La socia de Pablo Escobar que está viva y que no quiere que usted lea esta historia

La socia de Pablo Escobar que está viva y que no quiere que usted lea esta historia

30 de agosto del 2016

Para que no se haga falsas ilusiones le voy a garantizar que al terminar este texto usted la va a conocer pero no va a saber quién es.

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Hoy Doña Julia vive cerca de Cali, en una hacienda tan grande que para recorrerla hay que hacerlo en jepp o en uno de los 16 caballos que tiene en el establo donde La Pantera, su yegua preferida, tiene una cabelleriza más grande que la sala de mi apartamento.

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Hace muchos años dejó el negocio de la droga y como varios ‘narcos’ de la época que lo abandonaron a tiempo, ahora disfruta de sus mieles.

“No hay nada mejor que la finca raíz”, dice desde la gigante hacienda en el corazón del Valle del Cauca. En total tiene dos haciendas, tres fincas, un par de casas y varios apartamentos  (dos en Bogotá, uno en Medellín y un edificio en Barranquilla). El único apartamento que tiene para ella es el de Medellín, los demás están arrendados y le generan una buena renta mensual. Las casas las tiene amobladas y las visita un par de veces al año. No tiene cuidanderos en ellas porque no le gusta que le dañen sus objetos personales. En los predios rurales sí tiene mayordomos, así les dice; y los tiene porque en todos estos hay caballos y ganado. Las reses es el negocio que actualmente más le genera ganancias. Tiene centenares de animales y de distinto propósito, leche y carne.

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Doña Julia, como le dicen todos con respeto y algo de miedo, es una bogotana recia de temperamento. “Mal geniada”, dicen sus empleados. “Con carácter”,  dice ella.  “Siempre ha sido así”, argumenta Hernando, su mano derecha desde hace más 40 años.

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Fue hija de una abnegada ama de casa y un exagente de policía que murió joven (52 años) a causa de una cirrosis hepática que le produjo el consumo desmedido de licor. Doña Julia es la quinta de siete hermanos. Solo quedan tres vivos (Dos hombres y ella).

La matrona, hoy de 63 años, aunque no le gusta reconocerlo y habla poco de sus días de necesidad, nació pobre y se hizo a pulso. “Lo que hay que reconocerle es que nunca le tuvo miedo a trabajar. Se le medía a todo”, asegura Hernando, mientras ella lo mira. Le analiza cada una de sus palabras y las aprueba con un gesto.

Su vida de niña, adolescente y joven transcurrió tan normal como la de cualquier niño, adolescente y joven estrato medio de Bogotá. Pero ella sobresalía de sus hermanos por ser la más verraca para todo. Era la que se subía al rodadero sin ayuda, era la que no lloraba cuando la muñeca que quería para Navidad no estaba debajo del árbol, era la que se caía de la única bicicleta que hubo en su casa, se levantaba y seguía. También era la única que se despertaba a lidiar con su papá cuando él llegaba borracho. “No fue ni un mal papá ni un mal esposo, solo que bebía mucho”. Julia sintió el dolor más grande de su vida cuando el exagente moría en la clínica de la policía.

Se casó joven con un hombre a quien le dio el sí más por salir de la casa paterna que por amor. Se fue a vivir con él a una casa alquilada en el sur de Bogotá. Nunca pensó en ser profesional. Tenía algo claro: hacer plata y la universidad le quitaría unos cuantos años para lograrlo. Así que junto a su nuevo esposo, que era empleado público y no ganaba mal, empezaron diferentes negocios que a la larga no producían las ganancias esperadas y eso para ella era un fracaso. Lo vendía e iniciaba otro. Mientras esperaba a sus tres hijos, y su esposo trabajaba detrás de un escritorio, ella tuvo cigarrería, tienda de barrio y un taxi, entre otros negocios más.

Para cerrar el capítulo de su esposo, quien no fue pieza clave en su vida de narcotraficante, hay que contar que años más tarde, cuando ella apenas empezaba con el negocio de la ‘coca’, Marco, como se llamaba él, fue asesinado en la carretera que de Bogotá conduce a Villavicencio.

El hombre iba a bordo de un Chevette rojo modelo 78 que dos días después fue hallado en un parador de la carretera cerca de Cáqueza. El cuerpo sin vida de Marco fue hallado tres días más tarde con igual número de disparos en la cabeza. Al parecer un lío de faldas, una amante casada con un hombre peligroso, fue su sentencia de muerte.

