La triste alegría de ser una ilegal en Estados Unidos

La triste alegría de ser una ilegal en Estados Unidos

11 de diciembre del 2016

“El mayor miedo era ser violada o ver que a mi hermano le hicieran daño, siempre tuve en el bolsillo un gas pimienta y mi poca fuerza para defendernos de los pandilleros y asaltantes que hay en este difícil camino”.

Este es el viaje de *María Elvira y *Simón, dos hermanos que siendo unos jóvenes tomaron la decisión de cruzar México por tierra en busca del famoso ‘sueño americano’.

Desde que María Elvira tiene memoria, sabía que el sueño de su papá era brindarle a ella y a su hermano un mejor futuro, y el lugar indicado para él era Nueva York.

Su padre planeó el viaje por tanto tiempo pero al final no podría acompañarlos debido a un ataque que sufrió al corazón. Dejando a estos dos hermanos en un camino difícil.

Ambos tenían las indicaciones que su padre les había dado antes de morir, ciudades a las cuales ir y números de contactos a los cuales tenían que llamar.

“A esa edad debería estar estudiando y no pensando en cómo cruzar la frontera, pero que hijueputas, esa fue la vida que me tocó”.

María Elvira tenía ataques de ansiedad y nerviosismo, no sabía cómo serían las cosas allí afuera sin la compañía de su padre, lo único que tenía de él era un pequeño cuaderno con todos los pasos necesarios para llegar a su destino.

“Los primeros tres mil kilómetros fueron fáciles, pues tomamos un vuelo directo hasta Ciudad de México. Durante esas tres horas que duró lo único que hice fue leer las notas de mi papá”, dice Mary, como le gusta ser llamada.

Cuenta que su hermano menor, Sión, durmió todo el camino, pues al fin y al cabo era lo mejor que podía hacer. No sabía a que se tendrían que enfrentar más adelante. Por su parte, Mary no podía conciliar el sueño.

La mayor parte de su dinero se fue en los tiquetes para llegar a Ciudad de México. Al momento de aterrizar sólo contaban con lo suficiente como para llegar a Laredo, norte de Nuevo León y ahí pagar un ‘coyote’, esos hombres que cobran dinero por pasar ilegalmente personas a Estados Unidos.

“El plan siempre fue quedarnos en Houston un tiempo. Trabajaríamos y ahorraríamos para tener una vida en Nueva York y ser felices”, cuenta Mary.

Al momento de aterrizar sólo tuvieron que llamar a los números que su papá le había dejado anotado en el cuaderno para continuar su camino.

“Llamé al primer número y en cuestión de 20 minutos ya estábamos en un bus que nos llevaría al norte de México, cerca de Laredo”.

El bus olía peor que los de Bogotá y estaba igual de lleno a los que pasan en hora pico. A las dos horas ya estaba desesperada por llegar. Tenía náuseas y mucha hambre, no comían desde el almuerzo que les dieron en el avión.

Luego de ocho horas por carretera empezaba a sentirse cansada, pero no podía descuidar a su hermano de dos hombres que iban con ellos quienes no tenían buena pinta.

El conductor del bus sólo haría dos paradas más antes de llegar a Nuevo Laredo. Con el paso del tiempo los párpados le pesaban cada vez más.

Dos tipos de piel morena y con un acento molesto al odio no dejaban de mirar a Mary y a su hermano, al parecer susurraban cosas de ella.

“Ya no parecía el sueño americano sino la pesadilla americana”

Una vez hicieron la penúltima parada le dijo a su hermano que hiciera la fila para comprar la comida mientras ella iba al baño, tenía unas ganas inmensas de orinar y la fila era eterna. Lo peor fue que era un baño mixto y el par de tipos también hacían fila detrás de ella.

El baño era horrible, olía peor que el bus, había charcos de lo que parecía ser orina y un jabón que no se veía para nada limpio. Hizo el intento de lavarse las manos pero cuando estaba buscando algo para secarlas “este par de hijueputas” empezaron a tocar la puerta y apurarme.

Se demoró más por hacerlos esperar sin importar que su hermano de 12 años estuviera solo allí afuera.

Cuando abrió la puerta se dio cuenta que solo estaba uno de ellos, quien la tomó del cuello y del brazo para encerrarla de nuevo en el baño.

Miraba con repudio sus manos untadas de algo húmedo y mientras el tipo cerraba con seguro la puerta le decía:

  • Ven morrita no seas mala y déjate cochar un rato, arre pues.

“Me ganaba en fuerza y tamaño. Mientras aterrorizada buscaba lo poco que quedaba del gas pimienta, él me agarraba del brazo y arrinconaba contra el lavamanos mientras intentaba lamer mi mejilla” cuenta Mary bastante enojada.  

