La aventura de la perra astronauta

Samuel Villalobos

La aventura de la perra astronauta

2 de noviembre del 2017

No basta recordar a Laika como el primer ser vivo que orbitó la tierra. Su hazaña perruna sirvió para sentar las bases del viaje espacial que, apenas unos años después llevaría seres humanos más allá de las fronteras de este planeta; algo que durante mucho tiempo parecía imposible. Han pasado 60 años de aquella aventura increíble.

En plena Guerra Fría, los Estados Unidos y la Unión Soviética no sólo competían en el plano militar, con su desquiciada carrera atómica, sino luchaban a ver quién sería el primero en llegar al Espacio. Era cuestión de prestigio. Era cuestión de probar que el espacio no era la frontera sino el destino. Era cuestión de demostrarle al mundo quien era el más poderoso.

La perra astronauta

Nunca, ningún ser humano había llegado más allá de las fronteras de la atmosfera. No se conocían los efectos del despegue, ni del viaje, ni la reacción ante las condiciones fuera de la Tierra. El vuelo espacial era un misterio, y para ese momento la tecnología no había avanzado lo suficiente para probar, de alguna forma, qué le podría pasar a un ser vivo que llegará allá.

Entonces, por comodidad, y también con un poco de esa soberbia que nos hace creer dueños de la vida de otras criaturas, los soviéticos decidieron mandar primero a un animal antes de que a un ser humano. Era lo más lógico. Ya antes de que Laika, doce perros más habían sido lanzados a espacio suborbital dentro de misiles balísticos.

El entonces líder de la URSS Nikita Jrushchov había ordenado que, para el 7 de noviembre de 1957, fecha especial que conmemoraba la Revolución Bolchevique. Entonces el 12 de octubre se aprobó el lanzamiento del Sputnik 2, en el que viajaría Laika. 2 semanas más o menos para construir, básicamente desde bocetos, la nave que llevaría el primer ser vivo al espacio.

Se cree que un perro callejero podría soportar condiciones más duras que un animal doméstico. Y por eso eligieron a Laica: estaba capacitada, por vivir en las duras calles de Moscú, para soportar el hambre y el frío. Además, su raza mestiza también la dotaba de las condiciones y el carácter necesarios para la misión.

Como a cualquier astronauta, Laica, junto con otros dos perros se sometió a un exhaustivo entrenamiento. Por periodos muy largos, de hasta 20 días, los animales fueron puestos en espacios muy pequeños para simular la cabina del Sputnik. Eso le produjo inquietud y ansiedad porque cambiaron sus hábitos sanitarios y no podían orinar ni defecar. También se les puso en centrifugadoras que simulaban las condiciones del despegue. En cuanto a la alimentación, se les preparó para comer un gel especial que sería lo único que el elegido comería allá arriba. Todas esas condiciones los sometieron a altísimas cantidades de estrés que generalmente les alteraba la presión arterial y la frecuencia cardiaca. Una prueba muy dura para cualquier ser vivo.

Antes de la misión, uno de los científicos la llevó a su casa para que jugara con sus hijos. En el libro que narra la aventura, Vladimir Yazdovsky escribió. “Quería hacer algo bueno por ella: Le quedaba tan poco tiempo de vida”.

La misión

Unos días antes del despegue, Laika tuvo una cirugía para ponerle los aparatos que ayudaría a medir sus signos vitales. Después, por un par de días, estuvo dentro de la cabina de la nave para que se adaptara a las condiciones y se familiarizara con el dispensador del alimento. Antes de que partiera se le limpió el pelaje y se le aplicó yodo en las partes de su cuerpo donde llevaba los sensores.

El Sputnik 2 despegó pasadas las 3 de la tarde del 3 de noviembre de 1957. Menos de cinco minutos después, el ritmo respiratorio y la frecuencia cardiaca de Laica aumentaron considerablemente. Desde la Tierra se monitoreaban todos sus signos vitales, lo que permitía deducir que estaba sometida a una altísima cantidad de ansiedad. Sin embargo, durante las primeras horas del vuelo pudo deducirse que, a pesar de todo estaba bien porque comía.

Laica no iba a sobrevivir a la misión: eso se supo desde siempre. Al principio los científicos contemplaron que, pasados unos días, se le diera comida envenenada que consumiría a los 10 días en órbita. Sin embargo las explicaciones sobre la muerte de la perra en el espacio son contradictorias. En algunas ocasiones se dice que falleció cuando se agotó el oxígeno; otras dicen que murió por eutanasia.

No fue sino hasta 2002 cuando un científico que había participado en el proyecto confirmó que Laica murió apenas 7 horas después del despegue, a causa del estrés y el calentamiento de la capsula. En algún momento la temperatura al interior del Sputnik llegó a superar los 40º. Era imposible, debeló el hombre, que se pudiera llevar un control efectivo del sobrecalentamiento de la nave. Después estuvo orbitando al rededor de la Tierra por más de cien días, hasta que la capsula cayó y se desintegró en la atfmósfera. 

El interés casi desesperado de los soviéticos por ganar la carrera espacial dejó de lado las cuestiones éticas respecto a la experimentación con animales. Ellos sabían desde el principio que la perra no volvería con vida. Sus competidores tampoco pensaban mucho en eso y en varias ocasiones enviaron monos al espacio, muchos de los que morían en las misiones.

No obstante, antes y durante el desarrollo del proyecto, varias organizaciones animalistas se pronunciaron en contra. Sólo el tiempo permitió que se hablara de ello hasta el punto de que Oleg Gazenco, uno de los hombres que participó en el lanzamiento del Sputnik 2 dijo que “Cuanto más tiempo pasa, más lamento lo sucedido. No debimos haberlo hecho… ni siquiera aprendimos lo suficiente de esta misión como para justificar la pérdida del animal”. En todo caso, Laika se convirtió en heroína y será recordada siempre.