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Aunque Julia es arriesgada y a todo se le medía en materia de negocios, su primer contacto con la droga fue por casualidad. Varios años antes de ser asesinado Marco, un cliente de uno de sus antiguos negocios, a quien ella le había prestado una suma de dinero considerable, le intentó pagar dicha deuda con una bolsa llena de cocaína. “Yo no le halo a eso”, fue su primera respuesta. “Además a quién se la voy a vender”, fue su segunda respuesta.

La cantidad de ‘coca’ que había en la bolsa, según el hombre, tenía un valor superior al de la deuda que había entre los dos. Sin estar convencida de lo que hacía, Julia cogió la bolsa más por asegurar la deuda que otra cosa.

Con facilidad otro buen amigo le ayudó a vender la droga. Su deudor tuvo razón, obtuvo más dinero del que este le debía. A los pocos días el mismo buen amigo golpeó a la puerta de Julia y diciéndole que la persona a quien le había vendido la mercancía estaba interesada en más. Julia, quien hasta ese momento no había pensado en comercializar droga, se tomó un par de segundos solo para pensar en cuál sería su ganancia y se comprometió a conseguirla. Sin saberlo, ese fue el momento de su vida en el que se convertía en doña Julia, una de las pocas mujeres que traficó con cocaína y marihuana en Colombia.

El siguiente paso de Julia fue reunirse con el hombre que le entregó la bolsa de cocaína en pago de la deuda. Ella quería saber cómo podía entrar al negocio; después de una charla que duró un par de horas, él fue su primer socio y meses después, su primer amante.

Junto a este hombre logró hacer clientes y negocios primero dentro de Colombia y luego fuera del país. Después de tanto buscar fortuna empezó a obtener grandes sumas de dinero que Marco no logró disfrutar porque su muerte llegó tres meses después de que ella iniciara con la venta de cocaína.

Compró casa. Compró carro y junto a su socio compró una finca en una vereda de Chipaque, muy cerca de Bogotá, a donde llegaba la droga empaquetada en costales de naranjas que transportaban desde la región de los Llanos Orientales.

La cocaína empezó a comprarla lista para revenderla y provenía de los Llanos. Años más tarde adquirió una finca a dos horas de Villavicencio y allá montaron un pequeño laboratorio, que con los años fue creciendo. Los únicos que sabían de su familia en que negocios andaba eran sus tres hijos, quienes años después, más grandes, le ayudaban a su mamá con el negocio.

Fue en ese momento en que se acercó al naciente Cartel de Medellín y junto con ellos empezaron grandes negocios. Doña Julia compró una avioneta con la que evitó pasear la droga por carretera. El piloto de la aeronave era un experto exmilitar que recogía la mercancía en los laboratorios  de Llanos y sin aterrizar la botaba a escasos metros de la tierra, en una maniobra arriesgada en la que descendía lo más que podía para que las lonas cayeran en una zona estratégica y luego volver a ascender. Maniobra que le encantaba a doña Julia.

Ella cuenta que finalizando la década de los años 70 y empezando los 80 se reunió algunas veces con Pablo Escobar y algunos de sus socios. Nunca la invitaron a ser parte del Cartel de Escobar pero sí trabajaba con ellos para el envío de droga e Estados Unidos, Centro América y el Caribe.

En esos años su cercanía con Escobar fue tan amplia que el capo visitó un par de veces su casa en el norte de Bogotá. Escobar, aunque tenía ya dinero y era un narcotraficante reconocido en el mundo de los bandidos, aún no era tan poderoso como logró serlo años después.

“Doña Julia fue inteligente”, así lo dice Hernando. Ella hizo mucha plata y contradiciendo la creencia de que los que están adentro no pueden salirse del negocio, ella lo hizo y sin algún problema. La salida del mundo ‘narco’ se la dio una investigación que se adelantó en su contra y por la que pagó mucho dinero para desaparecerla por completo. Después de eso, Julia supo que si seguía comerciando con droga, lo más seguro es que fuese una vez más investigada y posteriormente capturada. Cedió sus rutas y sus contactos a cambio de tranquilidad. Lo logró.

El único que actualmente, a aparte de su familia directa, sabe realmente quién es ella, es Hernando. Sus actuales empleados no se imaginan que la ganadera malgeniada que todas las mañanas les imparte órdenes montada sobre ‘Pantera’ , fue socia de Pablo Emilio Escobar Gaviria, el narcotraficante más temido de todos los tiempos de Colombia.