La última navidad de Papá Noel

La última navidad de Papá Noel

26 de diciembre del 2010

Se llamaba Rodolfo Ludwing. Tenía 60 años y era publicista de la Universidad Tadeo Lozano, de Bogotá, de enero a noviembre. En diciembre era Papá Noel.

El día que murió —el 4 julio pasado— pesaba 210 kilos, lo mismo que un buey manso pastando en alguna pradera.

Pero su peso no era síntoma de placidez. Sufría de una penosa obesidad mórbida que hacía que enfundarse en el traje del símbolo nórdico de la Navidad significara, incluso, lágrimas de dolor.

Murió sufriendo. Una infección en su torrente sanguíneo le provocó daños irreparables en los pulmones y los riñones.

Su familia cuenta que acumuló tanto líquido en el cuerpo que sólo con pincharlo con agujas parecía disolverse  en agua, allí en la sala de cuidados intensivos donde estuvo recluido cinco días, antes de fallecer.

Su historia como Papá Noel duró más de diez años. Y claro que hizo milagros, claro que hizo felices a miles de pequeños con sus oídos prestos para escuchar sus sueños.

Hace exactamente un año, aún lleno de una extraña vitalidad, Rodolfo contó cómo un niño le  pidió que le devolviera a su papá que estaba secuestrado.

El chico le relató lo bien que se había portado todo el año, cómo había sido un buen estudiante y cómo se había portado juicioso en casa.

Papá Noel solamente pudo regalarle una plegaria. “Oremos juntos”, le dijo y entre los dos rezaron. Luego, niño y padre, ya abrazando la libertad, lo encontraron y le agradecieron el noble gesto. Claro que hubo milagros.

Pero en esta Navidad ya nadie, o casi nadie, lo recuerda.

El sitio que durante varios diciembres ocupó Rodolfo en un centro comercial del sur de  Cali, sudando, cansado, metido hasta el tuétano en su papel de benefactor navideño, ahora es de alguien más.

Parece un milagro de la época, una ironía que no deja de tener un poco de magia: su reemplazo es Carlos, un jovenzuelo de 18 años, estudiante de enfermería de la Universidad Santiago de Cali y como Rodolfo, contagiado de ese extraño virus de los regalos, las sonrisas de los niños y las gracias de los padres.

Papá Noel está muerto y alguien más ocupa su lugar porque al final parece que nada puede arruinar esta mágica celebración.  Pero no es del todo cierto. Como Rodolfo hay miles de casos de dramas anónimos, como un sarcasmo del destino son las mismas luces de los árboles de navidad las que les arrojan sombras.

Igual que Rodolfo este diciembre hay  muchos que agonizan sin poder reír, como lo dicta la norma.

Entre ellos se cuentan los 279 muertos por las lluvias en Colombia, los secuestrados que se pudren en cautiverio, los niños indigentes que matan para vivir, los abuelos abandonados en asilos a quienes nadie les dirá mañana “Feliz Navidad”.

Que un hombre de 210 kilos de peso, 60 años, tres hijos y un divorcio encima decida dedicar su cuerpo, su tiempo libre y hasta su salud  para hacer reír a niños que ni siquiera saben cuál es su verdadero nombre es, sin duda, heroísmo.

Que un chico de 18 años decida pasar sus vacaciones de final de año oyendo los deseos de los más pequeños en lugar de disfrutar de la feria de Cali, de su mamá, de su novia, es un sacrificio.

Y ambas cosas pueden parecer triviales para algunos. Pero no para Sarita.

Ella tiene 9 años y las mejillas del color de las fresas. Es rubia y le faltan los dientes de adelante, por lo que se tapa la cara cuando se ríe. Sus primos, que no conoce, son unos de los más de dos millones de damnificados que ha dejado esta temporada de lluvias en el país.

Su mamá le contó que ellos vivían en Bello, Antioquia, cuando un alud de lodo y piedras sepultó el barrio donde vivían. Ella no tiene idea de dónde en Colombia está Bello, pero sufre desde Cali.

Y Sarita no lo sabe, pero el que un chico de 18 años soporte las altas temperaturas del traje de lana y la barba falsa de Papá Noel sólo para decirle que sí, que él va a pedir para que sus primos reciban otro hogar, es magia.

¿Qué lleva a que un hombre de 60 años dedique sus últimos meses de vida a disfrazarse de Papá Noel en lugar de reposar las décadas que trabajó?

No lo sé. Pero en honor a Rodolfo Ludwing y al chico de los 18 años debo creer que es un milagro de la Navidad que se hizo realidad.