La telaraña que ahogó a Negret

La telaraña que ahogó a Negret

16 de octubre del 2012

Escrito por Édgar Bustamante

*El artista payanés falleció luego de una triste vejez en medio del abandono, la falta de dinero, la explotación y el manoseo de su obra. Pero sobre todo, aislado por la gente que él había protegido durante su vida, muchos de ellos jóvenes humildes con los que quiso formar una “familia”. Se dice que estos ganaron dinero con la venta de originales y reproducción de las esculturas para después alejarlo completamente de sus amigos de toda la vida, especialmente de sus contemporáneos como cuenta uno de ellos,  Édgar Bustamante.

El 11 de octubre Édgar Negret cumplió 92 años. Ese mismo día cerró los ojos para siempre, en circunstancias, por decir lo menos, penosas. Exiliado de la realidad por la demencia; y aislado de sus amigos, de sus admiradores, de todos los que lo querían, por decisión de otros: las gentes de su entorno, a quienes Édgar trató a lo largo de su vida con una generosidad sin límites y que transformaron sus vidas gracias a la sombra protectora del maestro, a sus enseñanzas, a su ingenuo afán de crear una familia que sustituyera sus auténticos lazos de sangre perdidos o extraviados por razones que solo él conocía.

Obsesionado con esta ficción de la familia, Édgar Negret fue tejiendo una tela de araña, cada vez más tupida, que terminó por enredarlo de tal manera que se convirtió en el prisionero de su propia idea, víctima de su propia invención, hasta perder su autonomía y su libertad.

Triste final para un artista que esculpió su vida con el mismo rigor e independencia con que realizaba sus obras, poderosos ejemplos de arte contemporáneo: formas limpias que hendían el espacio con oquedades profundas y atávicas referencias. Un continuo caminar hacia adelante, reinventándose a sí mismo, aportando nuevos conceptos al tiempo que avanzaba la vida.

Su casa de Santana fue un templo del buen gusto. Como en cualquiera de sus obras, no faltaba ni sobraba nada en ella. La luz de la sabana recorría las estancias iluminando su colección de falos prehispánicos, sus recuerdos de Popayán anclados en las paredes, sus alfombras de crin de caballo, sus mesas y sofás diseñados por él. Un digno nido para este poeta de las formas; señor de las oquedades misteriosas.

Edgar Negret
El escultor payanés falleció el día de su 92 cumpleaños, tras pasar varios años muy enfermo.

Santana fue también el lugar donde ejercía una de sus virtudes mejor cultivadas: la hospitalidad. Recibía a sus amigos con calor y generosidad. En las raras ocasiones en que estaba solo en su casa ofrecía a sus amigos tamales de pipián, que él mismo servía sobre molas antiguas.

Negret no se olvidó de Popayán. En su casa paterna fundó un museo que lleva su nombre, al que dotó con una serie de obras de su colección privada. Este acto de amor por la ciudad ha sido correspondido con una negligencia sin nombre. Medio abandonado, pésimamente mantenido, sin recursos, el legado del artista se muere de desafección. Tal vez este hecho enlace con lo que ocurrió con una de las primeras obras de Negret: la cabeza de Guillermo Valencia, vilipendiada y apedreada por demasiado moderna. Popayán le debe a Negret una reparación más allá de las palabras laudatorias…

Negret acabó sus días como un prisionero de Zenda. Como el personaje de ficción, su identidad fue suplantada pero no tuvo ninguna princesa que lo rescatara de su cautiverio.

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