedé callada.

–Frida Kahlo, una artista plástica mexicana. Era la esposa del muralista Diego Rivera. Una mujer muy enferma que sufrió mucho, pintaba divino.

Así decidí que quería saberlo todo sobre ella.

Erika supo de Frida Kahlo por medio de sus primos que eran todos músicos y artistas plásticos.

Erika nació en Medellín a finales de los años 70 y llegó a Bogotá cuando todavía no tenía cinco años. Se crió con su mamá y su hermano, pues su papá casi nunca estuvo presente, era más bien como un satélite. Estudió en un colegio católico y cree en Dios, pero adora a los ángeles y siempre ha sentido su presencia. Tiene la casa llena de ángeles por todas partes: en un altar, colgados del techo, en la cama, en las paredes y hasta su hijo, de 14 años, se llama Ángel, de un novio con el que nunca se casó.

A los 2 años tenía pesadillas dormida y despierta. Veía monstruos y monjas sin cabeza. Su abuela le decía que a ella la perseguía un espíritu. Las visiones le generaban fiebre y malestar porque se sentía al acecho de presencias malignas, y no servía de nada si la llevaban a ver a la Virgen de Bojacá o le echaban agua bendita. También presentía accidentes y la muerte de personas, así no las conociera. Podía sentir la energía de los muertos.

“¿Te viste El exorcismo de Emily Rose? Así era yo”.

Erika sentía presencias que peleaban por su alma y la debilitaban físicamente impidiéndole ser una niña normal. Si veía un muerto, se le aparecía en sueños y la regañaba por pensar en él. Cuando tenía 9 años participó en una obra de teatro en La Parroquia del Verbo Divino, en el barrio Garcés Navas, donde interpretó a Santa Isabel. Cuando llegaba a la parroquia sentía una energía mala. Entonces le colgaban al cuello una cruz bendecida que siempre se reventaba. Erika la apretaba con un alicate y volvía a reventarse como si la hubieran lijado.

Quien le ayudó a curarse fue la mamá del padre de su hijo. La mujer hizo una oración sobre ella con un sahumerio, y cuando empezó a orar el sahumerio se prendió como un volcán. Cuando eso pasó, Erika se sintió mareada y después ya nunca más volvió a pasarle nada. Todavía percibe la energía de la gente y los lugares, y percibe peligros, pero no ha vuelto a sentir ninguna presencia ni a soñar con ello.

Erika terminó validando en la Universidad Pedagógica, en un programa del M19 para mayores de edad. Como en ese momento era menor, un primo le falsificó los papeles y así logró ser admitida.

Nunca se llevó bien con su mamá. En su casa no hubo apoyo. La familia de su mamá es de mujeres educadas para ser serviles a los hombres, amas de casa. Si compraban carne, el pedazo más grande era para el marido. “No haga rabiar a su marido, la palabra del hombre es sagrada. Hay que aprender a lavar, planchar y cocinar para el hombre. Si no hace esto, jamás va a lograr nada en la vida”, siempre le dijo su mamá. Desde un principio, Erika se rebeló y decidió que no iba a ser así. Se la pasaba peleando con su mamá, quién le pegaba en la boca y, como Erika tenía brackets, se le reventaban los labios y comenzaba a sangrar.

Cuando tenía 15 años su papá la llevó por primera vez a la casa de sus primos, que eran todos músicos y artistas plásticos. Ahí supo de la existencia de Frida Kahlo y de tantos otros artistas de los que habla con total propiedad.

A los 16 años comenzó a trabajar en un banco, y de ahí pasó a un puesto en San Andresito. A los 8 días de cumplir 18 años se fue de la casa. Trató de estudiar francés pero le ganó la gramática y lo abandonó. Cuando se quedó sin trabajo, una amiga la llevó a un reservado en la 49 con Caracas, donde trabajó un mes. Con su primer cliente tuvo muchos nervios. Él se dio cuenta y le pagó sin hacerle nada. La pena se le quitó cuando vio la plata que ganaba, y cuando entendió que en el reservado ella podía elegir con quien acostarse. Allí hizo muy buenas amigas. Estas mujeres fueron quienes le enseñaron a prostituirse cuidándose a sí misma.

Erika habla con pocas de sus compañeras, y en general no la quieren mucho, pero la respetan.