Dejó caer el gas y lo siguiente que hizo el tipo fue darle un golpe que la dejó mareada y con la vista nublada. Recuerda ver cómo él se desabrochaba el pantalón e intentaba levantarla del suelo.

Mientras el tipo seguía forcejeando con Mary, ella le arañó el rostro, enterrando con fuerza sus uñas en los ojos de este hombre. Una vez en el suelo lo golpeó hasta no poder más.

Fue allí cuando salió agitada en busca de Simón que afortunadamente estaba bien.

El conductor llamó a los pasajeros y ninguno de los dos tipos aparecían. Entre el afán y el mal genio de quien conducía el bus arrancó sin pensarlo dos veces y se marcharon sin ellos.

“Ni seguridad ni respeto tienes en este camino”

A tan sólo unas horas de hacer la última parada y llegar a Laredo, Mary marcaba  el último número que tenía estaba en el cuaderno. Era de un tal Edson Juárez* que sería el encargado de llevarlos de la terminal de buses hasta una parte del Río Bravo.

Junto a Mary y Simón viajaban dos mujeres de el Salvador que tenían pensado llegar a Houston al igual que ellos.

Se bajaron al mismo tiempo, a un par de kilómetros antes de llegar al terminal, para darse cuenta que esperaban a la misma persona.

Luego de unos 15 minutos llegó un hombre de piel morena que preguntó por los  nombres y así asegurarse de que ellos eran a quienes tenía pensado llevar.

  • Orale, el dinero primero para empezarles a explicar cómo van a llegar hasta el río.

Le dio en ese momento los 900 dólares que cobraba.Y desde ahí tendrían que sobrevivir con 500 entre los dos.

Ese mocoso está muy pequeño para cruzar, dijo refiriéndose a mi hermano.  

Los subió en la parte trasera de un camión de muebles que los adelantaría más de la mitad de camino hasta un pueblo que se llama San Jose de Piedras Negras.

“Ahí empezaba lo complicado, tuvimos que caminar unos 30 kilómetros entre las malezas de un parque forestal”, agrega Mary.

“Muchos de los coyotes trabajan en inmigración, todo es una mafia”

Con muy poca agua y sin nada que comer llegaron hasta la parte que más temía Mary, cruzar el Río Bravo para alcanzar un camión en la próxima carretera ubicado a unos tres o cuatro kilómetros.

“Cruzar los ríos sin saber nadar era un infierno, Simón ni yo yo sabíamos nadar. El hombre que nos llevó solo se ofreció a llevar a mi hermano. Pensé que me tenía que quedar allí sola”.

Mary desde pequeña le ha tenido miedo al agua, el río se veía bastante picado y lo único que podía ser era flotar de la bolsa donde tenía su ropa y la de Simón.

Una de las mujeres que viajaban con nosotros le ofreció su ayuda. Amarró su mano izquierda a su mano derecha con unos cordones, luego le dijo que se agarrara fuerte y pataleara en contra de la corriente con ella.

Eso hizo, pero a mitad de camino ya estaba cansada, le gritaban desde la otra orilla que se apurara pero eso no ayudó en absoluto.

Finalmente lograron cruzar pero la corriente los arrastró un poco lejos del grupo. Aún así continuaron el camino hasta la carretera donde ya estaría el camión.

“Una vez en tierra firme tuvimos que parar tres veces para cambiar de camión porque ninguno iba directo hasta Houston. Fueron 700 kilómetros de recorrido para darnos cuenta que habíamos logrado cruzar este terrible camino”.

Una vez en Houston Mary sintió tristeza por su papá y felicidad por haber cruzado con Simón.

Empezó a trabajar en un motel cambiando sábanas y haciendo labores de aseo, pagando una pieza para los dos que no costaba más de siete dólares la noche.

Con el tiempo el dueño del motel los conoció y le ofreció un trabajo como niñera de medio tiempo en el cual pagaban bastante bien. Allí tendría la oportunidad de pasar la noche en una cama decente.

Empezó a tener dinero para poder comprar los papeles que requerían en la mayoría de trabajos, pues mucho no se arriesgaban a contratar a ilegales para no tener problemas con la policía.

Una vez tuvo los papeles en mano, lo cual fue una pesadilla por el costo y la forma de obtenerlos, encontró un trabajo de medio tiempo en un casino como ‘croupier’, repartiendo cartas a los jugadores.

“Con lo que ganaba empecé a ahorrar para inscribir a mi hermano en un colegio comunitario e ir guardando una parte de ello para los tiquetes y la vida que nos esperaba en Nueva York”.

Hoy día Mary trabaja en el casino y con el dinero que gana como niñera le ha alcanzado para pagar el arriendo de un pequeño apartaestudio al sur de Houston.

Sin embargo espera que en un futuro, no muy lejano, tenga el dinero suficiente para ir a la ciudad con la que su papá siempre soñó.