Después de un mes en el reservado se devolvió a la casa de su mamá a soportar el maltrato diario, pues aún no estaba lista para entregarse a esa profesión. Empezó a trabajar en una editorial como promotora de ventas y allí conoció al papá de su hijo. Quedó embarazada a los 19 años porque quería ser mamá. Nunca nadie tuvo que darle nada para su hijo y su mamá, envidiosa, la maldecía: “Te he de ver comiendo mierda como una culebra arrastrada”.

Tuvo varios trabajos. Uno de ellos fue como patinadora en supermercados; se encargaba de buscar los precios de los productos cuando los clientes no lo sabían y aún no existían los códigos de barra. Patinaba hasta 8 horas al día, hasta que se cayó, se partió un brazo y renunció. Cuando se recuperó, volvió a verse sin trabajo y entonces decidió volver a la prostitución.

A diferencia de la mayoría de prostitutas, Erika nunca tiene más de cuatro hombres por noche, estos son suficientes para lo que necesita. Sabe cómo elegir a sus clientes para no perder el tiempo y normalmente se acuesta con los que más billetes traen consigo. Siempre usa condón, y se hace exámenes una vez al año, sin miedo. Cuando está trabajando se toma sus tragos pero nunca se emborracha. No es de las que roba, y tampoco es amiga de los meseros que además actúan como escoltas de ellas. Va a trabajar, no a hacer amigos. Habla con pocas de las otras mujeres, y en general no la quieren mucho, pero la respetan, porque para empezar, es Erika quién más se respeta a sí misma.

“En mi casa yo soy la más digna, la más admirada, la más respetada, la más señora, la más dama. Nadie sabe lo que hago. A mí nadie viene a decirme que soy una borracha, que soy mala madre, que soy coqueta, a mí no me ven con nadie nunca, no me ven novios, ni tinieblos”.

Para Erika es mejor que le paguen por follar, que andar dándoselo a un novio gratis. Nadie sabe lo que hace, tiene una doble vida. De noche es Erika, coqueta, agresiva, sexy, loca e interesada. De día es mamá, respetada, admirada, no tiene mozo, no chismosea, le ruegan para que se meta a la asociación de padres del colegio de su hijo, es metalera, nunca usa tacones, usa perfumes caros y a veces se viste elegante.

“¿Pobrecita yo? Pobrecita la que se casa con un perro borracho que le pega y va y la pringa. Pobrecita la que no levanta la cabeza de un almacén, y vive pegada a un salario. Pobrecita la que pierde el tiempo y no estudia, la que no alimenta su mente. Pobrecita la mujer que no sabe ser bonita y sexy. La belleza de la mujer es integral, tenemos un poder que los hombres no conocen. A todo hay que sacarle la ventaja, eso de la autocompasión es para los mediocres. Si yo hubiera tenido apoyo en la vida otra sería la historia, pero no es tarde”.

Para ella es mejor que le paguen por follar, que andar dándoselo a un novio gratis.

Erika practica danza árabe. Aprendió con una colonia árabe mientras estaba trabajando en Panamá, y está pensando en dar clases. Está estudiando diseño de modas y ya confecciona con una máquina de coser que tiene en la casa. Habla inglés, lo aprendió trabajando con extranjeros en Cartagena y en la isla de San Martín, en el Caribe. Es la única de su familia que ha salido del país. La única que vive sola y bien. Para ella lo más importante es la libertad mental, la independencia y el conocimiento del poder que la mujer tiene. Se refiere a un pasaje de Isis, diosa de la mitología egipcia, donde se afirma que toda mujer debe reconocer el poder infinito que tiene. Erika manipula con su belleza, sensualidad, y poniendo cara de estúpida. A diferencia de sus compañeras, no tiene ni una sola cirugía, todo lo suyo es natural y lo lleva con la frente en alto. Erika no le debe nada a nadie.

Por el momento piensa seguir estudiando mientras continúa prostituyéndose y ahorrando para poder seguir dándole a su hijo la buena vida a la que está acostumbrado. Sabe que a sus treinta y pocos años no le queda mucho tiempo, pero seguirá aprovechando lo que le queda con la misma discreción con que lo ha hecho todos estos años. Y esa es la historia de Erika.